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Fecha: 19990331

Título: No pongamos nuestra esperanza en la inteligencia

Original en audio: 38 min. 59 seg.


La traición de Judas que aparece con todo su misterio en el pasaje que acabamos de escuchar, presta también su servicio dentro de la revelación, dentro del conjunto de la revelación.

Le pregunta Judas a los sumos sacerdotes, que eran los enemigos acérrimos de Jesucristo. Alguna vez hemos comentado por qué. Ellos, amigos del poder romano, veían en Cristo a un potencial revolucionario. Temían que los romanos intervinieran drásticamente y que por lo tanto, ellos mismos perdieran el difícil equilibrio que con tanta diplomacia habían logrado.

Jesús se había convertido en un personaje insoportable para los sumos sacerdotes, y por esta razón querían quitarlo de en medio. Pero, no podían utilizar la violencia, porque el pueblo se dispararía en rebelión, en revuelta, y entonces, no hubieran logrado lo que querían.

Era necesario que Cristo apareciera como un enemigo del pueblo y como un enemigo de los romanos. Sólo de esa manera se lograría que el poder romano eliminara a Jesucristo y que el pueblo creyera que se había quitado un problema de encima.

Por eso, utilizan lo mejor de su inteligencia, de sus amistades, de su política y de su estrategia, para ver cómo van a envolver a Jesús, y cómo van a presentar este paquete ante los romanos, de modo que sean los romanos los que destruyan a Cristo o que acaben con Él.

Nosotros sabemos el desenlace de la historia. Sabemos que ese plan les funcionó. Sólo faltaba una pieza y ésa es la pieza que ha aparecido hoy. Sólo faltaba que alguien del grupo de Jesús traicionara al mismo Jesús. Era lo único que faltaba, sólo eso.

Y esta es la frase que nos encontramos al comienzo del texto que hemos escuchado: "¿Qué estáis dispuestos a darme si os lo entrego?" (véase San Mateo 26,15), pregunta Judas. Una pregunta que tiene todo el cinismo, que tiene toda la dureza de aquel que ha renunciado a sus sueños y que se refugia en su propia conveniencia.

¡Qué pregunta tan espantosa! "¿Qué estáis dispuestos a darme si os lo entrego?" (véase San Mateo 26,15).

"Judas, ¿qué te pueden dar que valga lo que vale Jesucristo? Si supieras lo que estás perdiendo, descubrirías que nada tiene el precio de lo que tú vas a entregar. Que treinta monedas o mil monedas no pueden ser nunca el precio de una vida humana, mucho menos el precio de esa Vida humana y divina a la vez".

"¿Qué estáis dispuestos a darme si os lo entrego?" (véase San Mateo 26,15), dice Judas, que era consciente de su propio lugar y de su propia capacidad. Él sabía que podía obrar, él sabía que Cristo era inerme, que Cristo era traicionable.

Él sabía que había fisuras, que había fragilidad, que Cristo no tenía un aparato de defensa, no contaba con un sistema de inteligencia, no tenía una CIA ni un FBI, no tenía departamentos de investigación ni tenía escoltas.

Judas sabía que Cristo estaba sin defensa, y por eso sabía que su pregunta tenía sentido para sus propósitos. "Ellos se ajustaron con Él en treinta monedas" (véase San Mateo 26,15), y desde entonces, Judas estaba con Cristo mirando la manera de entregarlo.

Como nos damos cuenta, mis amigos, estamos llegando a las últimas alcantarillas del corazón humano. Estamos llegando a la traición en su aspecto más tenebroso, en verdad satánico. Se trata de estar con Cristo, se trata de conocerle los lugares, los estilos y las maneras a Cristo, para entregarlo.

Y efectivamente, ese plan funcionó. Acordó con ellos treinta monedas y acordó con ellos una señal: "Aquel a quien yo bese, ése es. Prendedlo." (véase San Mateo 26,48).

Fue astuto, fue inteligente en ver cuál era el momento: "No puede ser de día, de día está predicando; tiene que ser de noche cuando está rezando. Que haya pocas personas: no puede ser en el templo, no puede ser en Jerusalén, tiene que ser en las afueras".

Tiene que ser en uno de esos lugares que él, -porque era amigo-, los conocía. Ese lugar se llama Getsemaní, un huerto que queda no lejos de Jerusalén.

Ser traidor significa utilizar toda la información de amigo, para utilizar todo el poder de enemigo. Y ese es el fondo del corazón humano. ¡Ése es el fondo del corazón humano!

Estos son los cienos más profundos, estos son los últimos y más repugnantes mimos del corazón del ser humano herido por el pecado, convertido en instrumento de las tinieblas.

Y el plan funcionó. Era un plan inteligente y la inteligencia funciona. Era un plan astuto y la astucia funciona. Se había pactado algo y el pacto se cumplió. Resultado de todo ello: un Inocente condenado, una muerte impecable.

Realmente, nos espanta, porque eso no se puede llamar admiración: toda la estrategia que se realiza para darle muerte a Jesucristo de manera que todos queden inocentes, y Él, que era el único inocente, quede como culpable.

A Judas, ¿de qué se le podía acusar? Recibió unas monedas en secreto. Lo único que hizo fue darle un saludo y un beso al Maestro. ¿De qué se le puede acusar? Es inocente.

Y los guardias no se pueden acusar: están obedeciendo órdenes de los sumos sacerdotes. Los sumos sacerdotes no se pueden acusar, porque ese Cristo ha dicho que es Hijo de Dios y ellos tienen que defender los intereses de Dios.

A Poncio Pilato no se le puede acusar, porque él está ejerciendo simplemente derecho, y como el caso que le presentaron era para la pena capital, pues, entonces, él lo que hizo fue firmar la sentencia. Los que hundieron los clavos no se les puede acusar, porque ellos estaban cumpliendo órdenes.

A nadie se puede acusar; todos son inocentes. Y el único inocente ha quedado como culpable. El plan ha funcionado, la inteligencia ha funcionado, la astucia se ha impuesto, la estrategia dio resultado.

Aquí hay una advertencia para nosotros. ¡Qué pavorosa es la inteligencia! ¡Qué pavorosa arma es la inteligencia cuando detrás de ella está un corazón enfermo o amargado! ¡Qué tontería!

Me perdonan lo que voy a decir: ¡Qué estupidez creer que la inteligencia va a cambiar el mundo! ¡Qué tontería! ¡Qué necedad decir eso!

La inteligencia es un instrumento, la razón es un instrumento, y si está al servicio de un corazón enfermo y amargado, logrará cosas como lo que logró aquí.

En verdad, la inteligencia que estaba detrás como moviendo las cuerdas de todos estos, Judas, los sacerdotes, Pilato, los que flagelaron, los que crucificaron, la inteligencia que está detrás de todos ésos, es la inteligencia del demonio.

El demonio es inteligente, es muy inteligente. Satanás es muy astuto. Y uno podría decir que la estrategia funcionó: lo que se quería, se logró.

Finalmente, tenemos a las armas del imperio más grande que habían conocido los siglos a órdenes de la traición de uno de los discípulos de Cristo y del odio visceral de los sumos sacerdotes.

¿Realmente, esas armas, realmente, ese imperio era poderoso? ¿Realmente, puede llamarse poderoso un imperio que obedece a los corazones enfermos, a los odios irracionales?

Mis amigos, primera enseñanza para este día: No nos fiemos de la inteligencia, no creamos que la gran inteligencia y que la gran astucia son las que nos van a sacar a nosotros de los problemas. No pensemos que una comprensión última del universo o una interpretación fantástica de todo lo que conocemos, es la solución para nuestros problemas.

Siempre hay algo detrás de la inteligencia. La inteligencia, así se le llame, "la diosa", como la llamó la Ilustración, "la diosa razón", -vaya blasfemia-, la inteligencia, así se le llame, "diosa", es esclava: estará siempre al servicio del corazón.

¡Qué fácil es para la inteligencia encontrar razones de aquello que ama! Y en cambio, ¡qué arduo le resulta soportar los argumentos de aquello que no ama o de aquello que detesta!

No podemos poner nuestra esperanza en nuestras razones, ni en nuestra inteligencia, ni en nuestra astucia.

Varios autores han dicho que el más inteligente de los discípulos de Jesucristo, era Judas. Y de verdad que se necesita una inteligencia muy grande para lograr dar los pasos precisos. Y los dio en el momento preciso, los pasos exactos para concretar el más terrible crimen de los siglos.

Lo logró, y lo logró para desgracia suya. A Jesús no se le escapa lo que está sucediendo. La palabra que tiene Jesús para ese hombre tan inteligente, es: "Más le valdría no haber nacido" (véase San Mateo 26,24).

Pero, Judas, no sólo tiene una gran inteligencia, no sólo es un maestro de astucia; es también una persona con un control de sus sentimientos, una persona con un dominio absoluto de sus emociones. ¿Tú te has puesto a pensar qué tipo de persona era ésta?

Entre el acuerdo con los sumos sacerdotes y la noche del huerto de Getsemaní, pasaron horas, seguramente días. De hecho, sabemos que fueron días, porque de acuerdo con el relato que nos ofrece San Mateo, mira lo que dice: "Él llegó al acuerdo" (véase San Mateo 26,15).

Y después dice: "El primer día de los ácimos se acercaron los discípulos a preguntarle: ¿Dónde preparamos la Cena de Pascua?" (véase San Mateo 26,17).

Durante ese tiempo, Judas tuvo el completo control de sus sentimientos. Él ya sabía lo que iba a hacer, pero estaba ahí, con los otros. ¡Qué artista!

¡Qué artista! ¡Qué capacidad de actor! ¡Qué dominio completo de sus facciones, de su mirada, de su sonrisa! Es un hombre que sabe dominar todo su mundo afectivo y emocional.

Nosotros sabemos algo sobre la vida de Cristo. Cristo, indudablemente, llevaba una vida de judío piadoso. Los judíos piadosos de la época tenían largas oraciones que nosotros conocemos por otras fuentes extrabíblicas.

Muy seguramente, Cristo rezaba con los discípulos por las mañanas. Hay oraciones muy bellas del judaísmo piadoso de la época, oraciones de alabanza a Dios. Y ahí estaba Judas junto con los otros, alabando a Dios y preparando el momento de la muerte del Señor alabando a Dios.

¡Qué dominio tan completo de su mundo afectivo y emocional! ¡Qué capacidad tan grande de poner a raya todos sus sentimientos! Yo hago una pregunta: ¿Es que Judas no sabía lo que iba a pasar? ¡Sí lo sabía!

Jesucristo no fue el primer crucificado de los romanos. De hecho, la cruz era el tormento que los romanos reservaban para los esclavos rebeldes, para los que eran peligrosos para el imperio, para la gente subversiva.

Los que eran insoportables para el poder, había que crucificarlos. Y precisamente, se les mataba en la cruz, es decir, se les dejaba morir en pedacitos en la cruz para que la gente viera.

Los corazones de la mayor parte de los judíos estaban retorcidos de dolor, porque habían visto muchas veces morir a gente ahí. y la gente duraba colgada horas, y horas, y horas, hasta que fallecían entre dolores espantosos y calambres inenarrables.

Judas sabía éso. ¿Y es que Judas no sabía qué clase de gente eran estos sumos sacerdotes con los que estaba hablando? Tenía que saberlo. ¡Tenía que saberlo!

Y había escuchado muchas veces a Cristo. Él sabía a quién estaba entregando, él sabía qué le iba a pasar, y él sabía a quiénes lo estaba entregando. Él conocía esto. Sin embargo, guarda una calma absoluta: está completamente bajo su dominio todo su universo de sentimientos.

Logró hacer tan perfectamente su papel, logró hacerlo tan bien, tan perfecto, que cuando Jesús dice: "Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar" (véase San Mateo 26,21), ¿qué fue lo que sucedió? ¿Acaso sucedió que todos los discípulos le dijeron: "Judas, ¿por qué vas a hacer eso?"

No, Judas había actuado tan perfectamente, lo había logrado de tal modo, tenía tal dominio de sus facciones, sentimientos y emociones, que cuando Jesús hace esta pregunta, nadie sospecha de él. ¡Nadie! Ha pasado perfectamente inadvertido, lo ha logrado. Judas tiene un completo dominio de sus sentimientos.

Otra cosa que parece muy deseable, muy, muy deseable, otra cosa que no obstante puede convertirse en un desastre para nosotros: ¿Cuántas veces hemos querido que no se nos noten los sentimientos? ¿Cuántas veces hemos querido tener un absoluto dominio de nosotros mismos?

Incluso para cosas relativamente pequeñas, se supone que uno debe tener un completo dominio de sí mismo. ¿No has oído los consejos de los psicólogos, por ejemplo, cuando una persona va a pedir un trabajo?

La persona se supone que debe tener un completo dominio de sí misma, debe mostrar una gran capacidad, una completa seguridad.

"Usted debe ser la persona que tiene las soluciones para la empresa, la persona que la empresa necesita. Pero, no se presente usted como una persona que ansía el trabajo. No, usted muéstrese como una persona a la que le conviene ese trabajo dentro de su recorrido y su ascenso".

De manera que mucha gente va a buscar su trabajo con un tinto, porque no puede desayunar, con un vaso de agua, porque no ha podido almorzar, mas, con una gran seguridad en sí mismos, como diciendo: "Yo no necesito este trabajo". Pero, ¡ay de que no se lo den! De hambre se muere.

Se supone que uno tiene que tener el dominio de sí mismo para las luchas, para las peleas, las guerras dentro de la pareja, dentro de la familia. Se supone que la persona debe tener un completo dominio de sus emociones y de sus sentimientos.

"Hasta que lo vea aquí a mis pies, y hasta que la vea aquí a mis pies. Yo tengo que soportar, tengo que soportar, soportaré. Tendrá que estallarse en un momento, y cuando él se estalle, entonces hablaré yo".

Para muchas cosas de esta tierra, tener el completo dominio de los sentimientos parece un gran ideal. Si alguien quiere buscar cuál es el patrono de los que tienen el completo dominio de los sentimientos, hoy se le puede decir: Judas Iscariote.

Si usted busca el patrono de los que tienen completo dominio de sus sentimientos, de aquella gente que siempre sabe actuar, cuándo ser alegre, cuándo ser triste, cuándo disgustarse y cuándo soportar, ya lo tiene.

Si usted quiere saber cuál es el patrono de los que tienen corazón de pedernal, corazón de mármol, corazón de piedra y que pueden adaptar su rostro a todas las circunstancias, si usted busca al patrono de éso, se llama Judas, Judas Iscariote, del cual dijo Cristo: "Más le valdría no haber nacido" (véase San Mateo 26,24).

¡Qué distinta es la lógica de Cristo! ¡Qué distinta es su lógica! Cristo no idolatra la inteligencia. Alguna vez dijo: "Te alabo, Padre, porque estas cosas se las revelas a la gente sencilla y se las ocultas a los grandes cerebros y a las grandes inteligencias" (véase San Lucas 10,21).

Y en otra ocasión Jesucristo dijo: "Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón" (véase San Mateo 11,29).

¿Cómo sonaron esas palabras en los oídos de Judas? Tal vez muy mal. Tal vez Judas pensó: "¡Gran estupidez ésta! ¿A dónde se va con mansedumbres y humildades? ¿Con toda esa sensiblería? ¿Con esas escenas de niños tiernos acariciados? ¿Con esas escenas de pecadoras llorosas? ¿Con esas escenas de leprosos jubilosos, cantando alabanzas? ¿Con todos esos escándalos? ¿Qué se logra con todo eso?"

Judas tuvo perfecto dominio de su corazón para desgracia suya. A veces parece que el perfecto dominio del corazón por una idea, es la manera más segura de servir de instrumento a planes tenebrosos como le pasó a este Judas Iscariote.

Estas dos características que hemos destacado de Judas Iscariote, dicen algunos teólogos que yo estimo serios en este punto y en esta materia, esas dos características, una inteligencia fantástica, sobresaliente, y un dominio completo de los sentimientos, las tendrá el Anticristo.

Será también una persona que sabe cuándo llorar, cuándo reír, cuándo soportar, y que mientras ríe o llora, según las circunstancias, está sacando adelante su plan.

O sea que si necesitas otro patrón para los que son inteligentes y duros como piedra, si no te basta Judas iscariote, ya encontrarás otro: se llama el Anticristo.

Si quieres educar tu corazón en la insensibilidad mientras cultivas tu inteligencia en las estrategias para salirte con la tuya, ya te tengo un libro que puedes leer: léete los Evangelios, pero léelos al revés.

Y busca en el más espantoso ser del Evangelio, en Judas Iscariote, su modelo. Pero, de él dijo Cristo: "Mejor que no hubiera nacido". "Más le valdría no haber nacido" (véase San Mateo 26,24).

Mis amigos, la Palabra de Dios es demasiado clara. Dice Jesucristo: "Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar" (véase San Mateo 26,21). Eso era para morirse.

Judas está ahí, sabe que están hablando de él, sabe que el Maestro sabe, pero guarda la compostura: está quieto, está en su sitio, tiene el corazón amaestrado.

¡Qué desgracia un corazón amaestrado! ¡Qué desgracia! No sirven de nada los corazones amaestrados. Prefiero los corazones que estallan en lágrimas, prefiero los corazones que se derriten de arrepentimiento. ¡Qué desgracia!

¡Mil veces qué desgracia! ¡Qué desgracia un corazón amaestrado! Eso era lo que tenía Judas. Ese pobre corazón de este hombre estaba amaestrado.

Seguramente ese corazón quería estallar en sollozos de arrepentimiento; seguramente ese corazón intentó gemir: "¡Perdóname, Jesús, perdóname! Perdona mis pensamientos, perdona las estupideces que tiene mi alma".

Pero, Judas tenía todo bajo control. Me fastidia ese control. ¿Para qué sirve ese control? Judas sabía lo que quería hacer.

¿De qué sirve saber lo que uno quiere, si no es lo que Dios quiere? ¿De qué sirve? No sirve de nada.

Y va preguntando cada uno: "¿Soy yo acaso, Señor?" (véase San Mateo 26,22). Responde Jesús que es tan discreto siempre, Jesús que intenta hasta el último momento que el otro obre de otra manera.

Jesús no denuncia al amigo, no denuncia al amigo que ahora es enemigo. Jesús, por no desairar a Judas delante de unos hombres sin armas, se expone a ser Él mismo traicionado y entregado a los soldados repletos de armas, de azotes, de clavos y de espinas.

Prefiero el Corazón de Jesucristo. Prefiero el corazón fiel hasta el extremo, prefiero el corazón que es capaz de sentir, prefiero el Corazón de Cristo que incluso en ese momento teme dejar mal al que ha sido amigo y al que ha sido discípulo.

Por no dejarlo mal, busca el signo más discreto, un trozo de pan untado. Pregunta Judas: "¿Soy yo acaso, Maestro?" (véase San Mateo 26,25). La respuesta de Cristo es categórica: "Así es" (véase San Mateo 26,25).

¿Cómo puede soportar este corazón éso? ¿Cómo puede sentirse descubierto ante la verdad y sin embargo salir a consumar el negocio?