Nde1001a
Fecha: 19970106
Título: La luz de Cristo y la Cruz de Cristo
Original en audio: 8 min. 52 seg.
Las lecturas de estos días posteriores a la Epifanía y anteriores al Bautismo, son como un eco de la celebración misma que tuvimos el día de ayer, es decir, son pasajes en los que se muestra un poco la gloria de Cristo, el esplendor de Cristo.
En otro sentido, son también lecturas que nos ayudan a comprender de qué manera es Cristo luz para nuestras vidas, para que las cosas no se nos queden sólo en metáforas.
Meditemos un poco que quiere decir eso de que Jesús es nuestra luz, en qué sentido la vida de una persona se convierte en luz para otras personas. Desde siempre la luz ha sido asociada con el entendimiento, con la inteligencia y si decimos que Jesús es nuestra luz, es porque conduce nuestro entendimiento a una comprensión de algo que antes no sabía.
Pero se trata de un algo, se trata de una verdad que no es puramente una teoría, no es una doctrina. La comprensión a la que nos lleva Cristo y por consiguiente su luz, no es una luz pálida como la luz artificial que puede iluminar pero no calentar, es la luz de un fuego, y ese fuego es el que está en su corazón misericordioso y salvador del universo.
¿De qué manera sucede esto? ¿De qué manera Cristo se convierte en luz? Lo podemos describir con estas palabras: cada uno de nosotros obra con ciertos supuestos, la mayor parte de las veces no somos conscientes de los supuestos con los que obramos, es muy posible que buena parte de nuestras acciones y de nuestras actitudes mismas, sean procesos automáticos guiados por la costumbre, por lo que vemos hacer en los demás, por lo que se usa, por la opinión pública, etcétera.
Cristo con su increíble generosidad, Cristo con su fantástica gracia, Cristo con su impredecible perdón, rompe precisamente los moldes de eso que sería lo normal en lo acostumbrado; su modo escandalosamente libre de amar, su poder incalculable, su generosidad, lo que vemos que realiza en otras personas y lo que descubrimos que ha hecho en nosotros, hace que nuestros propios supuestos tengan que precisamente salir a luz.
Nosotros no creímos que fuera posible un volumen de amor tan grande, creíamos que el amor había que conservarlo poquito, porque probablemente se acababa si lo gastábamos; pero Cristo nos muestra que el amor para aquel que está unido a Dios, como Él al Padre, el amor cuanto más se gasta más abunda, y la fe cuanto más se ejercita más crece.
Y de esta manera Jesús hace que nuestros antiguos supuestos, hace que nuestras antiguas categorías se revienten, hace que nuestros esquemas estallen, y de pronto veamos que es posible una vida distinta también para nosotros, esto lo manifestó particularmente en el sacrificio de la cruz, pero su ministerio terreno es ya una muestra de lo que es esto.
Cristo, puede decirse que originó en su temprano ministerio, como lo hemos escuchado en el Evangelio, un proceso como bola de nieve, un proceso creyente, un proceso que hacía que las curaciones de unos violaran la fe de otros, que a su vez se curaban y llamaban a la fe de otros, hasta completarse multitudes enteras.
Cristo inició un proceso de maravillar a las personas para llevarlas a la fe y de conducirlas a la fe hasta la renovación de su corazón.
Este proceso maravilloso, sin embargo, tiene su límite, porque Jesús no sólo actúa sino también habla y la predicación de Cristo iría conduciendo progresivamente a estas multitudes entusiasmadas, al reconocimiento de las raíces de sus propios pecados, en ese momento el entusiasmo va a decrecer, ya no es tan popular Cristo, y muchos que ya habían sido sanados, se retiran de Él.
Hay un momento en que la cosa hace crisis y Él le tiene que preguntar a sus Apóstoles: "¿Bueno, ustedes también se van a ir? Y es ahí cuando recordamos la expresión de Pedro: “Tú tienes palabras de vida eterna” San Juan Juan 6,68.
Entonces empieza una segunda parte del ministerio de Jesús, una parte que ya no será multitudinaria, pero que sí seguirá siendo igualmente luminosa, es el segundo paso en ese iluminar el corazón humano.
Si en el primer paso era como una especie de luz que nos deslumbraba, como una especie de esplendor que nos maravillaba, en este segundo paso es ese reconocer, con su ayuda, lo que nosotros hemos hecho de nosotros mismos.
Puede decirse que estas multitudes entusiasmadas por los milagros, saben algo de Dios, pero todavía no saben nada de sí mismas, y la luz completa quiere que uno sepa de Dios, pero que también sepa de sí mismos.
Catalina de Siena lo dice de modo inmortal: “Se trata del conocimiento de Dios en sí mismo y de sí mismo en Dios”, y cualquiera de los dos es insuficiente, se necesitan los dos. Y Cristo trae esa doble luz, nos ayuda al conocimiento maravilloso de Dios, nos ayuda a abismarnos ante el corazón de Dios, pero luego abismarnos ante nuestro propio corazón.
Nos permite extrañarnos de su generosidad, pero también extrañarnos de nuestra iniquidad; nos permite asombrarnos de su bondad, pero también asombrarnos de nuestra maldad.
En la conjunción de estos dos asombros se encuentra la cruz, la cruz es aquella señal en la que el ser humano puede asombrarse de su propia maldad, de su incalculable capacidad de traición, de mentiras, de oscuridad.
Pero es también la señal en la que puede reconocer la increíble ternura, misericordia, la fantástica clemencia de Dios, y por eso, en la cruz, en la noche de la cruz, está la suprema luz que tuvo su origen en el pesebre y en la adoración de los Magos y en los milagros que hemos visto en este día.
Cuando una persona realmente se va encaminando hacia a Dios, realmente se va encaminando hacia la cruz; cuando una persona comienza en forma y en serio la vida espiritual, comienza en forma y en serio a interesarse por la cruz. Mientras la persona esté fascinada solamente por los milagros, o mientras esté fascinada solamente por las enseñanzas, todavía está cruda.
Pero cuando a una persona le empieza a interesar desde el fondo de su alma ese enigma, esa mezcla de pregunta y respuesta que es la cruz de Cristo, cuando una persona presiente que ahí está, que en esa noche está la luz suprema, sublime, cuando eso sucede, está ya muy próxima la gloria y la luz que no acaba nunca, la luz de la eternidad.
Memorial de esta cruz y de este sacrificio es la Eucaristía. En la contemplación de ese Pan que sólo puede repartirse partiéndose, el cristiano mira su propio misterio: sólo puede amar dándose, sólo puede existir desapareciendo, sólo puede resucitar muriendo.
Alimentémonos de ese Pan, acojamos esa luz, y que ella nos conduzca hacia la eternidad que no tiene ocaso alguno.