I304001a

De Wiki de FrayNelson
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Fecha: 19971030

Título: Refugiados bajo las alas de Dios, somos indestructibles

Original en audio: 11 min. 42 seg.


Cristo, aún perseguido, obra con paso firme. Y aunque le abandonen los amigos en esta tierra y le persigan sus enemigos de esta tierra, su Corazón permanece fuerte, su Palabra permanece clara.

Es algo semejante a lo que nos ha descrito el Apóstol San Pablo en aquel pasaje de la Carta a los Romanos que hemos escuchado: "El que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó a la muerte por nosotros, ¿cómo no nos dará todo con Él?" (véase Carta a los Romanos 8,32).

Pablo se siente seguro de Cristo y no teme que lleguen la aflicción, la angustia, el hambre, la desnudez, la espada, la muerte misma. A nada teme, porque está unido a Jesucristo. No teme a los enemigos y no pone toda su confianza en los amigos de esta tierra que tantas veces fallan; se siente seguro de Jesús.

Jesús, por su parte, no teme a Herodes, que era como el mandamás de aquella época. No teme a Herodes, no teme la persecución, ni la aflicción, ni la angustia, ni la desnudez, porque Él se siente seguro en los brazos, en el Corazón, en el amor de su Padre Celestial.

Pablo se siente seguro de Cristo, y Cristo se siente seguro del Padre. Porque Cristo se siente seguro del Padre, no teme a las persecuciones de esta tierra. Y porque Pablo se siente seguro de Cristo, no teme a los enemigos de esta tierra.

Temor, siente el que no sabe de quién se ha fiado. Temor, siente el que no sabe dónde está parado. Pero, el que sabe y conoce la roca en la que están asentados sus pies, el que sabe cuál es la firmeza de esa roca y esa roca es Cristo, entonces ya no tiene miedo; se le acaba el miedo.

Porque, el miedo es el principio de la ruina en la vida espiritual. El miedo ocasiona la gran tragedia que es separarnos de la fuente, separarnos de Aquel que nos ama. Destruido el miedo, nosotros somos indestructibles, nosotros somos invencibles.

Pensemos en este Pablo: no tiene dinero, no tiene familia. Podríamos decir, que no tiene patria, porque los de su patria le odian y los paganos se le burlan. Como cualquier mortal, pierde la salud y se enferma.

Puede ser llevado al destierro, castigado como un reo, encarcelado como un criminal, y sin embargo, con todas esas fragilidades que no eran posibles sino que ya las había visto y vivido en toda la realidad y crudeza de su propia carne, con todas esas fragilidades encima, este hombre tiene un cántico de victoria al amor de Jesucristo. Y en él, se siente seguro, porque sabe que el que está unido a Cristo, es indestructible.

¿Qué se le podía hacer a este Pablo que no se le hubiera hecho? Muchas cosas. Pero, esas cosas, esas torturas, persecuciones, éso que se le hace a Pablo como se le hizo hasta el martirio, éso sólo proclama más y más la gloria de la Cruz de Cristo.

Nosotros, cuando estamos fundados en Cristo, somos indestructibles por una razón muy sencilla: Porque el que pretenda destruirnos, no puede sino proclamar más fuerte el amor.

Para el demonio es un pésimo negocio ponerse a perseguir santos. Porque, el santo perseguido se convierte en una lámpara más alta de la misericordia, de la sabiduría y del poder de Dios.

A los comienzos de la vida espiritual, el creyente le teme al diablo. Avanzando la vida espiritual, el diablo le teme al creyente, porque no puede hacer nada contra él. Si le tienta, se ve humillado, se ve derrotado por una criatura que es inferior a él. Y desde luego, para la soberbia del poder de las tinieblas, nada más doloroso que la humillación.

Si no le tienta, si no se acerca a él, entonces este predicador, este Apóstol, despliega el poder de su palabra, la obra del Espíritu, y crece el número de los que creen en Dios. Si intenta destruirlo, no hace sino construirle mártires a Cristo. ¡Es indestructible!

Comprendamos que aquel que ha recibido el bautismo, que cree en la gracia del Señor y permanece fundado en la Roca, ése es indestructible; nada se puede hacer contra él.

Una imagen de este terror satánico, es decir, de este terror de Satanás frente al poder de Cristo, aparece en más de uno de los exorcismos del Evangelio: "¿Has venido a destruirnos?" (véase San Lucas 4,34), pregunta con voz ronca y asustada. "Yo sé quién eres, el Hijo de Dios. ¿Has venido a destruirnos?" (véase San Lucas 4,34).

Nada pueden las tinieblas contra la Luz. ¡Nada pueden! Se enciende una vela, se enciende una luz y las tinieblas huyen. "Se levanta Dios y se dispersan sus enemigos, huyen de su presencia los que lo odian" (véase Salmo 68,1).

¿Qué necesitamos nosotros para volvernos indestructibles? Permanecer una y otra vez en estas palabras del Apóstol: "Dios es el que justifica. ¿Quién condenará?" (véase Carta a los Romanos 8,33-34).

"Dios es el que justifica. ¿Quién condenará?" (véase Carta a los Romanos 8,33-34). Y hay que repetir también aquellas palabras del Apocalipsis: "Ahora se estableció la salud, el poderío y el reinado de Nuestro Dios, porque fue precipitado el acusador de nuestros hermanos" (véase Apocalipsis 12,10).

Satán es una palabra que significa algo así como acusador, como fiscal. Es un personaje fastidioso, que busca razones para que nosotros no seamos salvos. ¡El acusador!

Pero, ¿qué valen esas acusaciones si resulta que el Abogado defensor es Cristo, y resulta que sus argumentos son sus Llagas, su discurso es su Sangre y su poder es el del Espíritu? La victoria es clara y es de Cristo.

La victoria de Nuestro Salvador y de Nuestro Señor está ahí, está a disposición de cada uno de nosotros. Si alguien estaba buscando la manera de vencer toda tentación, que se vaya a este capítulo octavo de la Carta a los Romanos: "En todo vencemos fácilmente por Aquel que nos ha amado" (véase Carta a los Romanos 8,37).

"Estoy convencido de que ni muerte, ni vida, ni Ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni criatura alguna, podrá apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor Nuestro" (véase Carta a los Romanos 8,38-39).

¿Cuál es el miedo? ¿Cuál es el temor? ¿Por qué nosotros a veces vivimos y obramos, e incluso rezamos como si estas palabras no existieran? ¿Es que podía Dios hablarnos más claramente de la firmeza que puede darnos, del amor con que nos cobija?

Decía Cristo en el evangelio a la Jerusalén de esta tierra: "¡Cuántas veces quise reunir tus hijos como la gallina reúne a los pollitos!" (véase San Lucas 13,34). "¡Cuántas veces quise reunirte!" Y efectivamente, la Jerusalén de esta tierra no entendió el mensaje de Cristo.

"Pero, nosotros", dice San Pablo, "somos de la Jerusalén del Cielo" (véase Carta a los Filipenses 3,20), y para nosotros son ciertas las palabras del Salmo: "Él nos acoge bajo sus alas" (véase Salmo 91,4).

Nosotros somos aquellos habitantes de la Jerusalén del Cielo, aquellos pollitos que sí pudieron ser cobijados por las alas de Dios. Nosotros somos aquellos que hemos acogido la llamada maravillosa, el piar santísimo de Nuestro Salvador, y estamos así, refugiados en sus alas.

Nosotros sabemos que mientras permanezcamos en ese amor, somos indestructibles. Porque, incluso aquello con lo que se pretende hacernos daño, se convierte en gloria de Dios y camino de salvación para nosotros.

¿Quién podrá separarnos del amor de Jesucristo? ¿Será acaso Cristo que murió, resucitó y está a la derecha de Dios y que intercede por nosotros? ¡No! Él se puso a nuestro favor. Él está a nuestro favor, y Dios no deshace sus palabras.

"Dios no es un ser humano para arrepentirse" (véase Números 23,19), dice uno de los Profetas. Si Él dijo alguna vez que te amaba, si Él dijo alguna vez, si escuchaste su susurro y ese susurro era una palabra de amor y de salvación, Dios no va a deshacer su palabra en todos los siglos. ¡Puedes fiarte de ella!