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Fecha: 20090406
Título:
Original en audio: 22 min. 14 seg.
Mis Hermanos:
El comienzo del evangelio de hoy le da un tono particular a este día. Se trata como de una cuenta regresiva.
Nos ha dicho el texto: "Seis días antes de la Pascua" San Juan 12,6. Y ustedes y yo, mis hermanos, sabemos que esa Pascua era precisamente aquella en la que Cristo iba a entregar su vida.
Esa era la Pascua en que el Cordero de Dios iba a derramar su Sangre redentora, para que cada uno de nosotros pudiera reclamar una porción de esa Sangre y pudiera decir: "He sido limpiado por el amor, he sido limpiado por la misericordia del Unigénito del Padre.
Seis días antes de la Pascua, y también para nosotros que estamos en una condición de tiempo parecida, hoy es Lunes Santo, y en unos pocos días también nosotros celebraremos sacramentalmente la Pascua.
Lo menos que se espera de nosotros es que acompañemos el ritmo galopante del Corazón de Cristo, que mira con estremecimiento, que mira con terror, que mira con dolor, pero que también mira con amor, y si puedo decirlo, con esperanza esa Pascua.
Porque esa Pascua fue la razón de todo su ministerio; para llegar a esa Pascua vino Él a esta tierra, así por lo menos lo cuenta el evangelio según San Juan.
En un momento Cristo se sacude de temor, pensando en lo que le viene encima, y dice: "Padre, ¿qué voy a decir? ¿Líbrame de esta hora?" San Juan 12,27, y Él mismo se responde: "¡Pero si para esta hora he venido!" San Juan 12,27.
Es decir que estamos llegando a esos momentos, a esas horas, a ese evento culminante en el cual se va a revelar toda la misericordia del Padre, en el cual va a quedar expuesta, también, toda la miseria de nuestros corazones; ese evento central, esa hora fundamental en que el enemigo perverso va a ser expuesto, juzgado y expulsado fuera.
Yo espero, mis hermanos, que nosotros que estamos hoy aquí, en la Basílica de Nuestra Señora de Chiquinquirá, y también todos aquellos que sigan esta transmisión por las ondas de la radio, o a través de Internet, quiero esperar, quiero imaginar que todos nosotros verdaderamente estamos acompañando a Jesús en estos días para que la Pascua de Él sea también nuestra Pascua.
Mi consigna es: ¡tanto amor no se puede perder! ¡Esa sangre no pudo haber sido derramada en vano!
La Iglesia, que es Madre y que es Maestra, precisamene quiere que nosotros aprovechemos estos días; sabemos que lo más grande está reservado para el Jueves, el Viernes, el Sábado Santos, pero eso no significa que esos primeros días de la Semana Mayor carezcan de importancia.
Yo digo que estos tres días: Lunes, Martes y Miércoles Santos son los días de la gran catequesis, son los días en que la Iglesia nos dibuja el Corazón de Jesucristo, nos muestra quién es Ése que luego, en la Cena y en el Calvario, va a entregarse completamente por nuestra salvación.
Y por eso estos tres días: LUnes, Martes y Miércoles, no carecen de importancia, sino que son los que nos van a dar los ojos para reconocer a ese jesús, para reconocer qué está viviendo Él. El Corazón entero de Jesucristo está siendo retratado a través de las lecturas que oímos en estos tres días, y por eso me elegro con ustedes que estemos aquí en este lugar escuchando estas lecturas.
¿Que utiliza la Iglesia? ¿Cuál es su instrumento o herramienta para ayudarnos a conocer el Corazón de Cristo? Por supuesto, la fuente está en la Palabra divina, en este caso es la palabra solemne, poética, profunda, inagotable del profeta Isaías.
Sucede, mis hermanos, que a partir del capítulo 42 del libro del profeta Isaías, hay una serie de textos que los estudiosos de la Biblia que los estudiosos de la Biblia llaman "Los Cánticos del Siervo", y esos textos son los que estamos oyendo como primera lectura el Lunes, el Martes y el Miércoles Santos.
Hoy empezamos entonces con el "Primer Cántico del Siervo". ¿Y qué quiere decir eso del Cántico? Bueno, cántico es una expresión que alude a la densidad poética que tiene la palabra de Isaías.
Pero se llaman "del Siervo" porque en cada uno de estos pasajes bellísimos hay un protagonista. Volvamos a ecuchar el principio de la primera lectura: "Mirad a mi Siervo, a quien sostengo" Isaías 42,1.
Y luego viene una descripción de lo que ese Siervo ha recibido, ha a prendido, lo que él se pregunta, la respuesta que le da Dios, el sufrimiento por el que tiene que pasar, la fecundidad que tiene también ese sufrimiento.
Pero Isaías no nos dice quién ese ese Siervo, simplemente es el cántico del Siervo de Yavhé, y lo llamamos "el Siervo de Yavhé", lo llamamos "el Siervo del Señor", porque la palabra "siervo" o "servidor" está ahí en el texto mismo.
Por ejemplo, en el capítlo 42, versículo primero de Isaías: "Mirad a mi Siervo" Isaías 42,1, pero no sabemos cuál es ese Siervo.
Y luego vamos al Martes Santo, entonces encontramos el capítulo 49 de Isaías, y es "el Segundo Cántico del Siervo". Esta vez es él mismo el que va a hablar, esa va a ser la primera lectura de mañana, entonces no la prediquemos en este momento.
Y en el Miércoles Santo nos movemos al capítulo 50 de Isaías, donde nuevamente el Siervo habla de su propio camino, de lo que ha aprendido sirviendo a Dios.
Y nosotros nospreguintamos quién es este Siervo, quién es este Servidor. Pues si lo miramos bien, siervo es todo aquel que tiene un señor, y si nosotros consideramos a Dios como Nuestro Señor, entonces esos cánticos del Siervo son el espejo del alma cristiana.
Lo que aquí se describe, aunque es a veces difícil de entender, no es otra cosa sino el retrato de los que significa pronunciar esta palabra: "Dios es mi Señor", o dicho de otro modo, estos cánticos del capítulo 42, del capítulo 49 y del capítulo 50 de Isaías nos enseñan qué significa servir a Dios y qué significa decir "Dios es mi Señor".
Pero los cánticos no son tres, sino cuatro; hay tres que están en los capítulos 42, 49 y 50, y hay otro cuarto cántico, y ese cuarto cántico, que es el más largo, el más descriptivo, el más emotivo, el más profundo, ese, que es la joya preciosa del libro entero de Isaías, queda reservado para el día Viernes Santo.
De modo que, al empezar esta semana, es importante que veamos esa línea de oro que va desde el comienzo hasta el final. Los cánticos del Siervo para el Lunes, Martes y Miércoles, luego la Cena del Señor, y luego el cuarto cántico del siervo que vamos a oír el Viernes Santo, ese cántico se encuentra en los capítulos 52 y 53 de Isaías.
Esa exhortación que hace el profeta al comienzo del texto de hoy vale para nosotros: "Mirad a mi Siervo" Isaías 42,1.
Los primeros cristianos, aquellas primeras comunidades que estaban, por decirlo así, viviendo la lozanía, la frescura y toda la potencia de la Resurrección de Cristo, necesitaban palabras para tratar de describir todo lo que Cristo significaba, todo lo que Cristo era.
Esos primeros cristianos, de un modo muy natural, recurrieron a los textos de lo que nosotros llamamos "el Antiguo Testamento". Ellos, en esa época, no tenían lo que nosotros tenemos hoy, "el Nuevo testamento".
Eso todavía no estaba escrito, lo que ellos tenían era la vivencia increíble, la vivencia poderosa del poder del Espíritu precisamente, y del poder del Corazón de Cristo que había llegado hasta el extremo de la Cruz y que se había manifestado después en las apariciones del Resucitado. Eso era lo que ellos tenían.
Entonces ellos no llamaban a esto "el Antiguo Testamento", ellos consideraban estos textos, y así los llamaban, "la Escritura" simplemente.
Valiéndose de la Escritura, es decir, valiéndose de lo que nosotros llamamos "Antiguo Testamento", ellos empezaron a descubrir quién era ese Cristo que había caminado al lado de ellos, que había manifestado tanto amor, que había tenido palabras tan sublimes y que había llegado hasta el extremo del servicio, servicio obediente a Dios y servicio caritativo a nosotros en la Cruz.
Esos cristianos, cuando volvieron a este texto de Isaías, sintieron, descubrieron, iluminados por por el Espíritu Santo, que el verdadero rostro de este Siervo, cuyo nombre no se dice en Isaías, el verdadero rostro es el rostro del Nazareno, es Jesús de Nazaret.
Nadie ha servido como Jesús, no hay siervo como Jesús; nadie puede decir: "He servido a Dios con toda mi alma, con todo mi ser"; nadie ha cumplido el primer mandamiento de la Ley de Dios con tanta intensidad, con tanta belleza y con tanta perfección como lo vivió el Nazareno cuando peregrinó sobre esta tierra.