I153001a

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Fecha: 19990714

Título: Lejano, pero cercano ante el clamor, Dios nos trae la zarza ardiente que no nos anula

Original en audio: 28 min. 4 seg.


Moisés iba conduciendo ovejas por el desierto ( véase Éxodo 3 , 1 ). Años después, Dios le haría pastor, no de ovejas, sino de su propio pueblo, el pueblo rescatado de Egipto ( véase Éxodo 3 , 10 ). Y Moisés tendrá el encargo de llevar así, por el desierto, al pueblo a esta montaña, el monte Horeb, también conocido como monte Sinaí ( véase Éxodo 3 , 12 ).

Lleva ovejas por el desierto ( véase Éxodo 3 , 1 ). Este recorrido por lugar inhóspito es una imagen, podríamos decir, es como un resumen de lo que sería la vocación de Moisés: Conducir al pueblo por esos lugares, donde el alimento es escaso, y los peligros son abundantes.

Sin embargo, hay diferencias. Las ovejas de este rebaño van a resultar más dóciles que los israelitas. Estas ovejas son capaces de ser guiadas por Moisés. Los israelitas serán muchas veces rebeldes a la voz de Moisés.

Pero volvamos a la escena: Moisés está conduciendo a las ovejas, unas ovejas que no eran suyas ( véase Éxodo 3 , 1 ). ¿Por qué Moisés no tiene ovejas? Porque Moisés es un fugitivo. Moisés ha tenido que salir huyendo.

Aunque, originalmente, tenía los derechos de hijo de una hija del faraón ( véase Éxodo 2 , 10 ), aunque tenía tan altos derechos, su conciencia de su verdadero origen, lo había llevado, alguna vez, a ponerse de parte de los israelitas, porque vio un egipcio que estaba maltratando a un israelita ( véase Éxodo 2 , 11 ).

Moisés era un hombre de una inmensa sensibilidad por la justicia. Entonces Moisés tomó cartas en el asunto, aplicó la justicia por su mano, y acabó con ese egipcio: Lo mató y lo enterró en la arena ( véase Éxodo 2 , 12 ), en un arranque de ira por la injusticia, porque Moisés tenía una sensibilidad muy alta por la justicia.

Al otro día, o unos pocos días después, encuentra dos israelitas que están peleando, y entonces les dice Moisés: "Pero ustedes, ¿por qué pelean? Son de la misma raza" ( véase Éxodo 2 , 13 ), y le dice uno de ellos: "Y es que nos vas a matar, así como acabaste con el egipcio?" ( véase Éxodo 2 , 14 ). Y Moisés dijo: "La cosa se sabe, esto está grave, van a acabar conmigo, el ambiente está tenso" ( véase Éxodo 2 , 14 ), y por eso, Moisés sale de Egipto, sale como un prófugo de Egipto ( véase Éxodo 2 , 15 ).

Moisés huye de Egipto, porque lo van a matar ( véase Éxodo 2 , 15 ), y de esta manera, se convierte como el primero del pueblo de Israel en salir de Egipto al desierto. Moisés sale de Egipto, porque lo van a matar ( véase Éxodo 2 , 15 ), y después Israel tendrá que salir de Egipto, porque los van a matar. El pueblo entero tendrá que salir de Egipto ( véase Éxodo 12, 37-42).

Moisés va hasta el monte Horeb, y se encuentra una pequeña zarza que arde en el Horeb ( véase Éxodo 3 , 1-2 ). Luego, Israel, guiado por Moisés, hará un largo recorrido hasta llegar a esa misma montaña, pero ya no será una sola zarza la que está ardiendo, sino el monte entero el que está en llamas, según nos describe la Carta a los Hebreos ( véase Carta a los Hebreos 12 , 18 ).

Había pavor, relámpagos, truenos, y la voz de Dios ( véase Carta a los Hebreos 12 , 18-19 ) que espantó a los israelitas, y entonces dijeron: "Que no nos hable Dios, mejor háblanos tú, Moisés" ( véase Éxodo 20 , 19 ).

De modo que este episodio de hoy ( véase Éxodo 3 , 1-12 ) es como la anticipación de todo el Éxodo: Un hombre que es prófugo, pero que al mismo tiempo es el primero entre los libres.

Un hombre, que porque tuvo que salir corriendo, no tiene sus ovejas. Moisés no tiene ovejas propias, no tiene sus ovejas. Las ovejas que tiene Moisés, son las ovejas de su suegro. El suegro de Moisés, de acuerdo con este pasaje, se llamaba Jetró ( véase Éxodo 3 , 1 ). O sea que aquí vemos a Moisés, acostumbrándose a cuidar ovejas que no son las suyas. Después le tocará hacer lo mismo: Cuidar al pueblo de Israel, un pueblo que no es el suyo.

Es tan hermoso ver, cómo en este pasaje ( véase Éxodo 3, 1-12 ), se resume lo que luego sería toda la vida de Moisés: Llevar las ovejas hasta el monte de Dios, llevar a los israelitas hasta el Señor. Esa será su vocación.

"Pastoreaba Moisés el rebaño de su suegro Jetró; llevó el rebaño trashumando por el desierto hasta llegar a Horeb. Se le apareció en una llamarada entre las zarzas el Ángel del Señor" ( véase Éxodo 3 , 1-2 ). Esa zarza ha servido para comparaciones bellísimas. Por ejemplo, se ha hablado que esa zarza es como la imagen de la Virgen María. Pero, en primer lugar, esa zarza es una imagen de la obra que Dios hace.

¿Cómo llenar de fuego sin destruír? Eso es lo que Dios hace en nuestras vidas. Dios trae su fuego, el fuego del Espíritu, que hace que nosotros seamos la misma zarza que éramos, pero ahora llena de luz. El fuego de Dios, el Espíritu de Dios, llega a la zarza que somos nosotros, y la zarza arde.

Pero el fuego que conocemos en esta tierra, arde, alimentándose del lugar donde se enciende. Si prende, por ejemplo, un papel, el papel arde, pero el fuego se alimenta del papel.

En cambio, el fuego del Espíritu no se alimenta de nosotros. El Espíritu Santo no viene a alimentarse de nosotros, porque no necesita de nosotros. Es un fuego que no viene a tomar de nosotros, sino un fuego que es puro don, que es puro regalo, que es pura donación.

El fuego del Espíritu Santo no llega a quitarnos nada. La zarza sigue siendo zarza, pero es una zarza ardiente. Así también, llega el Espíritu Santo a tu vida, y tú eres lo que eras, pero en fuego, en Espíritu.

Aquí surge una imagen preciosa sobre lo que es el sentido de la obediencia a la voluntad de Dios. Cuando yo obedezco la voluntad de otra persona, yo tengo que cancelar mi voluntad, para que se realice la voluntad de esa persona.

Por ejemplo, yo quería salir a jugar fútbol, pero me mandaron barrer el convento. Tengo que cancelar mi propio proyecto, tengo que anular mi proyecto, tengo que anular lo que yo soy, para hacer lo que otro quiere que yo haga.

La voluntad de Dios no llega a nuestras vidas anulando lo que nosotros somos. Esta es la zarza más bella de todas las zarzas. Esta es la zarza embellecida, esta es la zarza luminosa. El Espíritu Santo no llega a anularnos. La Voluntad de Dios no llega a cancelarnos. Por eso no hay que temer a la Voluntad de Dios, ni hay que temer al fuego de Dios, a ese fuego no hay que temer.

Dedicarnos a obedecer solamente voluntades o caprichos humanos, incluído el capricho de uno mismo, puede ser destructivo: La zarza se consume y se destruye. Cualquier otro fuego destruirá la zarza. Pero el fuego de Dios no destruye. Dios no viene a tí a destruír lo que tú eres, sino a que tú seas la zarza más bella de todo el desierto, a que tú seas zarza, pero zarza divina, según el modelo de Dios.

Una zarza no tiene gran belleza. Además, podemos suponer que en estos peladeros no había, ciertamente, zarzas que fueran espectáculos de hermosura. Era un poco de maleza en el desierto.

¿No es eso lo que muchas veces siente uno de la propia vida? ¿No se siente, muchas veces, que la vida es así, como un desierto? ¿No se siente, entonces, que en ese desierto de la vida, nosotros somos como matorrales sin belleza, sin gracia, llenos solamente del polvo, del frío y de la sequedad? Pues bien, viene el Espíritu de Dios a nosotros, para que seamos matorrales, pero matorrales plenos de vida, plenos de luz.

Moisés llega al monte Horeb, y se encuentra con este espectáculo que atrae su atención. Y se dice: "Voy a acercarme a mirar este espectáculo admirable, a ver cómo es que no se quema la zarza" ( véase Éxodo 3 , 3 ). En realidad, esa zarza era imagen del mismo Moisés, porque el Espíritu de Dios vendrá sobre Moisés. Es que Moisés mismo era una zarza.

Moisés no era una persona que tuviera conflictos de autoestima. No hay que enviar a Moisés al psicólogo. Moisés no tenía problemas de autoestima, pero tenía un profundo realismo. Sabía de su incapacidad cuando Dios le comunica el mensaje, cuando Dios lo llama a ser el liberador del pueblo de Israel. Moisés dice: "Pero, ¿quién soy yo?" ( véase Éxodo 3 , 11 ). Es una persona que tiene realismo sobre lo que es: "¿Quién soy yo para hacer eso?" ( véase Éxodo 3 , 11 ).

O sea que esa zarza, ese matorral sin gracia en medio del desierto, ese es Moisés. Moisés era como un matorral sin gracia, y Dios le puso por el camino otro matorral con gracia. El matorral con gracia era la zarza ardiente. El matorral que se sentía sin gracia, era el mismo Moisés.

O sea que la zarza ardiente también son los Santos. Los Santos son zarzas ardientes, y nosotros somos zarzas que estamos buscando ese fuego de Dios. Vamos sin ninguna gracia. Vamos por esta vida como gente sin mayor sentido. Y de pronto, Dios nos muestra a sus Santos, Dios nos muestra zarzas hermosas.

Y decimos: "Pero, ¿cómo es posible que no se haya acabado esa persona? ¿Cómo es posible que Pedro Claver hiciera lo que hizo? ¡Años y años de un servicio tan abnegado! ¿Cómo es posible que San Lorenzo entregara su cuerpo a las llamas? ¿Cómo es posible que Santa Blandina, una esclava que fue pavorosamente torturada por el nombre de Cristo, resistiera? ¿Cómo es posible que tantos hayan perdonado a sus enemigos? ¿Cómo es posible que hayan hecho milagros tan grandes? ¿Cómo es posible que la humanidad, nuestro pobre barro, soporte obras tan grandes? ¿Cómo es que no quedaron aplastados, por Dios?"

La zarza ardiente son los Santos, y nosotros somos zarzas que todavía no arden. Nosotros somos matorrales sin gracia, y Dios nos pone adelante matorrales con gracia. Y uno mira el matorral con gracia, y uno dice: "Pero, ¿cómo es posible esto? ¿Cómo es posible que esta persona sea así?"

¡Feliz admiración la de Moisés! A través de la admiración de la zarza ardiente, Moisés fue llamado a arder también él. Y de hecho, la vida de Moisés fue una zarza ardiente.

¡Su humanidad pequeña! ¡Su humanidad triste! ¡Su humanidad rastrera! Era un hombre cobarde, era un hombre limitado,un hombre que tenía conciencia profunda de sus limitaciones, de sus barreras. Era una zarza, pero esa zarza, Dios la puso a arder.

Y así como Moisés se maravilló de esta zarza ardiente, así muchos se maravillaron de ver que Moisés, que era el hombre más bajo, el hombre más humilde de la tierra, lo describe la Sagrada Escritura ( véase Números 12 , 3 ), también fue una zarza ardiente que atrajo a muchos otros.

Y, ¿qué sucedió? Moisés se empieza a acercar a la zarza. Puede ser sorprendente para nosotros lo que entonces sucede. Dios lo llama; esa es una manera de atraer. "Moisés, Moisés" ( véase Éxodo 3 , 4 ), lo llama, lo atrae. Pero cuando Moisés responde: "Aquí estoy" ( véase Éxodo 3 , 4 ), hé aquí lo que le dice la voz: "No te acerques" ( véase Éxodo 3 , 5 ). Lo atrae y lo frena, lo acerca y lo repele.

Es un comportamiento un poco extraño el de esa voz, que es la voz de Dios. Al mismo tiempo atrae y frena. Quiere que nos acerquemos, y nos muestra la distancia. ¿Por qué obra Dios así? ¿Por qué quiere que nos acerquemos, y cuando nos estamos acercando, nos dice: "No te acerques" ( véase Éxodo 3 , 5 )? ¿Por qué este lenguaje tan extraño de acercarnos y de alejarnos?

¿Por qué obra Dios así? Dios obra así, porque si sólo nos dijera "acércate", nosotros creeríamos que la oferta de Dios es lo mismo que hacen nuestras manos, o nuestras palabras, o nuestros pensamientos; creeríamos que Dios es como nosotros. Y si Dios fuera como nosotros, pues tan incapaz sería Dios de salvarnos, como incapaces somos nosotros de salvarnos a nosotros mismos.

"Acércate" ( véase Éxodo 3 , 4 ), pero no es sólo "acércate", es también "aléjate" ( véase Éxodo 3 , 5 ). Y, ¿por qué no le dice sólo "alejáte"? Porque si sólo le dijera "aléjate", le estaría diciendo: "Tú y yo somos incompatibles; tú y yo somos distintos y distantes". De manera que con ese lenguaje de "acércate y aléjate", Dios le estaba enseñando algo a Moisés, y de este pasaje ( véase Éxodo 3, 1-12 ), a todos nosotros.