O012003a

De Wiki de FrayNelson
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Fecha: 20020115

Título: Necesitamos la embriaguez del Espíritu y no la del pecado

Original en audio: 6 min 47 seg.


El sacerdote Elí se equivocó juzgando a Ana. Ana estaba atravesada de dolor y rezaba para sus adentros una y otra vez.

Hay que tener en cuenta que muchos judíos, no sé si todos, al rezar balancean el cuerpo. Ustedes habrán visto tal vez en las películas cómo ellos al rezar los salmos van haciendo como una especie de pequeña danza en el puesto.

A uno le desconcierta eso, uno no lo entiende; pero es porque van llevando el ritmo. La poesía hebrea no se basa en la similitud de las terminaciones como pasa en mucha de la poesía en español, sino se basa en el ritmo, y el ritmo se va llevando con todo el cuerpo.

Por eso Ana, que seguramente repetía especies de letanías insistiendo en su plegaria y que además no se le oía lo que estaba diciendo, parecía una persona bailando sola. Esto explica en parte el juicio tan duro pero errado que formuló Elí.

Elí juzga a esta mujer y la tiene por una mujer borracha, por una mujer perdida. Y entonces, pues la mujer le corrige a Elí y le explica que ella sí está ebria, pero ebria de dolor.

Y esto nos hace recordar otra ebriedad que también fue mal juzgada. En los Hechos de los Apóstoles, en el capítulo segundo, cuando Pentecostés, también nos encontramos con que hubo gente que formuló un juicio equivocado.

Pedro y los Apóstoles salieron colmados del Espíritu Santo y empezaron a profetizar; oraban en lenguas al parecer, y la gente los vio y unos decían: "Están llenos de mosto" Hechos de los Apóstoles 2,13.

También ahí los calificaron de borrachos, porque estaban que cantaban, y que alzaban manos, y que alababan, y cantaban, y más cantaban; y dijeron: "Están borrachos" Hechos de los Apóstoles 2,13. Pero tampoco en ese caso era ebriedad de vino, sino era la ebriedad del Espíritu Santo.

Es muy importante, creo yo, tener en cuenta que existen esas distintas ebriedades, esas distintas embriagueces. Existe la embriaguez del dolor, existe la embriaguez del vino, existe la embriaguez del gozo en el Espíritu.

Y digo que es importante porque todos, de alguna manera, necesitamos de algún género de embriaguez. ¿Qué es la embriaguez? La embriaguez es salirse de las casillas un poco estrechas, es salirse de de la cuadrícula rígida de lo que está planeado, de lo que está controlado por nuestra propia razón.

La embriaguez es como reventarse de la estructura, diríamos, de la cuadrícula, del andamio. Nuestra vida no puede ser solamente un andamio montado de piezas, necesitamos que la vida explote, que la vida surja.

Por eso necesitamos las celebraciones, necesitamos paseos, las fiestas,los cambios de horarios, los ratos de recreación; necesitamos momentos en que la estructura se suspende y aparece algo nuevo: "A partir de tal hora hay silencio profundo", pero hay días en que no hay silencio profundo, sino que hay una serenata a las novicias; es decir, se rompe la estructura, hay algo que cambia. Necesitamos de esas rupturas, necesitamos de esos cambios, en todo sentido.

La invitación de hoy es: todos necesitamos embriaguez, es cierto, necesitamos ese tipo de cambios, de explosiones de vida. Pero necesitamos estar llenos del Espíritu, para que nuestra embriaguez no sea embriaguez en el pecado, como juzgó Elí, no sea embriaguez en el licor, como juzgaron malamente a los Apóstoles, sino para que sea embriaguez en la Fuente misma de la vida, que es la embriaguez del Espíritu.

Y el sacerdote se equivocó, juzgó mal; pero luego, cuando entendió la situación, le dijo con muy buen corazón: "Que Él te conceda lo que estás pidiendo" 1 Samuel 1,17.

Y es muy bonito ver cómo Ana pasa de la embriaguez de la tristeza al gozo del Espíritu; ya no parecía la misma, le cambia el rostro y desde ese buen corazón y desde ese optimismo, desde esa alegría, ella vuelve a su casa con una certeza: "Dios me ha escuchado".

Y efectivamente, Dios la escuchó porque ella quedó embarazada como lo deseaba, y de ella habría de nacer uno de los más grandes profetas: el profeta Samuel.

Entonces, ¿qué le pedimos a Dios? Que nos enseñe a embriagarnos, que nos enseñe a darle espacio a la vida sin darle espacio al pecado.

Y número dos, pidámosle al Señor, que cuando el dolor nos abrume, como le pasó a Ana, cuando tengamos la embriaguez del dolor, Él transforme nuestro luto en danza" Salmo 30,12, como dice el salmo, y Él nos cambie, como a Ana, de esa embriaguez del dolor, al gozo, a la ebriedad en el Espíritu.

Amén.