N5en002a
Fecha: 20010105
Título:
Original en audio: 31 min. 8 seg.
En el evangelio según San Juan, dice Felipe a Natanael: "Aquel de quien escribieron Moisés en la Ley y los profetas, lo hemos encontrado, Jesús" Juan 1,45.
"Aquel de quien escribieron, lo hemos encontrado, Jesús" Juan 1,45. Yo creo que la experiencia de la visita de Dios es esa: "Lo que me habían dicho, lo pasó, es verdad".
Como le gustaba decir la Padre Emiliano Tardiff, que recibió una maravillosa sanación de Dios: "Jesús está vivo, ha obrado en mí, ¿cuándo? Hoy, en este momento; ha entrado en mi historia, se ha metido con mi vida".
Yo creo que esto es lo que produce esa sensación maravillosa que lleva a exclamar: "¡Este es el día que cambió mi vida!".
Hoy tenemos con nosotros un testimonio que ha sido motivo de júbilo para nuestra comunidad. Yo creo que fray Alfonso Celis, que está aquí con nosotros, puede repetir la frase de Felipe: "Aquel de quien escribieron, lo hemos encontrado, Jesús, hijo de José de Nazaret" Juan 1,45.
Y por eso yo alabo públicamente a Dios, por la obra realizada en la familia de fray Alfonso, alabo a Dios por la vocación de este hermano nuestro.
Y le pido al Señor que en este momento, con el don de su Espíritu, le regale a fray Alfonso las palabras para que él pueda contarnos qué es esto que sucedió, y que seguramente nos va ayudar para que nosotros digamos la frase de Felipe: "Aquel de quien escribieron, lo hemos encontrado" Juan 1,45.
Fray Alfonso, gracias por estar con nosotros en este momento. El Señor, como decimos siempre al bendecir al diácono antes del evangelio, esté en tu corazón y en tus labios para que anuncies esta noticia que ha significado tanto en tu vida.
Habla fray Alfonso:
"Padre Nelson, muchísimas gracias también por invitarme a compartir con todos ustedes esta experiencia de Dios, que no solamente, estoy seguro, enriquece a mi familia, sino enriquece a todos aquellos a quienes yo pueda contarles lo que ha sucedido.
Mi papá, un hombre de sesenta y cinco años de edad, podríamos decir que para nuestro tiempo es un hombre relativamente joven, tenía algunos problemas de tensión alta, algo que era rutinario y controlable para la medicina de hoy.
¿Quién, quizás, de los que me escuchan hoy, no han tenido la posibilidad de compartir con alguien que tenga problemas de tensión alta? Eso hasta cierto punto, en términos médicos, no es mayor problema, ofrece algunos riesgos que son relativamente controlables.
El día dieciocho de diciembre, mi papá, por cosas de la vida, olvidó tomarse su medicina para controlar la tensión alta.
Y ese día, en horas de la noche, subió su tensión de una manera impresionante, que en el lugar donde se encontraba, que es San Luis de Gaceno, al sur de Boyacá, frontera con Casanare, de donde noostros somos, no pudieron hacer nada los médicos por hacer que esta tensión bajara, mo tivo por el cual él empezó a agravar.
Estamos hablando de seis horas en carro de San Luis de Gaceno a Bogotá. Allí él recibió algunas atenciones, como es normal de un hospital de pueblo. En vista de que agravaba, mi madre tomó la decisón de traerlo para Bogotá.
Habían transcurrido tres horas en ambulancia de aquel hospital, cuando mi padre entró en coma, había sufrido un infarto cerebral.
Pues bien, esto quizás para los que no tenemos la experiencia de la medicina, no nos diga nada. Pero quisiera, así como hizo el neurólogo, el doctor Palomino de la Clínica Nueva, ubicada en el barrio Palermo de nuestras Hermananas Dominicas de Santa Catalina de Siena, quien quiso ilustrarnos a nosotros al respecto, hoy también yo quiero contarles en qué consiste el infarto cerebral, de una manera breve.
La trombosis es una enfermedad espantosa, es un coágulo que impide que la sangre irrigue el cerebro. Un infarto cerebral es, quizás, cien veces más grave que una trombosis.
Mi papá tenía un coágulo que le había afectado, lo que los médicos denominan, el árbol de la vida. Tenía solamente dos opciones: una, morir; la otra, quedar en estado vegetativo.
Yo me encontraba en una misión que mi comunidad me había encomendado en Casanare, allí me avisaron, vine a Bogotá de inmediato, porque me decían los mismos médicos que mi papá tenía los días contados.
Yo tenía que regresar a Bogotá de urgencia, mi superior Provincial para Colombia me envió de inmediato, hicimos todas las vueltas, arrivé a la ciudad de Bogotá.
Fue muy duro para mí encontrar a mi papá en cuidados intensivos, lleno de tubos por todo lado, y unas máquinas que, sin entender absolutamnete nada, el corazón del hombre no se equivoca, y sabía que la situación era deplorable.
Mi papá todos los días empeoraba. Desde ese momento empezamos nosotros a vivir nuestro propio calvario.
Siempre mantuve la idea en la cabeza de que había acompañado yo como religioso a muchísimas personas en situaciones similares, a muchas personas en funerarias, y había podido decirle y darle consejos a la gente, pero en ese instante el momento me había llegado a mí, y tenía que empezar a jalonar un proceso, que era el proceso de concientización de mi familia de que mi papá iba a morir.
En esos días, que para muchos de nosotros los consideramos importantes por las fiestas, se aproxima el veinticuatro de diciembre, y mucha gente, y yo mismo me incluía en ese grupo, no podía pensar en otra cosa que en los regalos, las felicitaciones, las visitas, las natillas, los buñuelos, las novenas, la algarabía, la pólvora, etcétera.
Había llegado en un momento en que muchos podrían decir: "Qué tiempo tan desafortunado para que este señor se enfermara, qué tiempo tan poco conveniente para que alguien se enferme de qué manera".
Todo el mundo viajaba, la familia nuestra intentaba como estar con nosotros, pero al mismo tiempo también, responder a sus compromisos sociales.
Y es ahí cuando el Señor empieza a hacer una obra grandiosa en el corazón de mi familia. Y nos empiezaa regalar ese don maravilloso de la fe.
Y hoy, más que decir quizá el milagro de la sanación de mi papá, antes de llegar a esa parte de desenlace feliz, quiero decirles que pude experimentar quizás por primera vez, yo, siendo religioso, y habiendo estudiado y habiendo predicado tantas veces, pude experimentar por primera vez que la fe era un don que Dios nos regalaba.
Y lo pude experimentar en carne propia. De lo contrario, nuestra humanidad flaquearía delante de semejante siniestro, por decirlo de alguna manera.
Mi papá entró en coma, duró ocho días en coma. Le dieron setenta y dos horas en un primer momento, para ver cómo reaccionaba, para ver si se declaraba muerte cerebral. Terminadas las setenta y dos hora, mi papá no reaccionó. Los médicos consideraron oportuno darle cuarenta y ocho hora más, para ver qué sucedía.
Ya se pueden imaginar ustedes que eneste caminar aparece la desesperanza, pero al mismo tiempo también, el Señor se manifieta de una manera grandiosa. Y empezó a regalar en mi familia fortaleza.
Recuerdo mucho el pasaje del Antiguo Testamento que me acompañó siempre, y era aquel anuncio que iba a hacer Jonás a Nínive. Recuerdo mucho, siempre lo tuve en mi cabeza, y se lo decía a los que de pronto estaban alrededor mío: "Hubo conversión en Nínive, y el Señor perdonó la culpa de ese pueblo" Jonás 3,1.
Entramos en lo que comúnmente escucahmos en la emisora Minuto de Dios, en una cadena de oración, y era hermoso escuchar a mis frailes dominicos de este convento de Santo Domingo diciéndome: "Estamos orando por su papá"; las hermanas Clarisas de Chiquinquirá diciendo: "Oramos por su papá; nuestros amigos diciendo: "Estamos orando por su papá".
El teléfono, siempre que sonó en mi casa, fue para escuchar esa frase: "Estamos con ustedes orando por su papá, por su recuperación". Pero más que la recuperación, mi familia era consciente que teníamos que aceptar la voluntad de Dios.
Se trataba de clamar al Señor y de pedir al Señor que hiciera su santa voluntad. Y en ese caminar descubro yo que el Señor a veces, hasta cierto punto cuando nosotros andamos dentro de una fe que es un tanto tibia, -mi familia siendo una familia católica, quizás habíamos entrdo en una etapa de frialdad en la fe-.
El Señor necesitaba que realmente Él fuera el centro de nuestras vidas; y ahí fue cuando tuvimos la experiencia de voltear verdaderamente los ojos a Dios.
Veinticuatro de diciembre, mi papá no responde, sigue en el mismo nivel, en el mismo estado, las máquinas como ya lo he dicho anteriormente, su ventilador que pueda respirar con la ayuda de esa máquina.
Veinticuatro de diciembre, nos regresamos un tanto como pensando que la muerte de mi papá estaba cerca, y yo casi como preparando mis cosas para poder manejar la situación.
Esa noche, rostro en tierrami familia, literalmente, rostro en tierra, suplicándole al Señor, al Señor de la vida que hiciera su voluntad; cada uno de los de mi familia que estábamos reunidos ahí, ofreció algo de sacrificio de su vida, no sé, ni tengo idea, cada quien qué le ofrecería al Señor.
Pero lo único que puedo decirles hoy es que el Señor de la vida y el Dios de la vida escuchó nuestra súplica, y no se hizo esperar en su respuesta.
Otro de los pasajes que me acompañaba: el anuncio de parte del Ángel Gabriel a María Santisima, donde le comunica también a María que su prima Isabel ha concebido un hijo. Y allí esa última frase con la que el Evangelista cierra: "Para Dios nada es imposible" San Lucas 1,37.