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Fecha: 20000806

Título: Sobre el esplendor de Dios en el rostro humano

Original en audio: 7 min. 31 seg.


Quiero compartir con ustedes, hermanos, cuatro pensamientos subrayados de las lecturas que acabamos de oír. La primera lectura pertenece a un texto apocalíptico en el Antiguo Testamento, el libro de Daniel.

La apocalíptica tiene sus raíces en la profecía. El profeta intenta mirar con los ojos de Dios la historia que transcurre. La apocalíptica intenta con esa ayuda, con esa gracia de Dios, dar el parecer divino sobre el conjunto de la historia, no sólo sobre el momento presente, sino sobre el desenlace, podríamos decir, sobre el misterio que se esconde detrás de la cotidianidad, detrás de las realidades de cada día.

Y por eso, este texto apocalíptico en la Transfiguración del Señor, nos está diciendo que el secreto guardado, el misterio oculto, el símbolo profundo, el sentido final de la historia, está en ese rostro hermoso, glorificado, plenificado de Cristo.

Lo que esconde la historia no es un fiasco al final, no es un terrible chasco, sino es esa gloria, es ese rostro. Lo que Dios tiene reservado para nosotros, es hermoso como el rostro de Jesucristo.

El segundo pensamiento es éste: El libro de Daniel, lo mismo que otros textos apocalípticos, compara a los reinos de la tierra con todo género de fieras, algunas de ellas verdaderamente monstruosas: leones, leopardos, dragones, serpientes. Todo género de animales salvajes y crueles aparecen en estos textos y en estas visiones.

A través de esa comparación, podemos intuir el juicio de Dios sobre tantos gobiernos que existen en el mundo. Son feroces y se sostienen, precisamente, por la fuerza, por la crueldad. En contraste con todos esos poderes, la imagen de la primera lectura de hoy, es consoladora, es hermosa, es alentadora.

Este es un poder con rostro humano. Jesucristo, el que recibe del Anciano venerable poder sobre toda raza, lengua, pueblo y nación, Jesucristo es el poder; pero, un poder que tiene rostro de hombre. Y como el hombre es también imagen de Dios, el poder de Dios y el poder de Dios realizado en esta tierra, tienen el rostro de Jesucristo.

De aquí, desde luego, concluimos que el poder, cuando se aparta de la medida de Cristo, cuando se aparta del estilo de Jesucristo, se vuelve fiera. Pero, cuando el poder se acerca a Jesús, se alimenta de su Palabra, escucha el ritmo de su Corazón, es un poder humano y un poder que humaniza. ¡Un segundo pensamiento!