V20d004a

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Fecha: 20061220

Título: Si la falta de Jesus es el nombre del problema, la presencia de Jesus sera el nombre de la solucion.

Original en audio: 17 min. 48 seg.


Los dos momentos más grandes y más importantes de la historia humana son: aquel en que Dios entró en nuestra historia, asumió nuestra naturaleza, entró al mundo de un modo único y singular, como encontramos en el evangelio de hoy; y aquel en que nuestra humanidad en Cristo Jesús entró en el Cielo.

Uno no sabe cuál de los dos misterios es más admirable: que Dios venga a este mundo, un mundo marcado por el egoísmo, la mediocridad, un mundo surcado por tantas tristezas... que Dios venga a este mundo es cosa simplemente asombrosa, pero no es menos asombroso que nosotros seamos llamados a participar de la naturaleza divina, seamos llamados a entrar con Cristo, por Cristo y en Cristo en los Cielos.

Esos son los dos grandes misterios de nuestra fe y por eso nuestra fe tiene su centro absoluto en Jesucristo, porque Él es al mismo tiempo Dios con nosotros y es nuestra naturaleza en Dios, con Dios.

¡Dios tan cerca de nosotros recorriendo nuestros caminos; nosotros tan cerca de Dios! En Cristo ya en los Cielos somos llamados a dar nuestra propia alabanza y adoración cuando Él nos llame a su gloria.

Nuestra fe está centrada en el Señor Jesucristo y en esos dos misterios. Podemos decir que ellos son los que le dan el sabor a la liturgia cristiana. Al misterio del Dios humilde lo contemplamos en esa pareja que se llama Adviento-Navidad, y al misterio de nuestra humanidad resucitada, limpiada y glorificada en Cristo, lo celebramos en esa otra pareja: Cuaresma-Pascua.

De modo que los tiempos litúrgicos que solemos llamar "fuertes" nos dan la tónica de qué es lo que estamos celebrando: celebramos que Dios vino y celebramos que nosotros nos vamos con Él; celebramos que Él viene y celebramos que nosotros nos vamos; celebramos que Él desciende a nuestro barro y celebramos que nosotros subimos a su Cielo.

Celebramos que lo que parecía perdido ha sido encontrado y celebramos que esa humanidad encontrada y restaurada puede alabar y puede bendecir junto con los Ángeles, puede participar de ese gozo maravilloso, de esa alegría. Esos dos misterios están en nuestros tiempos "fuertes": Adviento y Navidad, Cuaresma y Pascua.

Y así pasan los años de nuestra vida, en esa danza, podríamos decir, esa danza tan hermosa, donde a veces nos agachamos para reverenciar el misterio de la humildad de Jesús en el pesebre y otras veces alzamos nuestras manos y nuestras miradas al Cielo, como aquellos hombres en el pasaje de la Ascensión, en los Hechos de los Apóstoles.

Así transcurren los años de nuestra vida, mientras termina esta vida, hasta que encontremos en la plenitud del Cielo todo eso que hemos estado recordando y celebrando, danzando y cantando.

Esa es nuestra vida. Y en cuanto al resto del Año Litúrgico, lo que hacemos en el Tiempo Ordinario es sobre todo escuchar las enseñanzas de Cristo y mirar las obras de Cristo para aprender a desposar nuestra humilde y cotidiana realidad con la grandeza del Espíritu que hemos heredado del Señor.

Esa es la liturgia, ¡y es tan hermosa, es tan perfecta! Yo no me canso de mirar la perfección de nuestra liturgia y de nuestro Año Litúrgico: cómo vamos dando la vuelta al misterio de Cristo, cómo vamos una y otra vez paseando nuestros ojos por su grandeza, por su humildad, por su belleza, por su dolor, por su alegría, por sus lágrimas, por su trabajo, por su gozo.

Esa es nuestra vida: Mirar tanto a Cristo que podamos parecernos a Él. Centrarnos en Él.

Una vez Dios me concedió dar un retiro, que está en mi página de Internet, y que tiene el título más significativo que se me haya podido ocurrir; vendrá del Espíritu Santo eso: En-Cristo-Centrarnos.

Esa es la vida cristiana, en-Cristo-centrarse. Gastar el tiempo, gastar los días y las noches aprendiendo el misterio de Cristo, hasta el último día. Jesús es nuestro Maestro maravilloso; es delicioso escuchar su palabra, es maravilloso ver cómo Él en cada gesto, en cada acción, en cada discurso, nos revela más y más quién es Dios.

Pero no sólo eso, nos revela quiénes somos nosotros mismos. Como dice la Constitución Gaudium et Spes y como le gustaba citar al Papa Juan Pablo II: Cristo revela al hombre, al hombre mismo.

En Cristo-centrarnos, eso es lo que hacemos en la liturgia. Y en este tiempo de Adviento estamos como tomando impulso, podemos decir también: haciendo hambre. Estamos haciendo hambre porque un Pan delicioso viene.

Y para que ese Pan bendito, ese Pan maravilloso, que es Jesús en el pesebre, encuentre en nosotros corazones deseosos de comérselo, de abrazarlo, de quedarse con Él y de que Él se quede con nosotros, necesitamos mucha hambre. Eso hacemos en el Adviento, hacer hambre del misterio maravilloso de Jesús en nuestra carne.

Así como durante la Cuaresma hacemos hambre de la redención, hacemos hambre del perdón que viene con Él, cosa que celebramos en la Semana Santa y luego en la Pascua.

El Adviento es hacer hambre, que es como limpiarse los ojos, como despabilarse, como abrir los oídos y como volver a caer en cuenta de cuál era nuestro camino, para dónde era que íbamos.

En Cristo-centrarnos: esa es la palabra para el Adviento, pero es también la palabra significativa por excelencia para la vida consagrada.

Ustedes, queridas hermanas, están terminando un tiempo de gracia; hoy precisamente están terminando ese tiempo de gracia que se llama un Capítulo General.

No he encontrado yo una mejor definición de lo que debe ser un Capítulo, que aquello que dicen nuestras Constituciones, las de los frailes predicadores, respecto de los retiros espirituales: es un contrastar la vida con la Palabra de Dios, es como leer a doble página lo que Dios quiere de nosotros y lo que nosotros estamos haciendo.

Un Capítulo General, si lo pensamos, es un ejercicio comunitario de En-Cristo-Centrarnos. El valor de un Capítulo, lo que hace cualitativamente importante un Capítulo, son los quilates de Cristo que están ahí presentes; es la dimensión de Evangelio, es el tiempo, es la oración, es el esfuerzo de comprendernos, de escucharnos, y durante muchos días ustedes han hecho ese esfuerzo, han pedido la gracia de Dios, y sus oraciones, estoy seguro, han sido escuchadas.

Lo que nosotros esperamos del Capítulo no es simplemente un conjunto de leyes, no es un conjunto de reglamentaciones: en cierto modo las leyes ya están completas. Lo que nosotros esperamos de un Capítulo, lo que aguardamos de él, es Cristo.

Lo que las comunidades están esperando, las comunidades locales de donde ustedes vienen y adonde ustedes ahora van, lo que esas comunidades están esperando no son papeles, hermanas, no son más palabras, ¡hay demasiadas palabras!, lo que están esperando es que ustedes les lleven una presencia viva de Jesús, que ustedes les lleven una experiencia nueva, renovadora de Jesús.

Lo que esas comunidades están esperando son, como decía el Padre José Luis Martín descalzo, nuevas razones para creer, nuevas razones para esperar, nuevas razones para amar.

Ustedes llevarán en sus manos, por lo menos simbólicamente, unas Actas, pero lo importante de esas Actas es aquello que Dios ha hecho. En realidad la palabra "Acta" lo que significa es eso; es un plural neutro del latín que quiere decir eso: lo realizado, lo que se ha realizado.

Al llevar el acta o al llevar las Actas del Capítulo, lleven lo que Cristo ha realizado con ustedes y entre ustedes en estos días de gracia, donde muchos, en muchas partes del mundo, estábamos orando.

Lleven esa experiencia renovadora de Jesús, lleven esa manera de centrarnos en Él. A medida que crece la congregación -y yo soy un testigo de ese crecimiento, incluso geográficamente-se hace indispensable que las bases se hagan más profundas.

Todos sabemos que los edificios más altos requieren cimientos más hondos y las bases se hacen más profundas hundiéndose más, enterrándose más... o tenemos una palabra mejor en la teología: encarnándose más, entrándose en la carne, en la verdad de Jesucristo.

Un Capítulo no puede pecar por exceso de Cristo porque necesitamos demasiado de Él. Lleven esa experiencia de Jesús, lleven esas razones para creer y confiar en Jesucristo. Ese espíritu nuevo es el que abrirá otros corazones para que las Hermanas puedan seguir el ejemplo de la Santísima Virgen que nos precede a todos en la obediencia al Señor.

Vamos a seguir el ejemplo de la Virgen, vamos a escuchar esa palabra, vamos a volverla carne en nosotros. Lo mejor que le puede pasar a las Actas de este Capítulo General es que se conviertan en una palabra que se vuelve carne.

Yo estoy seguro de que todas las que han trabajado con esperanza, con denuedo, con constancia, con ilusión en este Capítulo, suspiran por una sola cosa: que esas Actas se vuelvan carne, que no sean letra muerta, que se vivan.

Y vamos a pedir al Señor que cada una de las religiosas de Nazaret sea como la Virgen María, receptora creyente de la presencia de Cristo.

Vamos a pedir que un Espíritu maravilloso de Cristo-centramiento, de en-Cristo-centramiento, se apodere de Nazaret, que haya una especie de divina obsesión por Jesús en Nazaret: Jesús especialmente presente en el sagrario, especialmente presente en los pobres de todas las latitudes, especialmente presente en su Palabra y, por supuesto, también en la comunidad.

Yo le pido al Señor, precisamente por el amor que le tengo a esta Congregación, que esa divina obsesión, que es la obsesión santa y es la ebriedad santa del Espíritu, se adueñe de ustedes, de quienes vivieron este Capítulo y de toda la Congregación, de manera que todas, siguiendo este ejemplo de María, tengan ese único amor, esa única pasión, esa única meta, esa única referencia: Jesús.

Fíjate que cuando nos dividimos, cuando peleamos, cuando decaemos, siempre hay una causa: nos hemos apartado de Jesús. Si la enfermedad es siempre la misma, el remedio tiene que ser el mismo. El remedio siempre será volver a Él.

Necesitamos muchas cosas: hay que responder a la legislación civil, la legislación educativa, hay que trabajar con problemas de distintas culturas, no es lo mismo la secularización acelerada en Europa que las tragedias y las carencias de los pobres en América Latina; no es exactamente lo mismo y sin embargo en ambos casos es Jesús el que hace falta.

Si la falta de Jesús es el nombre del problema, la presencia de Jesús será el nombre de la solución.

Lleven, mis Hermanas, lleven esa palabra cierta y vigorosa sobre Jesucristo, llévenla a todas partes; que se conozca el fruto, el efecto de este Capítulo General por el renovado espíritu de obediencia a la Palabra y de enamoramiento, de apasionado enamoramiento por la persona adorable de Jesucristo.

Sigamos esta celebración bendiciendo a Dios porque hoy permite concluir este trabajo que ha tenido una tan larga preparación, que Dios sepa recompensar a todos y todas los que han vivido esta experiencia capitular desde la oración, la penitencia, las labores a veces más visibles y a veces más humildes.

Todas, todas han sido importantes. Desde la hermana que ha ayudado a arreglar una mesa hasta la hermana que ha encontrado esa fórmula feliz para ese número que no terminaba de redactarse, todas han hecho una palabra, todas han transmitido un mensaje de Evangelio.

Siéntanse felices de pertenecer a esta Congregación, siéntanse felices de sentir la intercesión y el ejemplo de Santo Domingo, pero sobre todo siéntanse felices de servir al Evangelio y de haber escogido la mejor parte.

Que sus ojos estén centrados en Jesucristo y que nuestras vidas lleven ese testimonio gozoso cada vez a más naciones.

Amén.