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Fecha: 20000711

Título: La espiritualidad de San Benito de Nursia

Original en audio: 12 min. 42 seg.


Estamos recordando hoy con agradecimiento a Dios, la vida de San Benito de Nursia, una referencia de fe para toda Europa y para el todo el mundo.

En las letanías que solemos cantar en mi convento de Santo Domingo para las ocasiones previstas, cuando se menciona a San Benito, el apelativo que se añade es maestro en el Espíritu, un elogio breve pero muy elocuente.

Porque si hay un lugar, donde se necesita la guía, donde se necesita enseñanza, es precisamente en los caminos del Espíritu; porque allí se hacen más confusas las cosas, porque es fácil equivocarse, porque a todos nos tienta detenernos, estancarnos, hacer nuestro gusto, nuestro capricho, cambiar el anhelo de ser bueno por la resignada aspiración a no ser malos.

Y eso se convierte en pasto suficiente para las ovejas mediocres, y el rebaño de Cristo se va llenando de inercia, se va volviendo torpe, y le hace falta intrepidez.

Necesitamos maestros de vida en el Espíritu. La mayor parte de los religiosos y religiosas carecen de una verdadera dirección espiritual; carecemos de palabras autorizadas, sabias y oportunas, que por una parte, nos consuelen y nos animen, y por otra parte, nos corrijan.

Y en medio de los laicos, pues no faltan los anhelos buenos, cuando se trata de cristianos fervorosos. Pero también aquí hay mucha confusión: algunos haciendo experimentos con doctrinas extrañas, sobre todo de tipo orientalista; otros aferrados a dos o tres libros, "El Código de Derecho Canónico", "El Catecismo de la Iglesia Católica", y por ahí, alguna encíclica; aferrados, como si se tratara de una tabla de salvación, a dos o tres documentos, buscando seguridad y condenando todo lo que se salga de los patrones establecidos y las costumbres consagradas por el tiempo.

¡Necesitamos maestros de vida en el Espíritu! Esa ansia profunda que Dios puso en cada corazón, ¿quién la va a saciar? Y frente a este desierto aparecen manantiales, que son las distintas espiritualidades, y entre todas ellas, por su antigüedad, brilla en occidente el caudal que nació de San Benito de Nursia.

Yo pienso, especulando un poco, pienso que en los años futuros, vendrá un tiempo de inmenso aprecio de Benito. No es ese nuestro tiempo, lamentablemente.

Y creo yo, que faltan varias cosas en la Iglesia, casi me atrevería a decir, varias etapas, pequeñas revoluciones, grandes cambios en la Iglesia, antes de que vuelva a aparecer el lustre inmenso de la vida y la palabra de Benito de Nursia, un hombre que hizo que la santidad ya no fuera el patrimonio de los mártires o de los héroes del ascetismo; un hombre, que por decirlo de alguna manera, trajo ese fuego del Cielo a los monasterios, donde la vida cotidiana, una vida, llamémosla normal, una vida posible, significaba también y significa también, una vida en Dios.

Tal vez esta es la obra más grande de Benito. Antes de él, la vida de los monjes era una vida imposible. Después de él, la vida de los monjes es una vida posible, conveniente, saludable, casi se diría, necesaria para la misma civilización.

Benito atrajo con autoridad, guió con maestría, acogió con verdadera paternidad espiritual. Benito, podemos decir, que dejó los cauces suficientemente amplios para que diversidad de almas y corazones, sintieran que el monasterio era su casa. Pero suficientemente claros estaban esos cauces para que los excesos, los pecados, las desviaciones, se pudieran llamar por su propio nombre.