Nde1007a
Fecha:20110103
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Original en audio: 8 min. 16 seg.
Las lecturas de estos días posteriores a la Epifanía y anteriores al Bautismo, son como un eco de la celebración misma que tuvimos el día de ayer. Es decir, son pasajes en los que se muestra un poco la gloria de Cristo, el esplendor de Cristo.
En otro sentido son también lecturas que nos ayudan a comprender de qué manera Cristo es luz para nuestras vidas.
Para que las cosas no se nos queden solamente en metáforas, meditemos un poco qué quiere decir esto de que eJesús es nuestra luz, en qué sentido la vida de una persona se convierte en luz para otras persona.
Desde siempre, la luz ha sido asociada con el entendimiento, con la inteligencia; y si decimos que Jesús es nuestra luz es porque conduce nuestro entendimiento a una comprensión de algo que antes no sabía. Pero se trata de un algo, se trata de una verdad que no es puramente una teoría, no es una doctrina.
La comprensión a la que nos lleva Cristo, y por consiguiente su luz, no es una luz pálida, como la luz artificial que puede iluminar pero no calentar; es la luz de un fuego, y ese fuego es el que está en su corazón misericordioso y salvador del Universo.
¿De qué manera sucede esto? ¿De qué manera Cristo se convierte en luz? Lo podemos describir con estas palabrasacuer: cada uno de nosotros obra de acuerdo con ciertos supuestos, la mayor parte de las veces no somos conscientes de los supuestos con los que obramos.
Es muy posible que buena parte de nuestras acciones y de nuesrtras actitudes mismas sean procesos automáticos guiados por la costumbre, por lo que vemos hacer en los demás, por lo que se usa, por la opinión pública, etcétera.
Cristo, con su increíble generosidad; Cristo, con su fantástica gracia; Cristo, con su impredecible perdón, rompe precisamente los moldes de eso que sería lo normal o lo acostumbrado.
Su modo, escandalosamente libre de amar, su poder incalculable, su generosidad, lo que vemos que realiza en las otras personas y lo que descubrimos que ha hecho en nosotros, hace que nuestros propios supuestos tengan que, precisamente, salir a luz.
Nosotros no creíamos que fuera posible un volumen de amor tan grande, creíamos que el amor había que conservarlo poquito porque probablemente se apagaba si lo gastábamos. Pero Cristo nos muestra que el amor, para aquel que está unido a Dios como Él al Padre, el amor cuanto más se gasta más abunda; y la fe cuato más se ejercita más crece.
Y de esta manera, Jesús hace que nuestros antiguos supuestos, hace que nuestras antiguas categorías se revienten, hace que nuestros esquemas estallen y de pronto veamos que es posible una vida distinta también para nosotros.
Esto lo manifestó particularmente en el sacrificio de la Cruz, pero su misnisterio terreno es ya una muestra de lo que es esto.
Cristo puede decirse que manifestó en su temprano ministerio, lo que hemos escuchado en el evangelio, originó como una especie de bola de nieve, un proceso creyente, un proceso que hacía que las curaciones de unos llevaran a la fe de otros que a su vez se curaban y llamaban a la fe de otros, hasta completarse multitude enteras.
Cristo inició un proceso de maravillar a las personas para llevarlas a la fe, y de conducirlas desde la fe hasta la renovación de su corazón. Este proceso maravilloso sin embargo tiene su límite, porque Jesús no sólo actúa sino que también habla.
Y la predicación de Cristo iría conduciendo progresivamente a estas multitudes entuasiasmadas al reconocimiento de las raíces de sus propios pecados. En ese momento el entusiasmo va a decrecer, ya no es tan popular Cristo, y muchos que ya habían sido sanados, se retiran de Ël.
Hay un momento en el que la cosa hace crisis y Él le tiene que preguntar a sus Apóstoles: "Bueno, ¿y ustedes también se va a ir?" San Juan 6,67, y es ahí cuando recordamos la expresión de Pedro: "Tú tienes palabras de vida esterna" San Juan 6,68.