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Fecha: 20081223
Título:
Original en audio: 32 min. 25 seg.
Hermanas muy Amadas:
Cada Eucaristía es un regalo, cada Eucaristía es la donación entera de Dios en la persona de su amado Jesucristo, y es también nuestra donación completa y perfecta en este Hijo, para la gloria del Padre.
Pero como que se siente más ese regalo en ciertas circunstancias, como es para mí venir a celebrar a esta casa de oración, donde también presidí por primera vez la Eucaristía, de lo cual hace ya bastante más de dieciséis años.
Le doy gracias al Señor por la vocación que nos une, por las plegarias que se levantan en este templo, y le pido a Dios que por los méritos de su preciosa Sangre, nos conceda la conversión que necesitamos.
En verdad, este tiempo de Adviento es especialmente propicio para hablar de esa conversión, y tal es el tema de la primera lectura, en la cual quisiera yo poner, sobre todo, el énfasis en el día de hoy.
Se trata de un texto conocido, o mejor, un par de textos, tomados delcapítulo tercero del profeta Malaquías.
Como el evangelio de hoy nos cuenta el nacimiento de San Juan Bautista, un hecho de tanta importancia en la preparación del nacimiento mismo de Cristo, lo más común, lo más normal es que se predique del evangelio, y así lo hemos hecho muchas veces.
Pero también estará bien que alguna vez dediquemos atención a esa primera lectura, porque la Iglesia, nuestra madre, tiene que haber tenido un buen motivo para dejarla ahí tan cerca de la fiesta del nacimiento de Cristo.
El profeta Malaquías está anunciando la llegada de la redención, se trata de la renovación de la Alianza. Y hay una serie, podríamos decir, de condiciones, una serie de características de la preparación para la llegada del Señor.
Tomemos los versículos mismos de este texto y descubramos ahí cómo podemos culminar todo este Adviento, culminar nuestra propia preparación para la fiesta de la Natividad.
Se habla aquí de un fuego de fundidor, se habla de una lejía de lavandero, y se trata de refinar, se trata de purificar, se trtata de limpiar la plata y el oro. Esta es la primera imagen que nos ayuda a mirar nuestro propio proceso; nos preparamos para el Señor, refinando, purificando. Esa es la purificación.
Obsérvese que se habla aquí de metales nobles, la plata y el oro; son metales que ya son valiosos en sí mismos, pero necesitan ser purificados. Así también nosotros, por supuesto que somos valiosos, cada uno de nosotros es precioso ante Dios, pero esono significa que no necesitemos esta purificación.
Al contrario, nos recuerda en algún lugar la Primera Carta de San Juan: "El que ama a Dios, el que tiene esta esperanza en Dios, se puerifica a sí mismo" [[ ]]. Ya somos preciosos, ya somos como plata y oro, pero necesitamos esa purificación.
Y obsérvese que estas dos comparaciones: el fundidor que refina la plata y el oro, o el lavandero que utiliza la lejía sobre la tela que está sucia, la ropa que está sucia, ¿qué es lo quehacen en cada caso? Pues lo que se hace con la ropa es quitarle lo que sobra, quitarle lo que estorba, quitarle lo que no es propio de ella, usulamente decimos "el mugre", "la suciedad".
Lo que uno necesita para vestirse es ropa, no mugre. Entonces, la lejía lo que hace es quitar lo que estorba, quitar lo que no es propio de la ropa.
Y lo mismo es el proceso de refinación de la plata y del oro. Un buen fundidor, un buen orfebre, por ejemplo, lo que tiene que hacer al limpiar el oro, es quitarle lo que no es oro; purificar es quitar lo que es ajeno, lo que no es propio.
Por ejemplo, la purificación de una monja de clausura, la purificación de una vocación contemplativa consistirá en dejar de lado lo que no es conducente, lo que no ayuda, lo que no sirve para el propósito por el cualuno ingresó al monasterio.
La purificación en el amor de los esposos consistirá en quitar todo aquello que distraiga o estorbe del propósito por el que un día se unieron para fundar un hogar ante Dios.
Entonces, el primer llaamdo que recibimos hoy, llegando al final de este Adviento, es recordar que somos preciosos, valiosos, pero necesitamos esa purificación, necesitamos el esfuerzo consciente de arrancar de nosotros, de quitar de nosotros lo que no ayuda a nuestra respuesta a Dios.
Sabemos que toda vocación es respuesta, y sabemos que toda vida es vocación. De lo que se trata entonces es de hacer de nuestra vida ese proceso de purificación, que deja a la luz, que saca a ala luz el designio que Dios tuvo para nosotros.
Sin embargo,hay una aspecto aquí en lo de esta pureza que vale la pena destacar, y es que, finalmente, quien realiza esta pureza es el mismo Señor. El fuego que le precede. Purificarse, por supuesto, es un acto de voluntad, porque Dios no va a destruir su propia obra; y si Él nos hizo seres libres, Él no nos va a obligara ser pueros en su presencia.Ël respeta, por así decirlo, la voluntad que Él mismo dio.
En ese sentido, purificarse es un acto nuestro. Pero en otro sentido, purificarse es un acto de Dios.
El oro no tiene la capacidad de arrancar del todo la escoria: necesita una ayuda externa, esa ayuda es el fuego; el oro no arde por sí mismo: necesita un fuego que viene de fuera, y ese fuego es el que, poco a poco, hace posible que salga del oro la escoria.
Siguiendo esa comparación, también nosotros necesitamos someternos al fuego. Aquel que quiera purificarse necesita someterse al fuego. No en vano la Escritura ha comparado el amor, sobre todo el amor intenso, con amor que es fuego. Por algo se habla de un amor "ardiente",porque arde, porque quema.
Pues nosotros tenemos que someter nuestro pequeño amor al gran Amor; tenemos que insertar, tenemos que encerrar la pequeña llama de nuestro amor en la inmensa llama del Amor divino.