Sman006a
fecha: 20090908
Título:
Original en audio: 8 min. 58 seg.
Hermanos Todos:
Me atrevo a proponerles esta fiesta del nacimiento de la Virgen María como un desafío. ¿Qué puede haber de desafío o de reto en la imagen tierna, delicada de esta bebita o de esta niña? Esta es también la celebración de la Niña María.
¿Qué puede haber de desafío en la ternura? Pues muchísimo. Un gran profesor de Biblia de la Escuela de Jerusalén, de la Escuela Bíblica de Jerusalén, alguna vez tenía que predicar sobre el amor, y empezó haciendo esta confesión personal. Dijo: "Me siento un poco tonto hablando sobre el amor".
Es un desafío hablar sobre el nacimiento de la Virgen, porque si nos preguntamos desde el punto de vista de la teología qué hay de celebración en un nacimiento, la respuesta no es obvia.
Una vez me decía un hermano cristiano no católico, decía: "Ustedes los católicos han caído en idolatría en la celebración del nacimiento de Cristo. No fue ese bebé, sino ya el adulto, quien nos salvo, y nos salvó con el derramamiento de su Sangre en la Cruz. Dejen de estar celebrando al Divino Niño ne el 20 de julio", decía este protestante.
"Dejen de estar acudiendo a ese santuario, corriendo a ver una estatua de un niño. El niño ya creció, el niño ya murió, y solamente por su muerte en la Cruz somos salvos".
Esto nos plantea el problema teológico de qué es lo que nosotros celebramos en el nacimiento de Cristo, y qué es lo que celebramos en el nacimiento de la Virgen María.
Yo quiero tomar como punto aquello que dice este protestante: "El niño ya creció". Es verdad. el niño creció, lo dice la misma Biblia: "creció en edad, en sabiduría y en gracia" San Lucas 2,52. El niño creció.
Pero ahora pensemos lo que significa la frase contraria: ¿Qué es dejar de ser niño? ¿qué es dejar atrás la infancia? Y siguiendo la costumbre de Santo Tomás de hacer distinciones, pues digamos también nosotros aquí.
Distingo. Distingo entre dejar la infancia, porque el desarrollo de nuestras capacidades intelectuales y de nuestras destrezas físicas y sociales aumenta. En ese sentido se deja atrás la infancia.
Pero no se deja atrás la infancia en el sentido de aquello que es más hermoso, de aquello que es más bello, de aquello que es más perfecto o inocente en esa infancia en el caso de cristo y también en el caso de la Virgen.
A lo que me refiero es exactamente al papel que cumple el pecado en todo esto.
Resulta que el pecado es como una ruptura dentro de la secuencia de los días, es una ruptura en la vida; el pecado es lo que verdaderamente nos desconecta de nuestro pasado; el pecado es lo que no nos deja mirar a la cara el novicio que nosotros fuimos; el pecado es el que lo vuelve a uno cínico; el pecado es el que hace que uno mire hacia el pasado y diga: "Tan bobo yo". Ese es el pecado.
El pecado es el que hace que uno se sienta ridículo de rodilla, o se sienta incómodo de manifestar su devoción o su ternura.
Y en ese sentido, el contenido teológico de la celebración del nacimiento de Cristo o del nacimiento de la virgen, es precisamente una proclamación de la continuidad existencial que viene en una vida que no ha sido desfigurada, que no ha sido fragmentada, que no ha sido rota por el pecado.
Imaginémonos el caso nuestro. Hablo en este sentido, en este momento, a mis hermanos religiosos. Imaginémonos un religioso, que desde el comienzo de su vocación, tiene una intensidad de ideales: un ideal de santidad, un ideal de servicio pleno a Dios, un ideal de servicio al pueblo de Dios, un ideal de fraternidad.