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De Wiki de FrayNelson
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Fecha: 19970428

Título: La prision del Amor del Salvador

Original en audio: 8 min. 44 seg.


Es muy extraña la noticia del Evangelio, que siendo buena, como dice su propio nombre, es recibida a piedra; que siendo una noticia de perdón, suscita odio; siendo una noticia de paz, despierta persecusiones; siendo una noticia de gracia, es castigada como si fuera la declaración de la enemistad.

¡Qué raro es el Evangelio y qué extraños se vuelven los evangelizadores! Extraños con esa extrañeza que dice Cristo en el Evangelio de Juan: "Si el mundo os odia, sabéis que me odió primero a mí. Si el mundo no os conoce, es porque tampoco me conoce a mí" San Juan 15,18.

Es una noticia extraña; es un amor que no es bien recibido; es una alegría que despierta ira. ¿Por qué será esto tan raro? ¿Por qué sucederá esto tan extraño?

El ser humano suspira por la Salvación, envían al Salvador y lo mata. Resucita el Salvador, se da la noticia de la Resurrección y persiguen a quienes cuentan esa noticia.

¿Por qué sucede esto? ¿Hasta dónde llega la enfermedad del corazón humano? ¿No era suficiente enfermedad haber perseguido a los Profetas y haber asesinado al Hijo mismo de Dios? Cuando resucita Dios por su poder, y por su cuenta, y por su gracia a este Hijo, entonces ,¿hay que acabar con los que dicen la noticia de la Resurrección?

¿Qué clase de mundo es este que recibe tan supremamente mal, tan brutalmente mal la noticia del Amor? ¿Hasta dónde se habrá vuelto árido el corazón humano? ¿Hasta dónde se habrá vuelto estéril, reseco, ajeno a toda gracia, incapaz de perdonar?

Y sin embargo, ya ven ustedes la actitud de los Apóstoles: los persiguieron en Licaonia y entonces, se van a Listra y a Derbe.

En Licaonia son incomprendidos por los judíos; en Listra y Derbe son incomprendidos por los paganos. Los judíos quieren perseguirlos, apedrearlos, matarlos; los paganos quieren adorarlos y ofrecerles un sacrificio como a dioses Hechos de los Apóstoles 14,1-20.

¡Qué dura la vida de Pablo! ¡Qué dura la vida de Bernabé! ¡Salir de una ciudad, donde no se les entiende y se les quiere matar, para llegar a otra ciudad, donde tampoco se les entiende y se les quiere idolatrar!

Creo que sólo por la fuerza, sólo por la incalculable fuerza del Espíritu Santo es explicable la vida de un Apóstol. ¿Cómo puede alguien resistir esa clase de vida? ¿Cómo puede alguien, una y otra vez, escapar de la muerte para caer en garras de la incomprensión?

¿Salir de la enfermedad para llegar al hambre? ¿Vivir del hambre para caer en la persecusión? ¿Y finalmente, terminar los días ajusticiado como reo, siendo que traía anuncio de paz y de perdón?

Pero precisamente, en esta cadena de incomprensiones, en esta secuencia de humillaciones, allí es donde aparece que el Evangelio es Evangelio.

Quizás otro tipo de mensajero, después de que lo rechazan y le dicen: "Te vamos a apedrear", pues se devuelve, compra un apartamentico en Tarso, pone un negocio y se dedica a leer antigua literatura griega y a vivir de la renta.

Pero es que el Apóstol no se devuelve, no retrocede, como Cristo que tampoco retrocede, como Cristo que no se desdice, como Cristo que no tiene una palabra distinta sino la Palabra que le ha otorgado decir su Padre Celestial.

No se devuelve el Apóstol. Es terco. Es terco de manera que la terquedad del Amor resulte más grande que la terquedad del pecado.

Esto es como una especie de competencia. Es como si Dios dijera: "Bueno, vamos a ver quién gana: a ver si gana el equipo de los tercos del pecado o gana el equipo de mis tercos del Amor."

Esta es una carrera de tercos. Hay que ver quién es más obstinado: si el mundo pecando o Dios perdonando. Hay que mostrar en la realidad de los hechos que es más grande la gracia que el pecado, que sobreabunda la gracia también allí donde abundó el pecado.

Y por eso, si el pecador dice: "Me voy" y arranca a correr, entonces Dios dice: "Te alcanzo", y arranca a correr. "Y vamos a ver quién gana".

Cuando se miran las cosas desde esta tierra, parece que muchas veces pierde el equipo de los tercos del Amor. Pierde ese equipo, cuando se ve a los Apóstoles con los ánimos cansados, envejecidos y finalmente, mártires. Ahí parece que perdió el equipo.

Pero resulta que cuando se les mata, cuando finalmente se les asesina, lo único que se ha hecho es subirlos con lazo indisoluble y estrechísimo a su Señor.

Y por eso, cuando se les hace el peor de los males, se les hace también el mayor de los favores. Cuando se les rechaza absolutamente y en medio del odio, se les quiere excluír de esta tierra, es precisamente el momento en el que se les incluye en los Cielos, y es el momento en el que se les une más estrechamente a Jesucristo.

¡Qué clase de gente tan extraña ésta, que no puede ser perseguida sin ser glorificada!, ¡que no puede ser asesinada sin que su asesinato, sin que su muerte se convierta en el supremo testimonio!

Realmente los Apóstoles de Dios son indestructibles. Se les puede destruír, pero esa es su gloria. Se les puede perseguir, pero cuanto más recorran los pies de estos perseguidores, más fieles para esta tierra, más gracias para este mundo.

Se les puede obligar a callar, pero no se les puede impedir que oren, que intercedan y que logren también, desde lo profundo de la mazmorra, documentos preciosos, hermosas cartas que Pablo escribió cautivo, prisionero.

Y Pablo, intentando explicar qué le estaba sucediendo a él, dice: "Yo soy el prisionero de Cristo" Carta a los Efesios 3,1. Ahora terminemos nuestras palabras analizando lo que significa eso:

"Yo no soy prisionero del Imperio Romano, yo no soy prisionero de los que me odian. El que me aprisionó antes que todos ustedes es Jesucristo. Y Su cárcel, si se le puede llamar así, y su prisión, es mucho más estrecha que la de todos ustedes"

"ustedes pueden meterme o sacarme de la prisión, pero del Corazón de mi Señor, de esa dulce, gloriosa, de esa adorada Prisión, nadie puede sacarme, porque yo mismo no quiero salirme".

"De esa prisión del Amor de mi Salvador nadie puede sacarme, y por eso seguiré diciendo, y no sólo para esta tierra, sino para la eternidad, que verdaderamente resucitó el Señor y que en Él se ha manifestado el rostro de nuestro Padre del Cielo".

Que el vigor y la gracia de este Evangelio indestructible descienda como rocío en nuestros corazones, y la certeza de la victoria llene de alegría nuestras vidas.

Amén.