Bo14002a
Fecha: 20030706
Título: Estar dispuestos a hablar con nuestras palabras, con nuestra presencia y tambien con nuestras lagrimas, con nuestro dolor o con nuestra sangre, si es necesario
Original en audio: 10 min. 40 seg.
Queridos Hermanos:
Lo más lógico sería decir que uno habla para que lo escuchen. Pero la primera lectura y el evangelio de hoy nos muestran que no siempre sucede así.
A veces hay que hablar no para ser escuchado, sino para que quede el testimonio de que se habló.
Este uso extraño de la palabra, es lo que nos encontramos en la primera lectura del profeta Ezequiel. Dios le dice dos cosas: que hable, y que no lo van a oír. Parece absurdo, ¿por qué lo manda a hablar si no lo van a oír? Porque es que el profeta no solamente habla con sus palabras, sino habla con el hecho de su presencia, de su ministerio.
Podríamos decir que antes que sus palabras, es su existencia misma la que habla. Y no hay que desconfiar del poder que tenga esta otra palabra que es el haber hablado; no lo que uno dice, sino el hecho de haber dicho. Son dos niveles de la plabra. Un nivel es lo que uno dice, otro nivel es el hecho de haber hablado, el hecho de haber dicho.
Por ejemplo, como sacerdote uno tiene la oportunidad de estar cerca de la historia de muchas personas, a través del sacramento de la Confesión; y muchas veces pasa, que la gente, en la Confesión, se siente movida por las palabras de los muertos, es decir, por palabras que escuchó a personas que ya no están: "Como decía mi abuelita", "mi tía sí me había dicho, "mi papá me repetía".
Son palabras de muertos porque ya esas personas no están, y todas esas personas hablaron aparentemente en vano, aparentemente esa palabra se perdió, porque fue rechazada.
Un gesto de desprecio de un muchacho hacia el papá: "Estas son bobadas de mi papá", "estas son chocheras de mi mamá", "estos son los caprichos de mi abuela". Pero el tiempo pasa y después resulta que esas palabras, que no fueron oídas, esas palabras adquieren después su sentido, su significado.
De manera que la primera enseñanza que sacamos es que tenemos que hablar, no para el presente, tenemos que hablar para el futuro. No le hablemos solamente al niño que tenemos cerca, hablémosle ya a ese adulto, que tal vez no veremos, pero que un día llegará a ser.
Las palabras que nosotros damos, son como semillas que a veces pueden tardar muchísimos años en florecer y fructificar, pero hay que darlas.
En otro sentido, de pronto un poco más doloroso, no sólo hay que hablar por si algún día florece, sino porque el rechazo que sufre el profeta, también tiene un efecto en la conciencia de la persona que lo rechaza.
Esta es una cosa un poco, qué diríamos, dramática, ¿no? Pensemos en el caso del centurión que estaba junto a la cruz de Jesucristo. Ese centurión estaba velando ahí, para que se cumpliera la condena; es decir, su tarea era completar el sacrificio de Jesús. Completar la tortura hasta la muerte de ese condenado.
Cuando Jesús muere, dando un grito, este hombre comprende algo. Es decir, el profeta destruido, el rostro triste, la vida que aplastamos, también se convierte en un mendaje.
A ver, que el Espíritu Santo me ayude a tratar de expresar esto que quiero decir.
Las personas a las que hacemos daño, no solamente reciben ese daño, sino que nos envían un mensaje; el que es lastimado, el que es destruido, en su misma destrucción, en su destrucción inocente, nos envía un mensaje que a veces puede romper nuestro corazón, que a veces puede cambiarnos.
Ese es el sublime lenguaje que tiene Jesús en la Cruz. Cuando le vemos ya destruido por nosotros, así como el centurión lo vio destruido por su trabajo; cuando lo vemos ya destruido, algo se destruye en nosotros; cuando ya vemos a Cristo roto, algo se rompe en nosotros.
Esto se parece a lo que sucede con esos otros Cristos de unos cuantos centímetros, que son los fetos, que son los abortados. Cuando conocemos qué le sucede al niño abortado, cómo se destruye esa vida, algo se rompe en nosotros, un dolor surge en nosotros y un deseo irreprimible de defender la vida.
De manera que nosotros tenemos que estar dispuestos a hablar no solamente el lenguaje de las palabras, o el lenguaje de la presencia, sino también el lenguaje de nuestro cuerpo roto, de nuestra vida malograda. También nuestra vida rota se convierte en un mensaje para los demás. Esa vida rota, esa vida malograda.
Hay un ejemplo del ministerio del Papa. El Papa no siempre ha sido bien recibido. Hay unas dos ocasiones en que ha tenido que soportar burlas o rechiflas sumamente diras, humillantes.
En algún país, que no vamos a mencionar, estaba predicando el Papa, y tenían preparado un saboteo que consistía en utilizar una cantidad de preservativos, una cantidad de condones inflados para que hicieran bulto y para que fueran una gran burla a la enseñanza del Papa sobre los anticonceptivos y sobre el concepto que la Iglesia tiene del amor de pareja. Es una de las burlas más espantosas que le han hecho a Juan Pablo II.
Y en otro país de otro continente, ya no de Europa sino de América, se armó también ua rechifla porque eran épocas de mucho fervor en el asunto de la Teología de la Liberación, y entonces el magisterio de Juab Pablo II era violentamente rechazado por las precisiones que había hecho con respecto a esta enseñanza de la Teología de la Liberación.
Pero hay una cosa interesante, en esos dos casos en que el Vicario de Jesucristo tiene que soportar unas burlas terribles, porque repito, no todo han sido aplausos para el Papa, en esas dos ocasiones, el dolor ha marcado profundísimamente el rostro de Juan Pablo II.
Y el rostro dolorido, el rostro humillado del representante de Cristo en la Tierra, ha tenido un efecto maravilloso de conversión y un efecto maravilloso de transformación, incluso en los mismos países en donde ha recibido esas afrentas.
El ideal sería que un buen discurso, que unas buenas palabras sirvieran para que la gente entendiera; pero a veces la gente no entiende las palabras que uno dice, pero sí entiende las lágrimas que uno saca cuando no es entendido, cuando es rechazado, cuando es marginado, cuando es humillado, como le pasó al Papa Juan Pablo II en aquel país de Europa donde le hicieron la protesta de los preservativos, o en ese otro país donde lo rechiflaron.
Y por eso, el testigo de Jesucristo tiene que estar dispuesto, como el Papa, a hablar, a presentar su mensaje en palabars; pero tiene que estar dispuesto a que Dios a veces tome su lenguaje de lágrimas, su rostro descompuesto, o incluso su propia sangre, para decir ese otro lenguaje.
Uno quisiera que la especie humana no fuera así; uno quisiera que la especie humana pudiera entender siempre unas buenas razones, que siempre pudiera entender unos buenos argumentos, pero así no somos los seres humanos.
A veces sólo nos detenemos cuando ya hemos producido un horrendo charco de sangre, cuando ya hemos empapado el madero de la cruz, sólo entonces nos detenemos, y como que una voz en noostros resucita, y nos preguntamos: "¿Qué es, qué es lo que estmos haciendo?" Y en esos momentos puede venir la conversión.
Es muy duro ese ministerio, es muy duro ese servicio, pero dará su fruto. Y si queremos amar radicalmente a Dios, tenemos que estar dispuestos a eso. Esa fortaleza no la podemos sacar de noostros mismos, esa fortañeza la tenemos que sacar únicamente de Dios.
Pedirle a Él que nos infunda su Espíritu, como hizo con el profeta Ezequiel, al cual le dijo: "Yo te voy a hacer el rostro como de pedernal" Ezequiel 3,9, "te voy a hacer resistente", "te voy a hacer fuerte".
En algunas ocasiones tendremos que defender la verdad; en algunas ocasiones tendremos que defender nuestra fe; tendremos que defender la fe de la iglesia y su enseñanza, incluso pagando ese precio tan alto.
No nos consideremos fuertes, especialmente en este día en que la segunda lectura nos ha recordado lo que le sucedía a San Pablo. San Pablo tuvo la sesatez de no considerarse fuerte, se consideró débil, y por eso acogió al único que podía darle fuerza, a Dios nuestro Señor.
Que venga esa fortaleza a noostros, que estemos dispuestos a hablar con nuestras palabras, a hablar con nuestra presencia, y si es necesario, a hablar también con nuestras lágrimas, con nuestro dolor o con nuestra sangre.