Ssac004a
Fecha: 20080529
Título: ¿Cómo estaba Jesús? ¿Qué vivía Jesús? ¿Qué sentía Él? ¿Qué pensaba? ¿A qué temía? ¿Qué le movía?
Original en audio: 24 min. 36 seg.
Hay tres fiestas que se refieren a los mismos acontecimientos, cada una desde un enfoque diferente: el Jueves Santo mirábamos estos mismos textos, y estos mismos hechos. En la solemnidad del Cuerpo y Sangre de Cristo miramos estos mismos textos y estos mismos hechos, y hoy en la fiesta de Cristo Sumo y Eterno Sacerdote volvemos a los mismos hechos y textos.
En los tres casos nuestra mirada se va hasta el Cenáculo. En los tres casos miramos el corazón, las manos, el pan. En los tres casos se trata de la expresión del amor más grande. Sin embargo, cada una de estas fiestas litúrgicas tiene su propio sabor, si queremos decirlo de esa manera.
Yo creo que para recibir vida de la liturgia, para que la liturgia sea en primer lugar la obra que Dios realiza como la llamaba San Benito: “la obra de Dios” Y no solamente obra nuestra, porque uno tiene que hacer una cantidad de cosas en la liturgia.
Tiene que leer bien, tiene que no desafinarse, tiene que pararse a tiempo, sentarse a tiempo, mantenerse compuesto; pero todo eso lo hacemos nosotros. Para que la liturgia sea no solamente algo que nosotros hacemos, sino algo que Dios hace.
Es conveniente disponer el corazón, disponer la mente, y descubrir qué es lo propio de cada fiesta. Qué es lo hermoso, y qué es lo sustancioso de cada celebración. Si no obramos así, estamos en peligro de que la liturgia sea la obra nuestra. Algo que hacemos. Un punto más en el día. Y, estamos en peligro, también de desaprovechar el regalo que el Espíritu le da a cada celebración.
En el Jueves Santo la tensión y la mirada se dirige a la acción misma, al sacrificio mismo. Además en el Jueves Santo el énfasis está en el testamento que es el mandamiento del amor. Además en el Jueves Santo recordamos cómo el Señor lava los pies a sus discípulos. Entonces, las claves del Jueves Santo van por el lado del sacrificio, del servicio, y del amor.
En la solemnidad del Cuerpo y Sangre santísimos de Jesucristo el énfasis está en la obra realizada. Es como detener el tiempo. Como decía un padre de mi provincia: “es el anhelo de tomarle una foto al Espíritu” Es como congelar ese momento. El momento de la Presencia. El momento del beso. El momento del amor.
Por eso, el énfasis en esta solemnidad del Cuerpo y Sangre de Cristo está en la palabra “Presencia” Es el día en el cual en muchas partes se hacen procesiones, y en la procesión se lleva a Jesús sacramentado, y la atención está ahí. Él está. Él es. Es real. Es verdad.
Tenemos también esta celebración, y el énfasis, está en aquel que actúa. No lo puedo llamar el actor, porque entonces, puede sonar como si fuera una especie de teatro; pero en su sentido original la idea es esa el que actúa. El actor.
Este es el día para preguntarnos ¿con qué actitud? ¿Con qué sentimientos? ¿Con qué propósitos? ¿Con qué temores? ¿Con qué resolución? ¿Con cuál espíritu de obediencia? ¿Con cuánta caridad llega Jesús a este momento?
Y, entonces lo que nos interesa no es sólo el instante, y la consagración, y la Presencia; sino que en el fondo esta fiesta es como una mirada amplia a lo que fue la vida entera de Cristo. Porque el sacerdocio de Cristo no empezó cuando empezó la última cena, ni el sacerdocio de Cristo terminó cuando se levantaron para ir al Monte de los Olivos.
Hoy es un día muy bello para preguntarnos ¿qué había en Jesús? Cuando nosotros los ministros ordenados, que un poco más técnicamente debería llamársenos “presbíteros” A los que presidimos la santa misa, y están por supuesto también los obispos que tienen su sacerdocio en plenitud. Sacerdocio ministerial.
Cuando nosotros, nos preparamos para celebrar la Santa Misa, no conozco un recurso mejor para enseñar a un pobre ser humano cómo debe prepararse uno para presidir la Eucaristía. No conozco un recurso mejor que hacerse esta pregunta ¿cómo estaba Jesús? ¿Qué vivía Jesús? ¿Qué sentía Él? ¿Qué pensaba? ¿A qué temía? ¿Qué le movía?
Todas estas consideraciones nos llevan a descubrir al Señor de una manera, podríamos decir, profundamente humana. Hay un poco de esto en el Evangelio que ha sido proclamado “he deseado enormemente comer esta comida pascual con vosotros”
Este es Jesús hablando en primera persona, y es hablando de sí mismo. Si lo notamos, la mayor parte de los Evangelios no nos cuentan sobre Él, porque Él mismo no era el centro de su existencia. Jesús tenía como centro la Voluntad del Padre. La gloria del Padre. El reinado de Dios Padre.
Jesús tenía como centro lo que en definitiva nosotros oramos en el Padre Nuestro. Conocer el Padre Nuestro es conocer la vida de Jesús. Pero, entonces, Jesús dice muy poquito de sí mismo, y como el propósito de esta fiesta es dirigir la mirada al Actor. Al que habla. Al que actúa. Al que se ofrece. Y hacernos la pregunta, y bueno ¿qué pasa con Él?
Entonces, tenemos muy pocos textos. Si hacéis en este momento memoria. Memoria rápida. ¿En cuántos textos habla Jesús de sí mismo en el Evangelio? Son muy pocos. ¿En cuántos textos habla el Evangelio sobre Jesús? Hay un poquito más, pero siguen siendo escasos.
Por lo menos, recuerdo aquel pasaje en el que nos dice por ejemplo San Lucas que Jesús se alegró en su corazón y dijo: “te bendigo Padre porque has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos” Ahí, sabemos que Jesús se regocijó.
Cuando el centurión le dijo: “no es necesario que entres en mi casa” El Evangelista comenta: “se admiró de la fe de él” Cuando fue a sacar a los mercaderes del templo fue visible su enojo. Pero fíjate que no son muchos los textos. En ese sentido, los Evangelios apenas nos dan unas rendijas para mirar hacia adentro de ese bendito corazón de Cristo.
Dentro de ese grupo escaso, selecto de textos tenemos el de hoy “he deseado enormemente comer esta comida pascual” Como comentaba no hace mucho en el retiro que tuvimos en torre Don Jimeno a las hermanas; es de extraordinario provecho para un alma contemplativa detenerse en aquellas frases o textos que no son inmediatamente obvios, porque en esas palabras, muy a menudo, el Señor quiere mostrarnos algo que no hemos visto.
A ver, no se nota una especie de contradicción, paradoja, o algo extraño en esta frase del Señor “he deseado enormemente comer esta comida pascual” Si la frase llegara hasta ahí, no habría problema entenderla. La comida pascual para el judío celebra la liberación de Egipto. No es difícil gozarse en esa comida pascual.
Además, es encuentro de familia. En el tiempo de Jesús no solamente se reunían las familias como mandaba el Éxodo, sino que también se reunían los amigos. El texto del Éxodo decía también “un corderito por familia” Es una fiesta familiar, pero en tiempo de Jesús, según consta por los historiadores, había también como modos alternativos.
Por eso, Jesús no se reúne estrictamente hablando con familia de Él; sino con su familia espiritual. Con sus amigos en este caso. Si la frase llegara hasta ahí, la entenderíamos. Este es un judío que se goza en la liberación de Egipto.
“Comer esta comida pascual con vosotros antes de padecer, porque os digo que ya no la volveré a comer hasta que se cumpla en el reino de Dios” Además la frase va precedida, en este capítulo 22 del Evangelio de San Lucas, por esta introducción, esta breve cláusula que sin embargo es fundamental: “llegada la hora se sentó Jesús con sus discípulos” Y dijo: “llegada la hora”
Para todo oyente atento del Evangelio, esa frase es un despertador; porque los todos los Evangelios, especialmente el de San Juan, han insistido en este tema de “la hora” Recordáis perfectamente en Caná, cuando Nuestra Señora le dice a Jesús: “mira que no tienen vino” la primera reacción de Él es: “no ha llegado mi hora”
La vida entera de Jesús a la luz de este pequeñito detalle se convierte como en la espera. El anhelo de esa hora. O sea que para Jesús esta no era una pascua entre otras pascuas como judío, y por supuesto, judío piadoso había celebrado muchas veces la pascua, pues cada año.
Pero esta no es una pascua. Esta es La Pascua. Porque esta no es una hora más. Esta es “La hora” La hora ¿de qué? Ahí está la clave. La hora decisiva. La hora que lo tiene todo. La hora que empieza siendo hora de las tinieblas, porque eso sucede en el jardín ¿no? en Getsemaní van a prenderlo, y Jesús dice: “muchas veces enseñaba en el templo nunca me detuvisteis, pero esta es vuestra hora” Otra vez la palabra: “la hora de las tinieblas”
Es una hora, por supuesto, no una hora de sesenta minutos. A ver ¿cómo entender la palabra “hora”? A ver, nosotros somos dominicos. Somos contemplativos. Llamados a hacerlo, por lo menos, nosotros no podemos correr por encima de las palabras.
Para nosotros cada palabrea tiene su propio jugo. Hora no es sesenta minutos. ¿Qué es hora? Una posible traducción a nuestra lengua de Cervantes es: “tiempo denso. Tiempo fecundo. Tiempo decisivo” La vida entera de Jesucristo; toda la vida del Señor apunta a ese tiempo decisivo.
Tiempo que Él celebra con sus discípulos. Tiempo que tiene sabor de final. Aquí termina algo, por eso la mención de que ésta es la hora final, y la mención de que después de eso lo único que sigue es la llegada del Reino; pues, nos está hablando de pascua; es final y es comienzo.
Esa hora es decisiva porque ahí germina algo, y porque ahí empieza algo. Y, hay uno que se llama Jesús que tiene que llevar todo eso a su final. Y, hay uno que se llama el mismo Jesús que tiene que desde ahí empezarlo todo.
Es tan impresionante esa frase del Apocalipsis cuando se cumple lo que dijo Jesús, “la llegada del Reino” ¿Quién recordará entre vosotros esa frase del Apocalipsis? Cuando llega ese momento el padre celestial dice esta frase: “Ahora hago nuevas todas las cosas”
Entonces, Cristo sacerdote es el Cristo que está presentando no sólo la ofrenda de su propia vida; no sólo la ofrenda de su propio dolor; esto ya toma dimensiones cósmicas, Esto es la llegada del final de todo. Este es el final de un orden de cosas, y al mismo tiempo es el anuncio de un nuevo orden. Es el anuncio de algo que en la mente de Jesús apenas puede describirse con las palabras: “la llegada del Reino”
Es decir que en esta Cena, lo que Jesús parece estar viviendo es: “aquí termina todo. Aquí acaba todo, y aquí empieza todo. Aquí muere lo que tiene que morir, y aquí nace lo que tendrá que vivir” La tensión por la que pasa el corazón de este Sacerdote, difícilmente podemos imaginarla.
El Evangelista San Juan nos dice, precisamente, porque presenta los discursos de sobremesa después de la última Cena. El evangelista Juan nos cuenta un poco más. Dice Jesús: “ahora el príncipe de este mundo va a ser echado fuera. Se oyó un ruido grande” San Juan capítulo 12. “Estaba Él con otros, y la gente no supo qué había sido ese ruido. Otros si pudieron entender que era el Padre celestial haciendo oír su voz”
Y, entonces, dice Jesús: “Ahora que digo yo: “Padre apártame de esta hora” Si para esta hora he venido” Yo pienso que estas consideraciones nos ayudan a ver en una luz nueva; en una luz muy hermosa el Sacramento Eucarístico, pero además la vida entera de Jesús.
Si miramos lo que le sucede a esa Hostia tan humilde. Tan pequeña que llega a su final, a ese jugo de uvas, y a ese pan de trigo le llega su final. Ya no será más trigo. Ya no serán más uvas. Le llega su final, y comienza a ser Presencia del Hijo de Dios. Presencia de la Sangre y el Cuerpo de Cristo. La Eucaristía como final. La Eucaristía como comienzo. La Eucaristía, entonces, como pascua, y uno que va delante de todos nosotros terminando, acabando lo que debe acabar, y empezando lo que debe comenzar.
Yo les invito a que traigamos cerca del Altar todo eso que debe terminar. Cuando nosotros le entregamos al Altar de Cristo nuestro pan de trigo, lo entregamos no para que siga siendo trigo, sino para que se vuelva ofrenda eterna. El Cuerpo mismo del señor.
Pues traigamos todo lo que debe acabar. Traigamos, arrojemos en el Altar, todo aquello que de parte nuestra ya no da más. Como ese trigo que si lo dejamos a sus fuerzas, ya no da más. Hay que traer al Altar todo eso que ya no da más.
Como hacían los mártires que cuando llegaba el momento. El momento decisivo, entonces sacaban el Pan Eucarístico que celosamente habían escondido, y comulgaban, porque esto ya no da más. Porque hasta aquí fue. Porque aquí se acabó. Porque lo único que sigue es el Reino. Así hay que vivir cada Eucaristía. Aquí traigo todo lo que debe acabar, y del altar y de Cristo espero todo lo que debe comenzar y lo que debe vivir.
Que sea esta también ocasión de pedir al Señor, como dije al principio, por nuestros sacerdotes. Por supuesto, a poco de meditar en esto me siento desbordado yo mismo. A poco de meditar en esto me siento indigno; me siento sucio; me siento torpe; me siento a oscuras; me siento como creo que debo sentirme. Un poco me siento como soy.
Pues apiádense ustedes de este sacerdote. Tengan misericordia del pobre sacerdote. De un tiempo para acá a mí los sacerdotes me dan es lástima. No lástima de que sean malos. Hay unos muy buenos seguramente; sino lástima cuando pienso en todo esto montado en los hombros de un ser humano. Esto desborda a cualquiera.
Esto desborda a cualquiera que va uno a hacer presente a Cristo, y a tomar Las Palabras de Cristo, y absolver en el Nombre de Cristo. Esto desborda a cualquiera. Mirad mis hermanas con compasión. Con amor compasivo. Con amor que intercede. Mirad a los sacerdotes pidiendo que algo de estos sentimientos de Cristo esté siempre gravado en nuestros corazones
Amén