I044003a

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Fecha: 20010201

Título: La antigua alianza y la nueva alianza: dos lenguajes diferentes

Original en audio: 20 min. 3 seg.


Mis Amados Hermanos:

Hay algunos nombres que uno los oye con alguna frecuencia cuando asiste a la Santa Misa, por ejemplo, el nombre "Sión", un nombre típicamente bíblico, hemos oído esa palabra muchas veces,"Sión", de pronto incluso asociamos: el monte Sión, ¿qué significa este monte?

La primera lectura habló del monte de Sión haciendo como una comparación con otra montaña, la montaña del Sinaí, que también se llama Horeb. La primera lectura es una comparación entre dos montañas: la montaña del Sinaí, y esa colina mucho menor en tamaño, pero mucho mayor en significado, que es Sión.

Seguramente nos acordamos del Sinaí. Moisés sale de Egipto, avanza por el desierto y llega hasta esa montaña, en la cual él hace un largo retiro espiritual, llamaríamos hoy; largo, prolongado ayuno, extensísima oración, y después de esa gran preparación, recibe la Ley; Ley que tiene las condiciones, las cláusulas de la Alianza; Ley que es como el piso de todo el Antiguo Testamento.

Una Ley recibida en medio de una portentosa manifestación de poder, porque lo que apareció en el monte Horeb fue sobre todo el poder de Dios, un poder impresionante que llegó a causar terror en el mismo Moisés, como lo recuerda la lectura que oímos.

Una demostración de poder tal, que el pueblo dijo: "Mejor que no nos hable Dios, háblanos tú, Moisés" Exodo 20,19.

Pero sabemos mucho menos del monte Sión. ¿Qué podemos decir del monte Sión? El monte Sión es una colina relativamente pequeña, que queda en la ciudad de Jerusalén. Jerusalén es la ciudad que conquistó el rey David, y fue David quien hizo de Jerusalén la capital de ese reino, el reino de Dios. Jerusalén es la capital del reino de Dios, por eso es el lugar desde el cual Dios reina.

El mismo David quiso como centro de esa ciudad esa colina, esto, desde luego, era lo mas frecuente en esos tiempos antiguos; es muy importante la visibilidad, porque una ciudad tenía que defenderse de los potenciales agresores y para eso se necesita estar alto.

El monte Sión, esa colina allá en Jerusalén, era el lugar donde existía la residencia del rey y donde estaba el principal de los baluartes, de las fortalezas, desde las cuales se protegía la ciudad de Jerusalén, y se protegía el rey, y se protegía el pueblo de Dios.

Es decir que el monte Sión tuvo un origen bastante más práctico y bastante más humilde que lo que se pudiera decir del Sinaí.

El Sinaí está en medio del desierto y allá Dios, con una ostentación de poder impresionante, dio la Ley, fundamento de toda la Antigua Alianza. Sión, en cambio, es una colina mucho menor que no está en un desierto, sino en medio de una ciudad, la ciudad de David, la cuidad desde la cual reina Dios; una colina que sirve para proteger al pueblo de Dios.

Por eso el monte Sión se convirtió como en una especie de señal de esa protección de Dios, Dios que protege, Dios que acompaña.

Para los que vivían en Jerusalén, el monte Sión resultaba entonces un lugar sumamente amable, era como una señal continua de que Dios está en medio de nosotros, nos quiere, nos protege.

Además, es el lugar de residencia de David y resulta que David es, en el Antiguo Testamento, tal vez el personaje que mejor refleja la idea de lo que es la gracia; porque David, inspirado por la gracia de Dios, compuso preciosas oraciones, muchas de ellas han llegado hasta nosotros, salmos que han llegado hasta nosotros.

Y David tenía además agradable presencia; David, más o menos como Jesús, se ganó el favor de Dios y de los hombres, creció en gracia ante Dios y ante los hombres, y el lugar de David era el monte Sión. Por eso, el monte Sión se volvió un lugar queridísimo para los habitantes de Jerusalén, como la señal de la presencia majestuosa de Dios.

Pero al paso del tiempo, eso trajo una repercusión. Pasó el tiempo y entonces el monte Sión se convirtió como en una joya: "Entre sus palacios Dios descuella como un alcázar" Salmo 47,4, dice el salmo.

En el monte Sión empezó a aparecer de un modo nuevo la presencia de Dios, ¿de qué modo nuevo? A través de la belleza; aquí es donde yo quería llegar: mientras que en el monte Sinaí lo que aparece es el poder, el puño, el brazo extendido, fortísimo de Dios, en el monte Sión aparece la providencia, la presencia que acompaña, la protección, la majestad, la belleza.

Mientras que en el Sinaí aparece la fuerza, en Sión aparece la Majestad. Y hay una gran diferencia entre la fuerza y la majestad: la majestad es una autoridad espiritual, es una autoridad que tiene su influjo en los corazones; mientras que el poder tiene que ver más bien con el miedo.

Una persona, si es poderosa y no tiene autoridad, ¿qué me causa? Miedo. Entra una persona armada, ¿le tengo respeto? No, le tengo miedo. Su arma, su capacidad de agresión, su capacidad de hacerme daño me causa miedo, me causa distancia.

En cambio entra una persona que es autoridad mundial en algún tema de la ciencia, o entra el gran filósofo, o entra un santo, y causa una profunda impresión en mí, me dejo guiar por una persona así, porque tiene autoridad. Esa es la diferencia entre el Sinaí y Sión.

Sinaí es como la la representación del poder por el poder, y el poder se impone y el poder se hace obedecer; pero eso es demasiado pobre y sirve sólo para el comienzo. Tiene que llegar otro momento, que es el momento de Sión, el momento de la autoridad que nace de la irradiación de majestad, y eso fue lo que significó el monte Sión para este pueblo.

Con esas aclaraciones, ahora tratemos de aplicar esa lectura a nuestro caso; tratemos de entender qué es lo que nos está diciendo esta lectura. Sí, nos habla de dos montañas; a ver, releamos un poco: "Vosotros no os habéis acercado a un monte tangible, fuego encendido, ni habéis oído aquella voz" Carta a los Hebreos 12,18-19, etcétera.

"Vosotros os habéis acercado al monte Sión, ciudad del Dios vivo, Jerusalén del Cielo, a la asamblea de innumerables ángeles, a la congregación de los primogénitos inscritos en el cielo" Carta a los Hebreos 12,22.

¿Qué se nos quiere decir aquí? Que de un modo nuevo, porque trata de una alianza nueva, Dios revela su presencia entre nosotros, ya no por la via del terror, por la vía del poder, sino por ese otro camino, de todo lo que significaba Sión.

Claro, como esta Carta estaba dirigida a los hebreos, y los hebreos, según dijimos la otra vez, eran israelitas, seguramente levitas, sacerdotes convertidos de esa antigua Ley de Moisés al Nuevo Testamento, a la Alianza nueva en Jesucristo.

Como estos eran levitas y eran gente que trajinaba todas estas cosas todos los días, pues ellos inmediatamente entendían qué se le estaba diciendo cuando se les hablaba de Sión. Para nosotros, en cambio, se necesitan estas explicaciones que hemos tratado de dar hoy.

Y Bueno, con esas explicaciones, ¿entonces qué quiere decir esto? No nos hemos acercado al Sinaí, sino nos hemos acercado a Sión; quiere decir que ahora la presencia de Dios es distinta, tiene unas claves diferentes; es una presencia por vía de autoridad, de belleza, de majestad, de esplendor; es una presencia y es una fuerza nueva y en esa fuerza nueva está la clave para la nueva alianza.

De pronto con un ejemplo podemos entender mejor esto. Imanginese este caso: resulta que una persona me ha hecho daño, y entonces yo quiero que Dios haga justicia con esa persona, reclamo de Dios justicia para esa persona, o para esas personas que me han hecho daño.

"Ojalá le sucediera..., es que tendría que pasarle....", yo estoy pidiendo en ese momento que Dios haga lo del monte Sinai: "Muéstrate, Señor, muéstrate con fuerza, con truenos, con rayos y centellas, con una voz que retiemble, que la gente sienta el poder".

Cuando obramos así es como si quisiéramos decirle a Dios: "Señor, prefiero esa antigua alianza". pero la alianza nueva no es esa, no es la alianza de la demostración del poder, ¿por qué? Porque cuando aparecen los rayos, truenos y centellas, el miedo paraliza el corazón, pero no lo convence; el terror puede frenar del mal exterior, pero no cambia el mal interior.

Por eso Dios ha querido manifestarse a través de Nuestro Señor Jesucristo, con un lenguaje nuevo, de una manera nueva. Los fariseos le decían a Jesús: "A ver, haga una señal en el cielo" San Juan 6,30, estaban pidiendo el monte Sinaí: "A ver, truenos, centellas; a ver, asústenos, demuéstrenos que tenemos que temerle", Jesús no obra así.

El malvado le dice a Dios: "Muestre su fuerza", y Dios le responde al malvado: "Prefiero mostrarte mi amor"; el malvado le dice a Dios: "A ver, muestre su poder", y Dios le dice: "Prefiero mostrar mi misericordia".

El malvado le dice a Dios lo que le decían a Cristo en la cruz: "Sálvese y ahí le creemos" San Mateo 27,42, y Jesús responde: "Prefiero que me crean y salvarlos", es un cambio total de lenguaje.

Mientras que el lenguaje de la fuerza, de la ostentación, mientras que el lenguaje de los efectos especiales, mientras que el lenguaje impresionante produce terror, pero deja al hombre intacto por dentro, el esplendor de la gloria, de la mansedumbre, de la pureza, de la sabiduría, de la misericordia; el esplendor que sale por los ojos de Cristo y por la boca de Cristo en la cruz, el esplendor de un cuerpo desnudo, santo, limpio, que no sabe sino amar, ese esplendor no me asusta, pero sí me quebranta.

Si el lenguaje de la primera alianza es: "Impóngase entonces usted, Dios"; el lenguaje de la nueva alianza y de la alianza definitiva, la de Cristo es: "Yo no me voy a imponer, te voy a ganar para mi; no se trata de que te aplastarte, se trata de que te seduzca; no se trata de triturarte, se trata de que tú te quebrantes".

Y ese es el lenguaje nuevo que trae Dios con nosotros: el lenguaje del quebrantamiento; Dios no me tritura, Dios me quebranta; Dios no me arrincona, Dios me abraza; Dios no trae sobre mí el peso de todas las condenas, sino el peso de todo el perdón.

Y cuando yo veo todo el perdón que Dios tiene para mí, entonces descubro todo el perdón que necesito para mí; cuando descubro todo lo que Dios está dispuesto a perdonarme, entonces descubro todo el mal que yo he cometido. Y así, la victoria de la nueva alianza, que no es alianza de truenos, sino que es alianza de cruz, es una victoria perfecta, porque esa sí me gana por dentro.

La primera alianza produce separación: "Que no nos hable Dios" Exodo 20,19, una muralla. La primera alianza no es alianza. Frente a la grandeza de la alianza definitiva, la primera no es nada.

La primera alianza produce distancia, "que no me hable Dios"; la segunda alianza, la alianza definitiva, la de Cristo, produce cercanía, produce esa proximidad; mientras que la manifestación de Dios en el Sinaí produce que la gente diga: "Lejos de mí ese Dios", la manifestación de Dios en Jesucristo produce esa palabra maravillosa: "Venid a mi los cansados, los agobiados, yo os aliviaré" San Mateo 11,28.

Con estos pensamientos, entendemos la grandeza del texto que nos ha regalado la Iglesia en la Carta a los Hebreos; ¡qué bello es el lenguaje de Sión, que bello! Es un lenguaje tan hermoso, que de pronto a uno le surge una pregunta: "Bueno, ¿y por qué Dios no habló siempre en esa clave de Sión?

Esto se parece mucho a empuijar y tirar, se parece mucho. Dios quisiera siempre atraernos con sus bondades, y no tener nunca que mostrarnos todo lo malo que es el mal; pero la dureza, la terquedad de nuestros corazones es la que nos devuelve al estilo del Antiguo Testamento.

Ojala nosotros le entendiéramos a Dios todo por las buenas, eso sería lo ideal; pero lamentablemente no pasa así, y muchas veces lo que sucede es que se necesita una presencia un poco más fuerte, un poco más contundente.

Pasemos, mis hermanos, todo nuestro corazón a la nueva alianza, vamos a enamorarnos de la belleza de Sión, vamos a enamorarnos del verdadero baluarte de la Jerusalén del Cielo, para encontrarnos, no con David, sino con el verdadero David, que es Jesucristo.

Para encontrarnos, no con una ciudadela hecha por mano de los hombres, sino con el Santuario del Cielo; y para reunirnos, no con una corte de esta tierra, sino con la corte angelical, aquella que tiene su servicio en los cielos.

Que Dios Nuestro Señor, educándonos en el amor y formando nuestros corazones, nos lleve plenamente a Sión, nos lleve plenamente a la alianza, la de Cristo, la de aquella Sangre que habla mejor que la de Abel.