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Fecha: 20072201

Título: Nosotros trabajamos para Dios y El hace la obra

Original en audio: 8 min. 14 seg.


Queridos Hermanos:

Entre las dos lecturas que hemos escuchado el día de hoy, parece haber un cierto contraste. La Carta a los Hebreos, en su capítulo décimo, nos invita a esforzarnos, a luchar con valentía, a defender la fe, a no dejarnos apabullar por las dificultades; nos invita, diríamos, a ser activos en el trabajo por el Evangelio.

Pero la lectura que hemos escuchado, del evangelio según San Marcos, parece decir casi lo contrario. Nos habla de que el Reino de Dios se parece a una semilla que va creciendo sola en un campo, y dice: "aunque el sembrador duerma, al otro día encontrará primero el tallo, luego la espiga, luego el grano" (véase San Marcos 4,27-28)

Y resulta que la obra de Dios se parece a las dos cosas. La obra de Dios es el reto más fantástico que pueda recibir el corazón humano. Imagínate lo que significa trabajar para el Creador, trabajar para el dueño de todas las cosas. Ahí sí, como decía el Segundo Prepósito General de la Compañía de Jesús, Francisco de Borja: "ya no voy a trabajar por jefe, por rey que se me muera; ahora trabajaré por Cristo, ahora voy a servir a Cristo.

¡Qué maravilla! ¡Qué reto tan hermoso trabajar por Aquél que es el Rey del Universo! Cuando uno tarabaja para una empresa, el dinero va a engordar las arcas de alguien, del jefe, de los accionistas; y el prestigio y el honor son para personas humanas; y todos sabemos que muchas veces sentimos desconfianza del uso que se hará de ese dinero, de esa fama, de ese poder.

Qué tal uno decir: "ya, voy a trabajar solamente por Dios y para Dios". Es emocionante es la aventura más grande que puede cautivar al corazón de una persona, hombre o mujer. Pero resulta que el evangelio parece que ya nos manda como a la cama: "usted puede descansar; haga usted lo que haga o deje de hacer, el Reino de Dios de todas maneras va a seguir progresando.

El Reino de Dios, aunque usted no se dé cuenta, un día aparecerá alto y florecido; un día aparecerá con ramas robustas y amplias, y hasta los pajaritos podrán llegar a hacer casa en esas ramas".

Y dice uno: ¿cómo es la cosa al fin?, ¿tengo que trabajar mucho, esforzarme mucho?, ¿ o tengo qué descansar? Pues ambas cosas es el Reino de Dios; ambas cosas es el Evangelio. Es cierto que es el trabajo más arduo, es cierto que es el trabajo más esforzado, pero también es cierto que es el descanso más profundo; es al mismo tiempo trabajo y descanso; es al mismo tiempo esfuerzo y regalo; es al mismo tiempo labor nuestra y gracia de Dios.

Por eso se cuenta que San Ignacio de Loyola decía: "tú trabaja como si todo dependiera de ti, pero ora como si todo dependiera de Dios". Y en realidad esa es la proporción. Es necesario que trabajemos con todas nuestras fuerzas, pero también es necesario que sepamos que las únicas fuerzas que dan su fruto en la tarea del Evangelio, son las fuerzas que enteritas nos las da Dios.

Y esto quiere decir que "si Él no da esas fuerzas, en vano se cansan los albañiles, en vano trabajan y vigilan los centinelas". (véase Salmo 127,1).

O sea que sí es un trabajo, y es el trabajo más intenso, pero resulta que es un trabajo en el que toda la fuerza la da DIos, y por esa razón el verdadero apóstol del Evangelio, aunque trabaja más que todos, puede decir con San Pablo: "yo he trabajado más que todos; pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo" (véase 1 Corintios 15,10)

Eso le uno muy bien, me parece, por ejemplo, en su labor sacerdotal. Fíjese usted, por ejemplo, en el Sacramento de la Confesión: se suplica la luz del Espíritu Santo, en el Nombre de Cristo y en persona de Cristo, el perdón de los pecados a la persona que se acerca a confesarse. Yo, como persona humana, yo no puedo perdonar, de seguro que no; pero ungido por el Sacramento del Orden y autorizado por la Iglesia, en persona de Cristo, perdono los pecados.

Y entonces yo digo: ¿ahí quién trabaja? Pues, desde luego, que trae fatiga para mí: escuchar, aconsejar, atender, aveces durante horas enteras. Sí, es cierto, pero en realidad, ¿quién está haciendo la tarea, quién está floreciendo, quién está haciendo la obra? En realidad la está haciendo Él.

Y en realidad, cuando uno vive el sacerdocio así, uno descubre que uno no es tanto un gran trabajador, sino uno es un amado espectador; uno es el testigo privilegiado de la obra que DIos y sólo Dios puede hacer en los corazones.

Este es el sentido de nuestro apostolado: Dios y sólo Dios hace la obra. Y quien se empeña totalmente en servirle a Él, se convierte en el testigo de primera fila de aquellas obras maravillosas que el amor y la Gracia de Dios van haciendo en los corazones.

¿Qué diremos, entonces, como conclusión? Y la conclusión está bien resumida en la Hostia que consagraremos. Se amasa el trigo y se muele, se hace la Hostia, pero aunque todos nosostros hiciéramos ejercicios de concentración y dijéramos: "hermanos, concentrémonos, concentrémonos para que este pan se convierta en el Cuerpo de Cristo; meditemos, hagamos meditación trascendental, poder mental, control Silva; digamos mantras; concentrémonos a ver cómo logramos convertir este pan en el Cuerpo".

Mire, podríamos volvernos locos, o sordos a gritos y nosotros no podemos eso. Nosotros le presentamos nuestro trabajo, nuestro trigo, nuestra hostia a Dios, pero Él y sólo Él la convierte en gracia, regalo, sacramento, pan de vida eterna.

Demos gracias al Señor nuestro Dios, hagamos de nuestra vida una Eucaristía, hagamos de nuestro propio cuerpo, de nuestra existencia una hostia que nosotros le presentamos a Dios. Pero para que esa hostia sea servicio y gloria en la eternidad, sólo la unción del Espíritu Santo, porque somos al mismo tiempo el fruto de un esfuerzo, pero sobretodo el fruto de una gracia, de un regalo.

¡Bendito Dios que nos regala trabajar!, ¡bendito trabajo cuya recompensa se recibe gratis!