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Fecha: 20091225
Título:
Original en audio: 35 min. 14 seg.
Hermanos míos:
En este día tan solemne y tan alegre de la natividad del Señor podemos esperar que nuestra madre la Iglesia haya escogido lecturas muy preciosas y muy precisas que ayudan a que nuestro corazón se dilate en la alegría y ahonde en la verdad que nos ha sido revelada.
Es un verdadero banquete el que nos ofrece la liturgia de la Palabra en el día de hoy. Primero Isaías invitándonos a gozarnos en la victoria de nuestro Dios; una victoria que llegará hasta el último confín de la tierra. Luego la carta a los Hebreos recordándonos el itinerario que ha recorrido Dios: “en muchas ocasiones nos habló por medio de los profetas; en estos tiempos que son los últimos nos habla por medio de su Hijo”. Y luego el evangelio tomado del texto de san Juan; ese texto que es al mismo tiempo poesía y pensamiento, arte y verdad, belleza indescriptible y asombro para nuestras almas hasta llegar a ese versículo número 14 del capítulo primero de san Juan: “la Palabra se hizo carne”, “la Palabra se hizo hombre y habitó entre nosotros y hemos contemplado su gloria, la gloria que recibe del Padre por ser Hijo único”.
¡Qué banquete para nuestros oídos, qué alimento profundo y sólido para nuestro corazón y nuestra fe! El Espíritu Santo de Dios que inspiró estas palabras de la Escritura nos permita asomarnos un poco a su riqueza para que salgamos de esta iglesia con el corazón jubiloso pero también luminoso. Está muy bien la alegría pero este es un día donde también hay que aprender, y así como nos sentamos a la mesa del banquete, así también seamos alimentados por esa luz que no muere, por esa verdad que nunca se apaga.
Mis hermanos, quiero tomar como punto de partida un versículo que oímos en el evangelio. Dice el evangelista san Juan que “de la plenitud de Jesucristo todos hemos recibido un don por otro don”. Nos habla de dos dones: el primer don es la ley, el segundo don es la gracia. La ley fue dada por medio de Moisés, la Gracia ha sido comunicada por los méritos de Nuestro Señor Jesucristo. Moisés y Jesús; la ley y la Gracia; el antiguo y el nuevo Testamento.
Porque en realidad la razón para alegrarnos con el nacimiento de Cristo es porque con Él nace el tiempo nuevo, con Él llegan los tiempos nuevos, y sólo puede considerarse feliz de ser cristiano aquel que recibiendo a Jesucristo ha recibido también la gracia de marcar un antes y un después en su vida. Nada más hermoso que poder decir uno “esta fue mi vida antes de Cristo; esta es mi vida después de Cristo”.
Porque también tú mi hermano, también tú tienes que seguir la estructura de la Biblia; también en tu vida tiene que cumplirse que antes haya una especie de antiguo testamento y también tiene que haber un nuevo testamento, si no lo sabías. Y el antiguo testamento en tu vida será el tiempo de la ley; y el nuevo testamento será el tiempo de la Gracia que ha llegado con Jesús. Esto es lo que tenemos que reflexionar en esta hermosa mañana de la navidad de Jesucristo, el nacimiento de nuestro salvador.
¿Qué quiere decir que la ley es un don? ¿Qué quiere decir que en nuestra vida tiene que haber un tiempo que se llame un antiguo testamento, qué quiere decir eso? Quiere decir que Dios nos da el conocimiento sobre qué es lo bueno y qué es lo malo. Lo propio de la ley es eso, dar el conocimiento sobre el bien y el mal; indudablemente este es ya un gran regalo. Esa ley que es eterna en el designio de Dios, esa ley que es natural porque está escrita en el ser mismo de las cosas, esa ley que se convierte en un susurro o en un grito en nuestra conciencia, esa ley que todos llevamos dentro, esa ley que es como una voz, en el fondo la voz de Dios que nos indica dónde está lo bueno y dónde está lo malo; ése es un regalo.
Esta ley que ya estaba dada, por decirlo así, en nuestra naturaleza fue esclarecida y promulgada solemnemente por el gran Moisés. A través de Moisés la ley de Dios se volvió algo explícito, algo que incluso podemos enumerar, es lo que llamamos los diez mandamientos.
En estos sencillos enunciados está declarado el querer de Dios; en esos sencillos mandamientos están las coordenadas básicas de la convivencia en sociedad, en esas palabras tan breves, en esos mandamientos que podemos escribir sin dificultad en una sola página están todos los códigos, todos los folios, todas las legislaciones de todas las culturas.
En los diez mandamientos hay un regalo de Dios porque ellos son como una brújula para el caminante que se siente extraviado. Los mandamientos de Dios muestran una norte, nos dicen qué debemos evitar y nos dicen hacia dónde debemos caminar. Nos dicen lo que debemos evitar a través de la palabra NO. No matarás, no mentirás, no cometerás adulterio, no serás envidioso, no vas a desear los bienes de tu prójimo, no vas a desear la mujer de tu prójimo. A través de la palabra NO los mandamientos traen una primera claridad a la mente humana.
Eso es lo mismo que hacen los papás con los niños chiquitos. Los que son aquí papás saben que al bebé hay que enseñarle la palabra NO. Si el niño imprudentemente está acercando su mano a la candela, el papá o la mamá le dicen no, no, no. Ese NO suena y resuena en los oídos del niño; es como un regaño, pero es un regaño que lo salva del peligro. No, no, no hagas eso. Ese no, detiene ante el abismo; ese no, impide caer en la fosa; ese no, salva y rescata y protege la vida. Ese es el NO que Dios nos da en los mandamientos. No, no vayas a cometer adulterio; no, no ofendas el Nombre de Dios, no juegues con el Nombre de Dios, no.
Ese NO, suena antipático como también el niño se siente regañado cuando el papá le grita ¡no! Pero ese NO, lo salva. Ese es el No que demuestra, aunque sea de manera velada, demuestra ya el amor del papá.
Pero los mandamientos no son sólo una colección de Noes; de hecho los mandamientos comienzan con un SÍ poderoso, un SÍ al amor, amarás. El mandamiento primero, el más importante es: amarás; es un gran SÍ amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu mente, con todas tus fuerzas. En los mandamientos ya hay un SÍ, el SÍ del amor, el SÍ del amor a Dios, el SÍ del amor a los papás, el SÍ del respeto y amor al prójimo.
Ese SÍ es el norte, y ese NO es como el guardaespaldas que te protege; es como la mano solícita, diligente del papá que no te quiere dejar caer. Los mandamientos, resumen de la ley de Moisés muestran claramente que hay un regalo en esas palabras; un don, como dice el evangelista san Juan.
Los mandamientos son necesarios para la convivencia. Es imposible la convivencia social si no respetamos los mandamientos de Dios. Preguntémonos por qué estamos como estamos, y es porque no obedecemos los mandamientos. Porque el que tiene un poquito de poder lo aprovecha para robarse el dinero de todos; entonces hace daño; entonces lastima el tejido social a través de la mentira, a través del robo, a través del falso testimonio se desgarra la confianza en las instituciones. A través de la lujuria, a través del adulterio se desgarra el tejido de la familia y se rompe ese pacto sagrado que Dios quería para la sexualidad humana.
Porque no respetamos los mandamientos de Dios, nuestras familias se resquebrajan y debilitan. Porque no respetamos los mandamientos de Dios, nuestra sociedad se agrieta y se desmorona. Los mandamientos son una palabra salida de la sabiduría y del amor de Dios para custodiar la integridad del ser humano, la integridad de la familia y la integridad de la sociedad.
Los mandamientos son tan preciosos que bien podemos leer en la Escritura un larguísimo elogio sobre los mandamientos de Dios. Para los interesados, se trata del salmo 119. Hay hermosos elogios en ese salmo; son 168 versículos cantando la belleza de los mandatos, los preceptos, las ordenanzas, todo lo que Dios ha querido para nosotros. ¡Qué gran regalo es la ley! Algún salmista extasiado ante la sabiduría de los mandatos divinos fue consciente de que era un regalo para su nación haberlos recibido, y entonces dijo estas palabras que están en el salmo 147: “Con ninguna nación obró así ni les dio a conocer sus mandatos”.
¡Qué regalo que Dios nos participe un poco de la claridad de su luz, de su mente, para que nosotros tengamos una ruta en esta vida! Y también tenemos ese otro elogio en el salmo 18: “la ley del Señor es perfecta y es descanso del alma, el precepto del señor es fiel e instruye al ignorante, más preciosos que el oro, más que el oro fino”.
Eso son los mandamientos de Dios, y ese es el primer paso que hay que dar cuando uno se acerca a Dios. Los que no dan ese paso caen en el reproche vigoroso del profeta Isaías cuando se lamentaba gritando: “ay de aquellos que llaman bien al mal, y mal al bien, ay de ellos”. Y eso está pasando en nuestro tiempo cuando en tantas naciones se habla de que el aborto es un derecho, un derecho, ¿derecho a qué? ¡Por Dios! ¡Derecho a matar! Eso es llamar mal al bien, y bien al mal; eso es canonizar la iniquidad.
Cuando se nos quiere presentar el homosexualismo como una gran muestra de amor y como una cosa divertida que no hace daño, y cuando parece que es un requisito para todas las modelos y cantantes tener experiencias lesbianas; ¿ahí qué está sucediendo? Se está llamando bien al mal y mal al bien. Cuando se presenta siempre a la Iglesia en la peor luz posible y sólo se habla de sus lacras, llagas y equivocaciones; ¿ahí qué se está haciendo? Presentando al mal como bien, y al bien como mal, creando confusión.
Cuando prospera la ley de lo que llamamos en Colombia “el avispado”; el avispado ¿cuál es? El astuto, el tramposo. Cuando se vuelve norma que “el avispado” es el que se sale con la suya, es el que se burla de los demás, y encima de eso recibe aplausos y honores. Cuando eso sucede ¿qué está pasando? Que estamos llamando mal al bien y bien al mal. ¡Esa sí que es la perdición!
La persona que utiliza para desgracia propia impuramente su propio cuerpo o el cuerpo de otros; la persona que maltrata a los pobres, que conculca los derechos de los demás, que destruye la paz de la sociedad, esa persona lo primero que necesita es recobrar los mandamientos; lo primero que necesita es recobrar la conciencia, porque parece que tenemos mucha gente sin conciencia. Las enfermeras y médicos que practican abortos, ¿dónde, por Dios, dejaron la conciencia, dónde? El profesor universitario que niega con garbo, con cinismo y con burla la existencia de Dios, ¿es que no tiene una conciencia, es que no sabe que se va a morir?
Lo primero es recuperar el don de los mandamientos. ¡Qué gran regalo es conocer y practicar los mandamientos de la ley de Dios! Y los papás, que en buen número los hay hoy en esta basílica, los papás acuérdense que tienen el gravísimo deber delante de Dios, tienen el deber de enseñar, primero con el ejemplo y después con la palabra, estos santos mandamientos de Dios.
Ser papá no es solamente engendrar ahí unos niños y que se críen como buenamente puedan; ser papá es formarle hijos a Dios. Y un hijo estará plenamente formado no principalmente cuando sepa tres idiomas, haga harta plata, tenga cuatro carros, dos casas y cinco fincas; ¡bien formado me quedó mi hijo! ¡No se sabe! Quizás es un mafioso, quizás es un ser repugnante y egoísta, quizás no deberías llamarlo “tu hijo” sino “tu engendro”, porque no sirve para nada.
¿Formar un hijo qué es? Formarle la conciencia, formarle el corazón; formar un hijo es educarlo en el temor de Dios, enseñarlo a amar a Dios, a la santa Iglesia, a los mandamientos, a los sacramentos; eso es formar a un hijo. Formar un hijo es formar a un santo; si no querías formar santos ¿para qué tuviste hijos? Formar hijos es eso; y si tú eres papá y si tú eres mamá y tus hijos no tienen cara de santos arrodíllate y golpea ese pecho y pídele perdón a Dios. Si no ibas a formar santos ¿para qué tuviste hijos? Tener hijos es ofrecerle santos a Dios. Y por eso hay que formar a los hijos en los santos mandamientos.
Todo muy bonito con los mandamientos, pero los mandamientos todavía no eran el regalo completo. ¿Qué es lo que falta a los mandamientos de Dios? Pues vamos a mirar, porque el evangelista san Juan dice que: “Dios nos dio un don por otro don” y dice: “por Moisés recibimos el don de la ley; por Jesucristo recibimos la gracia de la verdad”. ¿Qué era lo que le faltaba a los mandamientos? Esto lo describió de manera perfectísima el apóstol san Pablo en el capítulo séptimo de la carta a los Romanos; dice san Pablo: “el bien que quiero hacer, no lo hago; y el mal que no quiero hacer, eso es lo que hago”.
Los mandamientos son un gran regalo porque son iluminación de la conciencia; los mandamientos son un gran regalo porque evitan que uno se deje confundir. Para que uno no esté pensando que las cosas son buenas solamente porque las hace mucha gente. Como ahora todos se volvieron bisexuales, entonces yo me tengo que volver bisexual. Como ahora todos se casan cuatro y cinco veces y salen en fotos abrazados con la quinta esposa y con el sexto esposo, entonces da lo mismo casarse que descasarse. Como ahora todos roban, entonces ya ahora puedo robar.
Los mandamientos nos liberan de esa mentira; pero los mandamientos no son todavía el regalo completo, todavía no son el don perfecto, porque los mandamientos nos muestran, nos muestran dónde está el bien y dónde está el mal; pero no nos dan todavía la fuerza interior; y esto se ve muy bien en un término que utiliza la psicología actual: “represión”. Cuando una persona deja de hacer algo, pero en el fondo sigue deseándolo, todavía no es libre. Exteriormente lo evita, interiormente lo desea. Todavía no es ese el plan de Dios, todavía el regalo está incompleto; por eso Jesús puso el dedo en la llaga con frases como esta: “habéis oído que se dijo ‘no cometerás adulterio’, pero yo os digo ‘todo aquél que mira a una mujer deseándola ya cometió adulterio con ella en el corazón’”.
A primera vista lo que uno puede concluir es que Jesús puso las cosas todavía más complicadas porque la ley de Moisés se refería sobre todo a lo que uno tenía que hacer; en cambio ahora Jesús dice “aunque no lo hayas hecho si lo deseaste en tu corazón, mal”. Donde se ve, que con Jesucristo las cosas son de otra manera.
Los mandamientos nos daban una instrucción, pero una instrucción que quedaba como frente a nosotros; por eso san Pablo habla de que estaban escritos en tablas de piedra, y ya el Señor había hablado por medio de los profetas diciendo: “esta será la Alianza que haré en aquellos días, escribiré mi ley en sus corazones”.
El problema que tienen los mandamientos es que nos dicen lo que hay que hacer, pero no nos cambian las ganas, no nos cambian el deseo, no nos cambian el corazón. Los mandamientos son una ley muy buena, y esa ley de Moisés es muy sabia y fue dada por Dios y es válida; pero lo que pasa es que el corazón humano no da para tanto, y uno se da cuenta que muchas veces vive el drama que dijo san Pablo: “el bien que yo quiero hacer no lo hago, y el mal que quiero evitar eso es lo que sí hago”.
Y quienes hemos conocido, lamentablemente, el poder del pecado, sabemos que esto es así. ¡Cuántas cosas hay que uno quisiera evitar pero no logra evitarlas! Y uno sabe que son malas, pero sigue haciéndolas. Hay personas a las que les gana el mal genio; Hay personas a las que les gana la mentira; hay gente que se confiesa y dice: “yo no sé por qué digo tantas mentiras, siempre que me preguntan algo, lo primero que me viene a mi cabeza es una mentira, yo vivo diciendo mentiras”.
Muchas personas se acusan o nos acusamos de dificultades con nuestros pensamientos, porque tenemos a veces pensamientos de egoísmo, de venganza, de resentimiento, de impureza. A veces uno mira el propio corazón y siente vergüenza porque lo siente y lo sabe sucio y uno dice: “este corazón mío no me gusta”.
Así que los mandamientos son algo maravilloso, pero se queda corto, necesitábamos algo más, y eso que necesitábamos tiene una palabra en el nuevo Testamento y en toda la Biblia. Si la palabra que hay que asociar con Moisés es la palabra “ley”, la palabra que en cambio debemos asociar con Jesucristo es la palabra “Gracia”.
Santo Tomás de Aquino nos dice que la Gracia es la ley nueva. Con la Gracia de Cristo ha llegado el nuevo Testamento; la Gracia de Cristo, el regalo de Dios manifiesto en Cristo es lo que realmente puede cambiar nuestros corazones. ¿Qué es lo nuevo que ha traído Jesús? Jesús ha traído la experiencia, la certeza, la fuerza del amor llegando a los corazones. Jesucristo desde su nacimiento en el humilde portal hasta la muerte en la cruz ignominiosa lo que ha hecho es manifestar un amor descomunal de Dios.
Cuando miramos al niño tiritando de frío en el pesebre, cuando le vemos tan hermoso, tan puro, tan bondadoso, y entendemos que está ahí solamente por nosotros, por nosotros entonces es como si un ariete, como si un misil, como si un proyectil lanzado desde el cielo impactara el corazón, y uno siente que las murallas se resquebrajan, y uno siente que el corazón se le ablanda, y uno siente que con una sola sonrisa de Jesucristo ya hay una razón para vivir, ya hay una razón para luchar, ya hay una razón para vencer al pecado.
Esa mirada de Jesús, esa sonrisa del niño, esa generosidad infinita, esa inocencia, esa pureza, esa vida en santidad junto a maría y José, esa oración purísima de este niño ¡Cómo no va a conmover nuestros corazones! Y luego le escuchamos predicar, le vemos realizar sus milagros, le vemos expulsar a Satanás, le vemos vencer a la muerte, le vemos perdonar a los enemigos, y encada una de esas escenas lágrimas de gratitud y de gozo brotan de nuestros ojos y nos sentimos infinitamente amados.
Cuando le oímos rezar, después de la última cena y poco antes de Getsemaní le oímos rezar diciendo estas palabras: “Padre”, así habla Jesús, “Padre, esto pido que donde yo esté, estén también ellos”, y esos “ellos” son sus apóstoles, sus discípulos. Y dice Jesús: “y no ruego sólo por ellos, sino también por aquellos que por la palabra de ellos creerán en mí”. Jesús rezó por ti, Jesús rezó por mí, Jesús rezó por nosotros poco antes de entregarse a la pasión dolorosísima, poco antes de aceptar el lábaro de la cruz, poco antes de aceptar el tormento más espantoso cuando de puro terror sudaba gotas de sangre, poco antes de afrontar ese sacrificio oró por ti y quiso que tú estuvieras donde Él está.
Si ese amor a ti te deja impasible, si ese amor no revienta tu corazón es que tú no tienes corazón. Jesucristo, Jesucristo nos ha amado como nadie, Jesucristo nos ha mostrado el rostro verdadero de Dios. Así termina precisamente el evangelio de hoy. A Dios nadie, nadie le ha visto jamás, el Hijo único es quien lo ha dado a conocer. ¿Qué es lo nuevo que nos ha traído Jesucristo? Nos ha traído un proyectil, nos ha traído un misil maravilloso de amor que revienta al corazón humano, que lo abre, que lo hace sensible a la lógica del Cielo. Eso es lo que ha traído Jesucristo.
Esa inundación de amor tiene un nombre, esa inundación de amor se llama el Espíritu Santo. Usando la cruz como su herramienta, usando la cruz como su proyectil Jesucristo reventó las murallas de egoísmo, de resentimiento, de incredulidad, de dureza que teníamos. Usando la cruz como ariete, usando la cruz como arado Jesucristo abrió caminos nuevos, surcos nuevos en la esterilidad del alma humana y sembró semilla incorruptible como dice el apóstol san Pedro: “hemos nacido de semilla incorruptible”.
Jesucristo usando los padecimientos, usando el dolor, pero sobre todo usando el amor y la obediencia abrió caminos nuevos en el corazón humano, sembró la simiente, acercó el Cielo, nos dejó mirar el rostro del Padre; porque cuando el apóstol Felipe le preguntó “pero muéstranos al Padre”, Jesús le dijo: “el que me ha visto a Mí ha visto a mi Padre”.
Jesús nos mostró el rostro de Papá Dios; ahora hemos visto a Dios, ahora como dice san Juan: “hemos contemplado su gloria”. El obstáculo terrible de dureza, de miedo, de egoísmo y de comodidad que cada uno de nosotros tenía ha sido reventado por la valentía, por el arrojo, por el coraje de Cristo.
Con la humildad ha derrotado nuestro orgullo, con la generosidad ha derrotado nuestro egoísmo, con su pureza ha limpiado nuestra basura, con su santidad ha curado nuestra iniquidad; ha llegado Jesús a nuestras vidas y por eso estamos felices, y por eso hay navidad y por eso hay alegría; porque este Jesús ha llegado para que nosotros no solamente sepamos dónde está el bien y dónde está el mal. Eso ya nos lo contaban los mandamientos. Jesús ha llegado no solamente para que sepamos dónde están el bien y el mal sino para que encontremos la dulzura del bien habiendo contemplado el rostro de nuestro Padre bueno y comprendamos la iniquidad del mal habiendo visto la obra del mal en las llagas de la cruz.
Así ha llegado Jesús a nuestras vidas, para que seamos iluminados de un modo aún más profundo que el de los mandamientos, para que nosotros recibamos la revelación del Padre Dios, para que nosotros aceptemos la inundación de amor que se llama la Gracia, que se llama la “donación del espíritu santo”. Hermanos, hoy es navidad; dos regalos: los mandamientos que son una gran cosa, son una brújula, pero son insuficientes; y después el regalo de este amor, el regalo de esta Gracia.
Yo te pido, de parte de Jesucristo te pido ¡abre las puertas, abre ese corazón, dile a Jesús que lo recibes, dile al Señor: “te acepto como mi Señor y mi Salvador”, dile a Jesús: “te acepto como Rey de mi alma para que Tú transformes mis gustos te acepto Jesucristo como Rey para que me empiece a gustar bien lo bueno y me sepa mal lo malo, te acepto Jesucristo para que detrás de tu cruz venga la inundación saludable del Espíritu santo y yo sea renovado y sea lavado y pueda vivir como hijo tuyo”. “Te acepto Jesucristo para que se cumpla en mí lo que dijo el evangelio de hoy, que yo sea uno de esos, uno de aquellos que ha nacido no como nacen los seres humanos ni por voluntad natural y humana sino porque Dios me ha dado vida”.
Hermano, si estás dispuesto a recibir así a Jesucristo, ¡feliz navidad para ti! Si estás dispuesto a acoger asía a Jesucristo dile: “ven Señor, aquí está mi pecho; ven Señor, aquí está mi casa; ven Jesús, feliz navidad”.