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Fecha: 19981120
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Original en audio: 4 min. 38 seg.
Las lecturas de hoy presentan como el doble aspecto que tiene la Palabra de Dios.
En el Apocalipsis se nos habla de un librito, una imagen que viene desde el profeta Ezequiel, un librito que es dulce en la boca, pero que causa ardor en las entrañas. Más que ardor en el estómago, como ardor de úlcera o ardor o rador de hambre, es ardor en las entrañas, es como un fuego que se mete dentro. En todo caso es dulce en la boca, pero arde en las entrañas.
En el evangelio también encontramos esta misma dimensión doble, esta misma ambivalencia. Por una parte, Jesús predicaba con tanta sabiduría, con tanto encanto, "que el pueblo entero, nos dice el el pueblo entero estab pendiete de sus labios" San Lucas 19,48.
Jesús cautiva, fascina, enamora; Jesús encanta con su palabra, es dulce, como ese libro que es dulce en la boca. Pero este mismo Jesús no sólo es un gran orador, no sólo es un Maestro maravilloso, también echa a los vendedores del templo, es enérgico, les daña el negocio. Y es tan enérgico y queda tan dañado el negocio, que los sumos sacerdotes quieren quitarlo de en medio, porque sienten el ardor, porque sienten la incomodidad.
Una palabra que es dulce pero que al mismo tiempo es incómoda. Es dulce esta palabra, porque es precisamente lo que nuestro entendimiento reclama: es la luz, es la verdad, es la lógiga es por fin entender para qué la vida, es por fin entender por qué el mundo, es por fin entender hacia dónde vamos, es por fin asomarnos al amor que nos hizo y que nos conduce y que nos reclama, eso es dulce, ¿pero en dónde está el ardor?
El ardor está en que tenemos nuestros negocios, en que tenemos nuestros propios negocios, en que tenemos nuestros propios intereses. Y el ardor es, y la incomodidad es dejar esos intereses, renunciar a nuestros propósitos, renunciar a nuestro estilo y escoger el estilos e Dios. Eso es lo que duele.
Una parte de nosotros se muere, y se muere con dolor y con llanto, y se muere con ardor y con reclamo, una parte de nosotros se muere cada vez que tenemos que escoger, no por nuestro plan, sino por el plan de Dios.
Y esto dule y esto es difícil y esto reclama de nosotros un coraje semejante al del vidente del Apocalipsis: "Ten coraje, ten fuerza, todavía te toca predicar ante muchos reyes, ante muccho pueblos, ante muchos imperios" Apocalipsis 10,11.
Ese ardor, sin embargo, se puede suavizar, y eso es lo que hace el Espíritu Santo en nosotros. El Espíritu de amor hace una maravilla en nosotros: hace que nuestros corazones se fijen en en bien, no sólo que atiendan al bien, sino que queden como pegados al bien, que se adhieran al bien. El Espíritu Santo hace que nosotros nos agarremos, nos liguemos al bien que Dios nos propone.
Seguirá siendo doloroso siempre, seguirá siendo doloroso dejar los planes tan queridos, dejar nuestros estilos, probablemente dejar también personas, dejar nuestros modos, maneras y costumbres, eso seguirá siendo doloroso.
Siempre uno acabará como acabó Cristo: llagado, esas llagas no nos las va a economizar Dios, vamos a acabar llagados, seguramente, habrá que derramara sangre; pero nosotros, así como Jesucristo, conducidos por el Espíritu rendiremos nuestra jornada hasta el final, y aunque tengamos que profetizar ante reyes e imperios, nosotros, por ese Espíritu, vamos a unirnos a la voluntad de Dios, vamos a vivir en la voluntad de Dios.
De manera que esa palabra sea no sólo un entretenimiento de nuestra mente, sino que sea también el poder de nuestro corazón, la belleza, la gracia y la vida de neustra vida.