I215001a
Fecha: 19990827
Título: Orar con los Salmos
Original en audio: 23 min. 18 seg.
Uno de los cambios que tuvo la Liturgia de la Iglesia después del Concilio Vaticano Segundo, fue la introducción de un salmo como respuesta a la proclamación de la Palabra.
Normalmente, tenemos una primera lectura del Antiguo o del Nuevo Testamento, a la que todos respondemos, tomando como un versículo de un salmo. Pero en realidad, todo el salmo sirve como respuesta a la lectura que se hace.
Y después de esa primera lectura con su respuesta, tenemos el evangelio. Antes del evangelio, se canta el Aleluya, y de pronto, se añade otro versículo. Esta es la presencia que tiene la Palabra de Dios en la Santa Misa: una primera lectura y un evangelio.
Los domingos hay dos lecturas. Entonces tenemos la primera lectura con su salmo de respuesta, luego la segunda lectura, y luego el evangelio.
Casi siempre uno pone su atención a las lecturas. Pero yo hoy quisiera compartir con ustedes una pequeña reflexión sobre el Salmo, porque eso que hemos respondido, es una maravillosa invitación, y es una gran enseñanza: "Alegráos justos con el Señor" ( véase Salmo 97 , 12 ).
¡Qué impresionante es la Palabra de Dios! Son cinco palabras, pero en esos cinco vocablos hay una invitación que es maravillosa, y hay una enseñanza que es muy saludable. "Alegráos justos con el Señor" ( véase Salmo 97 , 12 ), hemos repetido, porque ese texto está en el Salmo 97, según la numeración de nuestras Biblias, Salmo 96, según la numeración de la Santa Misa.
Es un salmo muy hermoso, un salmo de alabanza: "El Señor reina, la tierra goza, se alegran las islas innumerables" ( véase Salmo 97 , 1 ), un salmo para proclamar la majestad de Dios.
Vamos a dividir nuestra predicación en dos partes. Primero, un comentario sobre el provecho que traen los salmos como escuela de oración, algo breve, y después volveremos a esa frase, que hemos repetido varias veces en esta Eucaristía: " Alegráos justos con el Señor" ( véase Salmo 97, 12 ).
Vamos pues con lo primero. A mí me parece que los salmos son la mejor escuela de oración. Dice el Apóstol San Pablo en la Carta a los Romanos, que "nosotros no sabemos orar, ni como conviene" ( véase Carta a los Romanos 8 , 26 ). Creo que esta es una realidad que muchos hemos experimentado: no saber qué palabras decirle a Dios.
Pero por otra parte, está bien claro, que la vida espiritual, ni nace, ni crece, ni fructifica, si no es con la oración.
Además está muy claro, que sólo el Dios verdadero puede hacer verdaderas obras por nosotros; no es el Dios que yo me imagine, no es lo que yo me imagine de Dios, es lo que Dios ha mostrado de sí mismo, es el Dios verdadero, el que puede transformar mi vida.
Es muy fácil en la oración pasar del Dios verdadero a las fantasías de nuestra mente. Creo que todos ya me hayan escuchado la historia de aquella jovencita, que me decía que oraba todo el día, pero llevaba una vida espantosa, y en la familia no había quién se la aguantara, y era un desastre, realmente;"pero ella estaba en oración continua".
Su oración consistía, sobre todo, en una conversación, en un decirle y decirle cosas a Dios, y Dios le respondía en términos muy parecidos a los de ella misma. Era un Dios que se parecía tanto a ella, que terminaba aprobándole todo lo que ella dijera.
Es muy fácil caer en un Dios de fantasía, no sólo en un Dios complaciente, a veces en un Dios rigorista, a veces en un Dios indiferente.
Pregunta: "¿Quién te dijo que Dios era tan indiferente como tú te lo imaginas? ¿Quién te dijo que Dios estaba tan lejos como tú a veces dices? ¿Quién te dijo que Dios era tan estricto como tú a veces lo piensas? O, ¿quién te dijo que a Dios le parece muy gracioso lo que tú haces? ¿Quién te dijo que a Dios le agradaba lo que tú crees que es su voluntad?"
Dios no es una idea, no es un muñeco de cera, no es un muñeco de plastilina para que nosotros lo hagamos, más o menos, como a nosotros nos parece. En Él reposa y de Él mana la fuente única de la vida, es Él quien da la vida, es Él quien nos forma a nosotros, no nosotros, los que tenemos que formarlo a Él.
Y por eso dice en algún lugar la Escritura: "¿Quién ha conocido la mente del Señor? ¿Quién ha sido su consejero?" ( véase Carta a los Romanos 11 , 34 ). Y San Pablo dice: "Nosotros no sabemos orar como conviene" ( véase Carta a los Romanos 8 , 26 ).
Por eso toda persona que quiera dar pasos serios en la oración, que quiera dejar de imaginarse a Dios, tiene que acercarse a lo que Dios ha dicho de sí mismo.
San Agustín tiene estas palabras: "Para que el hombre pudiera alabar dignamente a Dios, Dios se dignó alabarse a sí mismo en la Escritura". Porque la Escritura, inspirada por el Espíritu de Dios, inspirada por el Espíritu Santo, contiene alabanzas a Dios, pero las alabanzas que reconocen lo que Él quiere que nosotros sepamos de Él, y como Él quiere ser llamado.
Yo creo que no hay excusa para nuestra mediocridad. Hoy, las ediciones de la Biblia están en todas partes, y además, pues tienes las hojitas que se reparten en la Iglesia, y tienes los amigos, y tienes Internet, y tienes muchos caminos para recibir la Palabra de Dios. Hoy no hay disculpa alguna.
"¿Qué te impide?", respóndeme sólo eso, "¿qué te impide tomar la Escritura, y repasar con tus ojos, leer lo que allí se dice, ir tomando esas palabras, hacer grupo de oración con el Espíritu Santo? ¿Quién te impide eso? Nadie te lo impide".
Cuando yo llegué a la Comunidad, yo tuve un postulantado brevísimo, de menos de un mes; probablemente, eso fue lo que me faltó: más madurez en ese postulantado. Y luego llegamos al noviciado. En el noviciado, pues ya se inició la oración con la Liturgia de las Horas, el Breviario, ese libro que algunos de ustedes ya van conociendo, y van amando.
Yo, que estaba acostumbrado a la oración espontánea, a la oración improvisada, a la oración que surge, así no más, del corazón,me sentí raro, semanas enteras en una oración así, con un libro, y siguiendo unos textos; me sentía raro, a veces me sentía postizo.
Pero fue obra del Espíritu Santo, que no tuviera yo la terquedad de rechazar esa oración, sino que más bien, intentara acomodar mi corazón, sensibilizar mi corazón a esa oración.
Y fue también obra del Espíritu, que después comprendiera, que en realidad, Dios seguía haciendo conmigo lo mismo que había hecho cuando me llevó a un grupo de oración que se llamaba "Espíritu Santo", allá en el barrio, junto a mi familia. Cuando estuve en el grupo de oración "Espíritu Santo", la gente oraba, yo no sabía decir nada, no se me ocurría decir nada. Llegué allá, me senté en un rincón, me escondí detrás de un mueble a ver cómo eran de ridículos todos, a eso fui.
Eso es una etapa inmadura que uno pasa. Pero después de esa etapa inmadura, yo me dí cuenta de que el inmaduro era yo, como le pasa a uno con esto de aplaudir, y levantar manos, y todas esas cosas. Al principio yo creí, que todos estaban locos; después descubrí, que el único loco era yo.
Si yo no tenía alegría suficiente para aclamar a Dios, si no tenía júbilo suficiente para darle vítores a Dios, y para gozarme con Dios, el que tenía que estar mal de la cabeza era yo. Si yo no conocía esa alegría, el que estaba mal era yo, y los demás, seguramente, eran los que estaban bien.
Yo podía tener muchas otras cosas, podía tener estudios, podía tener conocimientos, y sobre todo, podía tener una soberbia que no se me ha quitado del todo, creo, una soberbia como tres tallas mayor que yo, lo cual es decir. Yo podía tener todo eso, pero tener sencillez de alma, y alegrarme, lo que dice el Salmo, "alegráos" ( véase Salmo 97 , 1 ; 12 ), alegría, yo no tenía; alegría, yo no conocía.
En cambio, "toda esa gente ridícula de ese grupo", que no tenía lo que yo tenía, sí tenía lo que yo no tenía. Y yo descubrí, que el que estaba mal en la vida, era yo, el que no iba a ir a ninguna parte en la vida, era yo. Pero la historia está, en que yo me escondí por allá detrás de un mueble, a ver que dijeran sus oraciones, y después fui descubriendo, que en esas oraciones había algo hermoso.
Las oraciones que me han gustado a mí más, son las oraciones que empiezan por el arrepentimiento y terminan en alabanzas; esas son las que más me gustan a mí. Me encantan las oraciones, en las que el corazón aprende a humillarse delante de Dios, me gustan esas oraciones. Me gustan, porque son las que muestran como la verdad del corazón humano.
Pues bien, volvamos a la historia del noviciado. Estaba allá en el noviciado de mi Comunidad, y entonces entran los Salmos, y me sentía extraño, me sentía postizo; todavía me pasa alguna vez. Yo no creo que yo sea un gran orante, ni mucho menos; bastante camino me hace falta. Pero, por lo menos entendí y he seguido entendiendo, que cuando uno ora con los Salmos, uno está haciendo grupo de oración como esa gente.
Y esos textos, que un día nacieron de un corazón como el mío, vienen de Dios, y son una escuela maravillosa. Y después empecé a descubrir, que ahí había arrepentimiento, que era lo que necesitaba mi alma, y alabanza, como a mí nunca se me hubiera ocurrido, y unas acciones de gracias preciosas.
Fui descubriendo eso, y por tanto, he querido compartir con ustedes en esta primera parte de nuestra predicación, la belleza y la utilidad de los Salmos.