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Fecha:19980718

Título:

Original en audio: 18 min. 56 seg.


Pienso que no es un secreto para ustedes la predilección y amor que Dios me ha dado por el profeta Jeremías. Y es precisamente este profeta que hemo empezado a leer en esta decimosexta semana del Tiempo Ordinario.

La lectura de hoy está tomada del capítulo tercero de las profecías de Jeremías. Jeremías es un hombre de sentimientos intensos. A veces estas personas sufren más, cuando sufren, pero también son personas que se alegran más, cuando se alegran.

Podemos decir que Jeremías es un hombre de vida intensa: cuando le duele le duele mucho, y cuando se goza se goza mucho.

Y esta intensidad de vida está presente en la palabra de jeremías. Por eso abundan, en sus escritos, en sus oráculos, abundan los contrastes fuertes: el presentimiento de total desolación, y el sentimiento de una abundancia incontenible; el sentimiento de una tristeza de muerte, y la exultación y la vida; la sensación de miedo, y la sensación de confianza.

Jeremías, me parece a mí que era un pueblo entero, habitando en el cuerpo de una sola persona. me parece que tenía como todo el amor de mucha gente metido en su corazón, tenía las lágrimas de todo un pueblo en sus ojos, y tenía las esperanzas y la fe de toda una nación en su alma.

Es un profeta que vive con intensidad el drama de Dios; la vida para Jeremías es una vida dramática, el escenario de esta vida es todo para jeremías, todo, menos un juego; la vida es seria, es profundamente seria, con una seriedad que no es amargura, con una seriedad que no es rigor, con una seriedad que no es dureza.

La dureza, el rigor, la intolerancia, la inflexibilidad, la indiferencia, tod ese tipo de cosas no son seriedad, por lo menos no son la seriedad del mundo, la seriedad de lo que Dios ha hecho. La persona que es tiesa, rígida, inflexible, amargada, en el fondo está apegada a su mundo interior de sentimientos.

Y a menudo las personas que son así tienen miedo de entrar en relación con la realidad que está fuera de ellos. No, Jeremías no es un hombre tieso, no; es un hombre abierto a la profunda verdad, a la profunda realidad de lo que le rodea. Toma infinitamente en serio a Dios e infinitamente en serio su propia vida y la vida de su pueblo.

El pasaje de hoy es plenamente representativo de su corazón, su corazón intenso: "Volved hijos apóstatas, oráculo del Señor, que yo soy vuestro dueño" Jeremías 3,14. Esa parece una invitación para todo el mundo.

Los hijos apóstatas, pues son evidentemente el pueblo de Dios que se ha alejado de Dios; pero luego dice: "Os escogeré a uno de una ciudad, a dos de una tribu, y los traeré a Sión" Jeremías 3,14.

Les dice que vuelvan, pero les dice que los va a escoger; invita a todos a que vuelvan, pero dice que los escogidos son muy pocos, de toda una ciudad, uno, y de una tribu, que hoy correspondería a, qué sé yo, a una provincia, a una región, porque las tribus eran no sólo asunto de familia, sino de geografía, de todo un departamento, dos.

Es decir, es muy poquita gente, y les invita a todos, pero les dice que son muy pocos los que van a llegar a Sión; y cuando queda uno espantado, y dice uno: "Pero ¿cómo así, de una ciudad uno? ¿Uno solo por ciudad? ¡Muy poquito!"

No ha salido uno de su espanto cuando sigue el profeta y dice: "Os daré pastores conforme a mi corazón, que os apacienten con ciencia y experiencia" Jeremías 3,15.

Una palabra de consuelo junto a una palabra de regaño, y cuando piensa uno que no va a quedar nadie, dice: "Cuando os multipliquéis y crezcáis en el país" Jeremías 3,16, pero, al fin, ¿qué? ¿Vamos a ser muchos, o vamos a ser pocos? ¿Qué va a suceder con nosotros?

Queridos amigos, el desconcierto es uno de los recursos pedagógicos de Jeremías; habla de tal manera, que queda uno como mareado. ¿Qué me está queriendo decir en el fondo? Es un Dios inmenso, gigantesco, es un mega, hiper, súper, es un Dios mayor, es un Dios desconcertante.

Bueno, pero tenemos que sacar algo en limpio, aparte de nuestros desconciertos, porque no vamos a terminar nuestra predicación diciendo: "Y ahora sabemos por qué casi nadie entiende a Jeremías", no; hay que decir algo más.

Estos contrastes, estas vueltas que nos pone a dar Jeremías hasta marearnos, ¿qué nos quieren decir? ¿Qué secretos había en este corazón? Yo pienso que a un profeta de esta espesura hay que acercarse con cierto tiento.

Jeremía quema, es una hoguera, entonces uno tiene que acercarse con cuidado, porque si uno va así no más, puede salir retostado y no aprendió nada.

Cuando Moisés se encontró con aquella zarza Dios le dijo: "Un momentico, un momentico, despacio, y quítese las sandalias, esta tierra es sagrada". Yo creo que la Palabra de Dios, y, sobre todo, a esta expresión tan vigorosa de la Palabra de Dios como son los oráculos de los profetas, uno tiene que llegar así, uno tiene que descalzarse.

Hay que llegar descalzo, hay que llegar como el que se va a acercar a escuchar los secretos de Dios: "¿Qué me quiere decir el Señor aquí?"

Jeremías está, en este pasaje, está invitando al cambio, y está anunciando el cambio. Yo creo que esta es una clave de lectura interesante. Dios invita a que cambiemos, pero Dios anuncia que las cosas van a cambiar. Ahí yo creo que está el arte de esta enseñanza. Dios te invita a cambiar, pero Dios también te dice que, contigo o sin ti, las cosas van a cambiar, ¿me explico?

Entonces, puesto que Dios te invita a cambiar, si tú cambias, lo que luego sigue se aplica a ti; Dios te invita a cambiar, si tú no cambias, lo que luego sigue no se aplica a ti, en este pasaje.

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