K032001a
Fecha: 20010320
Título: Senor, quiero que brille tu misericordia
Original en audio: 21 min. 53 seg.
Hermanos:
El lenguaje que nos traen las lecturas de hoy es el lenguaje del perdón. La Primera Lectura está en el libro de Daniel, es una oración muy humilde, muy profunda, muy real, como decimos a veces, muy aterrizada, pidiéndole perdón a Dios.
La Segunda Lectura, es decir, el texto del Evangelio, se refiere al perdón entre nosotros y ahí se cuenta, a través de una historia, todo. Así como nosotros esperamos que Dios nos perdone, así también Dios espera que nosotros perdonemos, teniendo en cuenta que lo que Dios nos perdona a nosotros, es sin comparación, mucho mayor que lo que Dios espera que nosotros perdonemos a nuestros hermanos.
El mensaje entonces es: Dios te perdona, Dios espera que tú perdones; lo que Dios te perdona es muy grande, lo que Dios espera que tú perdones es pequeño, no si lo miras comparado con tu rabia, con tu ira, con tu dolor, sino si lo miras comparado con aquello que Dios tiene para perdonar hacia ti, ese es el mensaje de hoy.
¿Por qué la Iglesia nos presenta estas lecturas hoy? Porque la Cuaresma es un tiempo de reconciliación, la Cuaresma empezó con el miércoles de ceniza, y en la Segunda Lectura del miércoles de ceniza, San Pablo ya nos estaba diciendo: "En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios" 2 Corintios 5,20.
En la puerta misma de la Cuaresma, en el comienzo mismo de la Cuaresma, ya estaba esa palabra, "Te pido que te reconcilies con Dios, Dios quiere reconciliarse contigo".
Por eso en la Cuaresma, así como hacemos más intensa nuestra oración, así como hacemos penitencias y ayunos, así como practicamos obras de misericordia, así como nos acercamos más a la Palabra de Dios, así también en la Cuaresma tenemos que avanzar en el camino de la reconciliación.
Reconciliación con Dios y reconciliación con los hermanos es uno de los objetivos de la Cuaresma. Aparentemente, reconciliarse con Dios es una cosa muy sencilla, ¿yo qué puedo hacer con Dios? Pues que Dios es muy bueno y yo no soy tan bueno.
Pero la reconciliación con Dios no consiste en no pelear con Dios, reconciliarse es mucho más que no pelear, reconciliarse es alcanzar un concilio, es volver a un concilio, volver a un encuentro, que eso significa profundamente concilio, un encuentro, un abrazo, una comunión con Dios, volver a la plena amistad con Dios.
Me parece que nosotros tomamos la palabra reconciliación solamente como no pelear, es mucho más que eso, reconciliarse es restaurar los puentes, reconstruir la amistad, abrazando no sólo con nuestro pecho y nuestros brazos, abrazar nuestros corazones, unir nuestras voluntades, sentir lo que Dios siente, entrar en el proyecto de Dios del cual nos hemos apartado por el pecado.
La reconciliación no es simplemente dejar de pelear, porque dejar de pelear puede ser la ocasión para preparar una pelea peor.
Dejar de golpearse puede ser simplemente la manera de preparar una nueva guerra; dejar de matarse puede ser simplemente un modo de planear una nueva muerte; reconciliarse es alcanzar la unión de corazón, la unión de amor la unión de voluntad con aquel del que nos hemos apartado y para eso precisamente, para eso nos ayuda la primera lectura.
Los pasos de la reconciliación están en esa primera lectura, tomada del libro de Daniel, ahí están los pasos, ahí esta el camino hacia la reconciliación.
Entresaquemos algunos elementos para aprender a reconciliarnos, porque si hay algo peligroso en la Iglesia, es una persona que cree que es buena y que no le debe nada a Dios.
La persona que se cree buena y que cree que no le debe nada a Dios, después va a pensar que es Dios quien le debe a ella y va a pensar que Dios tiene que hacer esto o lo otro.
Vamos con los pasos de la reconciliación, ¿qué dice Azarías? "Por el honor de tu nombre no nos desampares para siempre" Daniel 3,25, ojo, "por el honor de tu nombre" Daniel 3,25. Azarías está pensando en la gloria de Dios, él no agrega méritos propios, no se presenta como el bueno de la película para decirle a Dios: "Yo soy inocente, tráteme bien".
La primera condición de la reconciliación verdadera es el amor a la gloria de Dios: "Señor, yo he obrado mal, en mi vida hay pecado, yo no merezco lo que te estoy pidiendo, pero quiero que brille Tu misericordia, que aparezca lo bueno que tú eres", eso es lo que significa la gloria de Dios, que aparezca lo bueno que Dios es.
"Yo soy un culpable, Señor, pero quiero que aparezca lo bueno que tú eres; quiero que la gente se dé cuenta del poder que tú tienes, de la misericordia que tú tienes, de la sabiduría que tú tienes".
Fíjate, humildad y amor a la gloria de Dios, humildad para reconocer lo que hemos hecho mal, amor a la gloria de Dios para reconocer todo lo que Él ha hecho bien, con el deseo de que ese bien sea conocido, esa es la gloria de Dios.
"Señor, quiero que todo el mundo sepa cómo eres de bueno; Señor, quiero que todos conozcan lo bueno que tú eres, porque me has hecho tantas cosas tan buenas, que ahora, aunque he obrado mal, yo deseo que tú me perdones, porque con tu perdón vas a hacer una obra muy buena, vas a mostrar tanto amor, que ese va a ser conocido y todo el mundo se va a dar cuenta de que tú eres Dios.
No se le olvide, ¿que es la gloria de Dios? La gloria de Dios es que todo el mundo sepa lo bueno que es Dios, que todo el mundo reconozca lo bueno que es Dios, por eso, Azarías empieza por amar la gloria de Dios y por humillarse, ahora somos los mas pequeños.
Otro elemento, Azarías le dice a Dios, "No rompas tu alianza" Daniel 3,34. Azarias no se apega a sí mismo, Azarías se apoya en la fidelidad de Dios: "Señor, tú eres bueno, tú haces el bien, tú eres fiel, tú permaneces, tú no te "rajas", como dicen en México, Tú no te rompes, Tú eres firme, yo quiero apegarme a Ti, porque Tú eres firme, esa es la segunda etapa en la reconciliación.
Primera etapa: amor a la gloria de Dios, "quiero que tú quedes bien; quiero, Señor, que todo el mundo se dé cuenta de lo bueno que tú eres", eso unido a una gran humildad.
Segundo paso: "Señor, Tú eres fiel, Tú permaneces, Tú no te "rajas", Señor, tú estás firme; yo quiero apoyarme en ti, quiero tener mi fuerza en ti, no rompas tu alianza, no apartes de nosotros tu misericordia.
Y un tercer elemento, un último elemento que quiero destacar en esta ocasión, ¿qué le dice Azarías a Dios hacia el final de este pasaje que hemos oído? "Acepta nuestro corazón contrito y nuestro espíritu humilde, que ese sea hoy nuestro sacrificio" Daniel 3,39.
Dios no quiere cosas, ni tu plata, ni los animales de tus ganados, Dios no quiere cosas, Dios no quiere tus cosas, Dios es el dueño de todo, tiene todas las plantas, todos los campos, todos los ganados, Dios no quiere cosas, a Dios no se le compra con cosas, Dios no necesita nada, Él sabe quiénes somos.
¿Qué es lo que Dios quiere? Lo que dice Azarías, "Acepta nuestro corazón contrito" Daniel 3,39, contrito ¿qué es? Desmoronado, agrietado, roto, "Acepta nuestro corazón contrito y nuestro espíritu humilde" Daniel 3,39.
Que hoy sea nuestro sacrificio eso que es lo que Dios quiere; a Dios no le convencemos pagando, ni siquiera haciendo limosnas, a Dios no se le convence pagando Misas o haciendo decir rezos, esas cosas tienen sentido si están unidas a un corazón sincero, contrito, humilde, un corazón que está desecho.
En ese Antiguo Testamento ¿cómo eran los sacrificios? Se tomaba un animalito, se degollaba, se le sacaba la sangre al animal y luego normalmente era quemado, el animalito quedaba convertido en cenizas.
Cuando era un holocausto se quemaba todo el animal ante Dios, se destrozaba por el fuego ese animal ante Dios, pero Dios hoy nos dice: "Ya no me destroces más animales, ya no me traigas más regalos, no me compres con limosnas, lo que yo quiero es tu corazón".
Lo que tiene que deshacerse en el fuego no es un codero o un cabrito, lo que tiene que deshacerse en el fuego es tu corazón arrepentido y dolido, porque no me has amado, porque me diste la espalda, eso es lo que tiene que quemarse y tienes que sentir dolores, sobre todo de eso.
Cuando sientas dolor de eso, cuando tu corazón se deshaga del dolor, por eso ese es el sacrificio que yo quiero recibir, guarda tus animales, guarda tu dinero que te va a hacer falta para otras cosas, no necesito eso, necesito ese corazón contrito y humillado, necesito tu corazón deshecho ante mí.
El corazón orgulloso, el corazón altivo es un corazón que se pone ante Dios como aquel fariseo el de la parábola del fariseo y el publicano, "Aquí estoy yo, Señor, qué vida tan buena la mía; gracias, Señor, porque yo no soy como aquel desgraciado que está alla atrás" Lucas 18,10-11; ese fariseo tenia el corazón entero, y a Dios no le gustó el corazón de ese fariseo.
El publicano estaba atrás, se golpeaba el pecho y le decía a Dios: "Ten piedad de mí porque yo soy un pobre pecador" San Lucas 18,13, se sentía gozoso desmoronado, agrietado; "Señor, mi vida está desecha, mi vida esta vuelta nada; Señor, mi vida está desmoronada, mi vida esta agrietada; Señor, aquí te presento mi vida y te pido misericordia, Señor, porque tú eres el único que puedes hacer algo con estas ruinas de mi vida".
Esa es la oración que le gusta a Dios, lo demás, todos los sacrificios que se traigan, todo el dinero que se pague, eso puede ser o no ser, lo que Dios quiere es un corazón así, sincero, humilde, desmoronado: "Te presento mis ruinas, Señor"; "te presento mi vida deshecha, Señor"; "quiero que tú me reconstruyas", esa es la oración que podemos decir para reconciliarnos con Dios, y ese es el verdadero espíritu del sacramento de la confesión.
En la confesión lo que hay que hacer es eso, cuando vamos donde el sacerdote, vamos precisamente a humillarnos, porque eso sí que es humillante, decirle a otro ser humano quién es uno, dígamelo a mí, que tantas y tantas veces he tenido que confesarme, y yo conozco cómo son los sacerdotes, cómo somos, yo sé quiénes somos.
Usted no sabe lo que es para mí ir donde otro sacerdote y decirle: "Mire, soy un miserable, he pecado en esto y en esto", eso sí que humilla, hermanos.
Pero yo sé que eso le gusta a Dios, porque eso destruye la cabeza de la serpiente que es la soberbia y cuando uno deja la soberbia y se humilla ante Dios, cuando uno llega donde ese sacerdote que Dios quiso, porque para eso le dio ese encargo, y le confiesa los pecados así, la tierra esta abierta y está lista para recibir el perdón.
Y así uno se reconcilia con Dios, y el que tenga esa experiencia y el que viva esa experiencia, entenderá lo que significa también perdonar al hermano.
Sigamos nuestra celebración eucarística, lo que celebramos en el altar es el amor más grande, el amor de la Cruz, el amor de la muerte, el amor que llevó a Cristo hasta la muerte de Cruz; vamos a decirle al Señor: "Por el amor que te llevó hasta la muerte, te suplico misericordia, Señor".
Amén.