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Fecha: 19990518
Titulo: La Oración de Jesucristo.
Tiempo en audio: 25 min. 37 seg.
CONTINUARÁ LA REVISIÓN
Sobre la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo se pueden hacer muchas reflexiones preciosas, se pueden hacer hermosas y profundas meditaciones, pero ninguna puede igualar lo que Cristo dice de sí mismo de su propia hora.
Por eso, mis hermanos, considerémonos privilegiados en este día de acercarnos al santuario de la conciencia orante, del corazón precioso de Nuestro Señor y Salvador Jesucristo.
Verdaderamente, en esta oración inmortal, maravillosa inagotable, en esta oración del capítulo diecisiete del evangelio según San Juan, está por así decirlo, abierto de par en par el corazón de Jesucristo.
Lo más íntimo del alma de Jesucristo es su oración, y ninguna oración tan encendida, ninguna tan profunda, ninguna que nos describa mejor, que nos cuente mejor quién es Cristo y cuál es su relación con el Padre, como esta oración del capitulo 17 de San Juan.
Si en la pasión es cierto que los verdugos de Cristo le arrancaron las ropas y dejaron desnudo su cuerpo, tenemos que decir en esta oración la que está desnuda es su alma, no por la violencia de los hombres, sino por la intensidad de su propio amor; no por la crueldad de sus verdugos, sino por la misericordia de su alma.
Y por eso, nosotros, los que contemplamos a Cristo desnudo en la Cruz, sepamos descubrir primero la desnudez de su alma, y con el respeto con el que se trata la carne viva de este corazón santísimo, acerquémonos al Santuario mismo de Cristo, al centro de sus intenciones.
¡Qué privilegio para nosotros orar junto con Cristo! ¡Qué privilegio para nosotros asomarnos a este océano de luz, de amor, inagotable ciertamente para nosotros, pero ello en beneficio de nosotros mismos!
Por eso digo y repito que ninguna meditación sobre la Cruz puede igualar a esta reflexión que Cristo hace sobre su propia misión llegado ya al final. Estas son propiamente las palabras de despedida de Jesús.
En la Cruz, aquellas palabras breves que alcanza a decir, exhausto y torturado son como ecos de esta oración, son prolongación de esta oración, porque ya desde este momento, desde este capítulo dicisiete de San Juan, hasta el final de su existencia en esta tierra, Cristo es una sola oración.
En oración y con oración recibió Cristo los azotes; en oración y con oración recibió cristo las humillaciones; en oración y con oración derramo Cristo su Sangre, y murió orando, entregó su vida en una oración.
Una oración que, como ya vemos en su comienzo, ese comienzo que hemos escuchado hoy, una oración que es toda ella para la gloria del Padre y toda ella por la salvación de los hombres.
Porque precisamente este es el gran mensaje de la oración de Cristo, que la gloria de Dios y la salvación de los hombres, ahí quedan fundidas.
Así como Dios y el hombre, estas dos naturalezas que parecían irreconciliables por su fuente, por su origen, y sobre todo por la barrera del pecado; así como esas dos naturalezas están unidas en la única persona del Verbo; así como Cristo es al mismo tiempo verdaderamente Dios y Hombre, así también, con ese acto de encarnación, la gloria de Dios y la salvación del hombre han quedado también fundidas.
Nosotros no podemos separar, en Cristo, a Dios y al hombre. Este matrimonio, esta unión, estas bodas, realizadas en el aula que fue el vientre purísimo de la Virgen, estas bodas no se pueden deshacer, no hay divorcio para esta unión sellada con el amor más grande que es el Espíritu Santo.
Pues bien, así como no se puede separar a Dios y al hombre, en el misterio de la encarnación, pecaría el que ppretendiera separar la gloria de Dios y la salvación del hombre.
Y por eso, cada una de estas realidades, la gloria de Dios y la salvación del hombre, permaneciendo intacta en su propio ser hombre, al mismo tiempo está unida, está ligada, está inseparable de la otra, ya no se pueden separar.
Y por eso, puesto que la gloria de Dios es infinita y es inagotable, otro tanto tendremos que predicar de la salvación del hombre.
La gloria de Dios no puede fallar, la salvación del hombre no puede fallar. El abismo de la miseria humana, nos describe como un infinito, como un vacío. Pues ese vacío, que era la imagen de nuestro desastre como humanidad, a partir de la oración de Jesucristo se convierte en la imagen más preciosa del abismo de la gloria de Dios.
Después de esta oración de Cristo, todo lo que sea miseria en el ser humano, todas esas cavernas espantosas de la miseria humana, son el lenguaje en el que se pude y se debe pronunciar el tamaño de la gloria de Dios.
xxxxx Esto es simplemente sublime, esto es lo más grande que podía hacer Dios por nosotros, no solamente ha asumido nuestra naturaleza como decir tiene hueso, carne, articulaciones, pulmones neuronas; no es asumir nuestra biología solamente, es pegarse es unirse, es fundirse de tal manera con nuestra miseria, que el tamaño de nuestra necesidad se convierta en el viraje que mejor podamos nosotros comprender y lo que nos habla del tamaño del amor de Dios.
Esto quiere decir que después de esta oración que es llamada “oración sacerdotal”, porque en ella Cristo hace la ofrenda de su propia vida, después de esta oración sacerdotal de Cristo, todo el mal que le acontece a Cristo, todo lo terrible que le sucede a Cristo en los que estamos unidos a Cristo es una descripción, es un lenguaje, es una palabra que describe que cuenta el tamaño del amor de Dios.
Por eso la victoria de Jesucristo es mucho más grande de lo que nosotros pensábamos; con la ayuda del Espíritu Santo quiero decir porque: es inmensa la victoria de Cristo porque no es solamente como cuando un ejercito lucha contra otro y las armas de uno resultan más fuertes que las armas del otro, y entonces gano el que tenia mejores armas y el otro quedo vencido o muerto; un combate, la pasión de Nuestro Señor Jesucristo fue un combate.
Pero la victoria de Jesucristo fue mayor que l a que se logran en cualquier combate, y esto es lo que quiero explicar con la bondad de Dios, a partir de esta oración del Señor: En un combate entre ejércitos uno gana y otro pierde, el que pierde queda tendido en el campo de batalla, y la intención y el esfuerzo del que perdió queda en frustración en la nada; por ejemplo, Israel contra los filisteos, aquí perdieron los filisteos.
¿En que quedaron las intenciones de los filisteos? En nada, quedaron en frustración quedaron en el vacío, el faraón junto con sus ejércitos y sus carros va persiguiendo a Israel, ¿en qué quedaron los esfuerzos del faraón? En nada, esos carros del faraón quedaron sumergidos en las aguas, y los cuerpos de los valientes guerreros quedaron tendidos en la playa, ¿en qué quedaron esos esfuerzos? En nada.
La victoria de cristo es mucho mayor que la victoria sobre Egipto, que los filisteos, resulta que Cristo pronuncia su victoria, proclama su victoria con las armas del enemigo porque él está sin armas, esto es mucho más grande que cualquier victoria que cualquier guerra, anterior a Cristo a posterior a Cristo; notemos que en la pasión Cristo está sin armas , no se defiende ni con abogados ni con palabras ni con ejércitos, ni con espadas, teniendo todo a su disposición porque él mismo lo explicó –doce legiones de Ángeles me enviaría el Padre Celestial- .
Teniendo todos los ejércitos del cielo a su disposición, Cristo no utiliza ejércitos, o sea que la victoria de Cristo en su pasión es la victoria esencialmente distinta de todas las otras que habíamos conocido, es distinta de la victoria por los filisteos, la victoria sobre los egipcios.
¿Entonces cómo vence éste que no tiene armas? Vence con las armas del enemigo, vence con la intención, vence con el daño del enemigo y si me admiten está frase paradójica “ËL vence con la victoria del enemigo”, aparentemente es el enemigo el que vence. Cuando cristo esta despedazado en la cruz, aparentemente es el enemigo el que vence.
Pero cristo vence con esa victoria, con esa aparente victoria de la muerte, vence Cristo que es la vida, con esa aparente victoria que es el odio vence Cristo que es amor, con esa aparente victoria de la venganza de la cobardía, del demonio, pues vence el valor, vence la gracia y vence Dios.
Es una victoria mucho mas grande porque es una victoria que no desperdicia las armas del otro, cuando los israelitas triunfaron sobre los egipcios, la intención de los egipcios quedo perdida, cuando David o sus ejércitos vencieron sobre los filisteos, la intención de los filisteos quedo perdida; cuando Cristo vence toda la fuerza y la potencia del mal se convierte en el lenguaje en el que Dios expresa el tamaño de su victoria. Esto es demasiado grande para la mente humana, toda la intensidad todo el furor de Satanás y de la muerte, todo ese ensañamiento, toda esa crueldad, ese mismo lenguaje en el que Dios cuenta su gloria su mar su gracia y su victoria.
Hacer que sus llagas hablen de gracia y de amor que es lo que esta enunciando, ese es el tamaño de la victoria de Cristo, si esta noción, si esta idea va quedando retratada en nuestra mente, entonces mis amigos tenemos una pequeñita idea, tenemos una muestra de que es lo que estaba pidiendo cristo en esta oración, porque todo lo que he dicho es una homilía no es un versículo.
En aquel tiempo levantando los ojos al cielo, dijo Jesús: “Padre ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo” (véase Juan 17,1), la gloria del Hijo de Dios la gloria de Jesucristo” Es la victoria de la que estamos hablando; y si nuestras palabras se quedan cortas para contar bien, para describir bien qué fue lo que sucedió ahí, pues entendamos que la gloria que el Padre le dio al Hijo, en este mismo evangelio de Juan, cuando la resurrección de Lázaro, Cristo Nuestro Señor dice: “ Yo sé Padre que tú siempre me escuchas” La oración de Cristo no puede fallar.
La oración de Cristo no falla, no falla, si Cristo pide al Padre: “Glorifica a tu Hijo” Estamos seguros, estamos convencidos de que esta oración fue escuchada y que el Padre glorifico a su Hijo. ¿ Y qué es glorificar a su Hijo? Es darle un vestido nuevo “Te vistes de gloria y majestad, la luz te envuelve como un manto” Dice el Salmo 104: “Te vistes de gloria y majestad”.
Cuando Cristo le dice la Padre “Glorifícame” Esta pidiendo el vestido de Dios, la gloria de Dios es el vestido de Dios y Cristo pide ese vestido pero lo pide en unión con todos nosotros, sin soltarnos a nosotros, agarraditos de las manos de Él, él nos tiene en sus manos, porque como dice Él en esta oración: Él ha manifestado el nombre de Dios a los hombres que el Padre le dio en medio del mundo.
Cristo nos tiene cogidos de la mano a todos nosotros y así tomados de la mano le dice al Padre: “Ahora vísteme, ahora vísteme de gloria, vísteme de Ti” El Padre celestial escucha todas las oraciones de su Hijo, el Divino Señor Jesucristo, y el Divino Señor Jesucristo tiene nuestras manos agarradas, es uno con nosotros por el amor y por la gracia, ha tomado nuestra propia naturaleza ( ya dije nuestra biología) nuestra naturaleza con todos los valles espantosos de miseria que conocemos.
Cristo ha tomado toda esa naturaleza como nos lo mostró en el lenguaje espantoso y escalofriante de la cruz, ha tomado todo lo que somos y así vestido de nosotros pide ser revestido de la gloria, la oración de Cristo no puede fallar, lo primero que Dios Padre le dio fue ser revestido de la gloria de Dios, le dio esa victoria y esa victoria envolvió el cuerpo de Cristo que estaba sin vestido, porque las ropas se las arrancaron.
Cristo desnudo en cuerpo y alma recibe ahora el vestido del Padre celestial, pero cristo desnudo en cuerpo y alma es al mismo tiempo, la humanidad nuestra, humanidad nuestra que ha quedado despojada de la amistad con Dios; cuando llega entocnes este vestido de gloria para Cristo, esa es la Pascua, cuando el Padre Celestial reviste a su Hijo que estaba desnudio y que estaba frio, cuando el Padre Cesltial abraza, vivifica y levanta a su Hijo almism otiempo y con el mismo acto levanta a la humanidad caida.
El amor con el que el Padre Celestial levanta as su Hijo, es el mismo amor con el que lo resucito, es el mismo amor con el que lo vistió de gloria, es el mismo amor con el que nos salvo a todos nosotros; Así nos amo Dios, ese es el tamaño del amor de Dios, eso es salvarnos, eso es revivirnos, eso es rescatarnos.
Hacer eso por nosotros amarnos a nosotros, con el mismo amor con el que amo a su Hijo, vestirnos a nosotros con el mismo vestido que le dio a su Hijo, compadecer en su Hijo lo mismo oque le causaba compasión en nosotros, sentir pesar de su Unigénito, con la misma misericordia que sentía por nosotros, unirnos, fundirnos, abrazarnos Él ¿De qué manera? El Evangelista lo describe así: “Ahora Padre glorifícame cerca de ti, con la gloria que yo tenia cerca de ti, antes que el mundo existiese”.
Ese es el abrazo que vamos a recibir de Dios, cuando acojamos con todo nuestro corazón a Jesucristo, cuando nos unamos con todo nuestro ser por el poder del Espíritu a Jesucristo, lo que vamos a recibir ¿Qué es? El abrazo de Papá Dios ¿cuál abrazo?, ¿cuál de todos? El mismo abrazo que el Padre le daba al Hijo, antes que el Hijo existiese.
Esa es la promesa que así nos va a abrazar Dios, y así nos va a amar Dios porque así nos ama Dios, que tiene reservado APRA nosotros que tiene preparado para nosotros, el mismo abrazo eterno el abrazo en el Espíritu, que solo puede ser descrito como aquello que estaba antes de que todo estuviera, como aquello que existía antes de que todo existiera, como aquello que es anterior a la creación del mundo, con un amor así, un amor que no es creado un amor que es eterno como el Padre y el Hijo, con ese amor que se llama el Espíritu Santo, Dios quiere abrazarnos para la gloria de su Hijo y para la salvación nuestra.
Así nos hemos podido asomar a lo que es la oración de Cristo, nos hemos podido asomar talvez con algunos destellos del amor de Dios han aparecido en nuestros corazones; sepamos que esto es apenas lo que salpica el océano de la oración de Jesucristo, esas son las goticas que saltan de ese mar infinito de luz, de gracia y de misericordia.
¿Qué será el cielo, qué será sumergirse en ese mar y descubrir lo que salpica y puede decirse en las palabras mientras vamos de camino a la tierra, sino en esa palabra eterna que vive y reina en los cielos.
Amén.