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Fecha: 19960101
Título: La solemnidad de Maria, Madre de Dios
Original en audio: 4 min. 32 seg.
Con esta solemnidad de María, Madre de Dios, la Iglesia culmina la Octava de Navidad, cosa que tiene su cierto orden y quizás más lógica que la antigua fiesta de la Circuncisión del Señor.
No porque no entrañe su misterio esto de la circuncisión y de la imposición del nombre, sino porque hay como una armonía más completa entre la Natividad, fiesta de Cristo Hijo de María, y la solemnidad de hoy en la que celebramos a María como Madre de Cristo Dios.
Entonces uno puede relacionar estas dos celebraciones que están al principio y al final de la Octava. El veinticinco de diciembre celebramos al Hijo de María, y el ocho de enero, ocho días después, celebramos a la Madre de Cristo.
Y entre tanto, entre el veinticinco y el primero hemos venido meditando en los misterios de la infancia de Cristo, hemos venido meditando en lo que significa la Encarnación.
Y nos hemos encontrado también con la dirección y con el sentido que esta Encarnación tiene hacia la inmolación en la Cruz. Es lo que nos han recordado la fiesta de San Esteban Protomártir, y de los Santos Inocentes también.
También, en esta Octava, hemos recibido enseñanza para nuestra vida cotidiana, y muy singularmente, en la fiesta de la Sagrada Familia, y así hemos contemplado qué significa que Dios se haga hombre, desde luego, sin agotar ni un poco de este misterio, hemos meditado qué significa, qué trae esto para nuestra vida y a qué precio, que es precio de sangre.
Y hoy, en cierto modo, al despedirnos de esa gran solemnidad, de esa gran Octava, estamos ante la figura de María como Madre de Cristo Dios.
De acuerdo con la enseñanza de la Iglesia este es el misterio principal de la vida de María Santísima y de él se derivan, de alguna forma, todos los otros.
Por Madre de Dios es elegida; por Madre de Dios es Inmaculada; por Madre de Dios, su nacimiento en la Anunciación, por Madre de Dios, en La Visitación; por Madre de Dios es poderosa intercesora ante Dios por nuestra necesidades; por Madre de Dios, finalmente, su vida termina siendo este Evangelio realizado que nos recuerda la solemnidad de la Asunción y de la Coronación de Maria Santísima.
Acojámonos a esta Madre de Dios, acojámonos a Ella para que en Ella pueda renacer lo que en nosotros ha envejecido. Acudamos a Ella para que Ella, que dio a luz a Cristo, engendre también la vida de Cristo en nosotros, de modo que nuestra vida sea un reflejo, una prolongación y una manifestación de los misterios de la vida del Señor.
La vida cristiana se le entiende bien en un día como hoy; es una vida esencialmente mariana. Porque no podemos llevar en nosotros la vida de Cristo sin que Cristo sea engendrado en nosotros. Y esto precisamente lo quiso Dios por ministerio, por voluntad, por fe y por aceptación de una mujer que se llama María.
Alegrémonos en esta solemnidad, contemplemos junto con la Iglesia a María como Madre de Dios, e invoquémosla, como hacemos en el Ave María, para que ruegue por nosotros hoy, ahora que tanto la necesitamos, pero sobre todo en ese momento definitivo de nuestra cristificación, el momento de nuestra partida de este mundo, la hora de nuestra muerte.
Así sea.