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Fecha: 19990701

Título: La fe que rompe cualquier barrera entre Dios y el hombre

Original en audio: 12 min. 23 seg.


La impresionante escena del relato del Génesis ( véase Génesis 22 , 1-19 ) nos invita a descubrir la perfección que Dios concedió a Abraham en las virtudes de la fe, de la obediencia, de la esperanza.

Un milagro, eso era su hijo, el milagro más querido, la joya más preciosa que le había dado la vida. Y ese hijo, querido como todos los hijos; pero más que todos los hijos, porque era único; y más que todos los únicos, porque era un imposible realizado; ese es el hijo que Dios le pide.

Nos puede parecer extraña esta petición de Dios. A mí ya no me parece tan extraña, cuando he tenido ocasión de meditar en el salvajismo y la crueldad de estas épocas y de estos países.

Evidentemente, Dios habla en el lenguaje comprensible para la historia de cada persona. Y en estas épocas, llenas de sangre y de violencia, Dios habló ese lenguaje, precisamente, para superar ese lenguaje.

Cáigase en cuenta, que los dioses de esa región, es decir, los considerados dioses en esa región, eran todos dioses implacables que pedían los hijos. ¿Por qué aparece tantas veces en el Antiguo Testamento la prohibición de sacrificar los propios hijos? Pues, porque las naciones vecinas a Israel tenían ese género de costumbre pavorosa. Las cosas más graves, más difíciles o más queridas se "aseguraban" con el sacrificio de lo que fuera más querido para la persona, usualmente los hijos.

Había cosas abominables: gente que quemaba los primogénitos, gente que enterraba vivos a sus hijos para echar encima los cimientos de una ciudad. Por medio de estas aberraciones, se buscaba desgarrar el corazón delante de un supuesto dios, y decirle: "Hasta esto soy capaz de hacer por tu servicio".

Más tarde en la Sagrada Escritura, se dará sentencia implacable contra esta práctica. Dirá en algún lugar la Biblia: "Sacrificaron a los demonios sus hijos y sus hijas" ( véase Salmo 106 , 37 ). Era práctica demoníaca.Pero realmente, donde Dios no se ha revelado, donde Dios no aparece y reina, pues ¿qué reinará?, el poder de las tinieblas.

Y en ese lenguaje de penumbras, de sangre, en ese lenguaje, donde no hay ni un derecho canónico, ni un tratado de moral, donde no hay instituciones civiles ni eclesiales, donde Abraham no tiene nada sino la voz de Dios y la presencia de los Ángeles de Dios, en ese lenguaje y en esa cultura, Dios se vale de esa penumbra para pedir un absurdo, en el que va a purificar con el crisol de la fe, la obediencia de Abraham.

Y la respuesta de Abraham es pasmosa. "¡Abraham!" "Aquí me tienes" ( véase Génesis 22 , 1 ): esa es la respuesta del creyente. "Toma a tu hijo único", ya le dijo que era hijo y que era único, "al que quieres, a Isaac, véte al país de Moriah, y ofrécemelo allí en sacrificio" ( véase Génesis 22 , 2 ). "Abraham madrugó, aparejó el asno, y se llevó consigo a dos criados y a su hijo Isaac" ( véase Génesis 22 , 3 ).

Abraham, el que había intercedido por la ciudad pecadora ante Dios, el que había suplicado por los justos que pudiera haber en Sodoma ( véase Génesis 18 , 23-25 ), madruga, apareja el asno, se lleva consigo a los criados y al hijo para el sacrificio ( véase Génesis 22 , 3 ).

Una obediencia de este género, que indudablemente, es la que resulta grata a Dios, es la expresión de una fe muy pura. ¿Qué le podemos pedir nosotros a Dios como fruto de esta lectura impresionante?

Abraham estaba dispuesto a sacrificar a su único hijo, la esperanza de su vejez, el hijo en el que estaban depositadas las mismas promesas de Dios. Estaba dispuesto a entregar, también, ese hijo.

Nótese que cuando Dios le habla, cuando Dios hace juramento, dice: "Por haber hecho esto, por no haberte reservado a tu hijo, tu hijo único, te bendeciré" ( véase Génesis 22 , 16-17 ). Es decir, el sacrificio no fue consumado en la tierra, pero sí fue aceptado en el Cielo. Como dice San Pablo: "Se le apuntó a su favor, se le reclutó como justicia" ( véase ). Dios acogió este sacrificio como realizado.

Y para nosotros, ¿qué puede ser tan querido para nosotros?, ¿qué podríamos ofrecer nosotros? Podríamos decir, que cuando Abraham estuvo dispuesto a sacrificar a su propio hijo, fue cuando más creyó en la Palabra de Dios, porque Dios, lo que le había dicho y le había repetido era: "Te daré descendencia, te daré descendencia". Cada rato lo sacaba, por allá, en la noche: "Mire las estrellas; así van a ser sus hijos". Luego, lo ponía a caminar por la arena: "Mire, así van a ser sus hijos" ( véase Génesis 22 , 17 ).