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Fecha: 20011102

Título: La Providencia de Dios

Original en audio: 32 min. 18 seg.


Hermanos:

Hoy hemos proclamado dos lecturas: una del libro de la Sabiduría, y otra del evangelio de Juan. Tienen en común estas dos lecturas que se refieren a la Providencia de Dios para la hora de nuestra muerte. Este es un tema que a mí me parece hermoso y esperanzador, también, de mucho compromiso para nosotros.

La historia es, que alguna vez estaba yo de visita en Duitama, en un monasterio de nuestras monjas contemplativas, y tuve ocasión de compartir algún alimento con el capellán, hablábamos sobre la muerte, que siempre impresiona a todo el que piense con juicio sobre la muerte, siempre impresiona, y el padre, mucho mayor en edad, sabiduría y en gracia, me decía: "Nosotros, los cristianos, tenemos una razón muy poderosa para no temer a la muerte".

Y me dio esta comparación, y me dijo: "Dios no está buscando el peor momento para llevarse una persona, hay una Providencia de Dios sobre la hora de la muerte".

Esto es lo que nos ha dicho el libro de la Sabiduría, en el caso concreto de una persona aparentemente joven en una muerte prematura, es tan expresivo eso que hemos escuchado en la Sabiduría donde dice que: "Dios lo arrebató, Dios se lo llevó, lo arrebató para que la malicia no pervirtiera su conciencia, para que la perfidia no sedujera su alma" Sabiduría 4,11.

Es decir, Dios sabe cuál es el momento para cada cosa en nuestra vida y Dios sabe también cuál es el momento para la muerte. También hay una providencia de Dios para la muerte. El querido padre capellán, allá en Duitama, lo expresaba a su manera, decía: "Dios buscará en cada vida el mejor momento, Dios buscará el mejor momento, la mejor hora, para llevarse a cada persona, eso está en la Providencia de Dios". Dios ha declarado su amor irrevocable, el amor de Dios no da pie atrás.

San Pablo nos dice: "En Él todo se ha convertido en un sí" Carta a los Romanos 1,20. Dios no fue primero sí y luego no; en Él todo es sí, en Él todo es amén; y Dios ha declarado un amor irreversible, un amor irrevocable, y en la persona de Nuestro Señor Jesucristo, se ha pronunciado resueltamente, decidídamente a favor de nosotros.

Por consiguiente, nosotros sabemos que Él no da pie atrás en su amor, nosotros sabemos que Dios no retrocede en su amor, Dios no retira su amor nunca. Mucho menos en la hora que se decide la eternidad, esa es la hora que más le interesa a Dios, esa es la hora definitiva.

Y por eso este es el primer pensamiento que quiero nos quede grabado: hay una Providencia de Dios para la vida y sabemos, por eso, que hay una Providencia de Dios para la muerte; también la muerte es una Providencia, y Dios buscará, para el final de mi vida, y para la forma de mi muerte, para las personas que estarán ahí y para las circunstancias, Dios buscará siempre qué es lo mejor, porque Dios no hecha pie atrás en su amor.

Algunas veces cuesta trabajo creer esto;cuando sucede una muerte repentina, cuando sucede una muerte violenta, cuando sucede una muerte de extremo dolor, cuando La crueldad y la injusticia parecen ser las únicas vecinas de la muerte de una persona, como que nos cuesta trabajo admitir esto.

Pero no hay que dejarse confundir en medio de la dureza, y en medio de la violencia. Dios sigue reinando, nosotros que somos cobardes ante la fuerza o la violencia, cuando vemos que las cosas pasan de ciertos límites, nos sustraemos y no queremos mirar más, o no queremos pensar más, o no queremos meternos más, pero Dios no retira ni su mirada, ni su mano, ni su sabiduría, ni su misericordia, de nada, ni de nadie nunca. Le decía Dios a Catalina de Siena: "Todos están en mis manos siempre, siempre en mis manos".

Bueno, y en caso de la muerte violenta, la persona que muere violentamente, por ejemplo, en una guerra, lamentablemente, el mundo está en guerra; naciones enteras, pueblos por todas partes en guerra, ahí como puede haber ternura, como puede haber misericordia, ahí, sí la hay, porque es verdad que Dios quisiera extender solamente su lenguaje de dulzura, pero es también verdad, que una palabra fuerte y vigorosa, y un mostrarle límite a nuestras fuerzas.

A veces, es la ternura más grande que Dios pueda tener para con nosotros, por eso a través de las muertes más violentas, incluso esas que suceden en las calles, estoy hablando de los atracos y de las balaceras, y de lo que sucede en los campos y en las guerras, en las minas, en todo eso, está también Dios.

Y en esos momentos últimos, que no nos podemos imaginar cómo serán, en esos momentos espantosos de choques violentísimos en los que una vida se extermina, ahí también hay una Providencia de Dios, porque ahí, seguramente, quedan humillados planes humanos que le permiten a esa persona, en un instante que nosotros no conocemos, reconocer que Dios es el Señor; quitarse la idea de que él es Dios.

Estas ideas hay que sostenerlas, mis hermanos. Dios está en su Providencia, mirando a esos hombres que llegaron temprano el once de septiembre a sus oficinas, y que estaban ahí en ese piso ochenta de esa torre, y ahí estaba Dios dirigiendo con su Providencia, conduciendo con amor esas vidas, y ese final, por absurdo que nos pueda parecer, es el mejor final para esas personas.

¿Cómo nos atrevemos a decir eso? Pues sí, sí, Señor, eso es así, hay un ejemplo muy fuerte que está en la Sagrada Escritura, yo no me acuerdo si es en Baruc o en Isaías, de un cierto rey pagano, que se consideraba a él mismo un dios, él creía que era un dios, y el profeta le dice: "¿Tú vas a seguir diciendo que eres un dios cuando estés delante de tus asesinos?”.

Hay veces que la dureza estremecedora de una muerte es el mejor lenguaje para reconocer que uno no es Dios, y ese es el principio para reconocer a Dios. De manera que la dureza de los accidentes, de la violencia, la dureza de la muerte, también esa puede ser una providencia de Dios.

Y no hablemos del caso del dolor. Nosotros, los sacerdotes, cuantas vidas vemos transformarse a través del dolor, es una Providencia de Dios también el dolor en muchas vidas. Dos de mis tíos, -no sé que pueda seguir sucediendo en mi familia-, dos de mis tíos han muerto de cánceres dolorosos y prolongados, y en ellos dos, he visto unas obras de reconciliación con el Señor y unas obras de reconciliación familiar que son únicas.

Por eso, ese es el segundo pensamiento para hoy; lo primero que hemos dicho es: "Dios gobierna con su Providencia", y lo segundo: "Dios gobierna con su Providencia también cuando nosotros no entendamos", porque ninguno de nosotros sabe hasta donde otro corazón está endurecido, ninguno de nosotros sabe hasta donde, es necesario, para una cierta persona, vivir cosas. Por otro lado, mis hermanos, no se nos olvide que la hora de la muerte es una cosa mucho más extendida de lo que nosotros pensamos.

La muerte, no vayan ustedes a pensar que es únicamente lo que diga el encefalograma o el electrocardiograma, el momento de la partida para la eternidad es una cosa muchísimo más compleja. ¿A qué me estoy refiriendo?

A que todo indica, que aún después de que han desaparecido todos los signos vitales, que el cuerpo se enfríe y todas esas cosas, todo indica que ahí hay todavía actos voluntarios de la persona, porque nosotros decimos que la persona ha muerto cuando termina su relación con este tiempo, con esta vida, y por lo tanto, su capacidad de tener actos voluntarios, todo indica que aún después de que han desaparecido todos los signos, incluso por horas, otros dicen días, hay una capacidad de actos voluntarios.

Bueno, uno no puede entrar, a partir de esto, a justificar algunas cosas que se dicen de las ánimas, que sé yo: que vienen y que toman agua, y todas esas creencias más o menos populares, no tengamos una idea tan física, tan folclórica, tan mítica de las ánimas, pero sí debemos decir que la hora de la partida para la eternidad, no siempre es en el momento que se declara la muerte médica.

Y por eso, entre otras cosas, el sacerdote está autorizado, después de que ha sucedido la muerte médica, está autorizado, bajo la suposición del arrepentimiento consciente de la persona, que aunque no lo haya podido expresar, está autorizado para dar absolución bajo condición de pecados, aún después de que han desaparecido las señales médicas, por eso, porque lo esencial que se necesita para la confesión es que la persona tenga contrición y deseo, hasta donde le es posible, de expresar sus pecados.

Entonces, hermanos, es una cosa muy compleja, es decir, ¿cuándo termina de morir una persona? ¿Cuándo desaparece para siempre su opción de tener un acto voluntario de acercarse a Dios? Eso no lo sabemos.

Yo conocí una historia impresionante de un grupo de oración en el que sucedió una revelación privada, yo, que soy tan escéptico de las revelaciones privadas, una revelación privada sobre el día en el que un santo estaba entrando en el cielo: "En éste día está entrando...ese santo en el cielo".

Y bueno, hubo que buscar ese santo por Internet, hubo que hacer averiguaciones en agencias internacionales de noticias para ver quién había muerto en ese día, y lo que se encontró, es que había sido un sacerdote que había sido martirizado, durante yo no sé cuantos años, en un régimen comunista, había muerto, pero no había muerto ese día, sino que ese era el día en que se había llevado al lugar definitivo de su descanso, unos días después de lo que nosotros llamamos la muerte.

Entonces, haciendo las consultas respectivas, decía un sacerdote y teólogo: "Es posible que la hora de la partida para la eternidad esté separada de lo que nosotros llamamos la muerte".

Por eso, mis hermanos, nosotros no pensemos que porque se estrella un avión contra una torre, ya esas personas quedaron muertas, como quien dice: a las ocho horas y cincuenta minutos estaban vivas, y a las ocho horas cincuenta minutos y diez segundos, quedaron muertas, en la eternidad, tal vez no.

Es decir, aún en medio de esa desintegración, de ese pavor, de esas circunstancias tan terribles, nosotros no sabemos cuál es la hora exacta de la partida para la eternidad, y esto vale lo mismo para las personas que son asesinadas. Son datos muy importantes, porque todos tenemos en nuestras familias gente que ha sido asesinada, gente que ha sido atracada.

Es muy probable que una persona haya sido asesinada y esa persona incluso horas después, o días después, -yo sé que esto suena raro, es difícil- pero horas después o días después, haya sido su partida definitiva para la eternidad. Por eso, mis queridos amigos, nosotros tenemos que estar muy unidos en oración y no entrar en desesperación cuando sucede una muerte de este género.

Lo que tenemos que pensar es que, seguramente, hay una posibilidad de actos voluntarios para esas personas y que, sobre todo, en esas horas cuando acaba de suceder una tragedia, cuando acaban de matar a una persona, lo más probable es que esa persona no ha partido aún, por así decirlo, para la eternidad, y en esos casos hay mucha oración que se pueda hacer, es decir, podemos rodear de muchísimo amor a esas personas, para que ellos, de la mejor manera, se dispongan a responder a Dios.

Bueno, estas son enseñanzas un poco extrañas, tal vez no son cosas que se prediquen con frecuencia, pero es que hay que predicarlas, porque el día de mañana le puede pasar a usted, por ejemplo, este caso que le ha sucedido a tanta gente: muere una persona producto de un ataque: "Mi papá se murió y yo, cuando llegué, ya estaba muerto y no había nada que hacer".

Usted no piense en eso, esa no es una manera recta de pensar, digamos que la capacidad de relacionarse de esa persona con nosotros ya desapareció pero, ¿cuándo es el día, el segundo de la entrada a la eternidad de esa persona? Eso no es así tan matemático; eso no es, las ocho y cincuenta minutos y doce segundos, porque nosotros lo veamos en nuestros relojes.

Entonces, usted no se desespere cuando le llegue la noticia de una muerte así, piense: la Providencia de Dios está obrando en esto, y no sabemos en ese momento, cómo está la situación de esa persona. La rodeamos de amor, la rodeamos de fe, la entregamos una y mil veces en el Corazón de Dios. Hay veces como que uno alcanza a sentir esto, si alcanza a sentirlo.

El otro día en mi viaje por la carretera a mi lugar de vivienda, Villavicencio, me tocó presenciar el caso de un accidente que acababa de suceder, lamentablemente, con la muerte de la persona que estaba allí. Pues el impulso no debe ser ni la curiosidad morbosa, ni la indiferencia, ni el miedo, sino oración inmediata, oración.

"¡Ay!, pero Dios se lo llevó así, se condenó". Dios no está buscando el mal de la persona, Dios no está buscando: "Este es un pecador desgraciado, este es un borracho mujeriego, ahora verá que le mando un carro, tenga mijo", Dios no esta buscando eso, Dios está buscando el bien, y así lo dice en la Biblia: "Los busco para su bien", "estoy buscando su bien" Romanos 8,28.

Entonces, evitemos ante la muerte la curiosidad morbosa, evitemos el susto, evitemos la indiferencia, oración, oración.

Desde hace unos meses, o no sé si años, yo por ejemplo tengo la práctica, bueno, lo hago como sacerdote, pero ustedes lo pueden hacer de otras maneras: cuando ustedes vayan por la calle, y vean que pasa una ambulancia o incluso un cortejo fúnebre, siempre, una oración, siempre, siempre.

Yo creo que si usted estuviera en esa circunstancia y pudiera sacar letreros y altavoces usted que gritaría: "Oren, oren por mí, por favor, oren, oren"; esa sirena de esa ambulancia lo que está diciendo es: "Oren, oren, oren por mí". Eso no es mire a ver cómo quedó el cadáver, ni es asustarse, eso es oren, rodeemos de nuestra oración a las personas que han muerto. Entonces así queda nuestra segunda enseñanza complementaria de la primera.

La Providencia de Dios gobierna todo en la persona que se va, y en quienes quedamos, porque Dios es tan maravilloso, Dios es tan sabio, que con la muerte de una persona, no sólo busca,- esto era lo que le fascinaba a Santo Tomás de Aquino, que citaba y citaba el libro del Deuteronomio donde dice, en el capítulo treinta y dos: "Las obras de Dios son perfectas" Deuteronomio 32,4 -.

Esa muerte, esa muerte tan terrible: "Se murió mi esposo, se acabó mi vida", humanamente, es explicable. Seguramente, si yo fuera casado, si yo llevara cincuenta y ocho años viviendo con la misma persona, y se me muere esa persona, yo diría hasta cosas más graves, por así decirlo, pero aunque yo las dijera, mis hermanos, ese no es un pensamiento cristiano.

Muchas veces Dios tiene que retirar de uno aquello que uno ama, porque uno lo está amando más de la cuenta, o lo está amando mal, mejor dicho, nunca el amor será excesivo, pero sí hay amores que a Dios no le gustan, porque son amores que se convierten en idolatrías. Los hijos pueden volverse idolatrías, el esposo puede volverse idolatría, la esposa, los papás son ídolos que se pueden tener.

Entonces nosotros lo que tenemos que pensar ante el momento de la muerte, no es solamente: "Dios buscó lo mejor para esa persona", sino también, "Dios buscó lo mejor para esa familia", "Dios buscó lo mejor para esos amigos". Por ejemplo: un grupo de amigos, pero no son amigos, más bien, habría que llamarlos grupo de enemigos, porque participan en un mismo vicio, meter droga, uno de ellos, se sumerge tanto en eso que muere, Providencia de Dios para ése, y Providencia de Dios para los demás.

Le aseguro que los demás ante ese hecho de la muerte, algo reflexionan; entonces tenemos que pensar que la Providencia de Dios se extiende no sólo a la persona que se fue, sino a las personas que quedamos, ahí está también una obra de Dios.

Pero ¿por qué se murió y cómo se murió, y cómo queda esa familia? Mire, Dios tiene su Providencia y en medio del desamparo, y en medio de no sé cuantas cosas, Dios llega con una pedagogía, que a veces tarda uno años en descubrir; Dios lleva a las personas al reconocimiento de que Dios es el único.

¿No le sucedió así a Don Bosco, cuando se le murió la mamá? cómo creció la espiritualidad de Don Bosco después de la muerte de la mamá, y no es que fuera un idólatra, pero creció en su espíritu tanto, tanto, cuando encontró que su único apoyo era Dios. De manera que, hermanos míos, estamos gobernados por el amor de Dios, el amor de Dios es sabio, es poderoso, es grande, y en la persona que se muere y en nosotros, siempre hay Providencia.

Con otras palabras, nos ha dicho esto el evangelio de Juan que hemos proclamado, mira cómo lo describe Nuestro Señor Jesucristo: "Me voy a prepararos sitio" San Juan 14,2. Lo que nosotros tenemos que pensar, cuando Dios nos llame a morir, es: "Ya nos preparó el sitio", ya está tu sitio, esa hora la conoce Dios.

Es tan reconfortante, es tan bonito pensar que Jesús allá nos está organizando la “piecita”, la “piecita” celestial, en la Jerusalén está organizando la "piecita": "A ver, cómo queda aquí, no, espere, esto mejor lo paso para acá"; está organizando sitio, yo tengo un sitio en el corazón de Dios, yo tengo un sitio en la Casa de Dios, este pensamiento no sólo le da calor de amor a nuestro corazón, sino que este pensamiento, mis hermanos, también da una gran libertad.

Estoy pensando, concretamente, en San Juan Crisóstomo, un obispo que tuvo que luchar muchísimo por una cantidad de herejías y luchas doctrinales que había en esa época. A San Juan Crisóstomo lo vivían amenazando y varias veces le cumplieron amenaza :"Que lo vamos a desterrar, que lo desterramos", y lo desterramos era lo más parecido a la muerte, era condenarlo a la mendicancia, era condenarlo, pues, a ser casi nada, casi nadie.

Y dice San Juan Crisóstomo, en una predicación maravillosa, que quienes tengan la Liturgia de las Horas lo pueden buscar en el Oficio y lectura para el día de San Juan Crisóstomo, no les digo cuándo es para que busquen en sus libros. Dice San Juan Crisóstomo : "¿Y a dónde me pueden enviar, si del Señor es la tierra y cuanto la llena?"

Es decir, el que se siente en las manos de Dios, el que se siente en el amor de Dios, se siente libre, libre de amenazas. Si yo tengo un lugar en la Casa de Dios, me interesan menos los lugares de la tierra; si yo me siento tranquilo, si yo siento paz, no es una ilusión, no es una fantasía, es una fe iluminada por el Espíritu Santo.

Si yo siento en mi corazón que tengo un lugar en el cielo, me dejan de importar tanto los lugares de la tierra, y no me refiero aquí únicamente a dónde voy a pagar el arriendo y ese tipo de cosas que, de todas maneras, nos toca preocuparnos de ellas, no me refiero tanto a eso, me refiero a ese lugar que nosotros buscamos tanto, por ejemplo, en la aceptación de las personas.

Me decía una señora, una llanera, me decía: "Mi esposo no es un mal hombre, pero a él los amigos lo tienen acabado, porque él, cuando los amigos no lo ven, es una persona, y ahí es capaz de confesarse, capaz de comulgar, capaz de ir a Misa, capaz de todo, pero cuando aparecen los amigos, él se vuelve otra persona".

Porque como ya llegaron los amigos, entonces, "¡cómo los amigos me van a ver en misa! ¡Qué tal que mis amigos, yo, hombre de pelo en pecho y arrodillado: Santa María...!" ¡Noo, cómo así, por favor, por favor qué es eso!". Una persona de esas es capaz de rechazar a Dios por no perder el lugar que tiene en su grupito de amigos, esa es una dependencia de un lugar, eso es depender de un lugar.

Ese otro caso que conocimos en Kejaritomene: nosotros estuvimos predicando y había unas niñas, tan lindas ellas, preadolescentes, cuando empezaron a asistir; y ellas eran tan fervorosas, bueno, no puedo, dar desde luego, más detalles de los que voy a decir: dos hermanitas tan piadosas, tan jovencitas, tan orantes.

De pronto, noté que llegando a cierta edad, empezaron las dos, una más que otra, a retirarse, como que les daba pena, ¿por qué? Porque todas las amiguitas tenían otros temas de conversación, y los temas de conversación de estas era: "La predicación estuvo buenísima, estuvimos en una Misa fantástica, y esa vigilia de ataque".

Y las amigas, hablando de otro tema, y estas comenzaron a sentir que no tenían lugar en los respectivos grupos de las amiguitas, y por un grupo de cuatro o de cinco niñas, fueron capaces de darle la espalda a Dios años enteros, por no perder un lugar con las amiguitas. Eso se llama traicionar a Cristo; por no perder el lugar con los amiguitos, con las amiguitas, con los vecinos, con las vecinas, eso es falta de libertad.

Cristo hoy declara libertad en nuestro corazón, Cristo hoy dice "Un momento, sí, tú tienes lugar en mí"; eso lo dice de una manera tan bella en un Salmo: "¿No te tengo a ti en el Cielo? Y contigo, ¿qué me importa la tierra?" Salmo 73,25.

¡Ah!, esto está bien dicho, eso es libertad, ahí se acaban los respetos humanos: "Y yo, con esta pelambre", pues por eso, con pelambre y todo, postrado ante mi Dios. O qué, ¿la pelambre se la dio el demonio? Pues sí, postrado con esa pelambre ante mi Dios; "que yo soy un hombre hormonal", ¿y sus hormonas qué, son del diablo? ¿o qué, no se las dio Dios? Pues sus hormonas tienen que estar también postradas ante Dios, me parece a mí.

Esa es como la lógica, pero uno, por no perder el lugar, por no perder el sitio, por no perder la aceptación, por no perder, por no perder, pierde. Ahí es cuando Cristo dijo:”Es que, el que ama su vida la perderá; y el que pierde su vida por mí, la encontrará." San Juan 12,25. Ahí es donde se aplica, entonces, esas palabras de Cristo.

Tienen una fuerza liberadora muy grande: "¡ah!, es que yo tengo lugar en el cielo, tengo lugar en el cielo, pero es que los frailes andan diciendo de mí, y es que yo soy un preterdominíco, y es que pasan tantas cosas, y es que encajo como que no encajo, no".

Yo ya sé cuál es el remedio de eso. Ahí se aplica lo de la señora que ya les conté, que le daba un dolor, como que no le daba, y el médico le dijo: "Tómese estas pastillas", como que se las toma, como que no se las toma. De manera que eso: "Como que encajo, como que no encajo", eso no es problema. "¿No te tengo a ti en el cielo?" Eso da libertad. Y aquí quiero yo llegar al último punto de la predicación de hoy.

Nosotros, en esta celebración, estamos orando por nuestros hermanos difuntos. ¿Quién mandó que se hiciera esta fiesta? Bueno, no es fiesta, es conmemoración. ¿Quién mando que se hiciera? Pues la Iglesia de Roma, es decir, el Papa, esto es ley desde el siglo XV.

¿Hay riesgo de que cambie esta fiesta? Yo creo que no, yo creo que esta fiesta durará mucho tiempo, muchos siglos, tal vez hasta el retorno de Cristo. Y aquí viene el último punto de la predicación: cómo es de linda la Iglesia.

Hoy estamos orando por los difuntos, mañana otros estarán orando por nosotros; después de que nos hayamos ido, después de que nos hayamos muerto, la voz de la Iglesia no cesará de pedir por nosotros, eso se hace realmente en todas las Misas, especialmente en la Misa de hoy, el dos de noviembre, pero eso se hace en todas las Misas, siempre se recuerda: “Recuerda a nuestros hermanos que durmieron en la esperanza de la resurrección”.

¡Qué lindo, que lindo estar en la Iglesia! ¡Qué bello contar con una Iglesia que orará por mí, que siempre orará por mí en todos los lenguajes, a donde se predique el Santo Evangelio de Jesucristo! Allí donde se celebre la fe, en polaco, en finlandés, en italiano, en latín , en español, en ruso, allí, cerca de la Eucaristía, habrá siempre una oración por mí.

Esto, mis hermanos, esto es lo que se llama "común unión". Y por eso es que esta celebración es tan linda, porque en realidad, es una celebración de común unión. Nosotros damos amor a nuestro difuntos, y le pedimos a Dios que les conceda la plena contemplación del Rostro Divino, pues también existe de esa oración para nosotros, es decir, entendemos un poquito que la Iglesia es una circulación de amor, una circulación de amor donde todos damos y todos recibimos.

Con estos sentimientos de esperanza, de paz y de alegría, sigamos nuestra celebración es este día.