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La Inmolación de la Carne. Tiempo: 36 min. 03 seg. Fecha: 20010608

Hemos venido escuchando, una serie de pasajes de las discusiones que tuvo Cristo, con los adversarios de su época; discusiones con los fariseos, discusiones con los saduceos, y hoy Cristo propone un enigma. Casi siempre son los adversarios, los que le hacían preguntas difíciles a Él.

Hoy por una vez, la cosa es al revés, es Cristo el que hace una pregunta difícil: “¿Cómo puede ser que el Mesías sea hijo de David, y al mismo tiempo David lo llame su Señor?” (véase Marcos 12,35-37), ¿cómo podemos explicar esto? Las personas que estaban ahí, las que disfrutaban escuchándolo, como dice el Evangelio, seguramente no tenían una respuesta para ese enigma; pero se gozaban viendo con cuanta sabiduría y con cuanta gracia hablaba Cristo.

Así pasa como cuando un grupo de personas mira a otro que están discutiendo, o incluso peleando, y de pronto a aquél que quieren, a aquél que prefieren, va ganando y eso produce como una alegría, algo así quizá sucedió en esa ocasión.

Tomemos nosotros con la ayuda del Espíritu Santo, la pregunta que hace Cristo, y hagamos una reflexión sobre ella; ¿cómo puede David, llamar Señor suyo al que es hijo según la carne? Porque el Mesías se sabía que era descendiente de David, ¿cómo es eso, uno que es descendiente y al mismo tiempo es Señor? Claro que esa palabra se cumplía precisamente en el caso de Cristo, que es descendiente de David y es Señor de David y de todos nosotros; digamos que en ése sentido no es difícil de entender.

Pero, la gente que gusta de meditar la Palabra de Dios, nos ha enseñado que hay cuatro sentidos en la Escritura, es decir, casi toda afirmación de la Biblia, se puede entender de cuatro maneras distintas, y hoy que por bondad del Señor nos encontramos aquí, que estamos congregados en su amor y que tenemos el tiempo para Él, podemos aprender un poco sobre esto.

Hay un sentido que es el sentido literal, el sentido literal es simplemente tomar lo que dice el texto, es decir, lo que dice la letra; en ese sentido literal, nosotros podemos tomar la afirmación que dice Cristo, y decir: “¡pues claro, los adversarios de Cristo no entendían de que estaba hablando¡”. Pero si la tomamos al pie de la letra, se cumplió, porque Cristo era descendiente de David y era Señor de David, es decir, el enigma se resuelve simplemente tomando en cuenta quién es Cristo, ése es el sentido literario.

Pero hay otros sentidos, que se llaman sentido espirituales; los sentidos espirituales, son aquellos en los que tomamos la palabra, tomamos la letra y nos dejamos llevar por el Espíritu de Dios, para buscar como esa letra, como esa palabra, se nutre con nosotros, nos interpela, se relaciona con nuestra vida.

Esos son los sentidos espirituales, los sentidos espirituales son varios, se pueden agrupar en tres: uno es el sentido que tiene que ver con nuestra vida moral, con nuestro comportamiento; otro es el que tiene que ver con nuestro desenlace eterno, es decir, cuando todo finalmente llegue a su consumación, cuando se haya revelado toda la plenitud de la verdad; y hay otro que se llama alegórico, que es como comparando unas enseñanzas de la fe con otras.

Para que esto no quede así como tan académico, vamos a tomar lo que dijo Cristo y vamos a hacer una pequeña alegoría, una alegoría es más o menos lo que sucede a veces con las parábolas, aunque las parábolas no son exactamente alegorías; es como cuando se dice: ”El que siembra la Palabra, es el predicador, la palabra es la semilla de Dios”, es una alegoría, es tomar una imagen y aplicarla a una enseñanza más profunda.

Nosotros vamos a hacer eso con esta Palabra de Cristo, Cristo dice: “Según la carne, es el Señor de David ”, esa palabra la miramos en el conjunto de la enseñanza de la Iglesia, nos fiamos del Espíritu de Dios, y entonces empezamos a descubrir cosas muy hermosas, por ejemplo: Cristo es Señor de David, porque la unción que tenía David era apenas un símbolo de la unción que tiene Cristo; David fue ungido por un profeta, por el Profeta Samuel, le echaron un aceite perfumado, y así fue constituido rey de Judá y luego rey de Israel.

Cristo, recibió un aceite perfumado también, Cristo recibió el Espíritu Santo, la unción de Cristo, es mejor que la unción de David, David fue ungido para ser rey de Israel , su unción fue con aceite perfumado del Profeta Samuel. Cristo ha sido ungido con el Espíritu Santo, su unción, su perfume, la penetración de esta unción en Cristo, es más plena es más perfecta que la de David, colma con su perfume, colma con su aroma todo el universo.

Cristo es el que esta impregnado de una aroma de gloria y de gracia, que lo llena todo; Cristo ha nacido de David, pero la unción que ha recibido Cristo es más fuerte, es más poderosa, es más penetrante que la unción que recibió David. Eso es un ejemplo de cómo tomamos esa Palabra y hacemos una explicación alegórica de lo que ahí se dice.

Pero también mis hermanos podemos mirarlo de otra manera, lo que sale lo que nace según la carne, de alguna manera es menor a nosotros, pero así como Cristo, en cuanto nacido de David, es menor que David; pero Cristo es mayor que David por la unción que recibe, así también, en nosotros se cumple, por ejemplo, con los padres y con los hijos. El papá tiene una autoridad natural sobre el hijo, pero la verdadera alegría de un papá es que su hijo sea mejor que él, lo mejor que puede suceder a la descendencia según la carne, es que los hijos sean mejores, mayores, más sabios, más bellos, más santos que los papás.

En cierto sentido lo mejor que pueda acontecer a la carne, a la descendencia según la carne, es que no sea la carne, sino la grandeza de la unción del Espíritu la que nazca ahí. ¿Qué pasaría por ejemplo, si un papá quisiera ser siempre mejor que los hijos? Pues que no sería un gran papá, la manera de ser un gran papá, es saber, es desear que el hijo, sea más grande que el papá; lo más grande que pueda hacer la carne, es desaparecer para dar un fruto mejor que ella misma.

Bueno, esta enseñanza la podemos aplicar a nuestras propias familias, allí donde hay papás y donde hay hijos, ahí podemos encontrar aplicaciones para nosotros, ¿cuál es la menra de ser un gran papá o una gran mamá? Trabajar, desear, orar, poner las posibilidades para que los hijos sean mejores que los papás, la manera de ser grande es hacer algo, es crear a alguien más grande que nosotros mismos, ya esa aplicación esta mas cercana a nuestra vida.

Pero todavía podemos ahondar otro poquito, lo que Cristo nos esta diciendo es que el gran papel, que la gran misión que tiene, nuestra carne –porque es que la descendencia de David representa en esta alegoria la carne, y Cristo representa la gracia nueva, la unción nueva que trae el Espíritu.

Y estamos aprendiendo que en la medida en que esa carne suscita, hace posible el nacimiento de algo más grande, cumple su verdadera función, entonces entendemos, que parece que es como la enseñanza más grande de este texto, entendemos cuál es la vocación, cuál es el lugar que tiene nuestra carne; para que sirve tener carne, - digo carne, no digo cuerpo-, ¿para qué sirve tener carne?, ¿qué significa tener carne?.

En la Biblia, carne puede significar cuerpo, carne puede aludir a la sexualidad, pero carne también se refiere al tejido de relaciones, de afectos conque nosotros nos protegemos los unos a los otros, conque nosotros nos defendemos, conque nosotros nos abrigamos; las amistades que tenemos, los círculos a los que pertenecemos, los grupos que nos gustan, de alguna manera son la cobija, son el abrigo que nos defiende para no estar completamente a la intemperie, en la soledad y el frío de la existencia humana, la carne se refiere también a eso.

Cristo nos esta diciendo, en esta enseñanza alegórica, Cristo nos esta diciendo cual es la vocación de la carne, lo mejor que le puede pasar a la carne, es esa desaparición, esa donación; así como el papá David, se desgasta y hace posible la vida de su niño, la vida de su hijo, que es mayor y mejor que él. Así también el papel de nuestra carnalidad es su donación, su inmolación, su entrega, su desaparición, para que surja algo más allá de sí mismo, más allá de lo que la carne es.

Con esta idea en mente, con esta comprensión en mente, vamos a tratar de explicar mejor y vamos a tratar de aplicarlo directamente a nuestra vida.

Hermanos, en todos nosotros hay lazos, que son lazos carnales, por favor no reduzcamos carne a cuerpo ni a sexo, eso ya esta claro y hay que quitarlo de la cabeza; lazos de carne y de sangre, son los lazos que surgen de las relaciones normales de las amistades, del parentesco. Ahí esta un ejemplo, tomemos el caso del papá, tomemos el caso de la mamá, lo más perfecto que puede suceder al amor que tenga el papá o que tenga la mamá, es la entrega, la inmolación, el sacrificio de ese amor, por la percepción del hijo, por la percepción de la creatura que surge.

En donde mejor se ve esto es en el caso de las vocaciones, las vocaciones a la vida consagrada, las vocaciones a la vida sacerdotal, el papá o la mamá cuando entrega su hijo al servicio de Dios, desgarra su carne, inmola su carne, sacrifica su carne, es decir, se rompe por dentro.

Pero de ese rompimiento ,de esa donación, de ese sacrificio, se hace posible, una existencia que de alguna manera supera los lazos de la carne y de la sangre, esa es la idea. Cristo nos está mostrando cómo la inmolación de lo carnal, la purificación de lo que es propio de la carne, conduce a una lógica nueva, a un orden nuevo y superior que es el orden del Espíritu.

La anulación de la carne, no es la anulación del cuerpo ni de la materia, la anulación de la carne es la donación de amor, que hace que más allá de nuestros sentimientos, más allá de la comodidad de nuestro trato, más allá de la cobija de nuestros afectos; nosotros damos el paso y se hace posible que surja una cosa nueva.

Algo parecido pasa en el caso de las amistades, cuando una persona se convierte, éste es otro ejemplo, cuando una persona se convierte, hay un círculo de amistades, un círculo de amigos con los que se tienen unos programas, con los que se tienen unas actividades, con los que se pasa muy bueno; pero la persona se convierte, empieza a gastar los viernes por la noche, en actividades como orar, cantar, adorar a Dios.

No todos los amigos están de acuerdo con ese plan, la carne se siente más cómoda estando ahí, en ese círculo de amigos, en ese trato que resulta cómodo, que resulta grato; pero la persona da un paso, hace sacrificio, hace decrecer por un acto de amor que le nace, pierde eso, y ¿le duele? Claro que le duele, deja eso, rompe eso, inmola eso, y así encuentra un modo distinto, aburrido, según las perspectivas de sus antiguas amistades, encuentra un modo distinto de vivir su viernes por la noche.

Encuentra otro modo, que es este modo, eso le ha dolido, ha perdido algo, ha sacrificado algo, se ha puesto un poco a la intemperie, se ha quitado la cobija, ha sentido un poco de frío porque ha perdido algo; pero encuentra una cosa nueva, encuentra una realidad nueva.

De ese modo, mis hermanos, parece que la enseñanza profunda, desde el punto de vista de la alegoría, la enseñanza profunda que nos ofrece el Evangelio de hoy es ese: la carne se hace fecunda a través de la donación, a través de la inmolación, a través del sacrificio de sí mismo, o de sí mismo. La carne adquiere su valor, nuestro ser afectivo, corpóreo, nuestro sentido de pertenencia, todo eso que nos hace sentir cómodos como seres humanos, con otros seres humanos, su sentido y su lugar en la donación, en la entrega, en la inmolación, es ahí donde se vuelve fecundo.

Claro que a veces no resulta tan fácil descubrir cuales son las donaciones, en el caso de la persona que se consagra a Dios, es un poco más fácil de descubrir; pero alguien podría decir: “mire yo nunca sentí que mi vocación fuera para sacerdote, ni para monja, ni para esas cosas, tengo mis amigos que son normales, tengo mi familia que es normal, ¿qué puede ser la inmolación de la carne para mí? Bueno vamos para allá.

La carne tiende a cerrarse sobre sí misma, si nosotros nos dejamos llevar solamente por el impulso de la carne empezamos a clasificar a las personas; y la persona que no me cae bien, no merece mi saludo, no merece mi sonrisa, no merece mi apoyo, no merece mi servicio; no merece que yo le preste atención. La lógica que nace de la carne es esa, pues bien superar la lógica de la carne, para la persona que es casada, que tiene sus amistades, que lleva su vida normal.

Superar la lógica de la carne es – ¡por favor¡, da más allá, avanza más allá de lo que a ti te parece agradable, de la gente que a ti te parece cómoda, da más allá de eso, interésate por los que están fuera de tu circulo; mira hacia aquellos que no te reportan nada, busca primero con tu mirada, luego con tu corazón y luego con tus manos, busca a aquellos que no te reportan nada y que seguramente son inútiles para todo.

La inmolación de la carne supone entonces muchas cosas: supone la donación, supone el apartarse de lo que hace daño así guste, supone el exponerse al ridículo a la incomprensión y supone también la generosidad de ir más allá de los intereses y de los grupos en los que me siento bien abrigado.

Todos, todos mis queridos amigos tenemos algo que inmolar, todos tenemos algo que dar; y hoy junto con la Eucaristía nosotros podremos ofrecer algo a Dios. Pero ese ofrecimiento no es un masoquismo, ¡no¡, si yo tengo un grupo de amigos y de pronto un día digo, pues no voy a hablar más con ellos y me voy a sacrificar, no, no estoy hablando de eso.

Mira los ejemplos que he tratado de dar, los ejemplos son: tengo un buen grupo de amigos con los que me siento muy bien, pero es un grupo de amigos que no me acerca al Señor; y yo he recibido una luz distinta, un perfume distinto, he recibido algo nuevo en mi paladar, siento que el Señor me llama a otra cosa. La verdadera inmolación de la carne, no es la destrucción de nosotros mismos, ni es el suicidio de nuestros afectos y de nuestros gustos, la verdadera inmolación es: déjate llevar por aquello más alto, más santo, más espiritual, más bello por aquello donde el Señor te atrae, déjate llevar hacia allá; eso necesariamente te va a conducir a unas renuncia, pero déjate llevar por eso.

Esa es la diferencia entre nuestra manera de hacer penitencia, y el afectismo de otras religiones, los faquires hacen unas penitencias terribles, caminan sobre ascuas encendidas, se acuestan sobre camas de clavos, dejan de comer una cantidad de días; ¡no es eso, no es eso lo principal¡ , no es el sacrificio por el sacrificio, es una cosa que tiene que ver con la intuición, con el olfato, con la sensibilidad, con el paladar ¿Qué es lo más bello que Dios espera de ti? Allá Dios te espera con una cena distinta, con algo distinto para tu paladar.

Entonces la idea es: deja lo que de pronto es bueno, es agradable, es delicioso, pero no te llena, no te construye, pero no te lleva hacia donde tú sabes que te quiere llevar el Señor, deja eso y déjate guiar por ese olfato, cada uno tiene que pensar en este momento ¿Qué será eso que Dios espera de mí?.

En algunos casos, repito, puede ser dejar algo que está haciendo daño; una amistad, un grupo, una actividad, un placer, deja de pronto eso, no, no por castigarte, no por destruirte; como un papá deja muchas cosas y le pierde mucho tiempo al hijo, porque le parece muchos más bello que el hijo crezca, vuélvete fecundo entregando lo mejor de ti en pos de ese lugar, de ese llamado, de esa intuición, que Dios ha puesto en tu alma. ¿Cuál será esa intuición? No sé, no sé, pero todos tenemos algo a donde podemos llegar, a donde podemos llevar.

Entonces la primera conclusión, la primera exhortación de hoy es: es esa, afina tu oído, afina tu olfato, afina tu intuición, sueña un poco en alas del Espíritu, pregúntale a Dios ¿cuál es el pan que tu quieres que yo coma?, ¿adónde me quieres conducir, para que yo coma qué?, ¿adónde me quieres llevar?, que cambio quieres introducir en mi vida? Ese es, ese es un punto hoy, San Pablo no lo dice: “aspirad a los dones más perfectos”.

¿Qué quieres tú? Sí, yo sé que todos ustedes son muy buenas personas, y que ¡ no...¿yo que más puedo hacer?, yo no mato, yo no robo¡. No, no estoy hablando de eso, no estoy hablando del pecado, se entiende que uno deja el pecado porque hay que dejar el pecado;yo estoy hablando de la preferencia entre lo bueno y lo mejor. David era un hombre bueno, pero David tiene que decrecer y Cristo tiene que aparecer, David tiene que disminuir y Cristo tiene que resurgir, de hecho yo no estoy hablando aquí de dejar el pecado, eso se entiende, ese capítulo ya lo sabemos todos.

Estoy hablando es de: afina tu intuición, ¿para que te tiene Dios en estos caminos?, afina tu intuición, afina tu olfato, ¿cuál es el nuevo paso? Déjate llevar por ese hilito de luz que te lleva hacia el plan hacia la casa de Dios, déjate llevar. ¿Cuál es el siguiente paso? Busca en esa dirección, con ilusión con confianza en Él, con paz con humildad, avanza por ahí, seguramente eso va a traer renuncias y vas a tener que inmolar algo de ti; eso es crucificar la carne, pero segurante de ahí nace algo nuevo, algo bello, algo grande, algo santo.

Y por otro lado, lo que hemos dicho, bueno y sí yo no me siento llamado ni a monja, ni a monje, ni a cura, ni a nada de esas cosas, ¿yo qué? Tú también tienes una manera de inmolar tu carne, mira más allá de las amistades, grupo, lugares, costumbres, donde estás cómodo; trata de mirar al que no te mira, de interesarte por el que no piensa en ti, de buscar al que ya nadie busca, de servir al que es inútil, ¡busca eso, sal de ti¡, esto lo puede hacer todo el mundo, sí, no todo el mundo se siente llamado a hacer votos, ni a casarse o no casarse, ni a ser sacerdote.

De acuerdo, la segunda exhortación de hoy es mira por favor más allá de tu circulo, mira más allá de las personas que siempre saludas y te saludan, que siempre has querido y te quieren, o como decía Cristo: “Esa gente que tú siempre invitas y te devuelven la invitación”. Trata de mirar a esa persona por la que tú puedas hacer algo, que no te lo pueda devolver.

Aquí quiero hacer un comentario sobre mi último libro leído, una novela llamada “La Montaña del Alma”, premio Nóbel del año 2000 para el autor chino Gao Xingjian, este señor cuenta todas sus experiencias, su peregrinación por su propio país, es decir China, y él termina con una sensación de náusea, de tristeza, de asco por la vida, diciendo más o menos que si tuviera más valor se suicidaba, pero le falta valor hasta para eso, así es que toca seguir viviendo; es decir, es el estilo repugnante de los existencialistas occidentales de hace 30 a 40 años.

Este protagonista, que yo no sé si retrata bien lo que es la vida del mismo autor, este protagonista, jamás se le pasa por la cabeza hacer nada gratis por nadie, ¡jamás¡, y esa es la raíz de la locura, del encerramiento, del absurdo que vive nuestro mundo, ese andar mirando a las personas, para calibrarlas y no darles más amor del que estamos seguros que nos van a devolver, eso es lo que hace insufrible la vida, ese quitar la palabra fantástica, la palabra gracia, la palabra, la única palabra que le trae brillo y vida a la vida, es la palabra gracia, pero la palabra gracia nace, cuando la carne se inmola, cuando David desaparece y su descendiente Cristo, surge, cuando el orden de la carne baja y cuando la novedad del Espíritu amanece.

Receta para tener una vida aburrida, y escribir una obra que dé asco: no haga nada sino midiendo el bien que va a recibir, no haga nada sino calibrando su beneficio; esa es la receta para tomarle odio a la humanidad, y asco a la vida, no haga nada sino midiendo su beneficio, calcule y mida a las personas y apartir de lo que usted sabe que le van a dar, obre con ellas. Esa es la receta para encerrarse en la lógica de la carne.

La propuesta que nosotros descubrimos, según esta interpretación alegórica del Evangelio de Cristo, es exactamente lo contrario; pronuncia en tu vida la palabra “gracia”, ¡cómo? Mira más allá de los que te pueden devolver, de los que te puedan pagar, de los que puedan hacer por ti, lo que tú puedas hacer por ellos y ahí gasta, ahí entrega, pierde de ti, entrega de ti, en aquel y por aquel que no puede devolverlo. ¿Qué será eso tan sencillo? Como un abrazo, como una sonrisa, como una palabra, o puede ser algo tan grande como la vida entera.

Nuestras dos enseñanzas del día de hoy, después de todo este análisis: primero, sigue la intuición más alta que Dios hay puesto en tu alma, algo morirá en ti, pero por fin serás fecundo; sigue la intuición más bella que Dios haya puesto en tu alma, si quieres una vida absurda, pásate calculando tus beneficios y midiendo quién te puede dar lo que le das, si quieres una vida hermosa, pronuncia en esa vida la palabra “gracia”, entregando por alguien, entregando por muchos, lo que ellos jamás podrán devolverte, ahí encontrarás para qué se hizo la vida, para qué estamos en la tierra, y ahí encontrarás por qué cuando esa palabra se muere, entonces se escriben obras como “La Montaña del Alma”, llenas de absurdo, termina el hombre diciendo y en conclusión: “Nunca entendí nada de nada”.

Dos enseñanzas: sigue la intuición más bella de tu alma, algo va a morir en ti, siempre hay que dar algo, pero tú vas a encontrar lo que no tenías, tú vas a encontrar ese Pan de Cielo y vas a dejar pan de la tierra; y busca, busca, vuélvete a preguntar. Si yo insisto, ,yo pregunto, es porque tengo la esperanza, que mientras yo estoy hablando, también el Espíritu Santo te va removiendo por dentro, te va removiendo la memoria, quizás trae a tu mente el recuerdo de alguien, ¿será un vecino?, ¿será un empleado?, ¿una empleada?, ¿alguien que esta cerca?, ¿un pariente al que nunca llamas?, quién será esa persona que nunca recibe nada de ti, o que sólo es culpable de una cosa: es inútil para ti.

Si la persona que es inútil para ti, jamás recibirá nada de ti, tu vida esta inscrita en la lógica implacable y estéril de la carne y eso conduce al absurdo y a la muerte. Ve más allá de eso, busca esa persona, interésate por esa persona que Dios te la este recordando en este momento, que tú tengas en este momento ese rostro, y que puedas salir, con la bondad suya, que puedas salir de aquí, dispuesto a prestar un poco de tu vida, para dar un poco de tu tiempo para esa persona.

Porque al fin y al cabo, la medida de tu tiempo es como una especie de bolsa grande que Dios te entregó cuando naciste y sí tú no gastas tus monedas allí donde Dios quiere que las entregues, vas a morir aplastado por el peso de tu propio tiempo, que nos has sabido en que invertir.

Queridos, con la bondad de su Espíritu, haga fecundas nuestras palabras, nuestros pensamientos, y sí esta interpretación alegórica le gusta a Él, que la siembre muy profundamente en nuestros corazones.

Amén,