I135001a

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Fecha: 19970704

Título:

Original en audio: 44 min. 3 seg.


Texto precioso, como tantos otros, nos regala la Iglesia en esta noche, un texto para mirar y admirar, para agradecer y confiar en la misericordia de Dios, en el poder de la gracia de Dios.

¿Qué tienen esas palabras del Señor que logran obras tan grandes? ¿Qué tienen esos ojos que son capaces de cautivar un corazón tan endurecido, tan suspicaz, tan prevenido? ¿Cómo podía ser el corazón de este Mateo? Estos hermanos son, en resumidas cuentas, los misterios que deseamos meditar, con la alegría de sabernos también nosotros llamados por este mismo Cristo.

Estos son los misterios que atraen nuestro corazón y que nos van a ayudar a conocer un poco más quién es este Cristo que ha llegado tan hondo a nuestras vidas y que se nos ofrece en alimento, porque no es casualidad, queridos amigos, que la Iglesia nos ofrezca siempre primero el banquete de la Palabra y luego el banquete de la Eucaristía.

A través de este banquete, porque es un banquete de la Palabra de Dios, aprendemos quién es este Jesucristo a quién veneramos, a quién amamos, y luego que vamos conociendo más y mejor quién es Él, Él mismo se nos da en la Eucaristía.

Estaría entonces incompleto el sacrificio sin esta Palabra que se proclama, porque nos quedaríamos, a la larga, sin saber quién es el que se nos da, luego así como Hostia, como alimento, pero desde luego, estaría tan incompleto y más incompleto el sacrificio Eucarístico, si después de saber todo lo que sabemos de la Palabra, nuestro corazón anhelante se quedara sin poder ver cumplido ese último deseo: “ámame, abrázame, tócame, llega a mi Señor”, y eso es lo que cumple la liturgia eucarística.

Todo texto de la Palabra de Dios nos cuenta algo sobre su providencia, sobre su poder, sobre su amor, sobre su sabiduría; pero hay textos especialmente fecundos, y a mí me parece que uno que reboza enseñanza y que reboza belleza, es precisamente éste, que por bondad de Dios, nos ha correspondido en esta Eucaristía.

Un hombre llamado Mateo, sentado al mostrador de los impuestos, ese era el oficio de los llamados publicanos, y estos publicanos eran detestados por el pueblo, ya lo hemos comentado en otras ocasiones. En verdad había motivo para que fueran odiados por sus compañeros de raza y de nación, en efecto, ¿de qué vivía un publicano? De explotar a sus hermanos a nombre del Imperio, ¿cómo se llegaba a ser publicano? Mira, era algo vergonzoso por la corrupción.

el Imperio Romano ponía en subasta el oficio de cobrador de impuestos al que ya tenía dinero, seguramente ya mal habido, se postulaba para ese cargo, y eImperio vendía ese oficio de cobrador de impuestos y luego el Imperio Romano le cobraba al cobrador una taza fija de acuerdo a la región con la zona en la que estuviera el publicano, ¿y de dónde sacaba él su sueldo y su riqueza? De exprimir, de atornillar, de retorcer la economía de sus propios hermanos.

De manera que él tenía que hacer más o menos lo que a veces pasa en algunos trabajos por arriendo, por ejemplo, el que tiene un vehículo pero lo tiene arrendado, que sabe que tiene que pagar una taza fija, y lo que hiciera de ahí en adelante, esa era su ganancia.

Por eso, las condiciones para ser publicano eran muy sencillas: primera, no tener hígado, segunda, no tener intestinos, mejor dicho, no tener nada por dentro, de manera que no se le moviera el corazón, de manera que no se le conmovieran las entrañas, porque, claro, el vacío no se conmueve, no habiendo entrañas no hay conmoción; de manera que no se le conmovieran las entrañas ni por las lágrimas de las viudas, ni por la desesperación de los que morían de hambre, ni por nada.

El publicano tenía que rodearse de una especie de escoltas, algunos pagados por él; si ya era un hombre importante, si era un jefe de publicanos, su escolta eran otros que el Imperio Romano le aportaba, algún soldadito por ahí, para que no lo mataran o para que si lo mataban, no hubiera demasiado reguero.

Ese era el oficio del publicano, es decir, hablando coloquialmente, esa es la "fichita" con la que se encuentra Jesucristo. Calcule qué tipo de personaje era este, un hombre acostumbrado a ser odiado y a odiar, a ser insultado y a insultar, a ganar su dinero explotando a los otros y aprovechándose de los otros por encima de los insultos y de los principios de quién fuera, esa es la "fichita" que aparece en el evangelio de hoy, ese es Mateo.

Ahora, ¿se puede imaginar usted cuáles son los amigos de semejante fichita? Los amigos, obviamente, no iban a ser la gente prestante de Galilea, la gente prestante del pueblo; todos se retiraban de ellos, muchísimos les odiaban, les maldecían, y por consiguiente, los amigos de un publicano sólo podían ser otros publicanos y aquella gente que siempre hay en todas partes, que ya no tiene más para dónde bajar, porque ya la sociedad le hirió en el último dedo. por eso con tanta frecuencia aparece la ex de la sociedad junto a los publicanos, porque era la gente que nadie quería.

Dice nuestro relato del Evangelio: “Vio Jesús a un hombre llamado Mateo sentado al mostrador de los impuestos” (véase San Mateo 9, 9); lo voy a leer un poco distinto: “Vio Jesús a un hombre”, los demás no veían sino al cobrador; “Jesús vio a un hombre”, ahí empieza a salvarlo, mirándolo de otro modo, empieza a perdonarlo, comprendiendo el drama que hay en ese hombre, empieza a redimirlo.

Detengamos nuestra lectura ahí un instante, y pensemos en esa maravilla, en la que ya aparece la piedad de Dios: “Vio Jesús a un hombre”(véase San Mateo 9,9); Jesús logró ver al hombre, y eso es lo que Jesús hace con cada uno de nosotros, antes que cualquier etiqueta buena o mala que nos pongamos, antes de los grandes títulos o de las grandes vergüenzas, Jesús tiene la mirada suficiente para encontrar en cada uno de nosotros, como en Mateo, ese hombre, al que luego se le han echado encima responsabilidades, grados, títulos, insultos o mala fama; pero Cristo sabe reconocer al hombre que hay ahí, y eso es profundamente liberador.

Piense usted, para que vayamos aplicando este texto a nuestra vida, piense usted lo que eso significa para nosotros; en primer lugar, la dicha de sentirnos mirados así por Cristo, la dicha de sentir que Cristo, antes de ponernos cualquier mote, cualquier etiqueta, cualquier título, en primer lugar sabe mirar lo que yo soy sin más.

Qué hermoso para mí meditar en esa mirada de Cristo, que sabe descubrirme y que me ayuda a que yo mismo me descubra, ¿por qué nos decimos tantas mentiras? Hay veces que a uno se le suben los títulos, títulos eclesiásticos, civiles, laborales, administrativos: “¡Respeto!, sepa que yo soy el subgerente administrativo de esta gran compañía, que además va a salir en las revistas esta semana”.

Y estar dependiendo de la mirada de los demás, y estar dependiendo de la opinión de los demás, se nos olvida lo que nosotros somos.

Ejercicio sencillito para aprender uno mirarse así, ¿sabe cómo puede descansar uno de todos los títulos? Imagínese usted mirándose a usted mismo, por ejemplo, trate de dormir y mirarse, usted sabe más o menos qué tipo de ropita tiene que traer, mírese usted mismo ahí en su camita, el subgerente de la gran compañía”, mírelo ahí enfermito, o cansadito, y ahí si lo miró al ratito.

Bueno, entonces sigo, “vio Jesús a un hombre llamado Mateo sentado al mostrador de los impuestos” (véase San Mateo 9, 9), como quien dice, se lo encontró precisamente en el oficio en el que él andaba. ¿Sí te acuerdas de ese pasaje en el que le trajeron a Cristo una pecadora, una adultera, que la habían agarrado en el momento preciso del adulterio? Pues Mateo estaba en el momento preciso de su oficio, odiado y detestado por tantos hermanos suyos.

Yo quiero apelar a su imaginación, quiero que usted reconstruya en su imaginación esta escena. ¿usted se imagina cómo sería ese encuentro? Hombre, hagamos el intento, intente pensar usted cómo fueron esos ojos de Cristo, cómo le miró, para mí es un misterio esto, ¿qué había en esos ojos de Cristo? Porque las demás personas sólo tenían, o la mirada de: “Usted es un administrador que está haciendo su porquería de oficio, tome su dinero y lárguese, y yo me largo. Es decir, o veían el oficio o veían su propio odio; Jesús, como hemos dicho, es capaz de mirar más allá, ¿qué mirada le daría Cristo, sentado al mostrador de los impuestos?

¿Sabe como me imagino yo a veces esta escena? Se la voy a describir así: suponga que sobre este altar ponemos una foto suya y encima de esa foto traemos basura de este colegio y las echamos aquí, y después traemos toda la basura del barrio y también la echamos aquí, y después… hasta que quede toda la basura ahí. Jesús vio toda la basura, porque Jesús no es ningún iluso, porque Jesús sabe del pecado y de las limitaciones humanas, Jesús vio toda la basura como antes había visto toda la lepra de aquellos enfermos, pero vio la foto sepultada por toda la basura, esos somos nosotros

¿Qué es esa foto? Esa foto, yo he dicho aquí un ejemplo, que esa es la foto suya, ¡paja! Esa no es una imagen de usted, esa es una imagen de Dios, ¿sabe por qué Cristo nos ama tanto? Porque somos imagen de Dios, Cristo mira en esa bolquetada de basura que es uno, sabe encontrar en medio toda esa basura, por allá en el fondo, sabe encontrar la imagen de Dios.

¡Qué penetración la de los ojos de Cristo!, sabe llegar hasta allá, hasta donde está la imagen de Dios, y aquí viene algo maravilloso, nosotros hemos maltratado seguramente muchas veces nuestra propia vida, pero Dios cuando nos creó, nos creó con mucho amor, cuando Cristo lo mira a uno, uno se siente como abrazado por Dios, le voy a contar por qué, por qué sucede este fenómeno, yo voy a decir más o menos esto: de sus espaldas, caballero, diré que el amor de Dios lo ha traído hasta aquí, es decir, usted es creación de Dios y usted ha llegado hasta este momento, es decir, a sus espaldas ¿Qué hay? El amor creador de Dios.

Cuando se aparece Cristo frente a usted y logra ver ese amor de Dios que esta aquí, usted queda abrazado por Dios, porque Cristo le hace ver que lo que ha habido a sus espaldas, lo que ha habido detrás de usted. Lo que le trajo hasta aquí fue el amor, y uno siente lo que se siente en un abrazo. Fíjese que el abrazo es abrazo, porque precisamente, de alguna manera, le hace sentir a uno presencia por delante y por detrás, de frente y de espalda; el abrazo es abrazo, porque cuando yo abrazo, le hago sentir a la persona en su frente y en su espalda, que yo estoy frente a ti y estoy detrás de ti.

Eso es lo que hace Cristo cuando se encuentra con uno, Cristo le da un abrazo a uno, porque le hace sentir: “Mira, detrás de ti está el amor, el que te ha traído hasta este momento, el amor de mi Padre, y delante de ti estoy yo”, y es ese abrazo amoroso que trae la mirada de Cristo. Lo que hace la persona, y la persona somos nosotros, de pronto descubra que la vida puede ser distinta.

Hago estas anotaciones para que no nos hagamos ilusiones, no pensemos que lo del amor de Cristo es simplemente que Cristo tenía un curso “super, ultra, “hiper, mega” de simpatía, de don de gente, de autoestima, no es un asunto de autoestima simplemente.

La redención que trae Cristo no es simplemente un asunto de que Él trataba el asunto con tanto cariño y les daba unos chapuzones de ternura, pues sí seguramente sí debía ser muy tierno, seguramente, y eso sí, que viva la ternura; debía ser muy tierno Jesucristo, pero no es simple ternura la que transforma la vida, a base de sólo ternura no cambia la existencia, es reconocer la imagen de Dios, es ver la imagen de Dios en el otro y hacerle sentir al otro: “Mira, aunque tu vida esté sepultada por toneladas de basura, yo sé mirar la imagen que hay en ti”.

Esto fue lo que sucedió, ¿y entonces que acontece? Hombre, ya se ha logrado ese amor, Cristo dice la palabra más inaudita que a uno se le pueda imaginar, sacar a ese hombre de ese pozo de pecado, de iniquidad y de odio. Yo me atrevo a decir, y me disculpará San Mateo si estoy exagerando, que pocos pecados no había cometido San Mateo, y le dice Jesús: “Sígueme” hombre Jesús, que despropósito, como que así que sígueme.

Es que si usted se pone a analizar, vamos a analizar esa palabrita y ya verá. Mire, desde el punto de vista de los intereses de Mateo, Jesús tenía por lo visto muy poquita psicología. Hombre, ¿qué ha hecho Mateo? Ha cultivado su corazón para que sólo le interese una cosa, dinero, dinero a cualquier precio, y se le presenta Jesús, que era un muerto de hambre, y se le veían las hambres que pasaba, asoleado, retostado, sucio, “sígueme”(véase San Mateo 9,9).

Yo sí creo que Jesús tiene sentido del humor, ¿usted se imagina? Mire, yo no sé si la proporción sea adecuada, pero el negocio publicano en esa época tiene sus parecido en lo que hoy nosotros llamaríamos negocios de dineros calientes, y todo aquello que no hay quién logre enfriarlo en este país, eso tenía su parecido. ¿Usted se imagina tomar una persona que no ha hecho sino ganar dinero ilícitamente, pero fácilmente, y que está empecinado en eso, y que esa es su vida y luego que se pare un pordiosero, y tener la cara grande para que le diga: “Sígueme”? (véase San Mateo 9,9)

Pero es que Cristo no le estaba hablando sólo con su voz, primero hubo la comunicación de corazones, primero lo vio, y esa mirada, ese torrente de amor era el que le estaba diciendo primero, que la voz que le estaba diciendo: “Sígueme” (véase San Mateo 9,9); si se para cualquier Nelson Medina y le dice: “Sígueme”, eso no hace nada, pero si va por delante el amor y ese amor ha ganado el corazón del otro y ese amor me ha hecho creer, ese amor es el que me está diciendo: “Sígueme”

Cuando a Jesús le brotaron las palabras de la boca es porque Jesús se había rebozado de amor desde la punta de los pies, es que todo su corazón, todo su cuerpo retostado y sucio del camino y del sol; es que todo su cuerpo rebozaba amor y este “sígueme” (véase San Mateo 9,9) de Cristo fue el rebozarse de ese amor por la boca del Señor, y cuando Mateo oye ese "sígueme" (véase San Mateo 9,9), se siente tan amado, que siente que ha encontrado lo que faltaba, esto es maravilloso, hermanos.

Mateo buscaba y no sabía lo que buscaba, Mateo se fatigaba y no sabia por quién se fatigaba, Mateo perseguía una felicidad que no encontraba, si la buscaba ahí donde creía tenerla segura, en el fondo él estaba buscando y estaba esperando un amor como el amor de Cristo, y la prueba de que ese amor valía más que todas las cosas, es que cuando lo encontró, dejó todas las cosas.

Pero dejó todas las cosas por orden, porque vean aquí lo que sigue: “Él se levantó y lo siguió” (véase San Mateo 9,9), cosa que también tiene su chiste, “se levantó y lo siguió” (véase San Mateo 9,9), como quien dice, que un loco se le ocurra decir sígueme, fácil, pero que otro loco le haga caso, eso si está mas grave, eso si está más difícil de creer.

Y a mí me gusta utilizar esa palabra, porque créanme que el amor a Cristo tiene algo de locura, pregúntenle a la gente que va empezando el camino y verá que esto tiene algo de locura, porque en el fondo del corazón humano, hay una especie de sin razón en ese amor… “Sígueme” (véase San Mateo 9,9), le dice Cristo, y el otro se levanta y lo sigue.

Pero luego hay un banquete en la casa de Mateo ¿y quiénes vienen? Mateo invita a todos los amigos, toda la plaga, ¿saben de quién me hace acordar Cristo aquí? Del rey David, cuando el rey David estaba siendo perseguido por Saúl la única gente que le quedaba cerca fue la plaga, todos los desocupados, los endeudados, los emproblemados, y yo cuando veo la Misa del primer viernes digo: “Ahí están, preciso”.

Claro, a Jesús no se le ha pasado la costumbre, aquí dice: “¿Como es que vuestro Maestro come con publicanos y pecadores?” (véase San Mateo 9,11), esto se escribió en el siglo primero, vamos ya por el XX, entrando al XXI, y sigue la maña, van veinte siglos de Cristo invitando pecadores y publicanos, abrazando con su amor y con su palabra a las personas y diciéndoles: “Sigueme; mira, lo que tú has estado buscando, tal vez lo tengo yo; toda esta felicidad que te ha salido tan cara y tan esquiva, yo te la puedo dar".

Como ya decía Dios por boca del profeta Isaías: “Venid, comed, llevadle vinos generosos, carne, pan, vengan coman” (véase Isaias 55,1) invitaba a un banquete el profeta, un banquete gratis así también Cristo nos invita a este banquete, así también Cristo nos invita para que nosotros dentro de este banquete encontremos lo que no hemos encontrado, pero fíjate, Mateo se levantó, dejó algo, hay que dejar algo, porque ahí no dice: “Y Mateo, llevando consigo la mesita; a Mateo le tocó dejar la mesita".

Sí hay que dejar algo

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