Stom006a
Fecha:20010703
Título: En las llagas de Jesus, El nos muestra cuanto nos ama
Original en audio: 32 min. 55 seg
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¡Yo estoy feliz! Creo que ningún lugar más apropiado, ningún auditorio, ninguna asamblea más apropiada, ningún día más apropiado.
Y voy a explicarme: las lecturas que acabamos de oír, yo creo que tocan muy profundamente nuestras realidades, eso que nos dice el Apóstol Pablo en su Carta a los Efesios, es lo que muchas familias y muchas personas de nuestros pueblos hispanohablantes hemos vivido.
Mira cómo empezó la lectura de hoy, la primera: "Ustedes ya no son extranjeros ni huéspedes, sino conciudadanos del pueblo de los santos, ustedes son de la casa" Carta Efesios 2,19.
Eso es algo que muchos de nosotros hemos vivido o estamos viviendo, porque sabemos lo que significa ser extranjero, porque nosotros conocemos lo que significa ese lenguaje de: "Tú eres el indocumentado, tú eres el sin papeles, tú eres el de otro sitio, tú eres el que llegó aquí; no te estábamos esperando".
Ese lenguaje, a muchos de los que estamos aquí, nos ha causado seguramente dolor, momentos duros, momentos de humillación, tal vez algunas lágrimas. Sé que no es la historia de todos, pero sé que algunos lo están viviendo o lo vivieron, y por eso, esta imagen que nos da el Apóstol Pablo, resuena como una trompeta de victoria.
"Ustedes ahora son de la casa" Carta Efesios 2,19, eso sí que es grande para oírlo, "ustedes son de la casa" Carta Efesios 2,19, como cuando uno llega al lugar del amigo y el amigo le dice: "Mira, es que puedes quedarte aquí, siéntate como en tu casa, esta es tu casa".
Ese es el lenguaje que está utilizando el Apóstol Pablo y lo está utilizando de parte de Dios: "Ahora tú eres de la casa" Carta Efesios 2,19.
Y se trata, precisamente, de la casa de Dios; Él te recibe en la intimidad de su amistad, y por eso hoy te está invitando a comer, como se invita a los amigos; por eso, hoy, te deja participar de su Espíritu, de su ambiente, de su estilo, incluso me atrevería a decir, porque esa es la fuerza de la expresión Bíblica: "Te deja participar de su mismo aliento, su Espíritu, su amor, su cercanía".
Y eso es lo que nos está diciendo el Apóstol Pablo: "Ahora tú eres de la casa, tú no tienes que sentirte más, visitante, extranjero entrometido, no; aquí estás en tu casa, es decir, te salió la nacionalización, te salió la residencia; puedes quedarte, esta es tu casa, no hay problema para ti".
¿Y cuál es el camino para esa realidad tan bella que nos describe Pablo? Nos dice: "Ustedes son la casa cuyas bases son los Apóstoles y los profetas, y cuya piedra angular es Cristo Jesús; esta es tu casa, porque Dios te ha dado su cimiento. La fe de los Apóstoles, el testimonio apostólico es el cimiento sobre el que tú puedes levantar tu nueva vida" Carta a los Efesios 2,19-20.
Y efectivamente, maravilla pensar que toda la fe que existe en el mundo, toda, toda la fe cristiana que existe en el mundo, toda se apoya finalmente en lo que nos contaron, orque fueron testigos doce hombres que cambiaron la historia del mundo, son doce, los Apóstoles.
Ellos, dieron testimonio de lo que había sucedido, de la grandeza del poder de Dios en la muerte y la resurrección de Cristo. Y nosotros, apoyados en ellos, como miles de millones de personas a lo largo de la historia, ya no somos extranjeros sino que somos de la intimidad de la familia, somos de la casa de Dios.
Por eso, mis hermanos, todo está en el testimonio de los Apóstoles. ¡Que grande es aceptar ese testimonio de los Apóstoles! Con una particularidad el día de hoy, y eso es lo que nos ha mostrado el evangelio.
Cuando nosotros pensamos en construir la casa, pensamos en un sólido cimiento. Hoy la Escritura nos presenta un cimiento que parece agrietado: un hombre que dudó, dudó, negó, se resquebrajó, no pudo más, se reventó, o como se dice con esa expresión mexicana tan gráfica, "se rajó".
Uno que se rajó, uno que no pudo más, uno que sintió que la lógica de este mundo, la realidad de estas cosas de esta tierra, le ganaba, se le imponía, uno que sintió que todos sus sueños habían perdido las alas y ya no había nada más que hacer: "Esto se acabó, y no me echen otra historia que no quiero creer más".
Es una situación que tal vez nosotros hemos vivido algunas veces, por muchas razones, por una enfermedad, por un fracaso financiero, por la pérdida de un ser querido, por alguna tragedia, hemos vivido eso, hemos sentido eso, seguramente.
Y esto es lo maravilloso de la fiesta de hoy, ver cómo trató Jesús a ése que se había rajado, a ése que se había reventado, cómo trató Jesús a ése que se agrietó.
xxxHay una palabra en el profeta Isaías, una palabra profética que describe cómo iba a ser el Mesías, y así fué. Dice Isaías, hablando del Siervo de Dios, dice: "Él no quebrará la caña cascada, no apagará el pabilo vacilante" Isaías 42,3.
La caña cascada, ya vencida, ya doblada, no la va a quebrar; y el mechero, la vela, el pabilo que ya se apaga, no lo va a apagar Cristo. Esto es lo maravilloso de Cristo, que llega al mechero vacilante, que llega a la caña resquebrajada, vencida, debilitada, no para darle el último pisotón, no para decir: "Este ya no da más".
Cristo tomó a Tomás, que era ya no una luz, como los otros Apóstoles que brillaban por la fe; Tomás era ya un mechero humeante, la luz de Tomás se había apagado, pero Jesús no llegó a ponerle encima el pie a ese mechero y a decir: "este no sirvió para nada", un pisotón, y se acabó.
¿Cómo recibe Cristo a Tomás? ¿Cómo obra Cristo con Tomás? ¡Así es Él con Tomás, y así es Él con nosotros! Por eso dice San Agustín: "Que para la fe de la Iglesia, en cierto sentido, más nos ayudó la incredulidad de Tomás, que la fe que ya tenían los otros".
Porque es tanto lo que revela el Corazón de Cristo en esta escena, es tanto lo que aprendemos de Dios en esta escena, tanto, que realmente casi podemos decir, con una palabra de Santa Teresa de Jesús: "¡Feliz culpa!" Santa Teresa, meditando en el pecado original y la grandeza del don de Cristo, alguna vez exclamaba: "feliz culpa que nos mereció tal Redentor".
Qué desgracia el pecado, pero qué bendición que el remedio del pecado se llame Jesucristo, tan grande, tan rico, tan sabio, tan bello, tan bueno. Y eso podemos decir nosotros aquí con esta escena.
Qué feo que Tomás se haya rajado, qué feo que se haya agrietado su certeza, que duro, que triste que no le hayan dado más el corazón ni la fe, eso es cierto, pero esa incredulidad de Tomás, Cristo la tomó, Cristo la asumió, y con ese barro tan pobre y tan sucio de la incredulidad, nos mostró su misericordia, nos mostró cómo obra hoy con los que dudan.
Y de aquí tenemos demasiado que aprender, demasiado. Primero, para repetir nosotros esta misma actitud con el que duda, "que yo comprenda", dice un himno de la Liturgia de las Horas, en la edición española, "que yo comprenda, Señor mío, al que se queja y retrocede, que el corazón no se me quede desentendidamente frío".
Cuando oigamos, claro que duele, que alguien se queja y retrocede, que a alguien se le apaga la luz y queda sólo el mechero humeante, y parece que ya no hay nada, hay dos opciones: o vas donde esa persona y le das el último pisotón, o te unes a Cristo, y con la ternura que sólo tiene el Corazón de Cristo, ayudas a encender esa luz.
En Latinoamérica, también en otras ocasiones, en otras latitudes, en otros lugares, hemos visto unos episodios de crueldad terribles. En Brasil, por ejemplo, hubo gente que se decidió a hacer "limpieza social", la conclusión de ellos fue: "Hay gente que no merece vivir. Esa gente que sólo roba, viola, se droga, mata, esa gente ya no merece vivir".
Y empezaron a asesinar a mendigos, locos y drogadictos por las calles, es decir, a hacer lo que ellos consideraban "limpieza social". xxxxx Fue una tragedia, la presión internacional hizo que Brasil cambiara en ese sentido y eso hoy se ha frenado muchísimo, tomaban la justicia por su mano y decían ese loco, ese mendigo sucio apestoso, ese nunca se va a regenerar, y un tiro con el, un disparo y se acabó.
En Esparta, la ciudad famosa de la antigua Grecia, sucedía lo mismo, cuando los papás tenían hijos con defectos físicos, que podían ser labio leporino, el niño que nacía bizco o cosas parecidas, salió mal, imperfecto, a despeñarlo, ahorcarlo, ahogarlo, a acabar con el.
Y lo mismo sucede con el caso de la eutanasia, esta vida no sirve para nada, ahí no hay sino sufrimiento, además ya quiere morirse, a acabar con el, el ultimo pisotón, un golpe, acabar con el. Cristo ve las cosas de otro modo, Cristo sabe que muchas veces, en este poquito de humo todavía hay el principio de una luz, que puede ser una gran luz, la definitiva luz, la luz que puede transformar la eternidad de esa persona y yo como sacerdote, he tenido esa experiencia, varias veces, la luz de la fe.
¡Por Dios! cuantas veces la luz de la fe nace precisamente cuando solo queda un poco de humo y cuando parece que todo está perdido, cuanta gente rescatada del suicidio, de la locura, del satanismo, cuanta gente rescatada en el ultimo momento, también ese humero, también ese caso perdido tiene un lugar en el corazón de Jesucristo y por eso tiene que tener también un lugar en nosotros.
Sólo Dios sabe lo que está sufriendo cada persona, nosotros no somos nadie para juzgar, nosotros no somos nadie para condenar, a nosotros nos corresponde orar, amar, interceder y presentar, ¿Presentar que? El evangelio nos lo dice, “Se presentó Jesús” Presentar a Jesús, eso es lo que nos toca a nosotros.
No sabemos muchas veces lo lastimada que puede estar el alma de una persona, el dolor ya acumulado, el resentimiento social, de clase, político, nacional, que se yo. Sólo Dios sabe que duele y cuanto duele en cada vida; pero nosotros si podemos presentar a Jesús.
Es algo muy bello, se presentó Jesús y le dijo: “ven acá, mira mis manos” no simplemente presentar a Jesús, si vamos a ser mas precisos es presentar las llagas de Jesús, el amor de Jesús te llega hasta las llagas, esas llagas que parecerían del siglo de la de roca pero que son el grito del amor más grande.
En un programa de televisión, creo que lo ví en Discovery Chanel, hablaban de los héroes, los héroes que tiene el mundo hoy; y presentaban el caso de un hombre, que se había incendiado un edificio, habían logrado evacuarlo, pero una niña que estaba en un tercero o cuarto piso, no lograba salir, no lograba entender, iba a morir quemada viva, no había por donde entrar, no había que hacer, sino un corredor de quince o veinte metros en llamas, para tratar de llegar a una escalera, para tratar de subir a donde estaba la niña.
Y el programa muy bello, mostraba como este hombre, un vecino, sin intentarlo dos veces, sin ni siquiera tener toda la protección que a veces tienen los bomberos, pensó para si, “yo no puedo, no quiero dejar que se queme esa niña” y sin mas razonamientos se metió por en medio del fuego a buscar a la niña, la envolvió en unas mantas y salió con ella y la niña prácticamente no sufrió ningún daño; pero este hombre que atravesó quince o veinte metros de llamas, no solo se chamuscó el cabello, recibió graves quemaduras de segundo y tercer grado en los lados de su cara y su cuello.
Cuando filmaron la entrevista correspondiente, este hombre tenía todavía algunas cicatrices, a pesar de una cirugía plástica, tenía todavía algunas cicatrices de su acto heroico, las terribles ampollas por la quemadura de tercer grado le habían dejado señales, no escandalosas pero visibles.
No es hermoso ver una quemadura, no es hermoso ver una ampolla, no es hermosa ver una cicatriz; pero cuando esa niña miraba las cicatrices del hombre que arriesgó su vida para salvarla ¿Que creen ustedes que ella sentía? Así nos pasa a nosotros los cristianos.
Las llagas de Cristo no le salieron porque si, no estaba jugando, no estaba enfermo, son heridas de guerra, se metió por en medio del fuego. Dice Santa Catalina de Siena, “armado en su desnudez, la de la cruz, entró en la batalla” por eso está herido, por eso tiene cicatrices, esas fueron las cicatrices que Cristo le mostró a Tomás y esas cicatrices del que están diciendo es, como en el ejemplo de la niña quemada, “así te amé”.
Dice la Biblia, mira mis manos, palpa mi costado, así te amé, esto me pasó por ti, no es echar en cara, es la manera que Cristo tiene para declarar que nos ama, y Tomás sintió, Tomás el que había renegado, Tomás el que se había sentido incapaz de creer,¿Qué hizo Tomas? ese Tomás se derrumbó, sintió que una montaña de amor le caía encima y se derrumbó, sintió que una represa se abría y torrentes infinitos de agua fresca, limpia, pura, bendita, lo lavaban y se derrumbó.
Y por eso nos dice la Biblia “Tomás exclamó tu eres mi Señor” porque me has amado mas que nadie; porque has hecho por mi lo que nadie hizo, porque me esperaste cuando yo ya no te esperaba, porque me tuviste paciencia sin límites. Tú eres mi Señor, me ganaste para tu causa, tú eres mi Señor, tú eres mi Dios.
Jesús volcó sobre Tomás, derramó sobre Tomás toda la represa, todo el torrente de su amor, lo tiene también para nosotros y quiere, a través de nosotros, dar ese torrente de amor a muchas personas, quiere que nosotros llevemos este testimonio a todas partes.
Hablemos en términos científicos, hagamos el experimento. Para esta persona, que parece un caso perdido, vamos a presentarle la firma, la rubrica de Cristo, que son sus llagas.
Yo recuerdo el caso de una señora de una de un grupo de oración en Villavicencio, en mi país Colombia, esta señora mandó pintar un cuadro, un cuadro de Jesús y el artista, un hombre con muchas capacidades, efectivamente hizo un hermoso retrato.
La señora llegó donde el artista, donde el taller de este pintor y le dijo ¿Dónde está mi cuadro? Le dijo el pintor “lo tiene usted al frente, es este cuadro, me he esforzado, me he esmerado con lo mejor de mis capacidades ahí tiene al Jesús que había pedido”.
La señora lo miró un instante y le dijo: “ese no es Jesús” “ese es Juan Bautista” el pintor sonrió “Señora ¿Por que me dice eso?” y le decía ella “usted es pintor claro, usted cuando hace una obra la firma ¿cierto?” - Sí señora, ahí está mi firma, ese soy yo - y decía ella: este cuadro no tiene la firma de Cristo, no están las llagas de mi Señor, yo como se que es Cristo, a mi me parece que es Juan Bautista, porque no tiene llagas.
Claro, hay dos maneras de mirar las llagas, uno puede mirar las llagas únicamente para decir: hay que derrota, que terrible y entrar en un dolorismo y entrar en unos complejos y entrar en unas cosas raras, ¡Eso no es el cristianismo!
El cristianismo es como la historia del hombre que salvó la niña, el hombre que me salvó tiene unas cicatrices en sus mejillas, en su cuello, en sus orejas, ese hombre sufrió por mi, se arriesgó por mi, esas son las llagas que señalan el tamaño del amor, esas son las llagas que aquella señora buscaba en aquel cuadro, esas son las llagas, las mismas llagas que nosotros encontramos cuando Cristo nos presenta su firma.
Alguna carta la terminó Pablo diciendo “miren así firmo yo”. Cristo cuando terminó su vida dejó en sus llagas la firma y dijo “así firmo yo” “ese soy yo” “así los he amado”.
Tomás vio esa firma, reconoció a su Señor y dijo: “Es El, tiene que ser, solo El firma así, solo El ama así” Y Jesús añade esta frase que San Gregorio dice: es una frase para nosotros, “tu crees porque has visto, felices los que creen sin haber visto” que hermoso, que hermoso porque se aplica efectivamente a la mayor parte de nosotros, también el apóstol Pedro en una de sus cartas dice, “no le habéis visto y le amáis” (1 Pedro 1, 8) y el apóstol Pablo en otro lugar dice: “nosotros ponemos nuestra atención, nosotros nos fijamos en lo que no se ve” (2 Corintios 4, 18).
Por eso hermanos, este es día de la fe, día para sentir que Cristo, Cristo nuestro Señor aquí con nosotros, de su propio cuerpo, de su propia sangre, nos alimenta en el altar, nos hace participar del tamaño de su amor.
Cuando el sacerdote dice “este es el cordero” la escena del evangelio se repite, ahí está El, su Cuerpo y su Sangre, una sangre que nunca puede coagularse, porque siempre corre alegrando la ciudad de Dios, una sangre que jamás se seca, porque está ahí como bebida de salvación, como baño de purificación, una y otra vez repitiendo el canto del amor de Cristo, “Así te amé, esto vales tu para mi”.
Felices nosotros, si mirando las especies sacramentales, si mirando ese pan y ese vino, por el poder del espíritu vamos mas allá y encontramos el milagro del amor que llevó a Cristo hasta la cruz.
Vamos a seguir pues nuestra celebración, estamos en la casa de Dios, esta es la casa del Señor, este amor es para todos, esta fe es para todos y en El nadie se puede excluir, ni siquiera el que haya tenido dudas, ni siquiera el que se haya rajado alguna vez, nadie está excluido, todos están invitados y el poder del Señor, el tamaño de su amor tiene espacio para todos, para que también todos digamos “Señor mío y Dios mío”.
Amén, Aleluya.