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Fecha: 19951222

Título: El Cantico de Maria

Original en audio: 8 min. 35 seg.


El cántico de Ana y el Cántico de María. Dos cánticos, dos historias, dos mujeres; también dos hijos: Samuel, ofrecido para servicio de Dios en el templo bajo la guía de Helí, y Jesús, consagrado ya desde el seno materno, para el servicio de Dios, constituido Él mismo en un Templo y lugar de encuentro y de oración.

Ana suspiraba por ese hijo, porque era estéril ella y porque, como sabemos, sufría las humillaciones de su esterilidad, según la mentalidad del Antiguo Testamento.

Pero el Hijo de María no era esperado y no era suplicado solamente por María, sino aguardado por todas las naciones, por todas las mujeres.

Jesús es un niño que tiene que nacer de cada mujer; Jesús es un niño que tiene que nacer de cada vida, y el fruto propio de la vida y la vida misma es ese Jesús. Si al terminar la vida uno no ha dado a luz a Jesús, si uno no ha dado a luz la vida, uno está solo muerto.

Y el que no da a luz a Jesús en esta vida, no tiene otro destino, sino la eternidad de oscuridad, de tristeza, de absurdo, porque en realidad Dios nos ha creado para que nosotros demos a luz a Jesús, para que Jesús, para que el Verbo pueda realizarse plenamente en cada uno de nosotros.

Por eso, no hay nada que se parezca al gozo, a la plenitud de alabanza de María, porque se juntan en ese cántico de María, la alegría plenamente humana, plenamente femenina; ese sentirse realizada como mujer; ese sentirse plenamente realizada como persona, como creatura, como Hija de Dios.

Aunque no me gusten demasiado esas palabras en este momento, nos ayudan: es una alegría al mismo tiempo natural y sobrenatural; es al mismo tiempo la alegría de sentirse fecunda en su carne, pero sobre todo la alegría de ser fecunda para Dios.

Y por eso, el cántico de María, que seguimos recordando en la Iglesia con su primera palabra en latín: "Magnificat", es un cántico plenamente nuestro y plenamente humano; es carne que canta, pero al mismo tiempo es un cántico plenamente en la gracia, plenamente en la fe, plenamente en Dios.

No tenemos un cántico mejor en la Santa Iglesia; no tenemos algo que exprese al mismo tiempo y de tal manera la alegría de estar vivos y de dar vida, y la alegría de recibir vida divina, de Dios.

Por eso este cántico, este Magnificat puede ser leído enteramente desde nuestra historia, y desde ese punto de vista, lo que aquí le dice de los pobres y de los ricos; de los hambrientos y de los poderosos; lo que aquí se dice de humillaciones y de soberbias no es solamente "espiritual", es la realidad de que Dios puede y quiere y va a transformar la historia que viven las personas, la historia donde están esos ricos y esos pobres; esos poderosos y esos hambrientos.

Pero al mismo tiempo, este cántico celebra, y casi digo yo, en primer lugar esa acción salvadora de Dios que libra más allá de las opresiones que nosotros alcanzamos a ver.

Por eso este cántico tiene una potencia de limpieza del alma, porque aquí se está hablando de una libertad que trasciende lo que alcanzan a ver nuestros ojos. Aquí se habla de una liberación que efectivamente tiene que ver y tiene mucho que decir con lo que vive el mundo.

Pero precisamente tiene tanto que decir, que dice más que lo que alcanzan a decir nuestras palabras y de lo que alcanzan a ver nuestros ojos.

Y por eso, una lectura de este texto que se quedara sólo en los aspectos económicos, sociales, políticos estaría en realidad empequeñeciendo a Dios, y aquí se trata de "proclamar la grandeza del Señor".

Este cántico tiene una labor de limpieza del alma, porque son palabras que anuncian una acción tan profunda de la redención de la creatura humana, que va precisamente desde su origen mismo en el vientre materno, hasta su realización más plena en el cumplimiento de las promesas de los Patriarcas.

De algunas formas de espiritualidad oriental, tan de moda hoy, proviene la costumbre de repetir frasesitas a las que se les llama "mantras", y se supone que esas frasesitas, a veces en lenguas extrañas, tienen como un poder de limpiar el corazón, de limpiar el alma o de hacer entrar a la mente en estados energéticos o cinéticos de comunicación, de iluminación, o de lo que sea.

Sin entrar en discusiones sobre lo que haya de bueno o de malo en eso, yo creo que los cristianos nacidos de este vientre de María Santísima, tenemos un "mantra" mucho mejor en el Magnificat, porque repitiendo como lo hacemos, por ejemplo, en la Liturgia de las Horas cada tarde, este mensaje de salvación, estamos cantando una liberación que va desde nuestro propio vientre hasta lo último que Dios alcance a realizar en nosotros, según su santísimo poder, según su infinita misericordia.

Unámonos, pues, a este cántico, celebremos la esterilidad vencida y la virginidad fecunda; unámonos a este cántico y celebremos esa libertad que va más allá de lo que alcanzan nuestros ojos, esa salvación que va más allá de lo que pueden decir nuestras palabras.