I055001a
Fecha: 20030214
Título: El pecado de la impaciencia
Original en audio: 10 min. 38 seg.
Ya hemos comentado por qué la serpiente ataca a la mujer; -¡ahí hay que descartar otra calumnia, hay gente que dice que la mujer le puso cuidado a la serpiente porque no tenía con quién hablar¡-. El sentido del relato no es ese; la serpiente ataca a la mujer porque quiere herir la obra de Dios en su fuente, y de hecho vemos que cuando se corrompe la mujer, se corrompe la sociedad entera.
Por eso la insistencia, por eso el martillar continuo de la propaganda queriendo que la mujer adopte determinados comportamientos, queriendo que se libere –en realidad queriendo es que se esclavice-, queriendo que sienta o que busque a la manera de hombre, renunciando a sus riquezas y dones propios.
Pero en esta ocasión quisiera que nos detuviéramos en la paciencia. A mí me parece que el gran mensaje que nos da la primera lectura, la del Génesis, es una lección de paciencia; ustedes dirán que qué tiene que ver la paciencia con el relato de la serpiente. Pues tiene todo que ver, porque la serpiente logra su objetivo haciendo una especie de promesa, y lo más grave es que lo que la serpiente prometió era verdad.
Sí, señor, dice aquí la serpiente: “seréis como Dios, no es verdad que tengáis que morir, bien sabe Dios que cuando comáis de él se os abrirán los ojos, y seréis como Dios en el conocimiento del bien y del mal” (véase Génesis 3,5), “seréis como Dios”, eso dijo la serpiente, en tiempo futuro.
Es la promesa que ella hace para motivar, para mover a la mujer a que desobedezca a Dios, “seréis como Dios” (véase Génesis 3,5), pero si uno sigue recorriendo la Sagrada Escritura, ve que Dios estaba interesado en que nosotros fuéramos como Él; el pecado que la serpiente quiere que cometamos es el pecado de la impaciencia.
Porque Dios nos hizo a su imagen, nos hizo a su semejanza; Cristo nos dice: "que seamos perfectos como es perfecto el Padre Celestial" (véase San Mateo 5,48). Y sobre todo el Apóstol San Pedro nos dice: "que hemos sido hechos, partícipes de la naturaleza Divina" (véase Segunda Carta de San Pedro 1,4), es decir, que lo que dijo la serpiente ya se cumple.
De hecho nosotros cuando recibimos el Espíritu Santo, empezamos a ser como Dios, si esto no parece suficiente, recordemos la primera Carta de Juan: “ya somos hijos de Dios, pero aún no se ha manifestado lo que seremos, sabemos que cuando se manifieste, seremos semejantes a Él, porque le veremos tal cual es”. (véase 1 Juan 3,2); seremos semejantes, seremos como Él, ya participamos de su naturaleza por el don de su Espíritu y seremos como Él.
Es decir, lo que la serpiente hizo fue tomar el plan de Dios, pero no respetar el tiempo de Dios, por eso, en el fondo, me gusta decir que todo pecado es una impaciencia, toda impaciencia o casi toda impaciencia es pecado, pero además todo pecado es impaciencia. Porque todo lo que nosotros buscamos cuando cometemos un pecado es algo que Dios quiere darnos, pecar es querer lo que Dios quiere, pero no cuando Dios quiere, eso es pecar, y eso fue lo que hizo la mujer aquí.
¿Dios quería que el ser humano fuera como Él? Sí, ¿pero lo quería en ese momento de esa manera? No, pecar es querer cosas que Dios quiere –porque Dios quiere sólo nuestro bien-, y Santo Tomás dice: ”que en todo pecado uno busca algún género de bien”. Es querer algo que Dios quiere, pero no quererlo cuando Dios quiere.
Todo pecado es una impaciencia, en todo pecado lo que nosotros hacemos es como pretender obligar a Dios que nos otorgue ya, que nos otorgue en este momento, lo que nosotros queremos. ¿Quería Dios, de manera mezquina, de manera codiciosa, retener su naturaleza y no compartirla, no participarla a nadie?
No, acuérdate de lo que nos dice el himno de la Carta a los Filipenses en el capítulo 2, refiriéndose a Cristo Jesús, dice: "Dios no retuvo ávidamente su condición divina" (véase Carta a los Filipenses 2,6). Dios no es celoso, ni mezquino pretendiendo retener para sí mismo prerrogativas, que tuviera miedo de compartir con nosotros.
Nuestro Dios es un Dios dadivoso, es un Dios generoso, nuestro Dios –como decía un predicador: "es un Dios ganoso de darse"-, le encanta darse, quiere comunicarse, busca cómo comunicarse del mejor modo en el mejor momento; da un orden, la serpiente toma lo que Dios quería dar, pero destruye el orden querido por Dios, reemplaza el orden querido por Dios, proponiendo un acto de insurrección, un acto de soberbia.
Por eso podemos decir perfectamente, que Dios, El Señor, nos ofrece todo y todo podemos esperar de Dios. Pecar e impacientarse, pecar es ponerle una condición a Dios.
Apliquemos esto por ejemplo a los vicios: cuando una persona se droga o se emborracha o busca una relación placentera ilícita, ¿qué esta buscando? Gozo, felicidad, placer ¿y es que Dios no quiere darnos gozo, felicidad y placer? Sí, sí y millones y millones y millones de veces más intenso, más perfecto y más duradero que cualquier cosa que uno pueda imaginar.
El pecado, ¿en qué está? En que yo diga: "¿¡quiero ese gozo, quiero esa felicidad, quiero ese placer ya!", es la imposición mía es la impaciencia mía, la que configura el pecado. ¿Desear bienes es pecado? No, usted puede desear ser Dios, usted puede desear reinar -"¡hay no, eso es pecado, ¿yo cómo voy a desear reinar?" Pues si no desea reinar, es desobediente a la Biblia, porque la Biblia dice: "reinaremos con Él" (véase 2 Timoteo 2,12).
Usted puede desear reinar, usted puede desear la máxima felicidad, usted puede desear el máximo amor, usted puede desear la máxima dulzura, ¡todo lo puede desear¡. Lo importante es que aprenda a desearlo según el orden de Dios, porque el pecado es solamente una cosa: desorden, el pecado es solamente una cosa: impaciencia.
¿Por qué, que es la impaciencia? La impaciencia es el desorden cuando tiene que ver con el tiempo, cuando el tiempo yo quiero desordenarlo, entonces produzco impaciencia, esa es la impaciencia. La impaciencia es el desorden del tiempo; por eso digo que esta lectura es una reflexión sobre la impaciencia.
Y por eso el verdadero triunfo de Dios está cuando el alma dice: "lo que tú quieras, Señor, y cuando tú quieras, cuando tú quieras". Ahí se destruye la soberbia, ahí se reconstruye la obediencia, ahí se vuelve a la amistad con Dios.
Y ese fue Jesucristo y ese es Jesucristo: ”Padre, lo que tú quieras, hágase tu voluntad" (véase San Lucas 22,42); "que en la tierra se haga tu voluntad como se hace en el Cielo” (véase San Mateo 6,10). Esa es la obediencia y esa obediencia, esa “paciencia”, es lo que destruye el poder de la serpiente.