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Fecha: 19990429
Título: Un regalo para toda la Iglesia
Original en audio: 12 min. 17 seg.
Queridos Hermanos:
En primer lugar le doy gracias a Dios, Nuestro Señor, por esta oportunidad magnífica y bellísima que me concede de celebrar la fiesta de Catalina de Siena en ese ámbito de fraternidad en la común vocación dominicana.
Les comparto con toda sencillez, que más de una invitación recibí para este día y para esta hora, por personas o comunidades que saben de la amistad que me une con Santa Catalina de Siena.
Pero, ya que la providencia de Dios me permitió acompañar a la comunidad conventual en el servicio diario, pues yo interpreté eso también como un querer del Señor, e interpreté, que el mejor lugar donde podía estar, era precisamente aquí, en medio de mis hermanos.
Porque, en realidad, Catalina es un regalo, no para mí ni para ti, sino para todos nosotros. Es un regalo para toda la Iglesia. No es solamente una realización completísima, integérrima, del carisma dominicano, sino es una muestra del poder y de la sabiduría de Dios ante toda la Iglesia.
En ella se une lo extraordinario del poder de Dios en lo más ordinario de una mujer humilde, iletrada, que causó ante la gente la misma sorpresa, -si puedo hablar de este modo-, que Jesucristo.
Así como acabamos de escuchar en este evangelio, que "Cristo sorprendía porque no teniendo estudio manaba sabiduría" (véase San Mateo 54-56), así también ante los frailes y ante la gente del pueblo, las palabras que Dios le concedió a Catalina, causaron asombro.
Comenta Raimundo de Capua: "La gente pensaba que los frailes la habían instruido, pero era ella quien enseñaba a los frailes".
De esa manera quiso Dios mostrar la fecundidad del carisma de la predicación. Quiso de alguna manera darle, no sólo a nuestra Orden sino a toda la Iglesia, una muestra de lo que significa vivir para la Palabra.
Fue ella una de las primeras almas santificadas por el Espíritu, en la que Dios concedió ese extraño don de sobrevivir semanas, meses enteros, sin otro alimento que la Eucaristía y la Palabra de Dios.
Milagro extrañísimo y prolongado, que luego fue dado varias veces en la Iglesia, pero que en el caso de Catalina, indudablemente, tenía un objetivo, el objetivo de mostrar que es cierto que la Palabra de Dios da vida. Y en ese milagro, esa vida estaba ahí, patente, estaba ahí, a la vista de todos los que la conocían.
La ciencia de Catalina es extensa y es profunda. No obstante, también puede llevarse a enunciados muy cortos, casi podríamos decir, a unas pocas frases. La liturgia de nuestra Orden en este día, nos recuerda algunos de esos enunciados.
"Permanecer en el amor de Dios", dice ella, como haciéndose eco del Evangelio de Juan. Pero, tal vez, su frase más típica es: "El conocimiento de nosotros mismos, el conocimiento de lo que somos".
Mas, no como una ciencia humana, que sin duda nos conduciría a la desesperación por la nada ante el cosmos y por la basura de nuestros pecados. "Conocimiento de nosotros mismos en Dios y conocimiento de Dios en nosotros mismos": esto es el comienzo de toda sabiduría.
Y como una especie de profetisa, ella cuenta lo que iba a pasar en este siglo veinte, que ya sucedía en tiempos antiguos: "El conocimiento del ser humano, si no está fundado en Dios, conduce a la desesperación, lleva hasta el infierno".
¿Y qué otra cosa nos presentaron los existencialistas de este siglo, sino el asco que siente el ser humano al encontrarse con su propio vacío, con su propia nada?
Realmente, cuando el ser humano pretende esclarecer su misterio con su propia luz y con sus propias fuerzas, no encuentra otra cosa sino incoherencia, debilidad, egoísmo, envidia, finalmente, "náusea", -como dijo alguno de ellos-, e infierno.
Por el contrario, el conocimiento de nosotros mismos en Dios, no se detiene en todo lo que tenemos de miserables, que ciertamente está ahí, sino que alcanza hasta las manos creadoras de Dios.
Esta mujer audaz por su mística, esta mujer transportada por el poder del Espíritu, pudo, -podríamos decir-, tocar las manos de Dios Creador. Sumergiéndose en el misterio de su ser de criatura, logró palpar más allá de sus pecados las manos creadoras de Dios.
Y es en ese piso último, es en ese fondo último, donde por fin puede descansar el corazón humano; es allí, descubriendo a Dios Creador, es descubriendo ese amor indebido, poderoso, irrevocable. Descubriendo esas manos, tocando ese amor, el ser humano descansa.
En primer lugar, descansa de su angustia. Pero, en segundo lugar, descansa de su soberbia. Y cuando por fin quitamos el fardo de nuestra presunción y de nuestra soberbia, entonces lo que encontramos es un Dios que nos ama infinitamente, que no pensó sino en amarnos cuando nos creó.
¡Tiene expresiones tan hermosas Santa Catalina! Cuando Dios, por ejemplo, le dice: "¡Es que el alma humana, yo la hice de amor! El material del alma humana es el amor. Y por ello, sólo se saciará en amor, en amor infinito, esa alma que yo sé cómo creé. Luego, mientras esa alma no se encuentre conmigo, cualquier cosa de esta tierra, cualquier cosa finita, terminará por dejarla vacía".
En ese conocimiento de nosotros mismos, tendremos la ciencia de nuestras debilidades, sabremos cuán frágiles somos. Pero, también encontraremos, porque estaremos en Dios, de dónde proviene nuestra fortaleza, de dónde proviene nuestra luz.
"Ese conocimiento", nos enseña Catalina, "hay que sazonarlo", -es la expresión que utiliza-, "hay que sazonarlo con el conocimiento de Dios en nosotros".
Y entonces viene esa imagen que está en su obra más conocida y la más importante, "El Diálogo": "Estar en Dios como el pez está en el agua y el agua está en el pez". ¡Recuperar a Dios como el ámbito natural del ser humano!
Así como un pez fuera del agua no puede sino convulsionar y morir, así también el ser humano, sacado de su ambiente natural que es Dios, no puede sino convulsionar y morir.
En contra de todo lo que han podido decirnos los humanismos ateos, para Catalina, el lugar natural del ser humano es Dios.
Dios no es una alternativa, Dios no es una competencia, mucho menos es un enemigo del ser humano. Dios es el ambiente natural del ser humano. Y la plenitud de nuestra humanidad se alcanza en la divinidad que Dios nos regala como una gracia por la Pascua de Jesucristo; es decir, en el don del Espíritu Santo.
La manera más perfecta de ser humanos, es ser como Dios; pero no desde la soberbia de la serpiente, sino desde la humildad de la Cruz. Llegar a ser como Dios en esa perfección inacabable en esta tierra pero posible por la gracia de los Cielos, por la contemplación beatífica, esta es la vocación del ser humano.
Y ella no predicó esto sólo con sus palabras, sino que podríamos decir que fue una persona así, y es, desde luego, una persona así, una persona sumergida en el ámbito de Dios.
Es curioso que se la recuerde por su influencia en la política de Italia, país convulsionado como pocos por guerras intestinas, por principados, por regiones, por señoríos, por todo género de tendencias.
¿Y cómo pudo hacer política esta mística, que no pensaba sino en Dios? Pues, ella aplicó los principios de la reconciliación de los que habla San Pablo en el Nuevo Testamento: hablar de Dios de tal manera, que cada una de las partes en conflicto pueda reconocer su propio error.
Es que el problema de los conflictos es que uno no quiere reconocer ante el enemigo, uno no quiere reconocer que está equivocado.
Sin embargo, Catalina predicaba de tal modo del Amigo, es decir, de Jesucristo, que ante ese Amigo, todos los enemigos podían rconocer su propia parte de culpa. Una vez rendidos ante el amor del Amigo, ante Jesucristo, no resultaba difícil que se reconciliaran.
Amigos, esta enseñanza, esta palabra, esta oración de Catalina, nos impulsan hoy a vivir con fidelidad nuestra propia vocación.
Fue un paso del Espíritu por la Iglesia. Ella se describió a sí misma con unas palabras que todos sus biógrafos recogen: "La mia natura è il fuoco"; "mi naturaleza es fuego".
"¡Mi naturaleza es fuego!" Un fuego tan intenso, que la consumió a temprana edad; murió a los treinta y tres años. Un fuego tan intenso, no obstante, que se convirtió en luz y en gracia para la Orden Dominicana y para toda la Iglesia.
De ella, de sus lágrimas, de sus ayunos, de su intercesión, surgió la superación del cisma de occidente. De ella, de sus lágrimas, de su oración, nació la renovación de la Orden de Predicadores.
Y como está bien demostrado en la historia, de esa renovación surgieron los predicadores dominicos que trajeron por primera vez la Palabra de Dios a nuestras tierras.
¡Deuda inmensa que tenemos con esta Predicadora del Evangelio, a quien Dios quiso regalar tan abundantes gracias!
¡Sea día de gozo éste para nosotros! Que el mismo Cristo que la alimentó a ella en el altar, llegue a ser nuestro alimento en esta tierra y nuestra recompensa en los Cielos.
Amén.