Pasion de Cristo 15
Tema 15: Jesús ante Herodes. Lucas 23, 6-12
Este es un momento bendecido, porque es el momento en que nos acercamos a la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo.En Lucas 23,6-12, estamos contemplando un hecho, una escena vergonzosa, denigrante: Jesús ante Herodes.
Talvez nuestro primer impulso es sentir por Herodes más desprecio del que él mismo sintió hacia Jesucristo; pero yo estoy seguro, que si el Espíritu Santo quizo que se consignaran estas palabras y quedaran ahí en el Santo Evangelio, no es para que nosotros nos llenemos de desprecio, un desprecio que estaría necesariamente unido al orgullo.
Miremos con ojos de redimidos, miremos con ojos de creyentes esa escena, a pesar de ser bochornosa, a pesar de ser humillante y busquemos, con la ayuda del Espíritu Santo, qué encontramos del amor de Dios ahí, qué encontramos de nuestra salvación ahí, y también qué lecciones podemos aprovechar para nuestra vida.
¿Quién era Pilato?
Ante todo, ubiquemos a los personajes. ¿Quién era este Pilato? Uno oye hablar de Pilato o Pilatos, –las dos expresiones son correctas-, uno oye hablar de este hombre y sabe que él representaba a la autoridad romana. Efectivamente, Pilato era su Procurador, –era el nombre técnico-, el Procurador romano era el representante, finalmente, del poder del Imperio.
De manera que tenia poder, por ejemplo, para condenar, lo cual significa que tenía poderes de juez, poderes militares (ya que tenía soldados a sus ordenes), tenía poder ejecutivo, podía tomar decisiones sobre asuntos de cierta importancia, en esa tierra ocupada, invadida por el Imperio Romano.
Pilato ha sido recordado en la historia como un hombre sanguinario, pragmático, egoísta y supersticioso; y precisamente porque era un hombre pragmático, él mismo ayudaba a que se sostuviera en el poder otro personaje que tenia el titulo de rey.
Notemos la tensión y la incongruencia que hay en esto. Pilato está representando al Emperador Romano, que es el que realmente ejerce el poder en ésa región, porque era como dueño y señor de ésa región de Palestina y prácticamente de toda la cuenca del Mediterráneo –recordemos que los romanos hablaban del Mar Mediterráneo como el "Mar nuestro”-.
De modo que Pilato está representando la autoridad del Imperio inmenso, y sin embargo Pilato hace un guiño al poder de un hebreo, de este rey Herodes, y por eso digo que hay como una incongruencia, algo que pide explicación. Lo que sí está claro es que Herodes no tenía ningún poder real.
Es decir, de hecho el que ejercía el poder era Roma, y lo que se dijera de este Herodes podía tener cualquier sentido simbólico, o cualquier sentido folclórico, incluso ridículo, pero no había poder real.
Esto explica la tensión, la mal querencia que había entre Herodes y Pilato, porque Herodes tenía el titulo de rey, pero no tenía el poder; y Pilato tenía un título más bien humilde, de funcionario, de procurador; pero era el que tenía el verdadero poder, de modo que es natural que hubiera tensión y celotipia entre estos dos personajes.
Sin embargo Pilato envía a Jesús a que vaya donde Herodes, en lo cual se muestra que el mismo Pilato no sabía cómo abordar ese problema; él se daba cuenta - como aparece varias veces en el texto de la Pasión- que Jesús era inocente.
Quizás lo que él podía pensar era que Jesús en el fondo era un iluso o un loco, pero para él Jesús era indudablemente un inocente, en el sentido de que no había cometido crímen que mereciera lo que estaban pidiendo las autoridades judías.
Pilato manda a Jesús donde Herodes como quitándose un problema de encima, y esto es muy interesante, porque todos hemos oído hablar del Derecho Romano y todos hemos oído hablar de las grandes instituciones del Imperio Romano, pero, ¡qué mal queda el Imperio Romano en estás escenas de la Pasión!
Esto es lo que encontramos: el que tendría que administrar justicia, el que tiene por oficio salvar al inocente y condenar al culpable, y tratar un caso de tanta gravedad, porque se trata de la pena capital, lo trata simplemente como un fastidio, y lo que quiere es quitarse ese problema de encima; por eso Jesús es enviado donde Herodes.
¿Quién era Herodes?
Recordamos de los relatos de la infancia de Jesús, que hay un Herodes que precisamente busca matarlo –por eso la matanza de los inocentes-. Ese Herodes es llamado Herodes el Grande. Herodes el Grande reinó durante muchos años, y por ganarse a los judíos, invirtió cantidades astronómicas de dinero y de recursos en la reconstrucción y embellecimiento del Templo de Jerusalén.
Herodes el Grande, -que es el papá de este otro Herodes del tiempo de la Pasión de Cristo-, Herodes el Grande, el que ayudó a reconstruir el Templo, el que mató a los niños inocentes, no era judío.
Si revisamos las genealogías, resulta que Herodes el Grande era de raza idumea, él era de la raza de Edom; en el libro de las Lamentaciones, o el libro del Profeta Jeremías, vemos que los hijos de Edom son considerados como descendientes de Esaú, no de Jacob.
Esaú tenía como otro nombre Edom; Edom y Esaú son dos nombres de la misma persona, según la Sagrada Escritura. Por su parte, los israelitas son hijos de Jacob, pues Jacob e Israel son dos nombres para la misma persona.
Los descendientes de Israel estaban siempre en pugna con sus vecinos, que eran los descendientes de Edom, o sea, Esaú. Y aconteció que cuando los caldeos deportaron a los judíos destruyendo a Jerusalén en el Siglo VI antes de Cristo los idumeos celebraron la caída y destrucción de Jerusalén: tales eran los idumeos, los descendientes de Edom.
Es máxima paradoja que este Herodes fuera un idumeo, y a la vez se presentara como rey de Israel; evidentemente no porque fuera descendiente de David (si lo fuera, sería judío). Herodes venía de un pueblo tradicionalmente adversario y enemigo, cosa que explica por qué Herodes el Grande se pone en la tarea de reconstruir el Templo de Jerusalén.
Semejante tarea de reconstrucción del Templo no fue un acto de generosidad ni de cariño al pueblo judío; ni tampoco fue por devoción. La reconstrucción del Templo duró treinta y ocho años, según nos cuenta el evangelio de Juan; fue una empresa que requirió cantidades ingentes de dinero, madera, piedra, y trabajadores; y fue obra básicamente de Herodes el Grande.
¿Y por qué lo hizo?
Como el Templo de Jerusalén, era la joya preciosa de los judíos y el alma de esa nación, Herodes, que había prácticamente usurpado el poder, invirtió todo lo que invirtió en el Templo como quien compra algo de tranquilidad la paz y sobre todo, comprar su titulo de rey a los judíos, quienes en realidad lo detestaban. No podían sino repudiarlo porque sabían que él no era descendiente de David, ni merecía el trono.
Acordémonos que ante las obras maravillosas de Jesús la gente exclamaba: "Hosanna al Hijo de David" (San Mateo 21,9), reconociendo en él al verdadero descendiente de David.
Volviendo a Herodes el Grande: él sabía que su trono estaba sobre bases terriblemente inseguras, y eso explica por qué él ordena la matanza de los niños de Belén; porque tenía conciencia que su trono era un trono "de facto," tomado por la fuerza y sostenido a base de inyectarle dinero al Templo.
Ese Herodes el Grande murió, y quedó como rey uno de sus hijos, que también se llamó Herodes; este es el que hereda todo lo que le ha dado su padre: su riqueza y también su situación inestable.
Por eso este Herodes es el que resulta castigado con la predicación de Juan Bautista, el cual le dice que no puede vivir con la mujer del hermano, porque él, efectivamente, se había casado con la mujer del hermano. De ahí podemos empezar a conocer su talante moral.
Así como su papá se mantuvo en el trono con el asunto del Templo, este quería mantener el trono a base de pura política, y por eso eran famosos los banquetes que ofrecía. Recordemos que Juan Bautista fue decapitado en el transcurso de uno de esos banquetes. Herodes tenía invitados a una cantidad de personajes de los judíos - era parte de su juego político, para mantener una relación relativamente estable con las autoridades. En medio de su exceso, de su borrachera y lujuria, le dice a la hija de Herodías: "Pídeme lo que quieras; te doy hasta la mitad de mi trono" (San Marcos 6,22), y entonces la niña adoctrinada por la mamá, le dice que quiere la cabeza de Juan Bautista.
Dice el texto del evangelio que este Herodes, por vergüenza con los invitados realizó semejante crimen. Es que él sabía que si fallaba en un juramento, ya nadie le creería una palabra más; y como él sostenia su trono, un trono de mentiras y de engaño, únicamente con su palabra y el poder de sus labios, porque él no tenia un titulo que realmente lo acreditara, él sabía que desdecirse de ese juramento destriría irreparablemente su honra y su trono. Su vida misma correría peligro.
Por eso manda decapitar a Juan Bautista. Tiempo después, cuando empieza a oír hablar de Jesús, los evangelios nos cuentan que decía: "¡Ay, este debe ser Juan Bautista que ha resucitado!" (Marcos 6,16)
Se ve que quedó traumatizado, quedo desquiciado, mentalmente fracturado. Cuando una persona, en ciertas circunstancias, tiene que hacer algo radicalmente contrario a su conciencia, queda fracturado interiormente. Por darles un ejemplo: cuando se hundió el Titanic, las primeras personas a las que se les permitió salir fueron a las mujeres y a los niños, y hubo hombres que se disfrazaron de mujer para lograr un bote salvavidas. Luego se dio el caso que muchos de esos hombres que salvaron la vida disfrazados de mujer pasaron su vida con un trauma terrible, no por el disfraz, sino por sentir que habían traicionado sus principios; por ejemplo quitando el puesto a una mujer que sí lo necesitaba.
Cuando uno obra brutalmente en contra de sus principios, la psiquis se trastorna. Esto le pasa, por ejemplo, a la mujer que aborta. Una mujer cuando aborta queda con un trauma terrible, porque está precisamente fracturando sus propios principios, y luego es muy difícil sanar esa mente, incluso después de oír que Dios ya la perdonó. La persona queda con una fractura interior. Por supuesto, el Señor siempre puede vencer en una situación semejante, pero menciono esta ilustración porque es real y sirve para que nos demos una idea de lo que es una mente fracturada.
Herodes sentía que Juan el Bautista era un santo, un verdadero santo, sentía que Juan el Bautista era el hombre tal vez más valioso que él había encontrado, y ver que él le hacia eso a su amigo, a su consejero; saber que pedía la cabeza y lo mandaba decapitar ignominiosamente, únicamente por sostener un trono que era de mentiras... Más que la hija de Herodías, lo que le importaba era su propia honra y su trono.
El hombre quedó traumatizado. Cuando él oía hablar de Jesús, le aterraba imaginar que Juan había resucitado. Herodes quedó medio enloquecido con esa fractura que causó en su propia conciencia, pero en vez de acercarse a un camino de conversión, se volvió espiritista y supersticioso, y por eso cuando ya le presentan a Jesús, lo que espera es ver un mago, alguien que lo divierta.
¡Qué bajeza, qué tristeza, y qué pesar! ¡Qué pesar tener al Hijo de Dios y solamente pensar en divertirse! ¡Qué pesar tener al Hijo de Dios y no pensar que ahí mismo está la fuente del perdón, no sólo de nuestros pecados sino los del mundo entero! Enceguecido estaba este pobre ser humano; enceguecido estaba y no pudo reconocer a Jesús.
¿Qué aplicar a nuestras vidas?
Mis hermanos, hemos de pedirle a Dios la gracia de reconocer a Jesús, y antes de eso: buscar a Jesús con la intención correcta. No voy a buscar al Señor por sus milagros, ¡no! Lo que tiene que importarme es que esos milagros, cuando suceden y si suceden, me lleven al Señor.
Lo importante no son los milagros del Señor, sino el Señor que hace esos milagros; lo importante no son las obras que Él hace, sino el mismo Señor que las hace.
Así como uno en la naturaleza puede caer en idolatría, porque hay tantas cosas bellas y atractivas en este mundo, y lo que Dios creó termina separándolo a uno de Dios, así también puede pasar con los milagros; hay gente que se obsesiona tanto con los milagros, que abandona al Señor de los milagros, por los milagros del Señor.
Que eso no nos vaya a suceder a nosotros, que siempre busquemos a Jesús con un corazón humilde y arrepentido, con un corazón deseoso de cumplir su voluntad, con un corazón que esté también rendido a sus pies, dispuesto a escuchar su Palabra, dispuesto a ser transformado por su amor.