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Revisión del 17:39 9 dic 2010 de Ayxa (Discusión | contribuciones)

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Fecha: 19961214

Título: En el Adviento nos formamos en la esperanza

Original en audio: 8 min. 2 seg.


Ya este es el sábado de la segunda semana de Adviento. La Iglesia, que es Madre y Maestra, nos va educando con toda pedagogía en una escuela de esperanza, esa es la palabra fundamental, quizá, de este tiempo de Adviento: Nos estamos formando en la esperanza.

Y por eso es un tiempo muy singular. Está el color morado que indica luto, vacío, penitencia, el mismo color que encontraremos en la Cuaresma, pero es también un tiempo repleto de aleluyas y en eso no se parece a la Cuaresma, sino a la Pascua.

¿Cómo es esa historia de una Iglesia que canta aleluya de triunfo y se viste morado de penitencia? ¿Cómo es ese triunfo que ya proclamamos y que seguimos aguardando? ¿Y cómo es esa esperanza que no tenemos todavía y que sin embargo ya cantamos?

Adviento es el tiempo litúrgico en el que la Iglesia de alguna manera celebra lo que ya es; celebra su condición en este tiempo presente, porque durante este mundo la Iglesia es siempre como una continua espera, como una continua esperanza.

Porque es una continua espera, a veces se le critica, se le denigra: "Bueno, ¿no que había resucitado Cristo? ¿Entonces por qué hay tanto pecado? ¿No dizque es tan importante y tan sabio y tan poderoso el Evangelio? ¿Entonces por qué en un país como el nuestro no da fruto? ¿Por qué en una nación católica en su gran mayoría hay tantos crímenes que manchan sus manos?"

Y la Iglesia, que somos todos, tiene que escuchar en silencio, en dolor y con lágrimas, esta realidad. El pecado que la agobia, la impotencia de sus fuerzas misioneras, la ignorancia que la oscurece, hacen que la Iglesia tenga que vestirse de morado y tenga que decir resueltamente: "¡Ven, Señor Jesús, que nos haces falta!"

Pero por otra parte, esta misma Iglesia es la señal clara de la misericordia, es una gran manifestación de misericordia.

No hace mucho se ha publicado un polémico libro sobre el Papa Juan Pablo II escrito por dos periodistas, entiendo que un norteamericano y un italiano. Estos periodistas no se manifiestan católicos, no les interesa hacerle reverencias al Papa.

Más bien, como suelen ser los periodistas, especialmente cuando husmean en el Vaticano, andan a la caza de escándalos y de aquellas cosas que precisamente, por su desconocimiento y por su protuberancia, atraigan posibles lectores y compradores.

Pues bien, estos periodistas, quizá un poco sensacionalistas, repito, terminan por reconocer que la única voz, a nivel mundial, que sigue predicando esperanza es la voz de Juan Pablo II. Y por eso la Iglesia que es espera, es también esperanza, y si por ser espera tiene que vestirse de morado, por ser esperanza puede cantar aleluya.

Y revise usted cuáles son las voces. En un país como el nuestro, el mismo que hemos contemplado hace unos minutos, con las manos manchadas de sangre, de crímenes y de sobornos, en una misma Iglesia como la nuestra, en la que indudablemente hay defectos y problemas, revise usted la realidad de este país, busque usted entre las voces que puede leer en las publicaciones, que puede escuchar en los noticieros, que puede ver en la televisión.

Yo le pregunto a usted: ¿hay alguien, hay un solo político, o científico, o filósofo, o literato que tenga un mensaje de genuina esperanza para el país? ¿Hay alguien que anuncie alguna esperanza para el mundo?

La única voz a nivel mundial que predica una esperanza y una vuelta hacia la luz es la voz del Papa, y la única institución que hace lo propio aquí en Colombia es la voz de la Iglesia.

Queridos hermanos, esa es la dinámica, esa es la atención propia del Adviento. Tenemos mucho de qué corregirnos como país, como colombianos, como cristianos, como Iglesia, y por eso está bien que hagamos penitencia, que guardemos silencio y que cada uno examine su conciencia.

Para eso la voz de Juan el Bautista, que ha sido presentada en estas lecturas, es invaluable; pero si es verdad que tenemos mucho de qué corregirnos y mucho de qué acusarnos, también tenemos mucho qué anunciar.

Créame, hermano, que usted por su bautismo tiene mucho qué contar y qué cantar a las demás personas. Créame que en esos recintos rojos, en esos confesionarios donde se destruye el pecado también se anuncia la esperanza.

Y créame que cada cristiano que recibe la bendición y la absolución de sus pecados, es también un apóstol de la esperanza, alguien que puede contar en su casa y en su trabajo que es posible el perdón, que podemos empezar de nuevo y que ese perdón y ese nuevo comienzo se han hecho posibles cuando Dios mismo, por así decirlo, quiso empezar de nuevo.

Que es lo que vamos a celebrar pronto en la ya cercana Navidad. No nos avergoncemos de nuestra fe, tampoco creamos que todo está bien hecho, hay mucho de qué convertirse, también hay mucho que celebrar, muchos aleluyas para decir y mucho morado para vestirnos.