Nde3004a
Fecha:20020109
Título: Dios Padre es Dios para nosotros; Cristo es Dios con nosotros; el Espíritu Santo es Dios dentro de nosotros o en nosotros
Original en audio: 18 min. 43 seg.
CONTINUARÁ LA REVISIÓN: REVISAR AUDIO
Una de las expresiones más hermosas de la Primera Carta de Juan, es la que ha aparecido en el texto de hoy: “Nosotros hemos conocido el amor y hemos creído en él” 1 San Juan 4,16. Esa expresión, esa frase, es como un canto verdaderamente, es como una meloía del alma humana que se siente verdaderamente visitada por Dios. "Hemos conocido el amor"” 1 San Juan 4,16.
Esa es la grandeza del misterio de Jesucristo: en Cristo nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene, y en Cristo nosotros hemos podido creer en el amor. Podemos decir, que la vida de Jesucristo, se ha convertido en la definición de amor, en lo que significa amar.
Y así debemos entender aquella otra expresión del Apóstol: “Quien permanece en el amor, permanece en Dios” 1 San Juan 4,16; pero ese amor, no es cualquier amor, es ese amor que hemos conocido, en Cristo, y es ese amor en el que hemos creído.
También hay que destacar esa otra expresión de San Juan, cuando dice: “En esto conocemos que permanecemos el Él y Él en nosotros, en que nos ha dado de su Espíritu” 1 San Juan 4,13. Es decir, que Dios Padre nos ha enviado a Jesucristo para que conozcamos al amor, y nos ha dado al Espíritu Santo para que permanezcamos en el amor.
En Cristo hemos conocido lo que significa amar. Cristo se ha convertido en la definición de lo que es amar. Pero esa definición alta, inmensa, del tamaño de lo que Cristo hizo por nosotros, esa definición nos queda grande a nosotros, nosotros no podemos amar en esa proporción. Pero tampoco podemos rebajar la palabra amor a cualquier cosa, a cualquier sentimiento, a cualquier afecto.
¿Qué hacer entonces? Hemos conocido en el amor, hemos creído en ese amor, pero ese amor es muy grande es tan grande que podemos decir, nos desborda, nos sobrepasa, no lo alcanzamos; pero ahí es donde viene en ayuda de nuestra debilidad el Espíritu Santo. Cristo esta delante de nosotros, Cristo está con nosotros, ante nosotros; el Espíritu Santo está dentro de nosotros, está en nosotros.
Por eso hay una expresión que me gusta repetir sobre cómo se manifestó Dios en Cristo y en la efusión del Espíritu: Dios Padre es Dios para nosotros, porque es nuestro Dios; Jesucristo es Dios con nosotros, o ante nosotros; y el Espíritu Santo es Dios dentro de nosotros, o en nosotros.
Con esas tres preposiciones, podemos mirar la maravillosa manifestación de Dios en el misterio de Cristo y en el don del Espíritu Santo. Repito: Dios Padre es Dios para nosotros, ese es nuestro Dios; Cristo es Dios con nosotros, o ante nosotros; y el Espíritu Santo es Dios dentro de nosotros, o en nosotros. Dios para nosotros, Dios con nosotros y Dios en nosotros
Y necesitamos esas tres preposiciones, y necesitamos ese camino hermoso de manifestación.
Si nosotros lo miramos, la historia de la Salvación se puede expresar también así. Lo primero que tenía que descubrir el ser humano es que hay un Dios, que Dios no es lo que yo me invente, existe un Dios, y ese Dios es nuestro Creador.
Y el bien y el mal no es lo que yo me invente, porque yo no soy el Creador. Eso fue lo que sucedió básicamente en el Antiguo Testamento, la Ley de Moises es eso, es la declaración de la soberanía de Dios, y es la declaración de que el bien y el mal del hombre, no es lo que el hombre se invente.
El hombre no es creador del ser, y por eso tampoco es creador del bien moral. El bien moral brota del ser, y el único autor del ser es Dios, y por eso todo verdadero bien necesita ser descubierto en Dios, a partir de Dios, a partir de su sabiduría y de su voluntad.
Eso fue lo que descubrimos en el Antiguo Testamento. Todo el Antiguo Testamento fue como esa maravillosa enseñanza: existe un Dios, hay un Dios para mí. No es Dios lo que yo llame Dios, hay un Dios para mí.
Pero luego, quedo frustrado, quedo derrotado, porque, como dice San Pablo en el capítulo séptimo de la Carta a los Romanos, "yo me doy cuenta de lo que es bueno y de lo que es malo, pero el bien que conozco, no lo hago; y el mal que repruebo, ese sí lo hago" .
Esa experiencia me lleva a una especie de frustración, y esa es la tristeza con la que acaba el Antiguo Testamento.
El Antiguo Testamento es maravilloso, es el comienzo de la luz, es como el alba de la Salvación, pero queda evidentemente incompleto, porque únicamente me dice que hay un Dios, y que hay un querer de Dios, y que hay una voluntad de Dios, y por eso yo resulto denunciado, resulta claro que yo no alcanzo esa medida, resulta claro que la humanidad entera está en pecado, hasta ahí llega el Antiguo Testamento.
Pero entonces viene la maravillosa noticia, la noticia que es Jesucristo: Dios no sólo está aparte de mí, no está sólo lejos de mí, mirándome y juzgándome, sino que Dios interviene, participa de nuestra historia, de nuestros dolores, de nuestras flaquezas, se hace partícipe de nuestra historia, y en ella expresa una verdad de amor, una capacidad de consuelo, una bondad sin límites, eso es lo que aparece en Cristo.
Y entonces: "Hemos conocido el amor" 1 San Juan 4,16, como dice la carta de Juan.
Esa manera de hablar,esa manera de orar, esa manera de sufrir, esa manera de tratar a la gente, es la definición del amor. Hemos visto al amor, hemos visto a Jesucristo, y decimos: "¡Es maravilloso, ahora sé que el amor existe; he tenido al amor ante mí verdaderamente. Dios está con nosotros, eso fue lo que vivieron los Apóstoles: "¡Estácon nosotros!"
Pero ¿qué pasa? Que esa admiración fantástica, maravillosa todavía no resuelve el problema; porque todavía es necesario que sea yo por dentro quien cambie, necesito cambiar yo. Encontrar amor, encontrar la bondad, encontrar la misericordia es un consuelo inefable, pero eso todavía no me hace distinto.
Es como cuando uno lee los libros de historia o las obra de la literatura, y descubre que hubo un gran científico, que era un genio fantástico, y que pudo hacer una cantidad de cosas: inventos, teorías. y dice uno: "¡Tan rico para él, tan bonito para é; Pero eso es él! ¿Cómo voy a cambiar yo?"
Eso explica esa frase que Cristo dijo hacia el final de su vida: “Os conviene que yo me vaya” San Juan 16,7, y dio la explicación: “Os conviene que yo me vaya. Porque, si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito” San Juan 16,7.
Claro, tener a Jesús con nosotros es precioso, es grandioso, es maravilloso, pero ese es Él. Yo necesito un Jesús adentro de mí, necesito que sea Él el que tome las riendas, el que esté en el centro, el que tome posesión de mi vida, el que esté en el trono de mi existencia. Necesito que Él reine dentro de mí.
Tener cerca de mí al mejor científico, al mejor artista, pues es muy bonito, esto me llena de admiración; pero ese es él. ¿Cómo hago para que eso se me entre, para yo ser así? Eso es lo que hace el Espíritu Santo, ese es Dios en nosotros, y por eso dice la primera carta de Juan: “Sabemos que permanecemos en Él y Él en nosotros por el don de su Espíritu” 1 San Juan 4,13.
Entonces, a través del don del Espíritu Santo, nosotros no sólo entendemos el mensaje de Cristo, sino que nos hacemos semejantes a Cristo. Porque el mismo Cristo fue concebido y fue ungido por el Espíritu Santo.
De manera que cuando recibo al Espíritu Santo, recibo al Espíritu de Jesús. El Espíritu que hizo a Jesús Cristo, es decir, Ungido, ese es el Espíritu que me hace cristiano. Cuando yo recibo al Espíritu, entonces todas las maravillas de Cristo no son una cosa que está ahí afuera: “Tan bonito para él”, sino que son una realidad viva.
La alabanza se convierte en una realidad viva, la oración se convierte en una realidad viva, el conocimiento de la voluntad de Dios se convierte en una realidad viva. Los milagros, los dones, los prodigios se convierten en realidades vivas, que sabemos que están ahí, y las experimentamos y las vemos.
Pero, sobre todo, el amor, ese amor maravilloso que habíamos contemplado en Cristo, ahora lo experimentamos en nosotros. Eso fue lo que vivieron los Apóstoles ¡Qué hermosa la vida de los Apóstoles porque ellos vivieron las tres etapas! Ellos conocieron, como herederos del Antiguo Testamento, lo que significa tener un Dios, Dios para nosotros.
Luego convivieron con Cristo y se admiraron por Cristo, y supieron lo que era tener a Dios con nosotros; pero luego recibieron el don del Espíritu Santo y pudieron decir, como dice San Juan: “Sabemos lo que es tener a Dios adentro, lo que es Dios en nosotros”.
Hay otra expresión que utilizan algunos Padres de la Iglesia, que es muy útil también, y es esta: dicen ellos que el Hijo y el Espíritu Santo son como los brazos de Papá Dios, y que a través del Hijo y del Espíritu, Papá Dios pudo abrazarnos.
Porque realmente nuestro Padre Dios envió al Hijo y envió al Espíritu; y si nosotros lo miramos bien, estas dos misiones, estos dos envíos, el envío del Hijo y el envío del Espíritu, se complementan maravillosamente.
El envío del Hijo me permite descubrir al amor, el envío del Espíritu me permite creer en el amor. Hemos conocido el amor que Dios nos tiene, eso se da en Cristo; hemos creído en el mor, eso se da por la obra del Espíritu.
Bueno, la imagen del abrazo es muy bonita, pero hay otra imagen que es parecida. Resulta que en algún lugar dijo el Señor Jesucristo: “Nadie viene a mí, si el Padre no lo atrae” San Juan 6,44.
Esa es otra expresión que es semejante y que también está con las manos, ¿por qué? Porque Jesucristo está delante de mí, pero yo todavía puedo apartarme, puedo apartarme, por ejemplo, ddiciendo: “Ah, pero es que eso Él porque Él es Dios; ¡yo no soy ningún santo!”
Yo si que le tengo rabia a esa expresión: “¡Yo no soy ningún santo”. ¡Pues no sea desgraciado, es que santo es lo que tendría que ser, hombre! ¡Es que es que la Sangre de Cristo es para que sea santo! ¡y la Eucaristía es para que sea santo!
Pero uno saca disculpas: “Es Cristo porque era Dios", "es que fácil para Él", "es que yo no soy ningún santo”. Cuando hablamos de esa manera, que es casi blasfema, ¿qué estamos haciendo? Cristo se pone delante de nosotros, porque Dios Padre lo pone ahí, ¿y nosotros qué hacemos? Retrocedemos.
Pero resulta que Papá Dios, que se las sabe todas, ¿qué hace? Pone a Cristo por delante, y por detrás de nosotros hay una mano que nos está empujando, que es el Espíritu Santo, y entonces ahí si no hay escapatoria.
Cuando Cristo está adelante y el Espíritu Santo está aquí detrás empujándome hacia Cristo, atrayéndome hacia Cristo, ese es como otro tipo de abrazo. Claro que más que abrazo se llamaría el "sandwich"; si Cristo hubiera conocido los sandwiches hubiera dicho: “Papá Dios hace un sándwich con ustedes”.
Eso es lo que pasa, aquí llega Cristo, aquí estoy yo y aquí está el Espíritu, y el Espíritu Santo me va empujando hacia Cristo. Y yo voy descubriendo que Cristo realmente me atrae, me cautiva, me llena, me convence, y llega el momento en que me convence tanto, que me vence. Y cuando me vence y me rindo a Él, Él pasa a ser mi Señor, y Cristo entra a reinar en mí por el don del Espíritu Santo.
Como vemos, mis queridos hermanos, esta acción providente, esta acción misericordiosa de Dios, es completamente trinitaria: es Dios Padre el que envía al Hijo; es Dios Padre el que envía al Espíritu, y es el Espíritu el que me empuja para que yo acepte a Cristo.
¡Yo he conocido al amor, en Cristo; y yo he creído en el amor, por el Espíritu, y el amor me ha visitado por la misericordia, por el podery por la sabiduría de Dios, mi Padre.
Bueno, Vamos a seguir nuestra celebración, que desde luego tiene también una dinámica trinitaria. Ustedes notarán que en el momento en el que uno va a comulgar le ofrecen la Hostia consagrada y le dicen: “El Cuerpo de Cristo”; pero el poder del Cuerpo de Cristo en la persona que comulga depende de la otra parte del abrazo, depende de la acción del Espíritu Santo.
Es decir, si nosotros comulgamos con Cristo sólo materialmente, es decir, abrir la boca y recibir la Hostia, es poco. Pero si es el Espíritu el que está iluminando nuestra inteligencia, entonces mi inteligencia comulga con la sabiduría que Cristo me trae.
Si es el Espíritu Santo el que está obrando en mi amor, en mi capacidad de amar, entonces mi amor comulga con el amor de Cristo, y siento fuego que se apodera de mí. Si es el Espíritu Santo el que me está llevando a comulgar, entonces el Espíritu Santo transfigura mi memoria, y entonces siento que toda mi historia queda revestida, sellada, embellecida en algo maravilloso que se llama el poder de Dios.
Por eso yo les invito hoy, en esta celebración eucarística, a que comulguemos con Cristo en el Espíritu, la comunión tiene que ser en el Espíritu, porque si la comunión no es en el Espíritu, me quedo sólo con el signo exterior del sacramento.
Comulgar en el Espíritu es comulgar de tal manera, que todo mi pasado, -hemos reflexionado bastante estos días en pasado-, que todo mi pasado quede sellado en el poder de Dios, que toda mi inteligencia quede colmada por la sabiduría de Dios, y que toda mi afectividad quede repleta, ungida y santificada por el amor que brilla en el Corazón de Jesús.
Eso se comulgar en el Espíritu, y así quiere la Santa Iglesia que nosotros comulguemos hoy.