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fecha: 19990905

Título:

Original en audio: 5 min. 48 seg.

En nuestra Orden, si lo miramos bien, hay una especial devoción por los difuntos, por unirnos en oración con ellos y en orara por ellos.

Nuestras leyes piden que cada semana se celebre una Eucaristía por el eterno descanso de los difuntos, que cada semana se ofrezca una parte del Santo Rosario por ellos; la mayor parte de nuestras oraciones diarias, por ejemplo, después de comer, tiene aunque sea una súplica por los difuntos pidiendo que descansen en paz.

Y en muchos otros textos sencillos pero elocuentes está siempre presente la realidad de la muerte y la realidad de la ración por ellos y con ellos, por ejemplo, cuando fallece el Sumo Pontífice o el Maestro de la Orden, o un hermano de Comunidad, o en fin.

¿Qué realidad teológica hay detrás de esa devoción o de este cariño? Podemos hacernos tres reflexiones breves y fecundas. Primera, nuestra labor de predicadores tiene su culminación propiamente en la gloria del Cielo.

Así como un médico solo se siente tranquilo cuando el enfermo ya fue dado de alta del hospital, así también nosotros comp predicadores sólo podemos decir: "Misión cumplida", cuando aquellas personas a quienes predicamos alcanzan la gloria del Cielo; sólo en la Casa del Padre tiene su culminación, tiene su meta propia nuestra obra de predicadores.

Porque si Pablo podía decir: "Yo os engendré para Cristo, por la predicación del Evangelio" (véase 1 Corintios 4,15), así también nosotros predicamos para que Cristo sea formado, sea engendrado y sea formado en el corazón de nuestro pueblo fiel, e incluso en aquellos que no creen en Dios; hasta que Cristo no esté formado ahí, y hasta que esa imagen de Cristo quede impresa para la eternidad. Esta es una primera razón.

Una segunda proviene de aquel apelativo que recibió nuestro Padre Sato Domingo de Guzmán. Se llamo a Santo Domingo "Predicador de la Gracia de Dios", y todo aquel que anuncia a Dios como un regalo, como una gracia, tiene conciencia de las limitaciones del ser humano, tiene conciencia de que muchas veces aun nuestro esfuerzo es insuficiente.

Nuestra oración por los difuntos está unida esa conciencia de la gracia divina; está unida a la certeza de que más allá de todo esfuerzo, de todo propósito, de toda tarea o de toso fracaso, la gloria del cielo, la amistad con Dios y la contemplación son regalos, regalos que más hay que pedirlos que conquistarlos; de regalos que no se compran, no se exigen, ni siquiera diríamos que se conquistan, se piden.