I336002a

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Fecha: 19971122

Título: Dios nos invita a celebrar sus bodas con la Iglesia en la eternidad

Original en audio: 14 min. 48 seg.


Estamos leyendo, en esta parte del año litúrgico, el final del evangelio de Lucas.

Pero son varios finales los que se juntan aquí: el final del evangelio, el final de la vida de Cristo, estos ya pertenecen a sus últimas predicaciones, el final de Jerusalén, que Jesús veía próximo, y el final o la consumación de todos los tiempos; son varios finales; repito, la conclusión del evangelio, la vida de Cristo, la destrucción de Jerusalén, y la consumación del mundo.

Estas cuatro realidades hay que saberlas relacionar entre ellas, porque se entremezclan continuamente, sobre todo en estos capítulos que estamos leyendo.

Por ejemplo, el hecho de que sea el final del evangelio, está indicando que nos estamos aproximando a las revelaciones fundamentales, que van a tener su culminación en la revelación de la Cruz.

El hecho de que se trate del final de la vida de Jesucristo, también está indicando como esa radicalidad de su ofrenda y de su entrega; está muy cerca de este texto ese otro de la viuda que echó unas moneditas en la limosna del templo, y Jesús la elogió, y dijo: “Ella ha dado todo lo que tenía para vivir” San Lucas 21,4.

Jesús en el fondo hizo eso, dio todo lo que tenía para vivir. Pero es también el final de Jerusalén, que es la conclusión, llamémoslo así exterior, dramática de la alianza con Moisés, y está también la consumación del mundo.

Estas cuatro realidades, repito, hay que saber relacionarlas unas con otras. A la luz de eso, tomemos lo que nos enseña el evangelio de hoy. Los saduceos llegan con una pregunta burlesca: “¿Qué va a pasar cuando una mujer se ha casado con varios hombres, si se supone que hay resurrección, entonces, cómo será eso allá?” San Lucas 20,29-33.

Esta pregunta es muy del estilo de los saduceos. ¿Quiénes eran los saduceos? Era un grupo de Judíos, que no creían en la resurrección, ni creían en ángeles, ni creían en espíritus, ni aceptaban tampoco los profetas.

Realmente, eran gente que creía en muy pocas cosas; aceptaban la Ley de Moisés, es decir, lo que nosotros llamamos “El Pentateuco”, y, además de eso, pertenecían a las familias de los sumos sacerdotes y estaban muy relacionados con el poder político.

Entonces era gente que tenía poder político, que tenía una cierta cultura, que tenía poder religioso y que tenía una fe muy incompleta, diríamos nosotros, pero hay que tener en cuenta que en el Judaísmo no había una "Congregación para la Doctrina de la Fe"; no había como alguien que dijera: "Esto si, o esto no".

Y de hecho los Judíos se diferenciaban bastante unos de otros; había unos que creían más, y había otros que creían menos, en algunas cosas y en otras. Los saduceos hacen su pregunta y la pregunta de ellos sirve de ocasión para una preciosa enseñanza de Jesucristo sobre el matrimonio y sobre la resurrección.

Obsérvese que Jesús distingue muy bien lo que es esta vida y lo que es la resurrección. Dice: “En esta vida hombres y mujeres se casan” San Lucas 20,34. Luego aquí hay una afirmación fundamental: el matrimonio está orientado, en cuanto tal matrimonio, está orientado sólo para esta vida.

Con lo cual se muestra al mismo tiempo su grandeza y su límite; es grande porque puede ser el proyecto de toda una vida para un hombre o para una mujer; pero es limitado porque de todas maneras no trasciende más allá de la muerte.

Y luego, dice que: "Los que sean juzgados dignos de la resurrección, no se casarán” San Lucas 20,35. Aquí, hay una discusión con los Testigos de Jehová.

Resulta que los Testigos de Jehová dicen que no hay alma inmortal. Dicen que lo del alma inmortal es un puro invento del pensamiento griego y que no existe tal alma inmortal, sino que cuando una persona muere, muere, y se acabó toda, y luego Dios la resucita, resucita a unas personas, pero no resucita a todos.

Entonces, por eso para los testigos de Jehová, propiamente como que no hay infierno en el sentido que si una persona no es juzgada digna de la resurrección, simplemente lo que sucede es que murió y se quedó todo en esta tierra.

O sea, muere como un animalito, diríamos en otros términos. Para los Testigos de Jehová no existe propiamente una supervivencia, una especie de eternidad desventurada como enseña la Iglesia Católica.

Nosotros decimos que es posible que se dé una eternidad desventurada; ésta es la situación de los condenados; aquí más bien lo que se nos presenta es que no existe tal cosa; sino que, de acuerdo con este texto, si uno se quedara sólo con este texto, parece que no todos van a resucitar, no todos van a tener vida eterna.

Y, conversando con testigos de Jehová, ellos dicen expresamente eso; toman este texto capítulo, veinte del evangelio de Lucas, para decirle a uno: “¿Se da cuenta? Aquí estáis diciendo, vea: “Hombres y mujeres se casan en esta vida, los que sean juzgados dignos de la vida futura de la resurrección de entre los muertos no se casarán” San Lucas 20,34-35.

Quiere decir que hay unos que no serán juzgados dignos de la vida futura, ni de la resurrección, a esos que no van a resucitar, esos, ¿qué? Esos se disuelven simplemente en esta tierra.

Esta es una de las varias y profundas diferencias que tiene el Judaísmo de los Testigos de Jehová con nosotros; hay que tener en cuenta que los Testigos de Jehová son más judíos que cristianos, bastante más judíos que cristianos.

De hecho, ellos no creen que Cristo sea Dios; uno no debería decir que los Testigos de Jehová son cristianos; creen en Dios, si, pues sí afirman creer en Dios, pero no creen en Jesucristo como Hijo de Dios. Para ellos es algo así como dirían los Judíos, "un profeta eminente", en fin,

¿Qué podemos nosotros responder a esto? Pues, a ver, efectivamente, Nuestro Señor habla de los que sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección.

Si, estoy de acuerdo, pero el hecho de que haya algunos que sean juzgados dignos de esta vida futura, no quiere decir que los que no sean juzgados dignos de la vida futura, se disuelvan como los perritos, o al morir desaparezcan simplemente.

Más bien, el sentido que le da la Iglesia Católica a este texto es: que los que no son juzgados dignos de la vida futura, efectivamente no tienen vida futura; y los que no son juzgados dignos de la resurrección de entre los muertos, efectivamente no tienen resurrección de entre de los muertos.

Entonces, ¿qué es el infierno? Es como una especie de muerte continua, de manera que esta respuesta hay que tenerla clara, porque algún día a usted le va a llegar el testigo de Jehová que le aluda a este texto.

Repito, la enseñanza católica entonces es: que efectivamente aquí se está hablando de la vida futura, pero es que los condenados no tienen vida futura, sino segunda muerte como habla el Apocalipsis, sino tienen una especie de muerte continua.

La vida después de la muerte, o lo que sigue después de la muerte, no es una continuación de esta vida, como que sigue corriendo el reloj, el tiempo desaparece.

Por consiguiente, lo que nosotros enseñamos no es que las personas sigan viviendo, sino enseñamos que se entra a una condición definitiva, esa condición definitiva, para los que sean juzgados dignos de la resurrección, es como los Ángeles de Dios, y para los que no sean juzgados dignos de esta vida futura, es una muerte continua, y ésta es la situación del demonio y de sus secuaces.

Se compara aquí la situación de los bienaventurados, y esta es la tercera enseñanza que quiero compartir con ustedes; se compara la vida futura con la vida de los Ángeles; nosotros estamos llamados a compartir de alguna manera el estilo de vida de los Ángeles

Este ha sido uno de los textos importantes dentro de la Iglesia Católica en otro sentido, para aprender a valorar el don de la virginidad consagrada dentro de la iglesia. La virginidad consagrada inaugura un estado que luego todos tendremos.

En el cielo no hay matrimonio; es decir, el amor que une a hombre y mujer, como todos los amores que sean según Dios, se verá también en el cielo; se verá plenificado, se verá ungido, se verá.., ese amor sigue existiendo, como el amor que un padre tiene por su hijo, como el amor que un amigo tiene por su amigo.

El cielo no destruye el amor que había entre ese hombre y esa mujer, pero como el matrimonio no consiste en el amor sino en el compartir una vida, porque o si no sería un amor platónico y a base de solos amores platónicos, pues no se consigue apartamentico, ni se organiza la vida de pareja.

Entonces, el matrimonio como tal, no es sólo el amor entre el hombre y la mujer, sino es el amor que supone una serie de decisiones, básicamente el compartir la vida. Pues bien, el amor entre hombre y mujer atraviesa la muerte; esa parte, ese amor en lo que tiene de Dios, por así decirlo, es superior a la muerte.

Y en ese sentido pueden decirle: “Te amaré por siempre”, se pueden decir así; en lo que hay de Dios en sus amores, hombre y mujer que se casan pueden decir: “Te amaré eternamente”, pero matrimonio como tal no hay.

Porque el matrimonio consiste en compartir la vida, y ese compartir de vida tal como se da en esta tierra, eso no existe en el cielo; en ese sentido, no hay matrimonio en el cielo. Esto quiere decir que en el cielo lo que existe es otro género de vida; es un amor que nos une a Dios, y que en Dios, nos une a todos.

Y por eso la condición de los bienaventurados es más semejante a la condición del cielo, a la condición que actualmente tienen los Ángeles.

Cuando una persona, movida por el Espíritu Santo que ungió el Corazón de Cristo, se siente llamada a ese tipo de amor, es decir, se siente llamado a amar radicalmente a Dios, y a amar sólo en Dios a todos, de manera que su vida sea como una prolongación de la vida que Cristo tuvo en esta tierra, cuando eso se da, tenemos una vocación virginal.

La vocación virginal en si misma es bella, es santa, es grande. La vocación virginal hace que cada persona, o que cada uno de los que reciben esa vocación pueda tener dentro de sí algo de la palpitación del Corazón de Jesucristo.

Pero, indudablemente, es una vocación que como todos los dones del Espíritu Danto está sometida al tesoro en vasos de barro, y por eso están las dificultades, están las limitaciones que sin embargo no apagan el vigor y la belleza de este signo.

Resumamos, pues, lo que nos enseñan las lecturas de hoy: que Cristo ve el final de su propia vida, ve lo decisivo de su predicación, ve el final de Jerusalén, ve el final del mundo; estos finales están relacionados.

Por ejemplo, cuando Cristo dice: “Hay algunos que no morirán sin ver que llega el Reino de Dios”, San Lucas 9,27, lo dice en otro pasaje, no en éste, cuando Cristo dice eso, ¿a qué se está refiriendo? Dicen los estudiosos de la Biblia: "Ahí no se refería al fin del mundo, sino al fin de Jerusalén"; es decir: “Se verá el cumplimiento de mis palabras”, estaba diciendo Cristo.

Entonces, estos capítulos últimos hay que saber leerlos para no desorientarse uno: en qué parte se refiere al final de Jerusalén, qué parte se refiere al final de la vida de Cristo, y en qué parte se refiere al final de toda la historia. Esa es la primera enseñanza.

La segunda, del asunto de los Testigos de Jehová, pues, aclarar que nosotros creemos que de alguna manera la vida de todos los seres humanos se prolonga, de un modo distinto y nuevo se prolonga; en unos para bienaventuranza, y en otros para una especie de muerte continua.

Y lo tercero, para agradecer al Espíritu Santo el don de la virginidad, y para saber que todos nosotros, los que hemos sido llamados a ese género de vida y los que no han sido llamados, todos en el cielo compartiremos ese tipo de amor, compartiremos ese género de vida.

Para nosotros los llamados a la vida virginal, esto supone elevar el corazón, levantemos el corazón; supone gratitud, supone pureza, supone guarda de sí mismo, supone, bueno, todo aquello.

Para quienes viven en matrimonio o no se sienten llamados a este género de vida, estas reflexiones sirven para que aprecien su propio camino, pero para que también sepan relativizar: el esposo no es dios, la esposa no es dios; nadie es redentor para nadie.

Se pueden acompañar hermosa y bellamente, se pueden certificar juntos, si; pero la alianza matrimonial como tal, está enderezada a esta tierra y no a la eternidad.

Que Dios, que nos invita a celebrar sus bodas con la Iglesia en la eternidad, nos dé un corazón que le anhele, un corazón que le busque, y un corazón que sepa alabarle, y bendecirle, y agradecerle.

Amén.