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Título: Alianza, palabra que une al precursor y al Mesías. Querer conocer a Jesus como característica del perfecto arrepentimiento y su dimensión esponsal.
Fecha: 2003/01/03
Duración: 43 min. 19 seg.
Dice Juan “he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel”. Para que el cordero de Dios sea manifestado a Israel. Tratemos de meditar en esa expresión. Salí a bautizar con agua para que se manifestara el que bautiza con Espíritu, Para que se manifestara el que bautiza con Espíritu eso es lo que está diciendo Juan. Porque él recibió un mensaje de Dios: aquel sobre quien que veas descender el Espíritu, ese es el que bautiza con Espíritu. Salí a bautizar con agua para que aparezca el que bautiza con Espíritu.
El bautismo de agua era un bautismo para proclamar la condición de pecadores, el bautismo con Espíritu es un bautismo para proclamar la condición de perdonados, la condición de redimidos. Con la fuerza del Espíritu es posible proclamar la redención, la salvación. El agua no tiene fuerza, el agua es solo señal de arrepentimiento, como lo aclara en varios lugares el Nuevo Testamento.
El agua no tiene fuerza para cambiar, solo fuerza para denunciar, es el Espíritu el que tiene fuerza para transformar, el que tiene fuerza para renovar. Lo que está diciendo Juan, entonces, es: “Salí a denunciar el pecado, salí a proclamar el arrepentimiento para que apareciera la salvación y para que se anunciara la salvación. Ese es el orden entonces, que se proclame el arrepentimiento, para que luego se anuncie la salvación.
Y que sea esa la primera enseñanza que nos deja este texto hoy. “Salí a proclamar el arrepentimiento, para que un día se pudiera proclamar la salvación”. Yo creo que esa frase, y aquí pasamos la segunda parte, es muy útil porque se nos olvida que para que se pueda proclamar la salvación, primero hay que proclamar el arrepentimiento. Para que se pueda proclamar la paz primero se debe proclamar la conversión, para que se pueda proclamar la reconciliación, primero se tiene que derribar la soberbia.
Esa dinámica que va del precursor al Mesías , es un mensaje que Dios nos da para todos los tiempos: la llegada del Mesías siempre requiere estos actos propios del precursor, es decir, el reconocimiento del pecado , el allanar los caminos, el quitar las montañas, el levantar los valles, para que venga el tiempo de la salvación.
Lo que anda mal, entonces, no es el deseo de la paz, lo que anda mal es la falta del arrepentimiento. La paz la deseamos todos, pero el arrepentimiento muy pocos, y se necesita anunciar el arrepentimiento, se necesita anunciar la conversión para que pueda llegar el anuncio de la salvación. Lo mismo se puede aplicar a nuestra propia vida, se puede aplicar a nuestra condición.
San Juan de la Cruz dice, refiriéndose a los grandes dones que Dios regala en esas etapas místicas, en ese desenlace maravilloso de la vida espiritual, dice San Juan de la Cruz: “Desear estas cosas es de muchos, desear el camino para alcanzarlas es de pocos, es lo mismo. Nosotros queremos dar el brinco y saltarnos al precursor. Se necesita la purificación para llegar a la iluminación. Y toda la escuela monástica, si leemos por ejemplo a Guido el Cartujo, toda la espiritualidad monástica es así. Siempre la primera etapa, purificación, para llegar a la iluminación. Y así lo explica San Juan de la Cruz, cuando se habla de amistad, de intimidad con Dios, eso gusta, cuando se habla de cómo hay que trabajar y como hay que avanzar para llegar a eso, eso que no gusta.
Queremos al Mesías y no queremos al precursor, pero Dios puso un orden: “Yo salí a bautizar con agua para que se manifestara el que bautiza con Espíritu”, y esa es la segunda parte de nuestra enseñanza. Las aplicaciones, ya sea a la vida social, si es trata de la paz, ya sea a la vida espiritual si se trata de cada uno de nosotros. Pero hay una palabra que une la preparación y la aplicación, hay una palabra que une al precursor y al Mesías. Hay una palabra que sirve de puente entre el bautismo de agua y el arrepentimiento, y el bautismo de Espíritu, y de salvación, y de exultación. Esa palabra que hace el camino es la palabra ALIANZA.
Toda la denuncia de Juan, es “Hemos sido infieles a la alianza” y todo el mensaje de Jesús es “Dios establece una nueva alianza”. La palabra alianza es la palabra que nos sirve para ir de Juan a Jesús, la palabra alianza es la que nos sirve para pasar de la preparación a la celebración, es la que nos sirve para avanzar de la purificación a la iluminación. Esa palabra permanece, la palabra alianza.
La alianza que incumplieron los israelitas, fue la alianza celebrada en la sangre de sus corderos. La Alianza nueva es la sangre, es la alianza celebrada con la sangre del Cordero de Dios. Si la sangre de nuestros corderos no fue suficiente para la alianza, ahora celebramos alianza en la sangre del cordero de Dios. Y eso es lo que decimos en la Eucaristía, tomando las palabras mismas de Jesús: “Tomad y bebed, éste es el cáliz de mi sangre, sangre de la alianza nueva y eterna derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados”.
Esa es la tercera parte, la alianza. Hay una palabra que sirve de puente, hay una palabra que nombra el camino, el camino que se hace con Dios. Hay una palabra que esta viva en el Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento que en realidad deberían llamarse la Antigua Alianza y la Nueva Alianza. O podrían llamarse también la primera alianza y la ultima alianza.
Entonces la palabra alianza es en cierto sentido la gran palabra de la Biblia y cada vez que decimos el Antiguo Testamento o el Nuevo Testamento, estamos hablando de la antigua alianza y de la nueva alianza. O sea que hay una palabra, la palabra testamento o la palabra alianza, que la palabra-camino: es la palabra que sirve de camino, es la palabra que sirve para recorrer lo que va de Juan hasta Jesús.
Pasemos a la cuarta y última parte de nuestra reflexión hoy. Haber, hagámonos esta pregunta: Juan proclama arrepentimiento, no era el primero en hacerlo ¿El arrepentimiento que es? Es el dolor que se siente cuando se reconoce el pecado cometido, ese es el arrepentimiento. Juan no era el primero que denunciaba pecados y los que se bautizaron en el tiempo de Juan tampoco fueron los primeros en arrepentirse, en reconocer sus culpas.
Entonces hagámonos esta pregunta: ¿Qué trajo de nuevo Juan? Hay una oración tan linda en la Liturgia de la Iglesia refiriéndose a Juan, precisamente. Una oración que dice que él fue el que pudo reconocer, el que pudo señalar a Jesús. El que pudo anunciarlo y mostrarlo. Todos los otros pudieron anunciarlo, pero a Juan se le concedió anunciarlo y mostrarlo. Y dice uno ¿Por qué, por qué fue así?
Aquí tengo el prefacio de la Misa del día San Juan Bautista, dice: “Fue el único entre los profetas que mostró a los hombres el Cordero Redentor”. Lo anunció y lo mostró, los otros habían podido denunciar pecados y habían despertado arrepentimiento, dolor por el pecado, pero no habían podido mostrar a Jesús.
Al ver Juan a Jesús, exclamó: “Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. “Tras de mi viene uno que está delante de mí, porque existía antes que yo”. ¿En qué consiste, si podemos preguntar eso, en qué consiste la percepción del arrepentimiento? Yo pienso que, si Dios le diera a uno un arrepentimiento perfecto, le daría también una conversión perfecta.
Imagínense que alguien pudiera encontrar ese secreto: el secreto del perfecto arrepentimiento. Encontraría también el secreto de la perfecta conversión. Porque hablaban de pecados y denunciaban pecados los profetas, pero por lo visto, esas denuncias aunque producían dolor y producían amor a Dios, era insuficientes, no alcanzaban hasta llegar a la redención.
¿Cuál es el secreto del perfecto arrepentimiento? Yo quisiera tener ese secreto, yo quisiera encontrarlo porque lo necesito para mi vida y porque lo necesito para mi ministerio. Evidentemente es un regalo, porque hay palabras que en un día no nos dicen nada y otro día nos lo dicen todo. Porque hay momentos en que sentimos en que, si, somos pecadores, y otros momentos sentimos que nos duele ser pecadores. Porque hay momentos en que el corazón sabe que es pecador y otros momentos en que el corazón se revienta porque sabe que ha pecado.
Es una cosa preciosa muy misteriosa, porque como nos lo han enseñado los sacerdotes, al confesarnos seguramente, por lo menos a mi me ha pasado, no se puede confundir el arrepentimiento con el sentimiento. ¿Cuántas veces un dolor sensible muy grande termina en eso, en un dolor sensible grande?
Por eso creo que tenemos que mirar una y otra vez el ministerio de Juan Bautista ¿Por qué sus palabras, por qué su mensaje logró, como decía proféticamente el Arcángel Gabriel a Zacarías, porque logró volver el corazón de los padres hacia los hijos, porqué logró preparar un pueblo? ¿Qué había en él?
Podemos encontrar algunas pistas, aunque yo sigo sintiendo que la gran respuesta se me escapa, y tal vez siempre se nos escapará. ¿Qué encontramos en Juan? “Tras de mi viene uno que está delante de mí, porque existía antes que yo”. Jesús viene detrás pera también va adelante, debe haber un mensaje grande en eso ¿No? A la Biblia no le sobran palabras, ahí tiene que haber algo grande.
El gran arrepentimiento, el perfecto arrepentimiento, sabe que Jesús viene detrás pero también va adelante. ¿Esto como lo podemos entender? Propongo una interpretación: a veces uno siente, que el pecado retrasa la llegada de Jesús. Y bueno, eso es cierto. Pero ¡Cuidado! Jesús viene después, pero Jesús también venía delante. ¿Y eso que quiere decir? Que el pecado no toma por sorpresa a Jesús, ningún pecado sorprende a Dios. Ningún pecado toma a Dios fuera de base. Ningún pecado extraña a Dios.
El pecado nos aleja de Dios, pero Dios nunca está lejos. Nos aleja quiere decir, que Él viene detrás, pero Él nunca está lejos, quiere decir que Él siempre esta adelante. Como cuando decimos que una persona “Mira, es que va tres pasos adelante”, Dios siempre va adelante, ¡DIOS SIEMPRE VA ADELANTE!
Nada sorprende a Dios, nada extraña a Dios. Nada está por fuera ni de su conocimiento, ni de su plan, ni de su sabiduría, ni de su misericordia, ni de su poder. El pecado nos aleja de Dios pero Dios nunca está lejos. El perfecto arrepentimiento entonces, supone una absoluta conciencia de eso: Dios nunca, nunca está lejos. Nunca se extraña de nada. Nunca nadie le da sorpresas a Dios. Nunca nadie extraña o produce extrañeza en Dios.
¿Para que sirve saber esto? Para tomar de una manera más normal, la anormalidad del pecado. Y de una manera más natural, la antinaturalidad del pecado. Y de una manera más racional, la irracionalidad del pecado. Dicho de otra manera, la angustia, el escándalo, la ansiedad porque lo que uno ha hecho, o por lo que otros hacen ¡No sirve de nada!
“Cómo fue posible que yo hiciera…”, no sirve de nada, el arrepentimiento no es más perfecto porque sea mayor la extrañeza, el asombro, el escándalo, el aspaviento. Ninguna de esas cosas hace mejor el arrepentimiento, esa es la enseñanza que sacamos: “Detrás de mi viene uno que ya estaba delante de mí. Jesús va adelante”, a Él nadie lo toma por sorpresa.
Entonces, nuestro cuarto punto es esta reflexión es, Jesús quiere darnos una perfecta conversión, necesitamos un perfecto arrepentimiento, y hemos encontrado el 4.1: un elemento del arrepentimiento, el arrepentimiento parece que es más perfecto desde una cierta naturalidad. ¿Una naturalidad que consiste en qué? En aceptar la verdad de nuestra naturaleza, no es que el pecado sea natural, sino que es natural que pequemos, y es natural que pequemos por una naturaleza herida, lastimada por el pecado.
Tener conciencia de la naturalidad del pecado ayuda muchísimo a vencer el pecado. Eso sacamos de este texto. Y parece que es así, porque fíjate que en el Evangelio había gente que tenía conciencia de su situación de pecado: los publicanos, las prostitutas. Ellos sabían que eran pecadores y ellos sabían que el pecado acompaña la vida humana. Ellos sabían que es natural que pequemos, ellos estuvieron más dispuestos a la conversión que los que hacían grandes aspavientos… ¡Que cómo este se deja tocar por esa pecadora!
El aspaviento, el escándalo, la extrañeza no sirven de nada. Una actitud más natural con respecto al pecado, es una manera más eficaz de vencer al pecado. Y así lo muestran las prostitutas y los publicanos, mientras que los que sentían que el pecado ¡Qué terrible pecado!, los que sentían que el pecado era tan terrible, rechazaron al que sanaba los pecados terribles.
4.1 El que reconoce que es natural el pecado, está más cerca de vencer al pecado.
¿Qué más podremos aprender de este hombre maravilloso, de este regalo tan grande que Dios le dio a la Humanidad que se llama Juan Bautista? Dice Juan: “Yo no lo conocía”. ¿Por qué el Espíritu Santo quiso que eso quedara ahí? ¿Pero es que Juan no sabía nada sobre Jesús? Eso no lo podemos creer, pues Juan era hijo de Zacarías y de Isabel ¡Es inconcebible que no le hayan dicho nada sobre su propio nacimiento que fue milagroso!
¿Te acuerdas que Isabel saludó diciendo: “De donde a mí que la madre de mi Señor…”? ¿Después de eso Isabel tuvo un terrible ataque de amnesia y se le olvidó quien era la madre del Señor? No parece razonable. Juan tenía noticias sobre Jesús, seguramente tenía noticias sobre que Jesús era hijo de una virgen, Juan tenía que saber muchas cosas sobre Jesús.
Además fíjate que es muy extraña esa frase, porque “Juan saltó de gozo en el vientre de Isabel” teniendo cerca a Jesús. Entonces vamos a decir que siendo un feto lo conoció, o lo reconoció ¿Pero después ya no lo reconoció? ¿Por qué dice Juan “Yo no lo conocía”?
La explicación que conozco y comparto, por la profundidad que tiene el verbo conocer en la Biblia, conocer es estar demasiado cerca de la intimidad, del corazón, de la verdad de la otra persona. Esa es una explicación, la otra explicación es: porque aunque hubiera escuchado muchas cosas sobre Jesús, no es lo que dijeran los hombres sino la señal del cielo la que le permite a Juan conocer a Jesús.
Conocer a Jesús no es haber oído hablar sobre Jesús, conocer a Jesús es recibir la voz que permite saber quién es Él, qué misterio se esconde Él, qué tiene Él para ofrecerme. Eso no se sabe oyendo historias, eso se sabe por una acción del Espíritu.
La tercera explicación, yo no lo conocía, porque aunque Juan tuviera todas esas noticias, es capaz de desconfiar de sí mismo, se entrega completamente a Dios, estaríamos ante un acto de humildad. Humildad, prudencia, señal del cielo: Juan no considera que conoce a Jesús.
A mí me parece, que el arrepentimiento se hace más perfecto, más perfecto, cuando uno dice “yo no conozco a Jesús”. El que dice “yo conozco a Jesús” le tapa la boca a Jesús, se queda con el pasado, mientras que el que dice “yo no conozco a Jesús” se queda con el futuro, es más perfecto decir: YO QUIERO CONOCER A JESÚS.
Porque cuando yo digo “yo quiero conocer a Jesús”, le estoy dando la oportunidad a Jesús de que me abra nuevas puertas. Cuando digo “yo conozco a Jesús” me quedo con lo que Él hizo, cuando digo “yo no conozco a Jesús”, me quedo con lo que Él hará.
Fíjate que San Pablo en una de las cartas a Timoteo, tal vez es la segunda, dice: “Ojalá tenga yo una viva experiencia de sus padecimientos y del poder de su resurrección”. Y cuando Pablo dice eso, ¡Cuántas cosas ya le habían sucedido! Empezando por esa maravillosa conversión, milagros inmensos, maravillosos, hechos en el nombre de Jesús; predicación y fundación de comunidades; salvación milagrosa de su propia vida más de una vez; padecer por el mismo Cristo tantas veces…
Y después de todo eso, San Pablo dice: “ojalá pueda yo tener una experiencia de Cristo”. Como lo que dice Juan “yo no lo conocía”. Parece que los verdaderos santos hablan es de esta manera, “yo quisiera conocer a Jesús”.
De pronto los eruditos, de pronto los sabios digan: “yo conozco a Jesús”, pero los santos dicen: “yo quiero conocer a Jesús”. Parece que es una de las características del perfecto arrepentimiento, esa: “yo quiero conocer a Jesús”. “Yo no sé quien es Jesús, yo no sé qué puede hacer Jesús por mí, yo no sé que más se le puede ocurrir a Jesús para mí. No lo sé. Sé le que se le puede ocurrir algo. No sé qué. No sé qué tenga para darme. Algo más debe tener”.
Fíjate que es un lenguaje que mira hacia el futuro. Mientras que yo conozco a Jesús, es lenguaje que mira hacia el pasado. Característica de verdadero arrepentimiento: “yo no conozco a Jesús, yo quiero conocerlo”.
Esto también tiene una dimensión de alianza, tiene también una dimensión esponsal. El profeta Isaías tiene unas expresiones que son supremamente fuertes porque aluden al lenguaje de la pareja. Bueno, lo voy a decir, no son fuertes, son eróticas. Dice por ejemplo, “la alegría que encuentra el marido con la esposa la encontrará tu Dios contigo”. Y si vamos al texto hebreo, no die así, lo que dice es “la alegría que encuentra el marido sobre la esposa la encontrará tu Dios contigo”, se está refiriendo exactamente al acto sexual.
Y en otra parte dice: “Y te penetrarás del Señor”, es alusión exacta, precisa así como la escuchas, una alusión exacta al acto sexual. Una alusión exacta a la unión más intima que cabe conocer, que cabe decir en esta tierra. “Y conocerás al Señor y el Señor te conocerá, te penetrará el Señor”.
Con ese lenguaje, que suena tan duro, tan duro, que las traducciones lo suavizan, lo vuelven en términos de cariño, cosas parecidas. Bueno, yo creo que uno entiende por qué lo hacen. Hay muchísimas cosas así en la Biblia. Pero de vez en cuando es interesante volver a ese lenguaje duro, yo no sé cómo decirlo, más explicito.
Conocer a Jesús, conocer a Dios, es algo que tiene una comparación con ese género de unión. Es algo que se parece a ese género de unión. ¿Eso qué quiere decir? Eso quiere decir: la sensación más absoluta de ser poseído, o de ser poseída, porque obviamente este es un leguaje femenino, la sensación de que “Él me toma y se adueña de mí. Que todo centímetro de mi piel, que todo, Él toma todo lo mi. Que todo centímetro de mi piel, que todo palpitar de mi corazón, que toda la vibración de mi alma, que cada una de mis miradas, que todo lo que soy, Él lo tiene. Eso es conocer y eso es ser conocido, y a eso aspira el que se convierte. A eso.
¿Sabe una cosa? Yo creo que si ese lenguaje fuerte, repito, muchas veces es así, explicito, sexual, erótico, si ese lenguaje fuerte se hubiera predicado y se hubiera predicado así como lo predicaban los profetas, porque ellos no decían: “hay niños, voy a hablar de otra manera”, no. Si ese lenguaje fuerte se hubiera predicado en nuestro mundo, yo puedo asegurarles una cosa: jamás hubiera nacido la idea de que la vida sexual es una vida privada, que es lo que la gente piensa cuando se trata de temas de moral sexual.
“Yo tengo una vida privada, es mi vida privada, y la Iglesia no se puede meter en eso”. O “yo tengo mi dinero, y Cristo no se puede meter en eso, o el cura por qué se puede meter en eso”. La idea de una vida privada es exactamente lo contrario de los que nos dicen los profetas. ¿Qué vida privada tiene una mujer después de que ha sido poseída cien veces o mil veces por el esposo, qué vida privada tiene, cuál es la vida privada de ella? Todo su ser, todo su cuerpo todo su palpitar, todo su amor, todo lo conoce el esposo, todo, todo. ¿Qué vida privada tiene?
Esa es la relación que hay que tener con Dios. Eso es convertirse: que Él sea dueño de todo, que lo conozca todo, que lo sepa todo, todo. Ahí no hay maquillaje, ahí no hay engaño, ahí no hay nada, es la pura y la linda o la fea verdad de cada uno
El arrepentimiento perfecto, entonces, es una aspiración a eso. Así, que Dios me sepa, que me conozca todo, todo, todo. Que lo sepa todo, que conozca todo, que admita todo y que posea todo, que todo sea de Él. Cuando eso me suceda, entonces puedo decir “lo conozco”.
Porque es que eses lenguaje sexual es muy fuerte. Y no solo es fuerte para lo que el hombre conoce de la mujer, sino para lo que la mujer conoce del hombre. Porque también la mujer ahí conoce a su pareja, ahí sabe cuánto la ama, ahí sabe como arde de amor por ella. Ahí sabe que le gusta verdaderamente. En esa intimidad absoluta, sin más testigos, sin necesidad de impresionar a nadie, ahí sabe ella “realmente le gusto realmente lo que le gusta de mi cuerpo es…, realmente lo que le gusta de mi es…”. Ahí sabe ella quién es él, cuanto la ama, cómo arde.
¿Qué sacaría una mujer que quiera ser casada con un esposo que se enorgullece de ella y la presenta en sociedad y no sé que más cosas, y la exhibe como si fuera una porcelana, pero luego cuando están juntos no se interesa por ella, no arde por ella, no se apasiona por ella, no quiere ni tocarla? ¿Qué sentiría esa mujer? “Soy un objeto, soy un objeto que el exhibe, no me ama”. Es en la intimidad donde ella sabe lo que el realmente siente por ella.
Bueno, aplique ese lenguaje a este verbo “conocer”. Porque esto viene de la raíz judía, y los judíos son así, carne, concreto, el mundo concreto, el mundo real, aplícale esto. Cuando una persona dice, yo quiero conocer a Dios ¿Qué está diciendo? “Yo quiero verlo arder de amor por mí, que lindo, yo quiero ver si es verdad que me ama, yo quiero ver si es verdad que encuentra algo bello en mi o no. ¡Yo quiero ver eso, quiero verlo, quiero sentirlo!
Porque si yo lo veo y lo siento me cambia la vida, el arrepentimiento perfecto es eso. No que me lo cuenten “mira que Dios te ama”. “Pues sí Dios ama todo, amará hasta los sapos o si no los hubiera acabado, ama a las salamandras, ama las cucarachas”.
Que me ame a mí… ¿Me ama o me exhibe? ¿Soy uno más en su lista? Esas son las preguntas que se hace toda mujer si quiere saber si es realmente amada: ¿Soy una más en su lista? Pero cuando ve y descubre la intimidad, la fidelidad, la ternura, la cercanía, cuando ve… ¡Realmente arde por mí, verdad que si me quiere! ¡Ahí lo conocí a él!
Yo pienso que mientras estas cosas no las vivamos, nuestro arrepentimiento va a ser el arrepentimiento de los otros profetas, el arrepentimiento bonito, el arrepentimiento de Jeremías, el arrepentimiento de Ezequiel, todos ellos, todos ellos predicaron arrepentimiento y todos ellos produjeron arrepentimiento… Pero el arrepentimiento perfecto parece que va más por esta línea, es una cosa total: ¡Señor demuéstrame que me amas!
Haber, ¿No es exactamente eso lo que diría una mujer en la intimidad con su esposo? Y aunque no lo dijera con palabras, ¿No lo dirían sus ojos, o por lo menos, no se lo diría ella en su corazón? Diría ella: “ahora voy a saber si esto es tilín, tilín, o qué ¿Que hay aquí en verdad? Ahora voy a conocer que hay aquí en verdad”
Pues parece que algo así es lo que necesitamos decirle a Dios: Señor yo quiero conocer que hay en verdad. Me han dicho cosas maravillosas, que Tu amas hasta el extremo, me han dicho, si, si, si. Me han dicho que yo “debo”, y además “debo” y después después de eso “debo”, ¡Debo!
Sigamos con la analogía de la mujer. Yo ahora debo prepararle el desayuno a usted y después debo limpiar la casa y después debo arreglarle la ropa ¿Y por qué lo dice todo en lenguaje de deber? Porque no se siente feliz. Cuando la mujer se siente realmente poseída, cuando se siente amada, cuando se siente realmente rodeada de amor, es como si no debiera, ¡Es que le nace!
¡Que alegría para ella poder preparar algo para su amorcito lindo del alma! ¡Que alegría poder consentirlo! ¡Que alegría tocar su ropa, limpiarla! ¡Que alegría tenerle la casa linda, que alegría! Eso siente la mujer, eso siente la que está casada, y está bien casada y está feliz. Pues así es eso. ¡Es que ahora debo y tengo que limitarme y tengo que abstenerme y tengo que… y así me totee y se me pinte la vena…! Es muy difícil, una virtud así es muy difícil y no va muy lejos. Hay que terminar estas palabras, y estas palabras son un grito, estas palabras terminan con un grito:
Por piedad Señor, muéstrame cuanto me amas. Por piedad, compadécete de mí. Sé que soy una porquería y lo vamos decir en términos decentes. Sé que soy una porquería, sé que puedo fallarte muchas veces, se que yo desilusiono, sé que no doy la talla, ya, ya lo sé. No doy la talla, decepciono, soy indigno de, ya, ya me lo dijeron y ya me lo dije, ya. Ahora que se todo eso, y ahora que sé que no merezco nada… Por caridad, dime que me amas, dime que así, me amas. Dime que así, así, me amas. Y dime de manera que yo pueda oírlo.
Que podamos celebrar alianza.