Ck04002a
Fecha: 20010325
Título:
Original en audio: 19 min. 39 seg
Esta palabra, mis hermanos, la hemos escuchado ya en los días feriales de Cuaresma, como diríamos nosotros, "entre semana".
Pero esta es una palabra profunda, inagotable y, además, es una palabra que tenemos que oír muchas veces, así como las puertas de la iglesia se abren muchas veces.
Lo primero que tengo yo que decir hoy es eso: Dios abre las puertas muchas veces. Así como pasa con una iglesia, eso no es únicamente por la mañana o por la tarde; una y otra vez se abren las puertas de la iglesia; una y otra vez Dios nos dice su mensaje.
Porque la oferta de Dios, el regalo de Dios está ahí, y Dios lo presenta muchas veces, porque en alguna de esas veces tú lo puedes recibir, tú lo pedes aceptar.
Además, lo decisivo no es la palabra exterior, porque a uno le pueden leer la palabra diez veces, o cien veces, o mil veces; lo decisivo no es la palabra exterior, lo decisivo es la convicción, el convencimiento interior que trae el Espíritu Santo, el Espíritu trae la palabra interior.
Se me viene a la memoria el ejemplo de una santa mujer, Teresa de Jesús. Ella llevaba muchos años de religiosa, y como religiosa había oído todas estas historias muchas veces, y había estado en muchas Semanas Santas, y había visto muchas imágenes, y había tenido muchos retiros, y muchos predicadores le habían hablado.
Un día, que estaba en su convento, se encontró con una imagen de Jesucristo, una imagen que representaba a Cristo cuando los azotes.
¿Cuántas veces habría visto esa imagen! Pero ese día fue distinto, ese día Dios le dio ojos distintos a ella, ese día ella miró esa imagen de Cristo con otros ojos, y empezó a sentir que se conmovía, empezó a sentir que le dolía el pecado del mundo, le dolían sus pecados, sobre todo le dolía lo desagradecida que ella había sido.
"Qué cara, qué costosa le salí yo a Dios, y qué poco se lo he agradecido, que no soy menos sino presa de llagas y de mugre! ¡Sangre del Hijo de Dios! ¡Quién soy yo!"
Y empieza esta mujer a llorar con un arrepentimiento como no lo había tenido nunca en su vida, y ese es el comienzo de su verdadera, de su profunda y radical conversión. Dios se lo concedió así, con una imagen que ella había visto muchas veces.
Dios envía su lluvia muchas veces para que alguna vez nosotros recibamos ese mensaje de misericordia, de perdón, de acogida. Y cada vez que Dios nos habla, sobre todo con estos textos que conocemos mucho, podemos fijarnos en un aspecto diferente.
Por ejemplo, a mí hoy me llama la atención con esta parábola, que solemos llamar del hijo pródigo, me llama la atención que el hijo se movió y el padre se conmovió, y así fue posible el abrazo, así se llegó a la reconciliación, porque el hijo se movió y el padre se conmovió.
Así llegará también la reconciliación a nosotros. Tenemos que movernos, porque Dios se conmueve; Dios hace su parte, que es la parte de la misericordia, Dios se conmueve, pero ¿nosotros nos movemos hacia Dios? Ponernos en camino hacia Dios.
El hijo se movió, el papá se conmovió, ¡qué bonito! Voy a moverme hacia Dios, voy a dar pasos serios hacia Dios, y entoces podré experimentar como mi Dios, mi Padre, se conmueve conmigo.
Otra reflexión que podemos hacer con esta palabra: este papá tenía dos hijos, pero féjese que cuando el hijo menor se convirtió, o qué se convirtió, cuando empezó a recapacitar, cuando el hijo menor recapacitó, ¿qué dijo?: "Le voy a decir a mi papá que me trate como a uno de sus empleados, como a uno de sus jornaleros" Category: Lucas 015_019_lucas 15,19, así pensó el hijo menor.