I192002a

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Fecha: 20030812

Título:

Original en audio: 29 min. 22 seg.

                          CONTINUARÁ LA REVISIÓN. REVISAR AUDIO

Amados Hermanos,

En el evangelio, Nuestro Señor Jesucristo relaciona de varios modos a los niños con el Reino de los Cielos.

Por ejemplo: "que hay que entrar en el Reino de los Cielos como un niño" San Mateo 18,3; otro ejemplo: "que recibir a un niño en el nombre de Cristo, es recibir al mismo Cristo" San Mateo 18,5; otro ejemplo: "No despreciar la obra que hace Dios en los niños, porque los ángeles de estos niños contemplan el rostro de Dios en el cielo" San Mateo 18,10, tienen quien los defienda, esos ángeles son ángeles de protección.

Y luego está la actitud del pastor hacia las ovejas y la actitud de un padre hacia los niños, un papá ante los niños. Es decir, son una serie de temas que van relacionados unos con otros.

Algunos estudiosos de la Biblia dicen que en el proceso de la redacción de los Evangelios, lo que hizo el autor sagrado, en este caso, fue que se fue acordando de cosas que Jesús había dicho con respecto a los niños, y las puso como juntas, pero son cosas distintas, según vemos.

La manera de recibir el Reino de Dios, que es como un niño; pero la manera de recibir al niño, que es recibir a Cristo; el cuidado que hay que tener con el niño, porque el niños tiene quien los defienda; y también, con qué mirada el Padre del Cielo contempla y ama a sus niños. Son temas distintos.

Con la ayuda del Espíritu Santo, paseémonos un poquito por esta enseñanza que nos da Jesucristo hoy, paseemonos un poquito, disfrutémosla, ¿qué nos quiere decir el Señor ahí? Son varias cosas, son muchas cosas.

¿Qué tal si empezamos como de atrás para adelante?

"El Padre del Cielo no quiere que se pierda ni uno de estos pequeños" San Mateo 18,14, Creo que es una frase que nos resulta sencilla de entender, porque es un sentimiento tan humano, y muchos de ustedes son papás y mamás.

Precisamente, cuanto más débil el niño, más despierta un instinto, una fuerza de amor para portegerlo, para defenderlo. Una mamá, algunas veces puede pasar doce horas, dieciocho horas, veinte horas cuidando al niño.

Es muy difícil concentrarse tanto tiempo en algo o en alguien. Imagínate lo que es tantas horas mirando a la misma persona. Pero las mamás se olvidan de sí mismas, es algo que está en sus entrañas, algo que les brota del corazón.

Ese sentimiento, tan natural, es natural en nosotros porque Dios lo puso en la naturaleza humana, precisamente para cuidar, a través de ese amor, a sus propios pequeños.

De manera que ese amor que tienen las mamás o que tienen los papás, ese amor que les conmueve, ese amor que es más fuerte incluso que el apego a la vida, ese amor tan grande viene de Dios y nos sirve como un retrato para descubrir la increíble, la inagotable ternura y fuerza del amor con el que Dios nos busca, nos quiere limpiar, nos quiere sanar, nos quiere cuidar y quiere que crezcamos en su presencia y ante su Rostro.

Una vez en Alemania, sucedió un accidente. Un tren cargado de pasajeros se salió de la carrilera en un puente sobre un río, varios vagones, desde luego de muchas toneladas de peso, cayeron al agua, se hundieron.

Y las aguas no eran muy profundas, pero se hundían en el barro y, desde luego, se estaba produciendo una catástrofe, iba muriendo la gente. Mientras las aguas invadían uno de los vagones, dos papás estaban cuidando de su hija, la única hija que tenían. La niña era paralítica.

Entonces ellos, desesperados de pensar que la niña paralítica se fuera a ahogar, lucharon y lucharon por sacarla a flote, porque sabían que ella no podía andar, ni podía nadar.

Cuando llegaron los cuerpos de socorro, encontraron a la niña que alcanzaba a salir, la cabecita de la niña alcanzaba a salir del agua y ella estaba viva, aunque con una temperatura muy baja y un shock nervioso terrible, pero los papás se habían ahogado.

Los cadáveres de los papás estaban sosteniendo a la niñá para que pudiera respirar. Se habian muerto ellos cuidando de la paralítica.

Ese amor, ese heroísmo de amor, nos invita a pensar en la potencia del amor que Dios nos tiene. Dios no tiene por nosotros un sentimiento cualquiera, es una potencia de amor, y Él ha demostrado, en su Hijo Jesucristo, que lo mismo que esos papás que se dejaron ahogar por darle vida a la niña, eso mismo hace Dios por nosotros. Ese es Criso.

Cristo fue anegado, Cristo fue ahogado por las aguas turbulentas, por el diluvio del pecado, del dolor y del ataque del demonio. Cristo soportó esa inundación de amor por sacarnos a flote a nosotros.

Este es el primer punto que hay que destacar: ¡Cuánto me amas, Señor!. Sobre tu cadáver, sobre tu muerte, Tú has querido darme vida. ¡Ese es el tamaño del amor que Dios me tiene!"

De aquí aprendemos también otra cosa: Dios nos mira a nosotros como pequeñitos. Esto también lo podemos entender a partir de las experiencias de los papás y mamás.

Si una mamá tiene noventa años y el hijo tiene setenta años, la mamá todavía mira al hijo pequeñito, aunque ya ese hijo seguramente es abuelo, pero todavía lo mira como pequeñito, lo cual tiene mucha ternura, pero tiene el problema de que lo regaña con facilidad.

Y uno se encuentra con mamás de ochenta y tantos años regañando a los hijos de sesenta y tanto: "porque yo sigo siendo su mamá", y ese es todo el argumento. Siguen siendo pequeñitos. Eso quiere decir que la experiencia de este amor, la manera de este amor divino es algo que siempre vela por nosotros, como la mamá vela por el bebé que no puede hacer nada.

Por eso cuidamos tanto a los niños pequeños, porque no pueden hacer mucho por sí mismos, porque una mamá no dejaría a un niño de dos años, por ejemplo, o de año y medio, ¿porque no lo dejaría solo en la casa? Porque sabe que el niño corre muchos peligros y que el niño no puede ayudarse. Esa es la mirada hacia un pequeñito: él corre peligro y él no puede hacer mucho por sí mismo.

Nosotros a veces creemos que ya nos hemos vuelto grandes. Creemos que somos grandes, ¿por qué? Porque tenemos fuerzas, porque tenemos inteligencia, porque hemos aprendido a resolver problemas. Pero no caemos en cuenta, que todo eso que tenemos para resolver los problemas, todo eso nos lo ha dado Dios y nos lo está sosteniendo Dios.

Con cuánta petulancia, con cuánta presunción, que le desagrada a Dios, a veces nos consideramos muy inteligentes o muy hábiles para hacer algunas cosas, pero no caemos en cuenta que esa inteligencia nos la está conservando Dios. Un vasito, una venita del tamaño de un cabello se revienta en mi cerebro y ya no puedo hablar.

Todo es tan frágil en nosotros, todo tan frágil. Todo nuestro sistema neurológico, todo nuestro sistema hormonal, todo nuestro sistema cardíaco es tan frágil, en el fondo es tan frágil. La vida misma es un milagro sostenido. Esa es la vida, poder pensar, poder incluso proveer algunas necesidades nuestras, es un milagro sostenido.

Aquí entonces, podemos volver a la frase del principio. Mira: "Si no volvéis a ser como niños, no entraréis en el Reino de los Cielos" San Mateo 18,3. ¿Qué es entonces volver a ser niño, según esta explicación? Es descubrirme así, siempre frágil, siempre amenazado, siempre necesitado y siempre sostenido.

Eso es ser niño. Que puedo tener muchas cosas, sí, ahora mismo, bendito sea Dios, tengo salud, ¿pero durante cuánto tiempo?

Ustedes, creo que me hayan escuchado ya alguna predicación sobre el caso de una vecina que tuvimos en nuestro convento, una señora muy inteligente para los negocios, una señora con una gran facilidad para los idiomas, mejor dicho, parecía tener como todas las cualidades: bonita, inteligente, preparada, buen dinero. Todo parecía sonreírle en la vida.

De pronto una noticia: "Mira, que tienes un cáncer". Bueno, ese cáncer, un cáncer muy agresivo y dolorosísimo, finalmente se la llevó a la tumba en el curso de unos meses.

Pero cuando ella sentía que tenía grandes negocios y que tenía mucha inteligencia y que tenía el mundo a sus pies, porque, repito, además de todo, bonita, agradable, cuando parecía tenerlo todo, ya ese cáncer le iba caminando adentro.

Eso puede estar sucediendo también en nosotros. En el mismo momento en el que uno dice "¡Uy! yo cuántos problemas rsé resolver", usted no sabe qué le va a suceder en su cerebro, en su cuerpo. Somos frágiles.

Comprender que somos frágiles, necesitados, pero al mismo tiempo amados y soportados, sostenidos; entender eso es la condición irrenunciable para entrar al lenguaje, entrar a la lógica del Reino de Dios.

Los cargos que tenemos, los aparatos que usamos, la casa en que vivimos, los cartones y estudios y títulos que adornan nuestras paredes; todo eso puede inducirnos la mentira de que somos fuertes.

Pero una cosa, así de pequeñita en ustedes, como cuenta el libro de Daniel, ¿no? Sin intervención humana se presenta allá una gigantesca estatua, y sin intervención humana cayó una piedrecita y fue dando vueltas y derribó esa estatua.

Una cosa tan pequeñita, como puede ser una enfermedad, como pueden ser tantas cosas que nos pasan. Tantas cosas. La traición de un amigo, Dios nos libre, no es que esas cosas sean deseables, pero suceden simplemente. La traición de un amigo, Dios nos libre; el secuestro de un pariente, Dios nos libre; un negocio mal hecho.

¿Quién, por favor, quién puede decir que está haciendo bien unos negocios y que no se va a equivocar? Ustedes saben que el mundo, este mundo es implacable, cuando se trata del dinero, implacable.

Conocí el caso de un hombre que reunió mucho dinero, entre otras cosas, no de una manera muy santa, porque aunque él no robaba, la manera de maltratar y de humillar a sus empleados, era peor que si fueran esclavos.

Y esa manera de exprimirlos y sacarles hasta el último centavo, "y si puedo evitarme las horas extras, no le pago a nadie", y "usted necesita este trabajo y si no, renúncieme que ya tengo otro que me lo hace".

Humillante, duro, explotador. Y él se encontró con que había una inversión fantástica para hacer, porque, claro, como buen codicioso, le parecía muy poco invertir en cualquier depósito a término, en cualquier finca raíz.

Él quería que su dinero produjera el máximo, porque se sentía feliz, se sentía fuerte, se sentía alto. Estaba en lo alto y era fuerte. Resulta que la maravillosa empresa donde él invirtió su dinero quebró.

Y le toca a este gran personaje, que no miraba a nadie, hacer fila junto a unos pobretones a ver qué podía rescatar de esos millones y millones sacados del sueldo mal pago de empleados. Finalmente, o no le devolvieron nada, o le devolvieron tres botones.

De toda una vida de trabajo de él, porque él mismo se trataba como un esclavo, como una máquina de hacer plata, de todo su propio trabajo y de todo lo que les quitó a esos pobres, no queda nada. Después, pidiendo a los hijos, reuniendo aquí y allá, tratando de tener para un apartamentito para no molestar demasiado y dónde morirse en paz.

¿Quíen, por favor, quién tiene seguro, no de vida, sino de qué se llamará eso, para estar absolutamente cierto, "no voy a cometer un error", quién? Eso no se puede. Hay tantos errores que cometemos.

Entonces, ser como niños es entender esto. No es volvernos inmaduros, pero sí es, muy al contrario, alcanzar la verdadera madurez. La infancia espiritual no es la irresponsabilidad espiritual, sino es la conciencia: "Soy necesitado, soy necesitado, soy frágil", pero al mismo, tiempo: "Soy amado y estoy sostenido". Son cuatro cositas.

XXXXSi uno sostiene esas cuatro cosas en el corazón, por una parte evita la soberbia, que es el gran repelente de la Gracia, así como cuando una persona no quiere mosquitos se echa repelente, cuando usted no quiera, Dios lo libre, cuando usted no quiera la Gracia de Dios, échese soberbia, no el entra nada, no le entra nada.

La actitud del niño quita esa soberbia, quita ese engaño de ser fuerte. No, nadie es tan fuerte: la enfermedad viene, la vejez viene, el cansancio viene, todos cometemos errores, dejemos de ser así.

Y, al mismo tiempo, ser niño es saberme amado, saberme protegido. Si hay una escena que es tierna en esta tierra es ver la confianza que tienen los niños con los papás: la manera tan espontánea, tan dulce cómo se acercan para recibir un abrazo, cómo se acercan para recibir una caricia. Eso es tan lindo, esa actitud, ¿por qué la tienen?, porque se saben amados, se saben acogidos.

Si tomamos estas actitudes con Dios, entramos en el Reino de Dios.

Pero aqui viene el último punto. Obviamente, si yo descubro que mi Dios me recibe a mí así, ¿por qué?, pues por nada, porque me ama, porque yo qué he hecho, nada, nada, y lo que he hecho bueno lo he hecho con lo que Él mismo me ha dado. ¿Yo qué he hecho?, nada, me ha amado porque ha querido amarme, punto.

Si yo tengo esa actitud, entonces, ¿cómo voy a tratar a los otros?, especialmente a los pequeños. Cada una de las personas que yo encuentre en su propia debilidad, es un recordatorio de lo que yo mismo soy.

Por ejemplo, si yo miro al niño o a la niña con la mamá y miro la actitud que tiene, yo me veo retratado en ese niño o en esa niña, y digo "así soy yo con Dios". Y, precisamente, porque esa persona así pequeñita, de pronto frágil, esa personita me está recordando lo mismo que yo soy.Al acoger a esa persona yo estoy aceptando mi verdad, estoy aceptando mi realidad, estoy aceptando lo que yo soy y estoy agradeciendo a Dios la manera como Él me acoge.

Por eso lo que dice Cristo, hay que acoger a los niños y hay que saber quiénes defienden a los niños, porque el que desprecia al niño se hace un daño muy grande. Usted no piense que los ángeles que protegen a los niños son como esos escoltas prepotentes, violentos, agresivos, rudos que nos encontramos en las calles, por ejemplo, de esta ciudad.

La manera de proteger los ángeles a los niños no es eso, pero el daño espiritual que nosotros recibimos cuando maltratamos a los niños es, sobretodo, que nos perdemos de encontrarnos con nuestra propia verdad. Y el que no encuentra su propia verdad tampoco recibe la acogida, el amor y la bendición que Dios le tenía reservados.

Por eso, al igual que Jesús habló aquí de los niños hubiera podido hablar de los ancianos, hubiera podido hablar de los inmigrantes, de los desplazados, de los encarcelados, de los pobres.

Cada uno de ellos me enseña quién soy yo. Acuérdese de lo que dice el libro del Deuteronomio: pero ustedes traten a los inmigrantes -hoy diríamos a los desplazados-, traten a los desplazados con cariño porque ustedes también fueron inmigrantes.

Es decir, el pobre es un recordatorio de lo que yo soy, es la imagen viva de mi verdad interna. Cuando acojo al pobre, cuando acojo al pequeño, cuando acojo al necesitado, al enfermo, al anciano, al cansado, al deprimido, al emproblemado, al que se encuentra en fragilidad, en él estoy descubriendo mi propia verdad y estoy preparando mi alma, estoy abriendo mi alma para que reciba bendición de Dios.

Por eso se ha descubierto esto: que el tiempo en el que vivimos es un tiempo que padece de muchas enfermedades mentales, espirituales, afectivas, emocionales. Por ejemplo, se padece mucho de depresión. Yo sé que hay muchas causas de la depresión y algunas tienen que ver con biología, con la fisiología, con la bioquímica.

Yo estoy de acuerdo con todo eso. Pero hay una cosa que me he encontrado: hasta ahora no me he encontrado una sola persona que sea verdaderamente generosa y que tenga depresión, no me he encontrado una sola. La persona que tiene el corazón abierto a sus hermanos, a dar, a entregar, a cuidar, a velar, especialmente a los pequeñitos, no sufre depresión.

Es una cosa rara, pero eso es así. ¿Qué nos indica esto?, que el que abre su corazón a los hermanos, está abriendo el corazón de Dios para que le lluevan bendiciones. Eso es lo que nos está mostrando aquí el Señor.

Y por el contrario, cuántas veces encontramos personas que viven en una tristeza y en una amargura, y se han dado cuenta que, muchísimas veces, su mundo, el de esas personas, es un mundo pequeñito que gira en torno a unas dos o tres cositas. Yo por eso tengo una teoría, de pronto hasta escriba un libro sobre eso, yo lo llamaría la depresión y el mareo.

A mí me parece que la depresión es un tipo de mareo: claro, estar dando vueltas uno sobre dos o tres cositas, uno acaba mareado. La depresión, a veces, es una especie de mareo, no digo todas las depresiones.

Pero muchísimas depresiones son una forma de mareo: estás girando en torno a dos, tres cosas, tu mundo es demasiado pequeño. Mira, si estamos aquí, por ejemplo, y hay esos pequeños espacios para respirar, ¡Ah, cómo se siente de grato! Pero seguramente, si nos ponen una bolsa de supermercado y nos vuelven el mundo pequeñito, porque una bolsa de supermercado en la cabeza es un mundo muy pequeñito, y me ponen esa bolsa y me dicen 'respire y respire y respire', pues ahí me encontrarán asfixiado, mi mundo se me volvió muy pequeño.

Lo que nos está diciendo Jesús es eso: abre tu corazón a otros, aprende a preocuparte también por otros.

No sé si ustedes sepan que la beata, Madre Teresa de Calcuta, será beatificada en unos días, la beata Madre Teresa de Calcuta sanó a muchísima gente, a muchísima, y ella no tiene fama de don de sanación, pero sanó a muchísima gente de enfermedades mentales y de enfermedades emocionales.

¿Y sabe cómo sanaba ella? Como ella lo que hacía era atender indigentes, pordioseros, menesterosos, recogidos, mucha gente la sanaba, ¿sabe cómo?, integrándola a ese mismo trabajo, la ponía a dar amor, la ponía a dar amor. Y la gente, como una señora deprimida 'porque yo sólo tuve un perrito y ese perrito se me murió', y ella triste y veinte años haciéndole luto al perrito que se le murió.

Cuando la señora que lleva veinte años llorando un perro le presentan a un ser humano que es tratado peor que un perro, y esta señora descubre que puede hacer algo por darle vida, consuelo, amor, esperanza, ¡ay! eso la sana del perro y del gato y de todo. Eso le trae vida. Eso trae vida.

Esto es lo que Jesús nos quiere decir aquí: los niños eran tratados a veces como animalitos.