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Fecha: 20090811
Título: La locura de salir al encuentro del mundo con la pobreza y con la alegria
Original en audio: 9 min. 34 seg.
Creo que después de Jesucristo, el santo más conocido de la Iglesia Católica es San Francisco de Asís. Conocido y apreciado no solamente dentro del Cristianismo: también otras personas de otra fe, o sin ninguna fe, encuentran un valor en este hombre.
Muchos siglos atrás, en el siglo trece cuando él vivió, la palabra y la figura carismática de San Francisco tuvieron gran impacto en mucha gente. Y entre esas personas, en una jovencita, -tendría como unos dieciocho años en esa época-, llamada Clara.
Ella pertenecía como Francisco a una familia de comerciantes, gente acostumbrada a llevar cuentas: "¿Qué gano y qué pierdo? ¿Cuánto invierto y qué es lo que me va a tocar?"
Esa pregunta que hace San Pedro en el evangelio que hemos oído: "¿Qué es lo que me va a tocar a mí?" San Mateo 19,27, es la que siempre se hace el comerciante: "Yo voy a gastar tanto, pero, ¿qué es lo que me va a tocar? ¿Qué voy a sacar yo con esto?"
Por eso entendemos que la familia de Francisco y especialmente el papá, que era el jefe de ese emporio económico en Asís, sentía que la ira le recorría las venas cuando Francisco empezó con todas estas ideas de tanta religiosidad, tanta alabanza al Señor y tanta poesía.
"A base de poesía y alabanza no vas a llenar el estómago, hijo. ¿Qué te va a tocar a ti? ¿Qué va a ser tuyo? ¡Asegura lo tuyo!"
Nosotros solemos pensar que estas ideas son propias del capitalismo, que oficialmente empezó mucho después con Adam Smith y toda esta gente. En realidad, el corazón humano se ha hecho esa pregunta desde siempre: "¿Qué es lo que me va a quedar a mí?" Que luego éso se formalice en una teoría económica, es otra cosa. Pero, siempre el corazón está haciendo esa clase de transacciones.
Francisco, sin embargo, parecía muy feliz en su nuevo estilo de vida. Esa felicidad contagiosa y sin precio resultó ganando corazones. Uno de los que ganó fue el de esta mujer, Clara, que decidió consagrarse a Dios.
Por supuesto, la decisión de ella era todavía más loca que la de Francisco. Porque, ya está bien que haya un loco; mas, tiene que estar más loco el que sigue a otro loco. Entonces, Clara estaba cometiendo un acto contra toda sabiduría humana.
Ella se consagró a Dios en un momento en que no existían las que después vamos a llamar, o se llaman las clarisas. Hoy, cuando un joven se decide a entrar en religión, entra a una comunidad. Y las comunidades religiosas, pues, tienen ésto: tienen edificios, tienen noviciados, tienen seminarios, tienen apostolados más o menos claros.
Y resulta que cuando esta mujer se consagra a Dios, no había nada. No había esa claridad, no había absolutamente ninguna claridad sobre qué le iba a tocar a ella. De hecho, durante los primeros años de su consagración, se fue a vivir a un monasterio de monjas benedictinas.
Y luego, junto con otras amigas que también estaban cautivadas por el ejemplo de San Francisco, decidió empezar un convento, allá, en Asís. Clara gastó la mayor parte de su vida en Asís.
Quizás, algunos de vosotros habéis tenido ya ocasión de ir allá; si no, no perdáis oportunidad: es un lugar que inspira. Y muchos de los lugares franciscanos, incluyendo la Porciúncula, la Iglesia de San Damián, están visibles: no voy a decir en el mismo estado en que se encontraban, pero se pueden visitar.
La pregunta que nos hacemos es: Estos locos que venían de familias de comerciantes, ¿por qué dan ese salto al vacío? ¿Qué esperaban ellos encontrar? Aparentemente algo encontraron, porque la alegría de Francisco y de Clara era bien conocida.
Además, la santidad de esta mujer se volvió tan famosa en la ciudad, que cuando las tropas del emperador Federico querían invadir Asís y entre esas tropas había reclutados un buen número de musulmanes, a la gente la idea que se le ocurrió fue sacar a esta monja del monasterio: claro que no por la fuerza.
Ella llevaba una custodia, aunque no era exactamente custodia, sino esta pieza que se llama técnicamente "viril", donde se coloca la Hostia Consagrada para exhibirla en la custodia.
Ella llevaba esa piecita y llevaba la Eucaristía. Y con la presencia de ella y con la Eucaristía, resulta que las tropas se devolvieron. Éso es lo que cuentan los biógrafos y ésa es la reseña histórica que tenemos. O sea, no hay evidencia en contra de ello.
Y uno dice: "Pero, ¡qué cosa tan ridícula, qué cosa absurda salir al encuentro de un ejército con una Eucaristía, con una Hostia! ¡Qué es éso! ¿Qué es esa locura?"
¿Qué es esa locura de salir al encuentro del mundo con la pobreza y con la alegría?
Pues, tiene mucho sentido, porque el comerciante, aunque abunde de otros bienes, tiene sus propias escaceces. Yo, solamente les puedo contar lo que me sucedió a mí. Yo no soy franciscano, aunque amo a esa Comunidad; soy dominico.
Pero, lo que a mí me sucedió fue ésto: Yo estaba estudiando en la universidad; estudiaba Física Pura en la Universidad Nacional en Colombia. Me iba muy bien en mis estudios. La universidad ofrecía una beca para venir aquí, a Europa, a hacer un doctorado en física, precisamente, en la ciudad de Bochum, Alemania.
Es decir, todo iba marchando sobre ruedas. Pero, había un vacío profundo: es que tener muchas cosas no es tenerlo todo. A veces lo más importante, a veces lo esencial se nos escurre, se nos escapa de entre las manos.
Entonces, yo tenía aparentemente éxito en muchos campos. No obstante, había algo que me faltaba. Y lo que yo encontré, lo vine a encontrar en un grupo de oración de carismáticos que mucha gente tiene por locos.
Pues, bueno, yo estuve en uno de estos grupos medio locos, de éstos que alaban, aplauden, "viva Cristo" y todas esas cosas. Yo estuve ahí y les tengo gran cariño, porque me hicieron mucho bien.
¿Qué fue lo que ellos me contaron? ¿Qué fue lo que ellos me dieron? Me dieron lo que yo no tenía. Yo no tenía, por ejemplo, alegría. No digo que esté mucho mejor ahora de lo que estaba en esa época, pero sin duda era un personaje terriblemente frío frente a un Dios que nos ha amado tanto.
Lo que quiero decir es que a mí la noticia del amor de Dios me dejaba helado. ¡Helado! No me importaba. O sea, llega Cristo y te dice: "- Mira que te amo hasta derramar mi Sangre por ti". "- Ah, bueno; ¡quítese que quiero ver el programa de televisión!"
Ése es el corazón nuestro: somos de hielo, somos de piedra; ése era mi corazón, por lo menos. Y lo que yo veo es que un corazón así, ¿de qué se puede alegrar? Si el corazón no puede alegrarse de la noticia del amor de Cristo, si sentir, si saber tanto amor no le alegra, dime si va a encontrar alegría en otras cosas.
Encontrará chispas, fulgores, relámpagos. Un placer intenso, una borrachera muy fuerte, un poco de droga pueden tal vez producir un relámpago, pero no producen esa clase de alegría.
Entonces, por eso le creo a los locos como Santa Clara, o como San Francisco, porque yo mismo he experimentado que a veces esos locos han encontrado y han entendido mejor la noticia del amor de Dios.
Les deseo en este día tan hermoso, que todos nos encontremos con ese amor y cada uno según su propio camino. Porque, no todos tenemos que ser del mismo camino.
Cada uno según su propio camino, que aprenda a celebrar, a vivir y a transmitir esta noticia de amor.
Amén.