I196001a
Fecha: 20030816
Título: No bastan la claridad de nuestra mente y nuestras buenas intenciones
Original en audio: 8 min. 1 seg.
Amados Hermanos:
Quiero compartir con ustedes algunos pensamientos sobre esa Primera lectura, porque me parece que es un momento tan grande del pueblo de Dios, y a la vez es un retrato tan preciso de la naturaleza humana.
Digo que es un momento grande del pueblo de Dios porque después de ese largo peregrinar por el desierto, cargado de tantas dificultades, pero al mismo tiempo lleno de tantas proezas, con tantas bellezas, con tanta providencia, pero también con tanta miseria. Después de todo ese recorrido, el pueblo se encuentra a las puertas de la tierra que ha sido prometida.
Ya Abraham había rozado, había tocado esa tierra; pero hasta ahora estaba sin cumplimiento lo que Dios le había dicho a Abraham; Dios le había dicho: “te voy a dar esta tierra”(véase ) y resulta que, pues, lo único que Abraham llegó a tener como tierra fue su propio sepulcro.
Y esa no es ciertamente la mejor imagen de una tierra donde habita el Dios vivo. Después tuvieron que ir a Egipto con motivo de aquella terrible hambre y bueno, todo este recorrido que conocemos con José y sus hermanos; luego la gran gesta de Moisés, el peregrinar por el desierto y ahora vuelven a esta tierra, la tierra de promisión, y es Josué el líder, es el encargado, y Josué quiere que ese momento sea el verdadero comienzo de la vida de un pueblo que está en Alianza.
Un pueblo en sincera, en genuina alianza con su Dios. Esta es la preocupación de Josué. Y por eso, el momento es solemne; las preguntas de Josué interpelan profundamente la conciencia del pueblo.
Junto a toda esa solemnidad, sin embargo, aparece la naturaleza humana. ¿Por qué lo digo? Notemos la desconfianza de Josué: "ustedes no van a poder servir al Señor" (véase Josué ). Él se muestra realmente desconfiado. Ya sabemos quién Es Josué, y por eso vemos en dónde radica su desconfianza.
Josué ha estado al lado de Moisés. La Biblia le llama fundamentalmente el ayudante, es aquél compañero entrañable, mucho más cercano, por cierto, mucho más fiel que Aarón y que María, los hermanos de Moisés.
Bien, se ve en esto, por cierto, que son más fuertes los vínculos del Espíritu, que los vínculos de la carne y la sangre. Josué ha estado mucho más cerca, Josué ha visto el rostro descompuesto por la herida cuando Moisés baja y se encuentra con que el pueblo está celebrando un horrendo, un espantoso carnaval cerca del becerro de oro, en torno al ídolo hecho por sus propias manos.
Josué ha acompañado todo ese peregrinar, ha visto todas las rebeldías que han tenido estos hebreos, ha visto como murmuran una y otra vez en contra de Yahvé, ha visto cómo no le creen, cómo de fondo no le creen; ha visto cómo, ante las dificultades, pierden el coraje, pierden la confianza, pierden la fuerza, y por eso Josué con desconfianza, con escepticismo, podríamos decir, les dice: "ustedes no van a poder servir" (véase Josué 24,19).
Pero el pueblo se reafirma: "¡No! Nosotros sí podremos" (véase Josué 24,21). Seguramente no estaban tratando de mentir, seguramente no se trataba de un acto hipócrita. Ahí no había hipocresía.
Seguramente, en ese instante, cuando ellos decían, “vamos a servir al Señor”(véase Josué 24, 21), seguramente en ese instante eso era lo que tenían en el corazón, ese deseo de servirle al Señor y de responderle al Señor y de hacer la voluntad del Señor, seguramente eso es lo que tenían en el alma.
Pero aquí es donde aparece lo débil que es esta naturaleza nuestra, lo débil que es la naturaleza humana. Ahí nos encontramos cómo los que prometen, muy pronto darán la espalda otra vez.
No importa entonces cuán clara y vigorosa sea la pregunta, no importa cuán claras sean las condiciones en las que nosotros definimos un contrato con Dios, la experiencia muestra que finalmente ese contrato se revienta, finalmente ese contrato se incumple de parte nuestra, desde luego, no de parte de Dios.
No es la claridad de una pregunta, no es la claridad que tengamos en nuestra mente, porque a nuestra mente le encantan los mandamientos de Dios.
Como dirá San Pablo en el capítulo séptimo de la Carta a los Romanos: "Con mi razón me deleito en la Ley de Dios, mi pensamiento aprueba, mi pensamiento se alegra, mi pensamiento se goza en el sabor del precepto divino, mi pensamiento saborea el precepto de Dios" (véase Carta a los Romanos 7, ). Pero no es eso lo que le da fuerza a mi decisión, con toda la claridad en el corazón puede faltar la voluntad en Él. Con toda la claridad en la mente puede faltar la voluntad en el corazón. No nos alcanza, no nos dan las fuerzas.
Pero esta enseñanza nosotros la sabemos después de Josué, después de que él le reclama al pueblo una palabra clara y el pueblo le da la mejor palabra que puede, y después de que el mismo pueblo incumple esta palabra.
Es necesario, era necesario que pasara todo esto para que nosotros aprendiéramos que no es la claridad de nuestra mente y que no son nuestras buenas intenciones lo único que se necesita para verdaderamente servir al Señor, para verdaderamente ser fieles a Él.
No bastan estas palabras, no basta esta claridad, no basta esa decisión de un momento, necesitamos algo más, algo que verdaderamente tenga poder en nosotros y verdaderamente nos transforme.
Eso que tiene poder en nosotros y nos transforma, eso no lo podía todavía percibir, no lo podía todavía invocar Josué, mucho menos el pueblo. Eso se llama la gracia, la acción de la gracia, la obra de la gracia, la obra del Espíritu Santo en nosotros.
Habrá que esperar a los tiempos nuevos, al Nuevo Testamento, a la Nueva Alianza. Habrá que esperar a que sucedan todas estas maravillas que brotan finalmente de la Sangre y del sacrificio de Cristo.
Cuando hayan sucedido todas estas cosas, vendrá a nosotros una fuerza nueva con la que es posible vivir la Alianza.
Josué, tal vez tú lo presentías. Y hay una cosa interesante, el nombre Josué en hebreo, se dice igual que el nombre Jesús en hebreo: Yeshúa.
Y se necesitaba que este Yeshúa, que entró al pueblo, a la Tierra Prometida, tuviera que entrar al otro Yeshúa, a Yeshúa de Nazaret, a ese Jesús nuestro; este Jesús del Antiguo Testamento, que se llama también Josué, este Jesús del Antiguo Testamento, este Yeshúa, tendrá que esperar al Jesús del Nuevo Testamento, para que se pueda construir una alianza que verdaderamente permanezca.