Cruz006a
Fecha: 20080914
Título: Un camino desde el servicio
Original en audio: 20 min. 11 seg.
Cuando uno piensa en las grandes obras de Cristo, seguramente recuerda los milagros, como eso de haber multiplicado los panes, haberle dado vista a los ciegos, o incluso haber sacado de su sepulcro a uno que ya llevaba tres días muerto, Lázaro. Para nosotros, esas son las grandes obras, las obras más memorables de Cristo.
La segunda lectura de hoy, tomada de la Carta a los Filipenses, nos muestra un cuadro distinto. Nos dice que, "Cristo es aquel que se humilló" (véase Carta a los Filipenses 2,8). Y el momento más profundo de su abajamiento, de su anonadamiento, el momento más desconcertante de su misión, fue el momento de la Cruz.
Desconcertante, porque los discípulos mismos, a pesar de haberlo oído a Él tantas veces, a pesar de haber vivido con Él tanto tiempo, quedaron completamente confundidos, asustados, y huyeron.
Esta es la reacción humana más natural frente al misterio de la Cruz. Cuando vemos tanto dolor, no sabemos qué hacer. El dolor, aunque sea de otra persona, nos enfrenta a nuestra propia impotencia.
Yo recuerdo, por ejemplo, una vecina de nuestro Convento, el de los dominicos, allá, en Colombia, en Bogotá. Esta mujer, siendo joven y muy exitosa profesionalmente, sufría de un cáncer.
En alguna ocasión fui a visitarla. Y estábamos hablando. Una conversación muy amigable, una conversación animada, cuando por alguna razón se disparó el dolor de ese tumor que ella tenía.
Esta mujer, -nos encontrábamos los dos en una habitación-, suspende lo que se conversaba, empieza prácticamente a gritar, -por no decir y lo hablo con respeto-, a aullar del dolor, a retorcerse.
Yo creo que es de las ocasiones en mi vida, en que me he sentido más dolorosamente impotente. ¡Es exasperante! Quieres hacer algo por la persona, llamas a la familia, tienen que aplicarle alguna droga, tienen que hacer alguna cosa. Pero, los minutos se te hacen eternos.
El dolor nos desconcierta; el dolor nos derriba. Y lo mismo le pasó, lo mismo le sucedió a los Apóstoles. Ellos quedaron completamente desconcertados frente a ese momento de la Cruz, el momento en el que todo parecía caer en el absurdo.
Todos los sueños de ellos, que eran sueños de victoria y que eran sueños de la restauración del reino de Israel, todo se volvió pedazos. No entendían por qué Cristo, siendo tan poderoso, no hacía nada. No entendían por qué había que pasar por eso.
Ese momento, ese momento de la Cruz, es sin embargo, el gran momento. En la segunda lectura de hoy nos dice San Pablo, que, "el Hijo de Dios, presentándose como uno más, presentándose con aspecto humano, se humilló hasta aceptar la muerte, y muerte de Cruz" (véase Carta a los Filipenses 2,8).
Ese es el momento más profundo de su abajamiento, repito; y es también el momento que nos desconcierta. Pero, la historia no acaba ahí. De ese momento, de ese hoyo tan oscuro, hay una salida. Y el texto de San Pablo continúa diciendo: "Por eso, Dios lo exaltó" (véase Carta a los Filipenses 2,9).
¡Claro! La parte más interesante es que San Pablo diga, "por eso" (véase Carta a los Filipenses 2,9), como indicando que sin la humillación, tampoco existe la exaltación. Como indicando que sin ese abajarse, tampoco sería posible la proclamación de su gloria y el reconocimiento de Cristo como Señor.
Esto, -si se quiere-, nos desconcierta todavía más. Porque, para nosotros, lo que quisiéramos, -creo que la mayoría-, no es un camino que primero baje y luego suba, sino un camino que solamente suba, aunque sepamos que alguna vez tiene que bajar.