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Fecha: 20010322

Título: Hay que tener la certeza de que el amor de Dios es mas grande que cualquier pecado.

Original en audio: 20 min. 36 seg.


Si hay algo que le pueda acabar la paciencia a uno es ver la terquedad que a veces tenemos los seres humanos, y esa fue una de las causas del sufrimiento del profeta Jeremías, ver la obstinación, la dureza, la terquedad de su pueblo, ¿por qué son así? ¿Por qué se revelan contra Dios? ¿Por qué no obedecen a la palabra del Señor.

A Jeremías le tocó un tiempo supremamente duro, fue un tiempo en que desterraron a los habitantes de Jerusalén, de todo el reino, llegaron los caldeos, pero lo triste del caso es que Jeremías sabía, porque era profeta, que eso iba a suceder; sabía que había ese peligro, que esa amenaza tendía sobre ellos, y Jeremías lo anunció, y dijo: "Esto va a pasar", "cuidado, porque esto va a pasar", "volvamos a Dios", "convirtámonos al Señor", "esto va a pasar", y pasó.

Jeremías sufrió muchísimo por eso, y yo creo que no es el único que ha sufrido por esa clase de obstinación, en realidad la Iglesia, como decía San Agustín, puede aplicarse a aquel salmo que dice: “Cuánta guerra me han hecho desde mi juventud" (véase Salmo 129).

La iglesia predica muchas cosas como Jeremías, diciendo: “Esto va a pasar”, "esto está a punto de suceder" y sin embargo la obstinación humana llega hasta el final. Cuántas veces, por ejemplo, ha dicho la Iglesia: "El camino para la violencia no es más violencia", "que no es más violencia, hombre".

Y sin embargo experimentamos continuamente las famosas venganzas: "Este me hizo, yo también le hago". No es todo el mundo, claro, pero muchas personas sí hacen eso y viven eso.

Cuántas predicaciones en contra, por ejemplo de los vicios: "Que eso le va a destruir el hogar, hombre", "que abra el oído, que no lo haga" y lo hacen y destruye su casa y se desmorona la sociedad. Por eso, si nosotros miramos los mandamientos de la ley de Dios, son guías que nos da el Señor: Que honre al papá y a la mamá, que santifique las fiestas, que no mate, no fornique, no mienta, no robe; el camino es claro, pero somos obstinados muchas veces.

Que santifique las fiestas: "no, eso es para las mujeres, yo soy hombre"; el mandamiento no dice: "Las mujeres van a santificar las fiestas", el mandamiento dice: "Santifica las fiestas hombre o mujer, el que sea"; "no, eso es para las mujeres porque yo soy muy macho y... muy macho", ¿y que? Pues los machos también se mueren y sí se mueren sin sacramentos y sin fe.

Esa es dureza, esa es obstinación y uno sufre mucho por eso; así como Jeremías, así los misioneros los evangelizadores, los pastores, tenemos nuestra cuota de sufrimiento por ver la terquedad humana, pero hay una buena noticia, si el corazón humano es terco, el amor de Dios es más terco, esa es una buena noticia para nosotros.

El amor de Dios es más terco, si Satanás es fuerte, Cristo es más fuerte. Una vez llegó a un convento nuestro donde yo estaba en Bogotá, llegó un muchacho que había estado metido en asuntos de brujería, un pobre hombre que había estado en ese negocio de las esmeraldas y usted sabe que eso está lleno de envidias, de asesinatos y de supersticiones.

Y el hombre hizo malos negocios, o lo trampearon, o lo que sea y perdió prácticamente todo su dinero. Y la esposa se hartó de vivir con un pobre y lo dejó. Y el hombre, cuando estaba en esa crisis llevado por la desesperación, empezó a hacer magia, magia de la peor de la más fea, empezando por invocar a Satanás.

Figurase el estado de ese corazón yo no sé si ese señor estaba o no estaba poseído por el demonio, yo no tengo completa certeza de ese caso, lo cierto es que empezó a tener ciertos síntomas como de locura, andaba como ido, la mirada perdida, el rostro descompuesto, una cosa fea, bastante fea.

Y como el estaba peleado con Dios y con la Iglesia entonces no iba donde los sacerdotes católicos, porque además una vez fue con un cura y quedó resentido para toda la vida y para él todos los curas eran unos desgraciados y unos degenerados.

Fíjese ese caso tan grave, así se lo pinto, entonces fue a donde unos pastores protestantes y el pastor se lo quedó mirando y le dijo: "Usted con esas prácticas mágicas y supersticiosas que estuvo haciendo, le abrió la puerta al diablo y usted está poseído por el diablo, y nosotros vamos a hacerle una liberación, vamos a hacerle un exorcismo, porque está poseído por Satanás".

El muchacho este no creía mucho en este asunto, un hombre relativamente joven, qué pesar que una vida puede echarse a perder en poquitos años, pero él entró por ese asunto; primero, por la codicia de la plata con las esmeraldas, la codicia que es una desgracia, caray; luego siguió con la superstición, la magia y luego se metió en eso de pedirle a Satanás que quería hacer pacto con él y unas cosas horribles.

Pues el hecho que el pastor protestante le dijo: "Usted tiene el diablo adentro, hermano, y hay que hacerle exorcismo a usted", y llamaron a otros cuantos de esa iglesia protestante y empezaron a rezar por él y este, que no creía nada, se fue cayendo al suelo y se revolcaba y gritaba y echaba espuma y no sé cuántas cosas, y él no entendía qué era lo que le estaba pasando; y los otros gritaban más fuerte: "¡Y te liberamos!", y este gritaba y daba vueltas y un espectáculo, y dice que era una cosa pavorosa.

Pero dice que esos pastores protestantes tampoco pudieron hacer nada por él, él se revolcaba y revolcaba, le hicieron como tres oraciones de esas, pero nada que se curaba; la mamá le dijo: "Vamos donde un sacerdote católico", y se les ocurre ir donde mí, que yo no considero que sea nada particular.

Allá llegaron, me acuerdo de la mirada de este hombre, y me empieza a contar todo el resentimiento que tenía con los sacerdotes, por los problemas que había tenido, sobre todo con un sacerdote cuando él era niño y después me dice, mirando a los ojos: "Yo creo que el diablo puede más que usted", así me dijo. Claro, uno cuando va viendo que las situaciones son tan graves, uno no va a ser tan bobo de luchar con las fuerzas de uno.

Yo desde que vi que este era un caso tan supremamente serio, yo estaba rezando en mi corazón, además ustedes saben que hay mucha gente que reza por los sacerdotes, yo sé, por ejemplo, que aquí hay personas que tienen esa devoción y yo les pido a todos que recen siempre por el sacerdote, por más que ustedes vean que tenga defectos, y pecados, más necesita oración.

Cuando yo vi ese caso así, estaba rezando en mi corazón, hacia oración intensamente y este hombre se me queda mirando con ese desprecio, con ese odio, y me dice: "El diablo puede más que usted, padre".

Y bien, como la gracia de Dios existe, como el amor de Dios existe, en ese momento el amor del Espíritu Santo me inspiró una respuesta, que yo creo que fue perfecta. Como él me estaba mirando a los ojos, que parecía que me comía y me miraba así, para decirme que el diablo era más poderoso que yo, entones también lo miré a los ojos y le dije: "Sí".

Y entonces este se quedó de una pieza porque, claro, cuando él había ido donde los pastores protestantes, les había hecho el mismo juego, les había dicho: "El diablo es más poderoso que ustedes", y ellos habían dicho: "No, nosotros somos más poderosos que el diablo".

Y resulta que, fíjese, ya todo lo que le había sucedido, se revolcaba, echaba saliva, pero no se curaba, en cambio a mí, el Espíritu Santo me inspiró esta respuesta, cuando él me dijo: "El diablo puede más que usted", yo le dije: "Sí, sí, tiene toda la razón, el diablo puede más que yo".

Cuando ya el tipo se quedó más estupefacto porque el no esperaba que le dijera esto, entonces yo le dije: "El diablo puede más que yo, pero no puede más que Cristo". Esa frase fue bendita, el hombre desde ese momento quedó realmente vencido por el poder de Jesucristo, no me pudo agregar una sola palabra más.

Porque él creía que me iba a presentar aquí como el duro: "Que me traigan aquí al diablo y me agarro a puños", pero yo no hice eso, lo que le dije: "Sí, claro, el diablo puede más que yo, pero el diablo no puede más que Cristo, y si yo me uno a Cristo -ahí sí que lo miré a los ojos- soy más poderoso que el diablo", y se quedó callado el señor.

Entonces iba a empezar el espectáculo; cuando él vio que ya no había más que discutir ahí, porque no fue capaz de decir que nadie era más poderoso que Jesucristo, cuando ya iba a empezar la tembladera y luego se retorcía y caía al suelo, entonces cuando le iba a empezar, le llamé por su nombre a este señor, eso me lo enseñó a mí un sacerdote que tiene autorización precisamente para hacer exorcismos, se necesita la autorización expresa del obispo del lugar.

Yo si he dado algunos consejos, he atendido a algunas personas, he confesado, pero no hago exorcismos; entonces cuando le iba a empezar la tembladera, yo le dije a este señor, que no se llamaba así, pero yo voy a decir este nombre acá, pero digamos que lo voy a llamar Jorge, yo le dije: "Jorge, vamos a suspender esta oración hasta que te calmes", y lo agarré, yo no sé, el Espíritu Santo es poderoso, a mí se me quitó todo miedo.

Lo agarré de la mano y le dije: "Mire, levántese, verá que sí se puede levantar", él estaba acostumbrado en esos cultos protestantes, a que a él le iba dando la histeria, y los otros empezaban a gritar; bueno, ¡era una cosa!, él estaba acostumbrado a eso, pero se quedó de una pieza cuando le dije que el diablo podía más que yo, pero que no podía más que Cristo, y luego se quedó de otra pieza cuando lo levanté de la mano y le dije: "Mire, dejemos esto por ahora, usted no tiene necesidad de alterarse así".

Por eso digo, no sé si ahí abra posesión o no, tal vez sí tal vez no, no lo sé, pero a mí me parece que más bien es un problema psiquiátrico. Lo levanté y le dije: "Mire, cálmese, como dos o tres veces, porque luego seguimos hablando unas entrevistas muy cortitas, porque no hay que hacerle espacio al diablo a que haga gran espectáculo, el espectáculo y la gloria tiene que ser para Dios, no para el diablo.

Como dos o tres veces intentó hacerme el mismo juego y entonces yo siempre lo detenía, y a la tercera vez le dije: "Oiga, ¿si se ha dado cuenta que le hemos podido frenar el espectáculo al demonio? ¿Si se ha dado cuenta que Cristo es más poderoso? Entonces el hombre sonrió, y me dijo: "Voy a confesarme, padre".

Y ese hombre que estaba resentido con Iglesia, que odiaba a los sacerdotes, que se supone que estaba poseído por el demonio, fue donde un sacerdote muy bueno en Bogotá, un monseñor de allá de la catedral, hizo una buena confesión y le empezó a cambiar la cara y volvió a allá otra vez a hablar.

Por eso yo creo que este evangelio que hemos oído hoy, es la pura verdad, lo que Cristo dijo es cierto: "el demonio es como ese hombre fuerte y bien armado que quiere guardar su palacio, pero llega otro que es más fuerte -que es Jesucristo- lo asalta, lo vence, le quita las armas y reparte el botín" (véase San Lucas 11,22).

Yo soy testigo de que eso pasa, porque este hombre que estaba tan supremamente resentido y tan desesperado que había llegado hacer pacto con el diablo, y le dice: "Esa historia que me pasó a mí lo bien que terminó", y entonces él pudo hablar de otra manera y pudo rezar, le cambió el corazón.

Cristo es más fuerte, por eso, hermanos, tengamos este consuelo y esta certeza: si a veces nos parece que el diablo es muy fuerte, si a veces nos parece que el mal es muy fuerte; si a veces nos parece que el pecado es muy fuerte y que la terquedad humana no tiene límites y nos da tristeza y nos da dolor por eso, hay que tener también la certeza más grande todavía del amor de Dios.

¡Bendita terquedad del amor de Dios! Por eso dice San Juan en su Evangelio: "Cristo habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo" (véase San Juan 13,1)

¡Gracias, Cristo, tú me has amado hasta el extremo! Eso quiere decir que el amor de Cristo es más fuerte, es más terco, es mas duradero, es más firme que cualquier cosa que haya pasado en mi vida; es más grande Cristo.

Y en esta Cuaresma, mis hermanos, en ese pueblo, en toda esta región, hay que proclamar que Cristo es más fuerte, y hay que creer que Cristo es mucho más fuerte. Que si nosotros estamos haciéndonos a Cristo, vamos a ver las maravillas que hace Jesucristo.

A Él honor y gloria.

Amén.