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Fecha: 20010615

Título: “La muerte está actuando en nosotros, y la vida en vosotros”

Original en audio: 12 min. 36 seg.


Las relaciones que tuvo el Apóstol San Pablo con la comunidad de Corinto fueron complicadas. Corinto era un puerto de mucho movimiento. Eso significa: comercio, tráfico; gente que va, y viene, distintas predicaciones, filosofías, religiones. Confusión.

En ese ambiente pagano, y difícil; el Apóstol Pablo logró por medio de la predicación del Evangelio, el nacimiento de una comunidad con características muy particulares. Fue la comunidad carismática por excelencia.

La primera carta a los Corintios tiene una cantidad de enseñanzas sobre los carismas. Precisamente, porque Pablo tuvo que aclarar demasiadas cosas a esta comunidad, y de paso, nos dejó unas enseñanzas magnificas, como por ejemplo: la primacía de la caridad, y la necesidad de la enseñanza en la Iglesia.

Esta comunidad sufrió, prácticamente, todas las enfermedades que puede tener una comunidad Cristiana. Todo tipo de excesos; de escándalos; divisiones; partidismos. Ahí, hubo de todo: injusticias económicas, problemas sexuales, abusos de religión, incomprensión, celos, disputas.

Por eso, nosotros podemos aprender muchísimo de las Cartas a los Corintios, porque en ellas podemos encontrar gente que padeció algo de lo que, seguramente, nosotros hemos padecido, o estamos padeciendo.

Dentro de los Corintios había divisiones, partidos. Ellos estaban acostumbrados a que del Oriente llegaban todo tipo de predicaciones, y religiones; y desde luego, que todo predicador encontraba siempre adeptos, y los seguidores de cada buen predicador que, simplemente, tenía que ser, más o menos, locuaz; pues iban constituyendo sus grupos. Es decir, era la feria de las sectas.

Y, ese modelo de multiplicación de divisiones que suena como una paradoja, se presentó luego dentro de la misma comunidad Eclesial. De manera, que en esta comunidad de Corinto, Pablo tuvo que aclararles, sobre ese desorden: “yo soy de Pablo. Yo soy de Pedro. Yo soy de Apolo. Yo soy de…” Estaban acostumbrados a vivir en la división.

Y desde luego que la persona que está acostumbrada a vivir en la división; está acostumbrada a vivir en los celos, en las descalificaciones, en las envidias, en las murmuraciones, en los insultos. Por eso, en la segunda carta a los Corintios, Pablo tiene que entrar por decirlo así, a presentar sus propias credenciales, a justificar, en cierto sentido, su propia misión como Apóstol.

En ese contexto, podemos comprender un poco mejor el texto que hemos oído en la primera lectura de hoy, dice Pablo: “Nos aprietan por todos lados, pero no nos aplastan. Estamos saturados, pero no desesperados. Acosados, pero no abandonados”

Es un rostro muy paradójico, el que presenta Pablo de su propio apostolado. A mí me hace recordar esto, algo de lo que acabo de vivir hace poco; pues, padecí un atraco. Fui amenazado, y, ¡claro! Pues, no faltan los comentarios: “Bueno, si usted, se supone, que es quien es, le pasan esas cosas, entonces, a los demás qué no nos pasará.

Pero, es que el hecho de que a uno le sucedan desgracias, no significa que uno sea, ni muy agraciado, ni muy desgraciado. Paulo, precisamente, en esta Lectura, da respuesta a ese modo de pensar.

Ahí está diciendo que el hecho de ser amigo de Cristo, el hecho de estar cerca de Cristo, no significa estar vacunado contra todo mal y peligro. Contra toda enfermedad. Contra todo ataque, ni muchísimo menos.

El rostro del Apóstol es esto que dice aquí: “nos aprietan por todos lados. Estamos acosados. Nos derriban. Llevamos en el cuerpo, la muerte de Jesús” En cierto sentido, el sello del verdadero seguidor de Cristo, es padecer algo de lo que padece Cristo.

Si Cristo fuera algo así como Og Mandino, o fuera como estos predicadores del éxito, que no les da ni gripa, no les duele una muela; pues, entonces, ¡Claro! Si yo fuera Apóstol de los predicadores del éxito, se supone que yo fuera una persona que no le pasa nada.

Pero, si yo voy detrás de Cristo, y a Cristo veo que le suceden tantas cosas; a mi me parece que, más bien, como me decía mi papá después de este incidente: “Le salió barata, mijo” Más bien, tengo que decir que me ha salido barata la vida.

Porque, predicar el mensaje de Jesucristo, unirme al mensaje de Jesucristo; es unirme al destino de Cristo. ¡Claro! Que alguien dirá: “bueno, entonces, ¡sálgase de eso, hermano! Porque, si eso es lo que le va a suceder.

O, más bien como decía Santa Teresa de Jesús, en cierto tono de chiste: “bueno, Jesús, pero si así tratas a los amigos, razón que tengas tan poquitos” Sálgase de eso, pues, no hay necesidad de salirse de eso, porque Pablo nos da una explicación.

Mientras vivimos continuamente nos están entregando a la muerte por causa de Jesús. Esa es la cara dolorosa; la cara negativa para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal.

El Apóstol es alguien que participa de la Cruz de Cristo; que participa de los dolores de Cristo; pero, que participa también de la gloria de Cristo; del esplendor de Cristo, y de la victoria de Cristo.

La vida del Apóstol no es una vida simplemente crucificada; es una vida pascual. Es mucho más exacto decir: “una vida pascual” Todo el que quiera entrar a seguir a Jesucristo de veras; el que quiera entrar en serio en la vida cristiana; descubrirá que le sucede lo mismo.

Más bien, tengo que decir, comparado con otras vidas, y con otras historias, que es muy poco lo que ha sucedido en mi vida. ¡Claro! Me reconozco cobarde como para decirle a Cristo que venga más.

Además me parece que es más sabio decirle a Cristo que venga lo que tú sabes que es mejor para mí, y para tu Iglesia. Eso es lo que yo tengo que decirle. El misterio está en que nos están entregando a la muerte para que se manifieste la vida de Jesús.

Es decir, que la misma persecución; la misma dificultad que nosotros padecemos por ser cristianos; esa dificultad es la que hace que se manifieste la vida de Jesús. Así como Jesús a través de su sufrimiento mostró el amor que llevaba adentro; así también el Apóstol a medida que es despojado de tantas cosas, muestra lo que lleva adentro.

Pero cuando muestra lo que lleva adentro; derrama la Luz. La bondad. El amor que lleva adentro, si es que lo lleva. Es lo que encontramos en la Sangre de Jesucristo. Cristo es golpeado. Cristo es escarnecido. Cristo es azotado. Su sangre brota.

Esa sangre brota en razón del odio, pero esa sangre lleva un mensaje de amor. A ver, ¿qué es lo que tienes dentro? Parece es, que le dijeran los que crucifican a Cristo, y Cristo muestra, qué es lo que lleva dentro.

La sangre de Nuestro Señor Jesucristo derramada en razón del odio de estas personas que, de algún modo, eran embajadores de nuestros pecados; esa sangre está testificando. Está gritando: “¡misericordia!” Está mostrando perdón.

De manera que nos entregan a la muerte, y damos vida. Por otra parte, yo quiero hacer una aclaración, que es apenas justo, eso no es humildad que a uno le suceda una cosa como esta del atraco; eso no debe considerarse como una tribulación demasiado apostólica.

Porque, me atracaron, no porque yo fuera seguidor de Jesucristo. Me atracaron porque presumieron que me podían quitar cosas que me quitaron; o sea, que por ciudadano colombiano, o por ciudadano del mundo, o porque se pensaba que tenía cosas. Esa no es persecución todavía por el Evangelio.

Hay gente que ha tenido que padecer demasiado por ser de Cristo. Esos son nuestro verdadero modelo. Lo demás, hasta cierto, punto fue un accidente. Un accidente que podríamos llamar un accidente social, doloroso; que confunde; pero que no debe llamarse, sin más, persecución.

Dice el Apóstol: “la muerte está actuando en nosotros, y la vida en vosotros” Es de las frases más penetrantes de esta segunda Carta a los Corintios. “La muerte está actuando en nosotros, y la vida en vosotros”

Hay un modo mucho más corto de decir esto mismo: “estamos entregando vida. Estamos dando la vida; y desde luego, al darla, en cierto sentido, la perdemos. Tenemos que despojarnos de…, para conceder vida.

Este lenguaje es perfectamente comprensible. Todo el que haya tenido algo de amor en su corazón, sabe que eso es así. Pregúntale a una mamá ¿qué haría una mamá? Eso tiene que desprenderse de muchas cosas de sí misma, y tiene que morir a muchas cosas, y entregarlas para dar vida.

Eso significa que el verbo perder, y el verbo dar están bastante relacionados. Y, para dar vida necesito perder vida. La muerte está actuando en nosotros, para que la vida actúe en vosotros. La presencia de la vida en el mundo es como un gigantesco parto.

Es un proceso de donación que tiene su expresión máxima en la Cruz de Cristo, que se realiza en los Apóstoles, y que tiene mil metáforas. Allí donde alguien ama de corazón a su hermano. Tomemos, pues, esta enseñanza en serio.

Pidámosle a Dios que infunda su Espíritu en nosotros, y sigamos celebrando este Sacramento de amor para que llegando a nosotros el amor de Cristo con esta abundancia, podamos nosotros también transmitir amor de Cristo con abundancia.