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Fecha: 19980207
Título: El sentido de engendrar es darle vírgenes a Dios.
Original en audio: 21min. 36seg.
Ofrecemos esta Eucaristía por el eterno descanso de los padres y madres difuntos, y yo me pregunto si se trata solamente de un acto piadoso. Muchos de nosotros tenemos todavía ambos padres vivos, algunos otros han perdido o al papá, o la mamá, o ambos; se trata no solamente de una oración o un sufragio por unas personas que han fallecido, personas a las que nos unen los vínculos de profundo afecto, vínculos de sangre.
Pienso que nuestra orden es teológica, no solamente cuando se pone a escribir tratados; nuestra Orden es teológica cuando predica, nuestra Orden es teológica cuando celebra la Palabra en la liturgia, nuestra Orden es teológica en su modo de gobierno y también en su régimen de vida.
Este ser teológico de la comunidad y de la Orden Dominicana no se limita a un aspecto, llamémoslo así, el estilo, sino que es algo que se relaciona con todo nuestro ser, claro que lo mismo podríamos decir de otras cosas, por ejemplo de la dimensión de predicación que tiene nuestro carisma, esta dimensión le da un color especial a nuestro modo de estudiar, esta dimensión de predicación influye sobre nuestra manera de orar, este aspecto de la predicación, repercute sobre nuestra vida comunitaria y sobre el tipo de apostolados que son compatibles con nuestro carisma dominicano.
Así las cosas, uno puede decir que cada uno de los elementos de la vida Dominicana, tiene una influencia y le da un color particular a los otros elementos; están relacionados unos aspectos con otros.
Nos encontramos en el momento culmen de la liturgia. Toda la liturgia tiene su fuente y tiene su cumbre en la Eucaristía, esta es la máxima expresión de nuestra vida litúrgica, y en ella, una intención especial y un pensamiento especial por nuestros padres difuntos.
Puesto que se trata de una orden teológica debe haber aquí algo más que el solo recuerdo filial, o que la sola piedad. Por otra parte, nosotros sabemos que la Liturgia es siempre liturgia de la Iglesia; la liturgia no está hecha para abrirle campo a los sentimientos más o menos alegres, más o menos tristes, más o menos nostálgicos que uno tenga; la Liturgia no es un espacio para ese sentimiento que yo no le encontraba sitio en la Iglesia.
La Iglesia, el templo, la liturgia no son desaguadores de sentimientos; la liturgia no es el camino que toman nuestros sentimientos, sino también el camino que tomaron los sentimientos, el amor de de Dios, su providencia, esa es la liturgia.
De acuerdo con esto, si la Liturgia no es solamente una celebración de sentimientos, sino que es la celebración de Cristo, debemos pensar que toda celebración en la que oramos por los difuntos, es una celebración de Cristo.
En realidad la Iglesia sólo tiene un motivo de celebración y este motivo es Jesucristo. Cuando celebramos a los santos, celebramos la obra de Cristo; cuando intercedemos con una intención especial o cuando pedimos por los difuntos, estamos también celebrando a Cristo.
Y a mí me parece que es un deber del predicador en la homilía, hacer ver en cada caso, cómo es Cristo a quién estamos celebrando, porque si la Liturgia se convierte en el rinconcito de nuestros sentimientos y en el desaguador de nuestras nostalgias, muy poca fuerza va a tener para transformar el mundo, muy poca fuerza.
Y resulta que la Liturgia es un grito de victoria de la transformación de todas las cosas en Cristo. Y bien, ¿qué puede tener querer celebrar a Cristo con este pedir por padres y madres difuntos de la Orden de Predicadores?
Hay una comparación que a mí me parece útil. Imagínate un árbol realmente grande, es decir, casi gigantesco, y tú vas a recorrer ese árbol; tienes ante tus ojos el tronco, es un tronco inmenso y muy ancho, las raíces se hunden profundamente en la tierra, y estás ante un árbol gigantesco, y empiezas a recorrer ese árbol como podría hacerlo un pájaro.
Pues bien, te mueves y lo recorres con tu vista; ese árbol por grande que sea, acaba en alguna parte, de manera que tú empiezas a recorrer el tronco, y el tronco se adelgaza en las ramas, y las ramas grandes en las ramas más delgadas, y las ramas más delgadas en ramas más delgaditas que finalmente llegan a ser hojas, flores o frutos.
Todo el espesor del tronco, cuando lo veías ahí pegado a la tierra, se va volviendo delgado en las ramas; todo lo que era grueso en el tronco se va volviendo casi tierno en las ramas y finalmente el árbol más grande, más gigantesco termina, ¿y termina en que? En hojitas, en florecitas y en frutos.
Algo parecido podemos decir de la especie humana, por eso se habla del árbol genealógico, cada uno de nosotros es un fruto dentro de un árbol, dentro de ese árbol inmenso que es la especie humana, dentro del árbol que es, por ejemplo, la familia.
Uno puede pensar que la familia de uno es una especie de árbol; dentro de ese arbolito, que es la familia, también hay un tronco en el que están nuestros padres, claro, ese tronco se vería más grueso si pensamos en nuestros abuelos y bisabuelos, pero ese tronco se va volviendo más delgado.
Ahora vamos a completar nuestra comparación. Cuando una rama se prolonga en otra rama, por ejemplo aquí hay una rama que se prolonga en dos o en tres ramas, se bifurca o trifurca; cuando una rama se prolonga en otra rama, ese es un matrimonio, una rama dio origen a otra rama, pero el proceso no sigue infinitamente, hay momento en el que esas ramas ya no producen más ramas, sino que producen solamente hojas, flores o frutos.
Entonces tú puedes imaginarte la historia de tu familia, desde digamos los tatarabuelos, bisabuelos. Vamos a imaginarnos desde los tatarabuelos, generaciones atrás; si tú vieras el árbol genealógico, tú verías que ese matrimonio de los tatarabuelos, fue una especie de tronco grueso y ese tronco se va bifurcando, y cada vez que que de una rama salen otras ramas, es un matrimonio, pero hay personas que ya no produjeron más ramas, esas personas que ya no produjeron más ramas son hojas o flores o frutos.
En toda familia se llega a unas personas, que ya no produjeron más familias y eso sucederá tarde o temprano; no importa qué tan grande llegue a ser una familia, siempre terminará de aquí a cien años, de aquí a doscientos años; toda rama por gruesa que sea, terminará en hojas en flores o en frutos, pero aquí viene la diferencia, unos acabaron en hojas, otros en flores, otros en frutos, no todos fueron frutos.
Alguna vez le hablaba el Señor Dios a Santa Catalina de Siena y le decía que se podía comparar a las hojas con las palabras; un árbol que tiene muchísimas hojas, es una persona que habla y habla, pero no tiene obras, no tiene frutos, no produce nada.
Así también hubo vidas, dentro del árbol de tu familia y de la mía, hubo vidas que ya no produjeron más ramas y que además se volvieron sólo hoja, y la hoja se vuelve hojarasca. En tu familia y en la mía hubo personas así, que no alcanzaron a dar fruto, tal vez porque murieron a temprana edad, quizá de una enfermedad, quizá de un accidente, o tal vez porque no encontraron con quién casarse, o tal vez porque se dedicaron a quererse sólo a sí mismos, o por lo que sea, esas vidas acabaron en hoja, pura hoja.
La hoja tarde o temprano se desprende del árbol, va a la tierra y se vuelve hojarasca, pero nadie siembra un árbol para tener sólo hojarasca, se quiere la belleza de las flores, y se quiere el provecho de los frutos; eso también se lo decía el Señor Dios a Catalina de Siena, le decía que las flores son las alabanzas a Dios y los frutos son las obras buenas para el prójimo, claro.
Alguien dirá: "bueno, pero la flor también se seca y cae", sí, es cierto, se seca cuando ha agotado, cuando ha dado toda su belleza, como la alabanza ha regalado al sol, al aire, ha regalado al viento, a las montañas, ha reglado a la selva y al bosque toda su belleza, ha consumido todo lo que es y por eso ahora cae.
La flor se compara con las alabanzas a Dios, con la vida agradable a Dios, y el fruto se compara con aquello que es provechoso, aquello que es sustancioso y alimenticio, aquello que es útil para el bien de otras personas. Todo árbol produce de unas ramas y estas otras ramas, y de esas ramas otras ramas, y de esas ramas otras ramas, esos son los matrimonios, un matrimonio que produce otro matrimonio y así sucesivamente.
Pero en toda familia tarde o temprano llega gente que no se casó, porque no quiso, porque no pudo, porque murió, por lo que sea, y ahí está el punto. Ustedes y yo estamos todos en un árbol cada uno en un árbol de su propia familia, y nosotros hemos tomado una decisión, un camino virginal, que por lo tanto hace que nosotros no produzcamos más ramas para éste árbol, o sea que sólo nos queda la alternativa de ser hoja, o flor, o fruto, sólo eso podemos ser.
La misma biología nos muestra que el fruto, como la alabanza a Dios, se vuelve provecho para el prójimo, o sea que escoges ser hoja y vivir estérilmente y morir en tu amargura y ser hojarasca; o escoges ser alabanza a Dios y fruto de provecho al prójimo, y fíjate que todo el árbol tiene sentido, fundamentalmente, por el fruto que produce.
Dentro de la simbología bíblica, la razón de ser de los árboles, son los frutos y así aparece desde el capitulo primero del Génesis, de manera que cuando nosotros celebramos a nuestros padres difuntos, no solamente pensando en mi papacito o mi mamacita que se murieron o se van a morir.
Esto es mucho más profundo, esto es mucho más teológico. Lo que estamos recordando aquí es que nosotros estamos injertados, estamos unidos a un árbol, que es el árbol de nuestra familia en primer lugar, y que es el árbol de la familia humana en segundo lugar, y que dentro de ese árbol nosotros, fíjate de la pretensión de mis palabras, nosotros somos la razón del árbol.
Esta idea no es mía, esta idea es de San Jerónimo, y la expone cuando habla de la grandeza de la virginidad consagrada a Dios. Dice que esa vidas, que finalmente se consagran a Dios, son la razón de ser de todas las vidas que vinieron antes.
Así como toda la sucesión de ramas sólo tiene sentido porque finalmente se llega a una flor o un fruto, así también todas las generaciones que estuvieron antes que nosotros tienen sentido, adquieren sentido en nuestra consagración, y por eso nosotros somos en nuestra oración, embajadores de todas esas ramas, de todos esos matrimonios que estuvieron atrás y atrás.
Nosotros representamos a todos ellos y nosotros nos convertimos en una flor para alabar a Dios y en un fruto para darle salud a nuestro prójimo; nosotros somos la razón de ser de todo aquello que nos antecedió, y por eso cuando nosotros oramos por esa ramita que fue el matrimonio de papá y mamá o por esa rama más gruesa que fueron los abuelos o por ese tronco gruesísimo donde finalmente encontraríamos a nuestro padre Adán, cuando nosotros oramos por esas etapas que estuvieron antes que nosotros, estamos reconociendo que el sentido profundo de nuestra vida y el sentido profundo de ese árbol, está en ser flor para Dios y provecho para el prójimo.
Esto es lo que nosotros estamos llamados a ser. Nosotros no podemos consagrarnos virginalmente, nosotros no podemos abstenernos de familia, ¡atención!, nosotros no podemos negarle al árbol más ramas, a menos que vayamos a dar flores o frutos.
Negarle al árbol ramas, es decir, negarle hijos a ese árbol, abstenerse de casarse, abstenerse de engendrar, todo tiene sentido si uno se va a convertir en una flor para Dios, o en un fruto para su prójimo, pero si uno no va a ser eso, si uno va a ser pura hoja, es mejor que haga una rama, para que el día de mañana pueda salir una flor o pueda salir un fruto.
Les voy a contar una cosa: cuando mi mamá era jovencita, alguna religiosa le preguntó que si ella no quería ser religiosa, fíjate que esa pregunta vocacional es como preguntarle: ¿estás dispuesta?
El punto donde se cierra el ciclo, el punto donde la sucesión de generaciones empata con el cielo, eso es lo que quiere decir ¿te quieres consagrar virginalmente a Dios? Quiere decir eso: ¿estás dispuesta a llegar a ser ese punto donde ya no siguen ramas y ramas? Sino donde ya se une con el cielo, ¿estás dispuesta a eso? Mi mamá respondió que ella no se sentía llamada a eso, y dijo: "yo creo que más bien le doy a Dios algún sacerdote o alguna religiosa", en este caso se le cumplió.
Uno tiene que tener esa claridad. En el pueblo de Dios, en el árbol de la vida que Dios puso en esta tierra, todos tenemos que ser fecundos, o dándole más ramas o dándole flores de perfecta alabanza y virginal alabanza a Dios, y frutos de profunda y generosa caridad a nuestros hermanos, pero todos tenemos que ser fecundos muy fecundos.
Cuando nosotros celebramos este aniversario de nuestros padres difuntos, estamos recordando a todas esas generaciones y estamos pensando que nosotros somos los embajadores de todos ellos, que nosotros nos representamos a todos ellos, que de alguna manera somos la razón de ser de sus matrimonios, de sus amores, de sus esfuerzos, de sus luchas.
Alguien dirá: "valiente presumido este, ¿pero y los otros hijos?" Pensemos en el caso mío: nosotros fuimos cuatro hermanos en la casa, soy el tercero de cuatro hermanos, entonces alguien dirá: "está bien, ¿entonces sus otros hijos no son razón del amor de su papá y de su mamá?" A esa persona yo le respondería lo siguiente: mira, toda rama finalmente termina en hojas, en flores o en frutos.
Mi hermano inmediatamente mayor, es decir el segundo de los hijos, se casó hace algunos años y ya tiene tres hijos… siguen las ramas, ¡maravilloso! Pregunta: ¿todos los descendientes de ese hermano mío van a seguir produciendo ramas por los siglos de los siglos? No, finalmente toda persona que engendra, aunque lo quiera o aunque no lo quiera, está engendrando vírgenes.
El punto es, ¿en cuánto tiempo llegarán esos vírgenes o esas vírgenes? Pero toda persona está engendrando vírgenes, ahora, serán vírgenes, es decir, serán personas que no son fecundas en esta tierra, serán vírgenes llenos de amor a Dios, de alabanzas, o de frutos, o llenos de hojarasca, pero toda persona que engendra, al final está engendrando vírgenes.
Y por eso nosotros hoy caemos en la cuenta de estas realidades, descubrimos que nosotros, vírgenes, somos la razón de ser de la humanidad entera, esto era lo que decía San Jerónimo y no lo querían, ¡qué lo iban a querer!, pero San jerónimo lo decía: "la virginidad es la razón de ser de la humanidad".
Uno se pone a pensar que finalmente, las últimas personas que estarán cuando vuelva el Señor Jesús, esas últimas personas, finalmente ya no van a poder engendrar más, hasta ahí llegó.
Nosotros anticipamos ese momento y nos convertimos en embajadores de nuestros antepasados para recordarle a la Iglesia que el sentido de engendrar, es darle vírgenes a Dios.
Estas razones profundas y bellas hay que revolverlas, hay que pasearlas un poco por el corazón, porque a primera vista no parecen, pero cuando uno lo medita un poco, uno siente una alegría muy grande de estar consagrado a Dios; uno siente un gozo tan profundo de poder servirle, uno siente una alegría tan intensa de saber que todos esos abuelitos, bisabuelitos, tatarabuelitos, de alguna manera están floreciendo en nosotros y están fructificando en nosotros.
Por ese bien que nos han hecho, nosotros rogamos por ellos, porque nosotros sin ellos no hubiéramos llegado a esta tierra, y ellos con nosotros celebrarán a Dios en los cielos.