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Fecha: 19981018

Título: Las puertas del cielo están muy cerca: en nuestro corazón arrepentido

Original en audio: 28 min. 12 seg.

Muy queridos amigos:

Las lecturas de este domingo tienen un mensaje muy claro: hay que orar, hay que orar. Orar es un privilegio, orar es un derecho y orar también es un deber. Con este derecho y con este deber de la oración nosotros podremos tener la victoria sobre nuestros enemigos. Hay que orar, orar con perseverancia.

Moisés se encontró con el ejército enemigo, el ejército de un rey llamado Amalec, y Moisés ¿qué hizo? Envió a su ayudante que se llamaba Josué, lo envió con los ejércitos, y ¿qué hizo moisés? Se puso a orar, a orar, levantó sus manos al Cielo y perseveró orando y cuando ya no podía tener las manos levantadas porque se le caían de cansancio, entonces vinieron a ayudarle Aarón y Jur, dos hombres. Aarón y Jur le sostuvieron las manos a Moisés horas enteras, con las manos en alto, con la oración perseverante, y Dios les dio la victoria sobre el terrible rey que se llamaba Amalec.

Hay que orar. Muchas victorias se logran con la oración, muchísimas; los casos más difíciles hay que atacarlos con la oración, hay que atacarlos orando con una oración perseverante.

El evangelio vuelve sobre la misma idea. Nos presenta el caso de una viuda. En tiempos de Jesús tal vez las personas más desvalidas, las más desprotegidas eran precisamente las viudas porque en aquellos tiempos en que prácticamente ninguna mujer tenía un trabajo profesional, la mujer que se quedaba viuda quedaba desvalida completamente; ya no pertenecía a la familia de donde había salido porque ya los había dejado a ellos para casarse, pero ya no podía contar con el apoyo del esposo porque se había muerto.

Todavía hoy muchas personas viudas, especialmente muchas mujeres viudas pasan grandes necesidades. De manera que la viuda es la imagen de la persona que no tiene a quién pedirle ayuda, que no tiene a quién acudir, que no tiene quién le socorra.

Y esta viuda le insistía al juez aquel y le decía: “hazme justicia, hazme justicia”. Aunque ese no era un buen juez, sin embargo por la perseverancia de aquella mujer terminó concediéndole lo que ella necesitaba.

Y entonces Jesús nos dice: “Si ese juez que era un corrupto, que no tenía interés ni por Dios ni por la gente terminó haciéndole justicia a la pobre viuda, cuánto más, cuánto más Dios nuestro Padre hará justicia a favor de nosotros si nosotros perseveramos en la oración”.

Así que la enseñanza de hoy es muy clara: hay que perseverar en la oración. Los casos más difíciles hay que abordarlos con la oración. Y muchas veces nosotros fracasamos en nuestras empresas y en nuestros problemas por falta de oración. Si a veces tenemos problemas por ejemplo en el hogar: el esposo que no se entiende con su esposa ¿qué hacemos? ¿No es cierto que muchas veces lo que hacemos es enredarnos en discusiones y discusiones, en insultos, en heridas, incluso en agresiones físicas y violencia?

Si aprendemos esta lección tendríamos que decir: “este problema que yo tengo con mi esposa o este problema que yo tengo con mi esposo es supremamente grave; este problema, esta guerra, esta tensión, estos insultos son como los ejércitos de Amalec que vienen en pie de guerra acabar con el matrimonio”. Nuestro matrimonio, debería decir esa pareja, nuestro matrimonio está siendo atacado. La situación es grave, ¿qué vamos a hacer? Orar.

Pero ahí está el problema, que muchas veces nos fiamos es de nuestras propias fuerzas y entonces empezamos a echarle las culpas a las otras personas o a creer que sacando de nuestro corazón todos los resentimientos en forma de insultos vamos a hacer que las personas cambien. Y la gente no cambia a fuerza de insultos.

¿Sabe por qué es tan importante la oración en estos casos? Porque el único que tiene poder en el corazón humano es Dios; el único que tiene poder para cambiar los sentimientos es Dios.

Otro ejemplo: la mamá que ve cómo alguno de los hijos se está torciendo, no va por el buen camino. La mamá llora, se entristece, regaña, grita, hace cantaleta, y en último caso empieza a orar. Señoras, amigas, mujeres, madres, empezar a orar cuando ya el muchacho va torcido y perdido de pronto es tarde aunque siempre es importante la oración. Yo quiero invitar a todas las mujeres que son mamás, incluso a todas las que piensan ser mamás, a todas las que están pensando en casarse y tener hijos desde ya, desde que el niño estás así pequeñito, pequeñito, hay que orar por él.

Yo les voy a contar esta anécdota que me parece muy tierna, de mi propia familia. ¿Sabe una cosa? Cuando nosotros éramos bebés mi mamá oraba por nosotros, mi mamá nos hacía imposición de manos a nosotros. A mucha gente le parecen raras las imposiciones de manos, Que si eso será brujería, que si eso será de otras religiones. No. Es un acto muy sencillo, es un acto muy bello con el cual nosotros queremos expresar nuestra súplica a favor de otra persona. No hay que darle demasiada importancia a la imposición de manos, tampoco hay que quitarle toda la importancia. Bien hecha con respeto, con humildad y en el Nombre del Señor es una manera muy hermosa de orar por otra persona.

Mi mamá, aunque en esa época no se hablaba de imposición de manos oraba por nosotros y nos imponía sus manos de madre en nuestras cabezas, y decía muchas veces el Credo, a ella le encantaba rezar con el Credo, nos pasaba la mano por la cabeza como en una especie de caricia y decía el Credo rogándole a Dios que nos bendijera, que nos aliviara, que nos cambiara, lo que tuviera que pedir.

Y le voy a contar esto otro que también me parece muy bello: mi mamá oraba en la cabeza, poniéndonos su mano en la cabeza, no poniéndonos la mano, sino poniendo su mano de madre en nuestra cabeza. Mi papá oraba por nosotros en los pies.

Papás, apréndanse esta oración que es muy bonita para hacerla por los hijos. Cuando nosotros estábamos acostados por allá en esos años. Imagínense, yo era un bebecito en aquella época, mi papá iba allá y nos miraba acostados, y en los pies, muchas veces en los pies descalzos nos trazaba varias veces la señal de la cruz, ¿y sabe qué palabras decía? Decía: “Señor Dios, yo te pido que guíes los caminos de este niño”. Y nos bendecía los pies. Nosotros los hijos de ese matrimonio no hemos sido perfectos, seguramente no somos santos, pero ¡cuánto bien nos han hecho esas oraciones!

Mis papás no esperaron a que los hijos estuvieran metidos en problemas gravísimos sino que desde que éramos bebés nos rezaban con el Credo en la cabecita y con la señal de la cruz en los pies una y otra vez. Allá iba mi papá, nos tomaba los pies, nos daba besitos en los pies, nos trazaba la señal de la cruz en los pies y le decía a Dios: “Señor Dios, guíeme por buen camino a este niño”.

Yo me pongo a pensar ahora que por pura bondad de Dios, porque ese es un regalo, ahora que por pura bondad de Dios soy sacerdote, sin mérito mío, ese es puro regalo de Dios soy sacerdote, yo me pongo a pensar en mis pies, estos pies que tantas veces bendijo mi papá, ¡cómo quedaron de bien bendecidos! Porque estos pies se encaminaron con la señal de la cruz allá a ese convento donde yo me formé como sacerdote, el convento de Santo Domingo, y estos pies aprendieron a detenerse con respeto ante el Sagrario, y estos pies aprendieron a tomar los caminos de la gracia. Y estos pies bendecidos por mis papás ya miren donde van.

Démonos cuenta mis amigos, con la oración podemos hacer muchas cosas, muchas cosas. La historia de la Iglesia está llena de testimonios de personas que con la oración detuvieron el fuego, hicieron caer la lluvia o la hicieron cesar, espantaron las enfermedades.

Le voy a contar esta historia de uno de los santos grandes que ha pisado la tierra colombiana, un santo que vivió en el siglo XVI y se llamaba Luis, san Luis Bertrán. Luis Bertrán fue un hombre de muchísima oración, un hombre que pasaba horas enteras en oración sobre todo ante el misterio de la cruz. ¿Y qué sacó Luis Bertrán de la oración? Un valor inmenso porque todos sabemos que lamentablemente en esa época de la conquista y de la colonia se cometieron muchísimas injusticias contra los indígenas de nuestros pueblos americanos.

Luis Bertrán, que no tenía chaleco antibalas, Luis Bertrán, que no tenía escolta, él vestía el mismo hábito blanco que yo llevo; Luis Bertrán, sin ninguna defensa humana, se puso en la tarea de denunciar las injusticias que se cometían contra los indígenas, ¡y vaya usted a ver cómo eran esas denuncias! Obviamente como los españoles que venían aquí eran católicos, por lo menos católicos de nombre; la gente que asistía a las iglesias y a las misas eran precisamente los españoles sobre todo.

Y este hombre, sin chaleco anti balas, sin escoltas, con el pecho descubierto, con firmeza denunció los pecados. Decía por ejemplo a aquellos hombres que ellos se estaban alimentando con sangre, con la sangre de los indígenas, y eso se lo decía con la misma claridad y con el mismo valor y con la misma apertura con que yo le estoy hablando a usted en este momento. Desde luego, Luis Bertrán se ganó muchísimos enemigos porque ponerse a denunciar esas injusticias trae muchos enemigos, y ustedes saben que eso sigue siendo cierto; nuestra patria ya tiene, recientemente, varios sacerdotes asesinados por trabajar por la justicia y por trabajar por la paz.

Luis Bertrán sacó de la oración la fuerza, la gracia para predicar abiertamente, y si tenía que decirles las cosas a las personas se las decía. En otra ocasión, por ejemplo, porque él no sólo les hablaba así a los españoles, aparece muy orondo en medio de la iglesia uno de los principales, era el hijo del cacique, y desde luego este muchacho se consideraba lleno de autoridad, lleno de orgullo ante los demás, pero estaba amancebado, no estaba casado, y llegaba con grandes aires a la iglesia y pretendía incluso comulgar sabiendo todo el mundo en qué situación estaba ese muchacho.

Pues una vez, Luis Bertrán, este santo dominico del siglo XVI estando predicando en la iglesia dice abiertamente: no es ley de Dios ni es buen ejemplo lo que está haciendo fulano de tal que está aquí presente, que vive amancebado y no sé cuántas cosas más. Y ese era el jefe del pueblo indígena donde estaba predicando el santo.

Obviamente a san Luis Bertrán trataron de matarlo muchas veces, pero la oración hace prodigios. Una vez iba san Luis Bertrán solo por un campo, y a caballo le resulta uno de estos españoles terriblemente molesto por la predicación del santo, de san Luis Bertrán; y este español, lleno de furia y de impaciencia llevaba entre sus ropas nada menos que un arma homicida, un pistolón de aquellos de los de esa época.

Y va el español a caballo con su pistola y se encuentra con Luis Bertrán a quien estaba buscando con el satánico, con el diabólico propósito de asesinarlo ahí mismo; y como el santo no tenía otra protección que los ángeles de Dios y la oración parecía que la cosa se iba a resolver muy rápido. Este hombre como verdadero esbirro del demonio levanta el arma como para pegarle un tiro al santo. ¿Qué hizo el santo? ¿Huir? demasiado tarde, ¿gritar, maldecir, renegar? No era ese el corazón de aquel santo predicador. Oró cuando vio que venía el enemigo y que levantó el arma hacia él, oró, hizo oración, y mirando a los ojos a su enemigo trazó la señal de la cruz.

El milagro más grande que ustedes se puedan imaginar; este milagro está certificado con juramento desde aquella época. El santo trazó la señal de la cruz, y ese pistolón con el que iban a asesinar a Luis Bertrán se convirtió en un crucifijo.

Hay un cuadro hermoso de ese gran pintor Gregorio Vásquez de Arce y Ceballos que recuerda esta historia. Es el momento en el que el español sostiene el revólver y se está convirtiendo en un Cristo.

La oración, la oración tiene poder para detener a nuestros enemigos; la oración es lo único que tiene poder sobre Dios porque la oración la inspira el mismo Dios. A través de la oración, a través de nuestras súplicas y ruegos, a través de nuestras alabanzas se pueden lograr victorias que parecían imposibles. 18:25