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Fecha: 19961228

Título: Razones por las que los Inocentes asesinados son llamados santos

Original en audio: 16 min. 24 seg.


Estos acontecimientos que nos narra el evangelio, son tan tristes como comunes. Hay que saber que los niños son el gran enemigo de los poderes humanos cuando estos poderes se convierten en un absoluto.

Seguramente recordamos cómo el famoso faraón, el rey de Egipto, al ver que Israel prosperaba, la brillante idea que se le ocurrió fue: "Matemos a los niños" (véase Éxodo 1,15 ; 1,22).

"Matemos a los niños" (véase Éxodo 1,15 ; 1,22). Ésta ha sido la consigna de los poderes en esta tierra: "Matemos a los niños, acabemos con los niños".

Están creciendo las demandas de justicia del tercer mundo, así llamado, contra el mundo desarrollado, así llamado. ¿Es pensable establecer políticas de ayuda, de formación humana?

¡No! "Liquidemos los niños, matemos a los niños, esterilicemos a las mujeres, esterilicemos a los hombres. Que no lleguen, que no vengan, y si vienen, que mueran".

Inflexibles ante los niños fueron Platón y Aristóteles. Platón decía, que para conservar el bienestar de la República, era necesario que no hubiera demasiados niños. Y si se pasaba cierta cuota, si se pasaba cierto porcentaje, había que matar a los niños. Aristóteles afirmaba lo mismo.

¡Parecen tan débiles los niños y lo son! ¡Son tan indefensos y lo parecen! Sin embargo, son el gran enemigo. En realidad, si miramos en la Sagrada Escritura y si recordamos en nuestra propia historia, los niños y Dios, por una parte, la muerte y el poder, por otra parte, parecen ser enemigos irreconciliables.

"No deben nacer, no deben venir, y si vienen, han de irse". Esto quiere decir, que esta fiesta de los Santos Inocentes nos compromete a luchar por la vida y por lo tanto, luchar contra la muerte, especialmente, contra la muerte de los niños.

Uno no puede celebrar la fiesta de los Santos Inocentes y aprobar los abortos, ni recomendar el aborto. Uno no puede celebrar esta fiesta y ser tan estúpido de apoyar luego campañas de planificación familiar. No se puede celebrar lo que estamos celebrando hoy, y creer que ésas son soluciones.

Obviamente, alguien podrá decir: ¿Y los dramas? ¿Y la familia que ya tiene diez hijos?" Sí, yo estoy de acuerdo. Estoy de acuerdo; es difícil, es duro. Pero, nada aplaza tanto las soluciones reales como las soluciones ficticias.

Las campañas de esterilización, las campañas abortivas, los métodos artificiales de planificación y todo aquello, son soluciones ficticias. Y son esas soluciones ficticias las que no dejan ver los problemas reales, es decir, los problemas de terrible desigualdad e injusticia.

"Matemos a los niños" (véase Éxodo 1,15 ; 1,22); ésa es la consigna. Por consiguiente, esta festividad tiene una dimensión sumamente práctica y es abrir los ojos ante el poder. Por favor, no ser idiotas útiles del poder. Aprobar, facilitar, cohonestar las soluciones ficticias, es aplazar las soluciones reales.

Bien, pero yo me he apresurado a sacar la consecuencia y no hemos hablado suficientemente de la causa, o de las circunstancias en que se dio esta muerte.

Herodes reinaba en Jerusalén y se da cuenta por estos magos de que ha nacido un Rey en Judea. Siente amenazado su poder; "manda matar a los niños" (véase San Mateo 2,16).

¿Cuántos niños? Dicen los estudiosos del asunto, que no debemos pensar en miles de niños ni en centenares de niños. Dicen que el número de estas muertes que parecen con toda probabilidad haber sucedido históricamente, debe estar entre los diez, veinte o treinta niños.

Se trata de un número ridículamente pequeño si se piensa en el número de niños que mueren de hambre, en el número de niños abortados y en tantas otras muestras de la crueldad y de la insensatez humana.

Los procedimientos de Herodes eran bien conocidos, hombre descaradamente cruel, supersticioso, miedoso, inseguro, impulsivo, astuto, mentiroso: hay un testimonio sobre el modo de ser de él.

Una pregunta distinta es: ¿Por qué se les llama santos a estos bebés asesinados? Una persona, al fin y al cabo, en ese camino de santidad, por lo visto tiene que hacer un itinerario. Estos niños no hicieron nada.

La pregunta tal vez le suene rara a alguien, pero es una pregunta válida: ¿Por qué llamamos Santos Inocentes al resultado de este crimen? Sobre eso hay varias explicaciones muy bellas. Les voy a contar tres explicaciones de por qué se les llama santos a estos bebés asesinados.

La primera, porque la santidad no está tanto en el hacer. No es el hacer lo que nos santifica; más nos santifica el padecer. La máxima manifestación de la santidad de Cristo, no estuvo en sus milagros, que hizo muchos, sino en su Pasión.

Y si uno piensa en Cristo en la Cruz, Cristo en la Cruz no hizo muchas cosas; sólo padeció. Y estos bebés padecieron.

Una segunda razón o explicación, es que la santidad no es simplemente una especie de medalla que se le pone a las personas: "Por haberse portado bien toda la vida, santo". La santidad no es una medalla; la santidad es una gracia, es un regalo.

Un santo que se llama, Quodvultdeus, -el nombre de él es una frase: "Quodvultdeus"-, "Quodvultdeus" es una frase en latín, que significa: "lo que Dios quiera, el querer de Dios". Así se llamaba el Santo, Quodvultdeus.

Quodvultdeus hace un sermón, que el Oficio de Lectura de la Liturgia de las Horas lo trae en el día de hoy. Quodvultdeus hace un hermoso elogio sobre la gracia. La santidad es una gracia.

Cuando se reflexiona como lo hemos hecho hoy en todos estos caminos de la santificación, a veces uno tiene la ilusión de que la santidad es sobre todo el esfuerzo de uno. No, la santidad es un regalo.

Pero, la tercera razón histórica y bastante dramática, es que la sangre de estos bebés detuvo la espada de Herodes. El charco de sangre que dejaron ellos, frenó la sevicia loca.

La estúpida crueldad de Herodes se frenó en esta sangre, y por eso, ellos se convirtieron como en una cortina, no de humo, sino de sangre, que permitió que huyera a tiempo Cristo.

Este asunto es muy triste, muy triste que haya tenido que haber una cortina de sangre y que detrás de esa cortina se hubiera escapado el Mesías. Yo casi no puedo hablar de eso, porque ignoro mucho que esa sea la vida de Cristo desde el principio.

Eso no le pasa a ningún bebé: tan odiado, tan recluido, tan rechazado. De noche y en pobreza lo recibe el mundo, y de noche y a patadas lo saca su ciudad, dejando atrás una estela de sangre.

¿A qué Mamá le toca eso? ¿Huir así? ¿Huir así con con su Niño, dejando los ecos de desgarradores lamentos?

Un día en la vida de Jesús hablaron de este asunto, y yo sé que el día cuando ellos hablaron, Jesús entendió que ese sudor y ese odio, en algún momento lo iban a alcanzar a Él.