Icor001a
Fecha: 19970607
Título: El Inmaculado Corazon de la Santisima Virgen Maria, contiene plegarias sublimes y tesoros de la predicación de Cristo
Original en audio: 3 min. 1 seg.
En la Santa Iglesia, ha sido hermoso elogio, del corazón de la Santísima Virgen, cuando le llamen "Morada digna del Espíritu Santo", esto quiere decir que los movimientos ágiles, sutiles, benditos, eficaces, de la gracia de Dios, encontraron respuesta, abrieron camino, hicieron casa en un corazón humano, en este caso, en el corazón de la Santísima Virgen María.
Un corazón podríamos decir, hecho a la medida, hecho según el estilo del Amor de Dios, un corazón modelado por las mociones del Espíritu Santo, un corazón iluminado por la presencia del Altísimo, enriquecido por la gracia de la Palabra, un corazón que Dios puede llamar verdaderamente suyo, un corazón que se convierte así, en las primicias de lo que Dios ha querido de todos nosotros.
Le decía al profeta Samuel, en alguna ocasión al rey Saúl "Dios prefiere la obediencia a los sacrificios" ( véase 1ª Samuel 15, 22 ) porque en la obediencia le damos a Dios algo que no le pertenece, algo que El conoce, porque El conoce todos los corazones, pero que no le pertenece, porque El ha querido que sólo le pertenezca, si nosotros le damos a El. Y este es el corazón de la Santa Virgen, un corazón dado, un corazón donado a Dios.
La intercesión de este corazón, ha dado a nuestros corazones también, moradas del Espíritu Santo, este corazón de María contiene los tesoros de la predicación de Cristo, porque ella meditaba en su corazón los misterios de la vida del Verbo.
Este corazón de María contiene plegarias sublimes, este corazón de Maria contiene el perdón, contiene la intercesión, el agradecimiento, o por decirlo brevemente, todo lo que un corazón humano tiene en relación al amor de Dios y en relación al amor del prójimo y por eso, el corazón de María tiene, por decirlo así, el Evangelio completo, tiene el resumen de la vida cristiana y se convierte como en una escuela en la que hay que saber entrar y como discípulos, sentarnos y escuchar largamente el palpitar, el vivir de ese corazón, para que esa maestra nos conduzca por la senda del Evangelio, hacia la plenitud de la Gloria.